Olga
Capítulo 11
Desde que la tuteaba me atrevía también a hacerle preguntas más directas y personales. Las historias de su infancia habían acompañado la mía, y a medida que yo me hacía mayor había empezado a contarme también cosas sobre el resto de su vida. Pero a menudo se trataba tan solo de hechos superficiales, si quería detalles acerca de la vida interior de Olga tenía que preguntar.
Quería saber más cosas acerca de su amor por Herbert. Quería saber cómo casaba eso de que lo amara y, al mismo tiempo, rechazara sus fantasías, y descubrí que el amor no es la suma de las cualidades positivas y negativas del otro.
—Pero ¿no importa que el otro congenie con uno?
—Ay, niño, lo que hace que dos personas congenien no son sus cualidades, sino el amor.
A continuación quise saber cuánto tiempo duraba el amor, cuánto tiempo podía sobreponerse a la muerte y de qué se alimentaba su pena por Herbert pasados cincuenta años.
—No siento pena por Herbert, sino que vivo con él. A lo mejor se debe a que desde que perdí el oído no he conocido a muchas personas. Todas las que hasta entonces había sentido próximas siguieron a mi lado: mi abuela, Eik, mi amiga del pueblo vecino, un colega, algunos alumnos y alumnas… Y me vienen a la mente otras: el inspector de Educación, las muchachas del seminario, los padres de Herbert, el cura que me dejaba tocar el órgano de la iglesia. Pero con estos no hablo. Tras la muerte de Herbert, durante mucho tiempo, tampoco quise saber nada de él. Pero al ver que, a pesar de no hacerle caso, seguía llamando a mi puerta, le volví a abrir.
Entonces le pregunté por qué tras la muerte de Herbert no había tomado a otro hombre.
—¿Tomado? Como si los hombres fueran manzanas que cuelgan de un árbol. Y como si los hombres buenos abundaran tanto como las manzanas buenas. ¿A quién iba a encontrar, en mi pueblo? Habría podido ir a Tilsit, apuntarme al coro o participar en el comité que organizaba las festividades de Ännchen von Tharau con la esperanza de encontrar a alguien. Pero muchos no habían regresado de la guerra y los pocos que sí lo habían hecho estaban rodeados de un cortejo de mujeres. Si me hubiera caído una manzana en el regazo… —Se rio, y entonces asintió en silencio—. Así es la vida, hijo. Nunca le sacarás todo el partido a lo que te ha tocado si no lo aceptas.