Olga
Capítulo 21
El 21 de marzo de 1911, Herbert dio su primera charla en Altenburg y consiguió el mecenazgo del duque Ernesto de Sajonia-Altenburg.
Su intención era partir en verano de 1912 para intentar la travesía del Pasaje del Nordeste, y confiaba en que le bastaría con un año para disponer de toda la financiación y despachar los preparativos. Pero Von Drygalski no solo no habló en su favor, sino que lo atacó por su falta de conocimientos geográficos y experiencia ártica, las empresas de Hamburgo y Berlín le ofrecieron un apoyo más que moderado y la editorial Brockhaus, que inicialmente había mostrado interés en el proyecto de las postales, terminó descartando la idea. Herbert tuvo que pasar el invierno de 1912-1913 paseando su charla de ciudad en ciudad, hasta que finalmente logró reunir los medios necesarios para la expedición. O, mejor dicho, para una expedición previa, que debía servir para poner a prueba el equipaje y las provisiones y para que los hombres se acostumbraran a la vida en el Ártico y forjaran vínculos entre ellos. Herbert tenía la esperanza de que el éxito de aquella expedición previa desatara una oleada de entusiasmo para con la expedición propiamente dicha.
Su objetivo era la Tierra del Nordeste, una isla del archipiélago de Spitsbergen cuyo interior, poco explorado, Herbert quería atravesar antes de que llegara el invierno. En un primer momento la partida estaba planeada para principios del verano de 1913, pero entonces se enredó con la organización de una lotería para costear la expedición principal, tarea que, a la hora de la verdad, resultó ser más compleja y entretenida de lo previsto. Tanto fue así que no partió para reunirse con el resto de miembros de la expedición en Tromsö hasta finales de julio.
Dedicó la última noche a despedirse de Olga. Inicialmente, esta estaba convencida de que aquella expedición sería como cualquiera de los demás viajes que Herbert había emprendido en el pasado, en los que nunca lo había acompañado al tren ni al barco, pero un buen día él le había pedido que fuera a despedirlo a Berlín. Acudió a la cita sin saber si debía alegrarse porque Herbert quisiera tenerla cerca en aquel momento o preocuparse por quién sabía qué temores secretos que pudieran inquietarlo.
Él fue a buscarla a la estación, la acompaño al piso que había alquilado para aquel mes tan lleno de preparativos y la dejó sola: tenía una entrevista y no podía decirle a qué hora iba a regresar. Olga lo vio ansioso, cansado e inquieto, y no quería dejarse llevar por ese estado de ánimo mientras lo esperaba en su piso de alquiler la desazón empezó a apoderarse también de ella. Iba de aquí para allá, de la ventana de la cocina, con vistas al patio interior, a través del pasillo y el salón, hasta la ventana del despacho, con vistas a una plaza con flores y fuentes, y vuelta atrás. No era su intención espiarlo, pero en un momento dado se detuvo ante el escritorio de Herbert y echó un vistazo a sus papeles: facturas, listas, prospectos, mapas, fragmentos, cartas, notas… Entre todo aquel papeleo había un poema que Herbert había escrito de su propio puño y letra:
¡Duda primero, pero perdura después
con voluntad desmedida!
Antes dejarse arrebatar en la flor de la vida
y, con un halo de intrepidez,
serle útil a la humanidad,
a caminar con bastón
tras una vida de tranquilidad.
¿Eso se lo decía a ella? ¿Que se marchaba para que lo arrebataran en la flor de la vida? ¿De verdad solo quería atravesar la Tierra del Nordeste o acaso tenía planeado conquistar el Polo Norte? ¿Y si en realidad no tenía intención de dar media vuelta con la llegada del invierno?
En la cocina encontró patatas, huevos y beicon y preparó algo de comida. Encontró también una botella de champán, que dejó bajo el grifo abierto, y vino tinto. Herbert volvió a casa y comieron. Este no hacía más que hablar del barco que todavía no tenía y que debía comprar en Tromsö. ¿Y si cuando llegaba allí no encontraba ninguno?
—He leído tu poema —dijo ella cuando ya estaban en la cama.
Él no respondió.
—¿Volverás antes del invierno?
—Ese poema lo escribí hace años. No tiene nada que ver con la expedición.
—¿Antes del invierno?
—Sí.