Olga
Capítulo 9
En cambio, nunca estaba demasiado cansada para ir a pasear por los cementerios de la ciudad. Había aproximadamente una docena y la señorita Rinke los conocía todos, aunque algunos le gustaban más que otros: el cementerio de la montaña, el cementerio militar, el cementerio judío y el cementerio campesino, que se extendía ante las puertas de la localidad. Del cementerio de la montaña, el más grande de la ciudad, le gustaba la diversidad de los caminos, monumentos fúnebres y mausoleos; del cementerio militar, el terreno, que primero ascendía y luego descendía, de tal modo que parecía dirigirse hacia el cielo a través del campo cubierto de cruces de hierro; del cementerio judío, la sombra bajo los árboles antiguos, altísimos, y del cementerio campesino, las amapolas y los acianos que crecían en los márgenes de los campos vecinos. Las flores del cementerio de la montaña también le gustaban mucho, pero todavía le gustaba más la nieve que en invierno cubría los caminos y las tumbas y que se posaba sobre la cabeza, los hombros y las alas de las estatuas de ángeles y mujeres.
Allí no hablábamos demasiado, o mucho menos, en cualquier caso, que en nuestras caminatas por otros entornos. Ocasionalmente la señorita Rinke se detenía, comentaba algo acerca de una lápida, un nombre, una planta, me miraba y yo le contestaba. Pero por lo general solo se oían nuestros pasos, los pájaros y de vez en cuando el tintineo de alguna herramienta de jardín, el zumbar de la máquina que utilizaban para trasplantar las tumbas o las palabras discretas y los cantos de algún grupo de dolientes.
Yo creía saber por qué a la señorita Rinke le gustaban los cementerios. A lo largo de su vida había perdido a tantas personas cuyas tumbas le resultaban inaccesibles o desconocidas que paseando por entre tumbas de extraños tenía ocasión de hablar con sus muertos, con Herbert, con Eik, con su vecina de la región del Memel, con su abuela y con sus padres, de quienes apenas hablaba, pero que aún recordaba. Y no me costaba nada entenderla: a mí también me gustaba visitar la tumba de mis abuelos para recordarles todo lo que les debía y decirles que los echaba de menos. Pero cuando le conté todo esto a la señorita Rinke, resultó que para ella los cementerios eran otra cosa.
Resultó que no conversaba con sus muertos entre las tumbas de los extraños. Si le gustaban los cementerios era porque allí todos eran iguales, los poderosos y los débiles, los pobres y los ricos, los queridos y los desatendidos, los que habían triunfado y los que habían fracasado. Y eso no lo cambiaban ni los mausoleos ni las estatuas de ángeles ni las lápidas suntuosas. Todos estaban muertos y nadie podía ni quería ser más grande de lo que era: allí las ambiciones exageradas ya no existían.
—Pero el cementerio militar…
—Sí, ya sé qué me quieres decir. Es demasiado grande y distinguido, y además todos deberían descansar juntos: soldados, judíos, campesinos y todos los demás que descansan en el cementerio de la montaña.
Deberían descansar juntos y recordarnos que éramos todos iguales, lo mismo en la muerte que en la vida. Si, en lugar de ser una fuerza cruelmente igualadora tras una vida de diferencias, preferencias y privilegios, la muerte se convertía simplemente en una continuación de la vida en la que todos éramos iguales dejaba de dar miedo.
Cuando le pregunté si las almas que hubieran vivido así migrarían a una nueva vida a través de la muerte, se encogió de hombros. Muchos decían que la idea de la transmigración de las almas hacía que los hombres le perdieran el miedo a la muerte, pero la muerte no daba ningún miedo si uno había abrazado ya la realidad de la igualdad entre los seres humanos.
Me contó todo eso mientras estábamos sentados en un banco, bajo los altísimos robles del cementerio campesino. Entonces soltó una carcajada.
—Hablando de igualdad… Tendrías que tutearme, como yo te tuteo a ti, y llamarme Olga.