Olga

Bernhard Schlink · Capítulo 6 de 55

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Olga

Capítulo 5

 

Existe una fotografía en la que aparecen los tres en el jardín. Viktoria está sentada en un columpio, con un vestido ancho, un sombrerito con alas y flores y una sombrilla desplegada, los pies cruzados y la cabeza ladeada. A su izquierda, apoyado en el columpio, está Herbert, con pantalón corto y camisa blanca, y a su derecha, con un vestido negro con cuello blanco, Olga. Ambos se miran como si estuvieran tramando algo, como si se dispusieran a empujar el columpio al unísono. Los tres tienen una expresión seria y concentrada. ¿Estarán reproduciendo la escena de algún libro? ¿Agasajan Herbert y Olga a Viktoria? ¿Lo hacen porque, a pesar de ser la pequeña, esta sabe cómo dominar a su hermano y a su amiga? Sea cual sea su objetivo, lo persiguen con concentrada seriedad.

Los tres niños aparentan dieciocho años, aunque en el reverso de la fotografía pone que esta se tomó justo el día antes de la confirmación. Las niñas son rubias las dos: los rizos de Viktoria asoman por debajo del gorrito; Olga lleva el pelo liso recogido en un moño en el cogote. Los labios torcidos de Viktoria delatan hasta qué punto puede malhumorarse si no está en paz con el mundo. Olga tiene la barbilla dura, los pómulos marcados y la frente alta, un rostro recio, en el que la mirada se va deleitando cuanto más se entretiene en él. Ambas tienen un aspecto grave, como dos chicas preparadas ya para casarse, tener hijos y llevar una casa, dos mujercitas. Herbert también pretende ser un hombre joven, pero todavía es un muchacho: menudo, fornido y fuerte, por mucho que hinche el pecho y levante la cabeza, no logra pasar a las dos chicas, ni las pasará nunca.

En fotografías posteriores a Herbert también le gustará posar, imitando al joven káiser. Viktoria pronto empezará a engordar; la comida la reconcilia con el mundo, el tejido adiposo disimula su malhumor a la par que le brinda un encantador aspecto infantil. Esa es la única imagen que se conserva de Olga en aquella época. Solo los padres de Herbert y Viktoria podían permitirse un fotógrafo, y si Olga aparece en esa en concreto es solo porque casualmente estaba allí.

El año posterior a la confirmación, Viktoria empezó a suplicar que la mandaran a un internado para señoritas en Königsberg. Durante una velada en una finca cercana, la hija de los anfitriones le había descrito la vida en uno de esos internados como el súmmum del lujo y la elegancia, una vida vedada para cualquier muchacha que se enorgulleciera de haber crecido entre campesinos. Al principio sus padres no querían, pero Viktoria era testaruda. Y, una vez que logró salirse con la suya, se mantuvo también testarudamente en sus trece, afirmando que la vida en el internado era la vida aristocrática por antonomasia.

Olga quería entrar en el seminario nacional para maestras de Posen, pero para ello tenía que pasar un examen de acceso y acreditar los conocimientos del curso superior de la escuela de enseñanza media para muchachas. No le habría importado caminar cada mañana y cada atardecer los siete kilómetros que había hasta la escuela de la capital del distrito, pero no disponía ni del dinero para la matrícula ni de nadie que pudiera interceder por ella para que la eximieran de abonar las tasas escolares. El maestro y el cura del pueblo consideraban que, para las chicas, la educación superior era un capricho. Finalmente, Olga decidió que iba a adquirir por sí misma los conocimientos del curso superior.

Pero cuando acudió a la escuela de enseñanza media para averiguar qué debía saber una al terminar el curso superior, se sintió tan intimidada por el imponente edificio, las anchas escalinatas, los largos pasillos llenos de puertas, la ligereza con que las chicas se reunían en los vestíbulos, riendo y charlando entre timbre y timbre, y la seguridad con que las maestras, la cabeza siempre erguida, entraban y salían de las aulas, que se quedó petrificada en un rincón, junto a la escalera principal, desde donde lo observó todo. Finalmente, una maestra que acababa de dar una clase reparó en su presencia. Cuando Olga, con lágrimas en los ojos, le explicó por qué había acudido a la escuela, la tomó del brazo, la sacó de la escuela y se la llevó a su casa.

—Religión, lengua, historia, aritmética, geografía, ciencias naturales, caligrafía, dibujo, canto y labores. ¿Te ves capaz?

Olga había estudiado catecismo durante las clases de confirmación, había leído dramas de Schiller, novelas de Freytag y la Historia patriótica de Prusia de Saegert, se sabía de memoria varios poemas de Goethe y de Mörike, de Heine y de Fontane, y varias canciones del Deutscher Liedergarten de Erk. La maestra le pidió a Olga que recitara un poema, que cantara una canción y que resolviera una operación matemática de cabeza. Inspeccionó el bolsito de ganchillo de Olga, que había hecho ella misma, y se convenció de las capacidades de Olga en cuanto a labores, dibujo y caligrafía. Sus puntos débiles eran la geografía y las ciencias naturales: Olga conocía muchos árboles, flores y setas, pero nunca había oído hablar de las familias vegetales y animales, de Carl von Linné, ni de Alexander von Humboldt.

A la maestra le gustó Olga y le prestó un manual de geografía general y otro de economía doméstica y ciencias naturales. Si necesitaba consejo, le dijo, podía ir a verla en cualquier momento.

—¡Y hazme el favor de leer la Biblia y el Fausto!

Herbert sabía que con dieciocho años ingresaría en el regimiento de infantería, pero hasta entonces debía seguir el bachillerato. Se preparó obedientemente para ello con sus preceptores privados, pero sus pasiones eran el tiro y la caza, la equitación, el remo y correr. Sabía que un día heredaría la finca, con la refinería de azúcar y la fábrica de cerveza, y que su padre había hecho bien introduciéndolo en la gestión del negocio, pero aun así no se veía como señor del campo y dueño de la fábrica. Lo que verdaderamente captaba su atención era la vastedad de la tierra y el cielo. Cuando salía a correr, no regresaba porque estuviera agotado, sino porque empezaba a oscurecer y no quería que su madre se preocupara. Soñaba con correr siguiendo el sol, a través de un día sin fin.