Olga
Capítulo 24
Empecé contándole todo lo que sabía acerca de Eik, sus padres, su trayectoria vital desde la casa del pueblo hasta Tilsit, Berlín e Italia, su ingreso en el Partido y en las SS, el papel de Olga en su vida y que él solía visitarla. Entonces quiso que le hablara de Olga y Herbert, de su infancia y su amor, los sueños coloniales y árticos de él, sus expediciones a la Tierra del Nordeste, las cartas que ella le había mandado a la oficina de correos. Finalmente quiso saber cómo nos habíamos conocido Olga y yo y cómo nos habíamos hecho tan amigos.
Estuve contándole cosas durante el primer plato, el segundo y la sobremesa. Al final me disculpé por haber hablado tanto.
—No se disculpe, soy yo quien no ha parado de hacer preguntas —dijo, trazando círculos con la copa de vino sobre el mantel—. Así que mi padre estuvo en el Partido y en las SS… Habría preferido que fuera de otro modo, pero ya lo sospechaba. Encaja. En cambio, lo que me ha contado sobre él y Olga… no lo entiendo. Le tenía mucho afecto y se preocupaba por él, pero ¿por qué mintió mi padre con lo de que había vivido mucho tiempo con ella? ¿Tuvieron contacto después de la guerra y no lo sabemos? ¿Y por qué lo mantuvieron en secreto?
—No lo sé. —Me llevé los platos a la cocina. Cuando volví al comedor, ella seguía jugando con la copa de vino—. ¿Qué decía su madre?
—¿Mi madre? —Aquella pregunta la sacó de su ensimismamiento—. Nunca mencionó a Olga. De nuestro padre, mientras todavía estaba preso, hablaba poco, y en cuanto salió solo decía cosas desagradables. Poco antes de que mi padre muriera ella sufrió demencia. Tendría que haberlo dejado, cuanto antes mejor. Trabajaba como enfermera y no lo necesitaba económicamente. Pero mi madre ni siquiera se planteaba el divorcio.
Se levantó y contempló la noche a través de la ventana. Entonces recorrió la sala, examinó con la mirada mis libros y mis cedés, y finalmente se fijó en un cuadro que había entre las estanterías: Jean-Jacques Rousseau con gorra de piel y caftán, una litografía de finales del siglo XVIII.
—Entonces, ¿rompieron relaciones? ¿Por qué?
—A mí no me pregunte, yo de rupturas no entiendo.
—No hay nada que entender: cuando no funciona, no funciona, y la gente se separa.
—Sí, ya me ha contado que está divorciada.
Entonces respondió a la pregunta que no me atrevía a hacerle.
—Era pintor, tal vez un genio, no lo sé. Al principio me gustaba su obsesión, pero pronto me di cuenta de que no le preocupaba nada que no fuera su arte, y yo tenía que ocuparme del dinero, de Jana y de la casa, una finca antigua junto al bosque de Teutoburgo que él había heredado y que se caía a pedazos. Al cabo de unos años ya no podía más. No soportaba a aquel niño enamorado de sí mismo, mayor que Jana pero mucho más cargante. No me costó nada romper con él.
—Pues yo no tolero las rupturas. Sigo manteniendo el contacto con todos aquellos con quienes alguna vez he estado unido a lo largo de mi vida, y a pesar de los baches de mi matrimonio, yo tampoco me planteé nunca el divorcio.
—¿Y cómo llevaba las rupturas Olga Rinke? ¿Le costaban? ¿Le resultaban sencillas?
—No lo sé. Creía que la conocía, pero no supe nada de sus paseos nocturnos hasta el momento de su muerte. Y hasta que usted me ha contado su historia, sabía de su cariño por Eik, pero no que él hubiera vivido con ella durante años. Imagino que sería durante los años en los que el pueblo en el que vivían sus padres se encontró bajo ocupación italiana o lituana y él fue a estudiar al instituto de Tilsit. Nuestra relación, en todo caso, no conoció rupturas y yo siempre creí que Olga era tan fiel como yo. Pero al parecer no era así.
Ella asintió en silencio: ya sabía que los demás son distintos a lo que uno cree.
—Le agradezco esta velada, la cena y todo lo que me ha contado. Mañana voy a la feria de jardinería del estado federado, así me puedo desgravar el billete de tren. ¿Le apetecería acompañarme?
Le prometí que pasaría a recogerla en coche a las nueve y la acompañé hasta su pensión, a dos esquinas y dos calles de mi casa.