Olga

Bernhard Schlink · Capítulo 8 de 55

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Olga

Capítulo 7

 

Así como Herbert quería saber qué cosas aprendía Olga, también quería contarle lo que él pensaba. Un día le confesó que se había vuelto ateo.

Una vez más había ido a verla corriendo. Se plantó ante ella, jadeando, con las manos en las rodillas, y sin aliento, atropelladamente, dijo:

—Dios no existe.

—Un segundo —respondió Olga, sentada en el suelo con las piernas cruzadas y el libro sobre el regazo.

Él esperó hasta haber recuperado el aliento, se echó sobre la hierba y cruzó las manos en la nuca, mientras sus ojos iban de Olga al perro, ella a su derecha, el animal a su izquierda, y luego se perdían en el cielo azul, por donde pasaban veloces jirones de nubes blancas.

—Dios no existe —repitió entonces, con tono firme y calmado, como si acabara de hacer un descubrimiento o, mejor dicho, de llegar a una conclusión.

Olga levantó la vista del libro y se quedó mirando a Herbert.

—¿Y entonces?

—Entonces, ¿qué?

—¿Qué hay en su lugar?

—Nada —respondió Herbert y se rio, meneando la cabeza: la pregunta le había hecho gracia—. El mundo, eso sí existe, pero no hay ni cielo ni Dios.

Olga dejó el libro a un lado, se echó junto a Herbert y contempló el cielo. Le gustaba el cielo, azul o gris, incluso aunque lloviera o nevara, cuando uno tenía que entrecerrar los ojos para ver las gotas o los copos de nieve. ¿Dios? ¿Por qué no podía vivir en el cielo y de vez en cuando descender a la tierra, en la iglesia o en medio de la naturaleza?

—¿Y qué harás si de repente se presenta ante ti?

—¿Como Livingston delante de Stanley? Supongo que me inclinaría levemente y le tendería la mano. «God, I presume?».

A Herbert le hizo mucha gracia su propia broma y golpeó con las manos en el suelo mientras se reía a carcajadas. Olga se imaginó la escena: Herbert con calzones de cuero y camisa de cuadros, y Dios con uniforme blanco y casco colonial, los dos vagamente irritados, los dos extremadamente corteses. Se rio con él. Al mismo tiempo, sin embargo, tenía la sensación de que no había que bromear a costa de Dios. Pero, sobre todo, quería silencio y poder estudiar tranquila. Con Dios, si quería ayudarla, y si no, sin él.

Pero Herbert no la dejaba tranquila: había descubierto las preguntas transcendentales.

—¿Existe el infinito? —preguntó unos días más tarde.

Estaban otra vez tendidos en el suelo, uno junto al otro, el rostro de Olga a la sombra del libro que sujetaba entre las manos, el de Herbert al sol, con los ojos cerrados y un tallo de hierba entre los labios.

—Las líneas paralelas se juntan en el infinito.

—Esa es la típica tontería que te enseñan en el colegio. Si te pusieras a caminar entre dos vías de tren, ¿de verdad crees que llegarías a un punto donde se juntan? Yo solo puedo seguir las vías de forma finita, no infinita. Tal vez si corriera como tú…

—No te burles de mí —dijo Herbert con un suspiro—. Lo que yo quiero es saber si el infinito tiene algún sentido para personas finitas en una vida finita. ¿O es que Dios y el infinito son lo mismo?

Olga dejó el libro abierto encima del estómago, pero no lo soltó. Habría querido seguir leyendo, todavía tenía mucho que estudiar. El infinito le daba lo mismo. Pero cuando Herbert se volvió a mirarla, en sus ojos se mezclaban le preocupación y la esperanza.

—¿Qué te ha picado con el infinito?

—¿Que qué me ha picado? —preguntó Herbert, incorporándose—. Si algo es infinito, es también inalcanzable, ¿no? Pero ¿existe algo que sea inalcanzable no solo hoy en día y con los medios actuales, sino por definición?

—¿Qué harás con el infinito, si lo alcanzas?

Herbert no respondió y miró en la distancia. Olga se incorporó. ¿Qué veía él? Campos de zanahorias. Plantas verdes asomando de una serie de surcos marrones, que empezaban muy rectos para luego perderse tras el horizonte, debido a una depresión del terreno, para terminar confundiéndose en un prado verde. Chopos solitarios. Un pequeño bosque de hayas, como una isla oscura en medio del mar claro del campo de hortalizas. En el cielo no había ni una nube, el sol les calentaba la espalda y lo cubría todo de luz, el verde de las plantas y los árboles, el color pardo del suelo… ¿Qué veía él?

