Olga

Bernhard Schlink · Capítulo 14 de 55

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Olga

Capítulo 13

 

 

Herbert le narró su viaje en barco al África del Sudoeste Alemana y su primer contacto con los negros, unos muchachos alegres que, en el puerto de Monrovia, se zambullían en el agua para recuperar las monedas que él les lanzaba. Le habló de la guerra de agua que organizaron los soldados con baldes en el ecuador, de la llegada a la desembocadura del Swakob, y de la imagen de la arena, arena y más arena hasta donde alcanzaba la vista. Después de subir a un bote balanceante y de cruzar el oleaje embravecido, finalmente había llegado de nuevo a tierra firme, aunque, bajo sus pies acostumbrados al vaivén del mar, esta no parecía querer estarse quieta.

Desde el primer día, Herbert se enamoró del desierto. Al sur estaban las dunas de arena, que se alzaban altísimas antes de descender hasta el mar, la pura imagen de la belleza sensual, a un tiempo majestuosas y encantadoramente redondeadas. Al este se extendía una llanura inmensa de piedras y arena de granos rojizos y grisáceos, entre los que crecían líquenes oscuros y estrechos tallos de hierba. Ocasionalmente había alguna loma cubierta de maleza que recordaba el gran monte de Venus. Herbert disfrutaba de la simultaneidad de monotonía y disparidad: las pequeñas variaciones de piedra, arena y vegetación, los valles y hondonadas serpenteantes con sus diminutos montículos de peculiares formas, que aparecían cuando menos los esperabas. Y el desierto era siempre remoto y vacío. Antes de verlo, Herbert ni siquiera sospechaba que aquel mundo de arena candente, sol ardiente y aire trémulo pudiera existir, ni tampoco que su esplendor no tuviera límites, por más días y días que pasaran atravesándolo a caballo.

Su compañía llegó a una estación de tren, donde se detuvo a esperar provisiones y pertrechos, y Herbert quedó fascinado por el ferrocarril, con aquellas vías tan estrechas, tanto que decidió recorrer un trecho montado en él, mientras este se encaramaba agónicamente a los montes para luego descender raudo como un expreso. A veces divisaba siluetas negras y sucias de pie ante cabañas sórdidas, tipos ágiles que huían velozmente de la compañía y que lograban eludir también a la patrulla que salía tras ellos o mujeres con el pelo corto y ensortijado y labios gruesos. A veces, las figuras oscuras que acechaban entre la maleza o tras las rocas no correspondían a negros, sino a papiones.

Una tarde enviaron a Herbert a patrullar para averiguar la causa de un resplandor ardiente tras el horizonte. Vio las estepas ardiendo. Bajo las espesas nubes rojo oscuro, la hierba y los matojos ardían y chispeaban. A continuación intentó regresar al campamento, pero no lo encontró. Cuando su caballo dijo basta, supo que no le quedaba más remedio que dormir en la estepa y esperar hasta la mañana siguiente. Oyó el gañido de los chacales, que le recordó el aullido de los perros y el lloriqueo de los niños. Buscaban una presa, lo olisqueaban y se acercaban cada vez más y más, hasta que sus gemidos lo rodearon. Entonces, con el corazón en un puño, descubrió el significado del horror. Se llevó la mano al arma, se levantó y escrutó la noche, temeroso de los chacales, que seguía oyendo, de los leopardos, que sabía que lo rondaban, y de los herero, contra quienes luchaba. Pero no vio nada, ningún chacal, ningún leopardo, ningún herero, tan solo la oscuridad de la noche, impenetrable como si lo hubieran cubierto con un manto, de tal modo que al final ya no sabía si tenía miedo de lo que pudiera haber allí fuera o de algo que se agazapaba en su interior.

Pero lo que quería no era exponerle sus miedos a Olga, sino impresionarla. «¿Tú sabes lo que hacemos por todos vosotros aquí, en el Sudoeste? Hace poco leí en un periódico que, si no lográsemos derrotar a estos negros miserables, destinar más fondos a nuestra campaña militar supondría un despilfarro y sería preferible vender este arenero a los ingleses. ¿Tú también piensas así? Yo objeto que el gobierno no puede obrar de otra forma si no quiere traicionar la misión de todos los pueblos blancos y dañar la reputación del país. ¡Eso sería renunciar a un paraíso!». Y Herbert le hablaba con entusiasmo del clima, mucho más propicio a las afecciones pulmonares que el de la patria, de las fuentes subterráneas por desenterrar, de todos los tipos de cactus, algodón y tabaco por cultivar, de los bosques por plantar, las minas por excavar y las fábricas por construir. Pero para ello debían gobernar los alemanes. «Los negros pretenden sublevarse para usurpar el poder. No debemos permitírselo. Ganaremos por nuestro bien y también por el suyo. Su raza se encuentra todavía en el escalón más bajo, privada de nuestras principales y mejores virtudes, el empeño, la gratitud, la compasión y cualquier tipo de ideal. Y aun cuando se educaran superficialmente, sus almas quedarían rezagadas. Su victoria supondría un revés temible para los pueblos civilizados». Sus cartas hablaban de patrullas, escaramuzas y persecuciones, que él celebraba con hurras, y del júbilo que los embargaba si llegaba algún telegrama del káiser alabando a los oficiales y a las tropas.