Olga

Bernhard Schlink · Capítulo 17 de 55

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Olga

Capítulo 16

 

Herbert se quedó una semana. No podían vivir juntos ni en el pueblo ni en el hotel de Tilsit, pero era verano, la región estaba de fiesta y siempre se podía contar con los bosques y prados. «El nuestro es un amor forestal y campestre», solían bromear.

El último día visitaron a la familia del pueblo vecino con la que Olga había entablado amistad. La finca era pequeña, como todas las fincas al norte del Memel, y entre la casa y los establos los niños jugaban, los gallos se pavoneaban, escarbaban las gallinas, paseaban cerdos y lechones y perros y gatos tomaban el sol. La campesina Sanne y Olga se saludaron cordialmente, los niños se mostraron de lo más cariñosos, pero Herbert estaba turbado. En la finca de su familia había aprendido a tratar con afabilidad a mozos y sirvientas, y aun así no supo reaccionar ante la actitud modesta pero no servil de la campesina y de sus hijos.

Olga intentó hacerlo partícipe de sus juegos con Eik. El pequeño tenía dos años, era rubio, fuerte y enérgico, y disfrutaba mucho jugando con Olga a construir una torre con leños de madera para luego derribarla. La construían una y otra vez, y una y otra vez la derribaban. Pero en lugar de sentarse en el suelo y ayudarlos, Herbert prefirió quedarse de pie, observando y reflexionando acerca de un comentario de Olga: «¡Así te imagino yo cuando eras pequeño!». Él era incapaz de imaginarse a sí mismo de pequeño. El único recuerdo que guardaba de su infancia era el del caballito de palo que había descubierto en el dormitorio de sus padres, antes de que se lo regalaran para su tercer cumpleaños. Aunque más tarde se aficionara a montar, jamás pudo reconciliarse con el caballo de palo ni correr con él. Del mismo modo, ahora no era capaz de reconciliarse con aquella triste finca, con el caos de niños y animales, ni con el juego entre Olga y aquel chiquillo sucio y ruidoso. Por suerte, a última hora de la tarde llegó el hombre de la casa, que escuchó pacientemente las fantasías de Herbert sobre el África del Sudoeste Alemana.

Durante el trayecto de vuelta al hogar, envueltos por el crepúsculo, Herbert le preguntó a Olga qué veía en aquella gente, a lo que ella respondió que eran como ella, ni más ni menos. Él meneó la cabeza, pero no hizo más preguntas. Siguieron en silencio, malhumorados, hasta que el pueblo de Olga apareció en el horizonte. Entonces ella le arrebató las riendas de las manos a Herbert, chascó la lengua, hizo que el caballo se pusiera al galope y lo guio por un camino que se perdía entre los campos, rumbo al bosque. Herbert estaba perplejo y encantado. Olga conducía atropelladamente el carruaje, que se sacudía sobre troncos y piedras, en su rostro un semblante tenaz, obstinado, su melena al viento. Nunca la había visto así, tan hermosa, tan extraña.

Se amaron hasta que llegó el amanecer, cuando él debía regresar a Tilsit, dejar el hotel y tomar el tren. Ella volvió a casa cruzando los campos.

Herbert regresó al cabo de unas semanas. Había hablado con sus padres, y estos lo habían amenazado con desheredarlo si se casaba con Olga. Viktoria había conocido a un oficial pobre, aristócrata de rancio abolengo, que, tras casarse con ella, asumiría el control y la administración de la finca. Habían encontrado también una mujer para Herbert, la huérfana heredera de una refinería de azúcar: según la madre, la muchacha le daría muchos hijos, y según el padre, no tenían más que fusionar sus respectivas refinerías para erigir un verdadero imperio azucarero. Había habido una pelea, gritos y lágrimas. Al final, Herbert se había marchado. Una tía le había legado algo de dinero, una cantidad menor y a todas luces insuficiente para casarse con Olga y construir una familia. Pero les alcanzaría para unos años. Y más adelante… Herbert sabía que le faltaba poco para lograr algo importante, aunque todavía no sabía qué.

Como con sus padres, a Olga tampoco le prometió ni le negó nada, pero esta ni lo apremió ni se quejó. Todavía era verano, y, aunque las fiestas se habían terminado ya, había tiempo de sobra para su amor forestal y campestre. Sin embargo, Herbert parecía ausente. Aseguraba que Olga se callaba todos sus reproches y que eso no solo la volvía rencorosa, sino que también lo llenaba de rencor a él. Por otra parte, no quería doblegarse ante sus padres, pero tampoco deseaba romper con ellos. No sabía cómo salir de aquella situación. Al cabo de unos días se marchó también de allí.