Herbert se volvió hacia ella y sonrió con timidez, desconcertado, aunque estaba seguro de que tenía que haber una respuesta para su pregunta, algo que pudiera satisfacer su deseo. A Olga le habría gustado tomarlo del brazo y pasarle la mano por el pelo, pero no se atrevió. Su anhelo la conmovía, era como el anhelo que el mundo provoca en un niño. Pero ya no era un niño, y en su deseo, sus preguntas y sus ansias de correr Olga percibía una desesperación de la que el propio Herbert no era consciente.

Unos días más tarde, Herbert volvió a la carga y le preguntó si creía en la eternidad.

—¿Infinito y eternidad son lo mismo? El infinito hace referencia al espacio y al tiempo, mientras que la eternidad está relacionada solo con el tiempo. Pero ambas ideas remiten a algo que escapa a nuestras posibilidades, ¿no?

—Hay personas que recordamos desde hace muchísimos años. No sé si son eternos, pero Aquiles y Héctor murieron hace dos o tres mil años, y todavía sabemos de ellos. ¿Quieres pasar a la posteridad? ¿Es eso?

—Lo que yo quiero… —empezó a decir Héctor, que se apoyó sobre el brazo derecho y se volvió hacia ella—. No sé lo que quiero. Quiero algo más, algo más que todo esto, los campos, la finca, el pueblo, más que Königsberg y que Berlín, y más que el regimiento de infantería; y no es porque el regimiento de infantería vaya a pie: si fuera a caballo sería lo mismo. Quiero algo que deje todo esto atrás. O que apunte a algo más alto. He leído que unos ingenieros quieren construir una máquina con la que se pueda volar, y pienso… —Levantó la mirada hacia el cielo y al rato sonrió—. Cuando esa máquina exista y uno se siente en su interior y vuele con ella, será simplemente una cosa, como todas las demás cosas.

—Pues a mí me gustaría tener una cosa. Un piano, una estilográfica Soennecken, un vestidito nuevo para el verano y otro para el invierno, unos zapatos de verano y unos de invierno. ¿Una habitación es una cosa? Y, si no, el dinero sí es una cosa; no me importaría nada tener dinero para una habitación. A lo mejor es que te han…

—¿Malcriado?

Herbert se había vuelto completamente hacia Olga, el brazo derecho apoyado en el suelo mientras se mecía el pelo con la mano izquierda, y se la quedó mirando.

—No, perdona. No te han malcriado. Lo que pasa es que no sabes qué significa ser yo. Pero yo tampoco sé qué significa ser tú. Yo pienso que tu vida es más fácil que la mía. O, mejor dicho, pienso que todo habría sido más fácil para mí si hubiera podido tener la misma vida que tú y Viktoria, si hubiera podido ir a la escuela de enseñanza media para muchachas y luego al seminario para maestras. Pero a lo mejor si hubiera tenido la misma vida que Viktoria también habría querido que me enviaran al internado para señoritas.

Olga sacudió la cabeza. Herbert esperó un momento, pero ella no añadió nada más.

—Me voy —dijo entonces.

Se levantó y el perro, que se había tendido junto a Olga para que esta lo acariciara, lo imitó y lo miró atentamente. Olga se había acostumbrado ya a que Herbert se marchara sin dar explicaciones. Pero que, en un abrir y cerrar de ojos, el perro pudiera pasar de estar tan cerca de ella a estar tan distante le dolía cada vez.

Herbert se puso en marcha y el perro pegó un brinco, deseoso de correr junto a él. Herbert se lo quitó de encima con un gesto juguetón y arrancó a correr. Pero de pronto se detuvo y se volvió hacia Olga.

—No tengo dinero. Solo me dan dinero cuando lo necesito para algo, siempre la cantidad justa. Pero en cuanto gane mi propio dinero lo primero que haré será comprarte una estilográfica.

Arrancó de nuevo y Olga lo vio alejarse por la linde del bosque y a través de los campos de zanahorias hasta llegar al camino, donde él y el perro se fueron haciendo pequeños, pequeños, hasta perderse tras el horizonte. Olga lo vio desaparecer, colmada de ternura.