Olga
Primera parte
1
—No te va a estorbar nada, lo que más le gusta es mirarlo todo.
Al principio, la vecina con quien la madre había dejado a su hija no se lo creía, pero realmente fue así. La niña, que tenía un año, entró en la cocina y se dedicó a observarlo todo: la mesa y las cuatro sillas, el aparador, el horno con las sartenes y los cucharones, el fregadero, con el espejo encima y la palangana, la ventana, las cortinas y, finalmente, la lámpara que colgaba del techo. Entonces dio unos pasos y se detuvo ante la puerta abierta del dormitorio, desde donde siguió su examen: la cama, la mesita de noche, el armario, la cómoda, la ventana, las cortinas y, finalmente, una vez más, la lámpara. Parecía sumamente interesada, aunque el piso de la vecina tenía casi la misma distribución y el mismo mobiliario que el de sus padres. Cuando a la vecina le pareció que la niña, pequeña y callada, había visto ya todo lo que había por ver en su piso de dos habitaciones (el baño estaba en la escalera), la ayudó a sentarse en una silla junto a la ventana.
Era un barrio pobre, y en la parte de atrás de todos los edificios altos había un pequeño patio tras el que se alzaba otro edificio. En la estrecha calle apenas había sitio para toda la gente que salía de las casas, el tranvía, las carretillas con las que pequeños comerciantes vendían patatas, verduras y fruta, y los hombres y mujeres que compraban baratijas, cigarrillos y cerillas a los vendedores ambulantes, chicos que vendían periódicos y mujeres que se vendían a sí mismas. En las esquinas había hombres que esperaban una oportunidad, lo que fuera. Cada diez minutos pasaba por la vía un vagón tirado por dos caballos y la niña aplaudía.
La cría fue creciendo, pero estar quieta y mirarlo todo seguía siendo su actividad preferida. No porque tuviera problemas con andar, pues andaba con agilidad y confianza, pero le gustaba observar y comprender todo lo que sucedía a su alrededor. Sus padres apenas hablaban, ni entre sí ni con ella; si poseía palabras e ideas era gracias a la vecina, una mujer parlanchina que había tenido que dejar el trabajo tras una caída y que con frecuencia hacía las veces de madre. Si salía con la niña a la calle, tenía que caminar despacio y detenerse con frecuencia, pero aprovechaba para comentar con ella todo lo que veía: todo era susceptible de una explicación, una opinión, una lección; la pequeña, que estaba encantada con el paso lento y las paradas frecuentes, la escuchaba con embeleso.
La vecina decidió que debía jugar más con otros niños. Pero los patios y pasillos oscuros eran lugares hostiles donde, para hacerse valer, uno tenía que luchar, pues quien no luchaba salía malparado. Más que una diversión, los juegos infantiles eran una preparación para la lucha por ser. La niña no era ni miedosa ni débil, pero no le gustaban esos juegos.
Antes incluso de llegar al colegio ya había aprendido a leer y a escribir. Al principio la vecina no había querido instruirla, para que luego no se aburriera en clase, pero había terminado enseñándole de todos modos. La niña leía todo lo que encontraba en casa: los Cuentos de Grimm, las Ciento cincuenta historias morales de Hoffmann, los Destinos de la muñeca Wunderhold y Pedro el desgreñado. Pasaba largas horas leyendo de pie, apoyada en el aparador o en el alféizar de la ventana.
Aunque no hubiera sabido leer ni escribir, la niña se habría aburrido igualmente en el colegio. Vara en mano, el maestro insistía en que las cuarenta alumnas aprendieran el abecedario letra a letra, y las obligaba a hacer tediosos ejercicios, a leer y repetir en voz alta, a copiar y hacer dictados. Pero ella aprendió ávidamente a contar para que los vendedores no la engatusaran cuando iba a comprar y le gustaba mucho cantar. En clase de historia local, el maestro se llevaba a las alumnas de excursión, y así fue como la niña conoció Breslau, la ciudad y sus alrededores.