Olga

Bernhard Schlink · Capítulo 7 de 55

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Olga

Capítulo 6

 

Tras la marcha de Viktoria, ahora que eran dos, Olga y Herbert necesitaron un tiempo para acostumbrarse a aquella nueva intimidad. Visitar a Herbert no era lo mismo que visitarlos a él y a Viktoria; y al percatarse de las miradas de suspicacia de los padres, Olga renunció a aquel hábito. También Herbert detestaba las sonrisas burlonas que les dirigía la gente del pueblo cuando se topaba con ellos, y empezó a evitar los paseos y las excursiones en barca en las que, cuando eran tres, solían participar ingenuamente.

Lo mismo que el maestro y el cura, la abuela consideraba innecesario que Olga recibiera educación superior y, por mucho que esta quisiera prepararse para el examen de ingreso, si estaba en casa no la dejaba tranquila, aunque en realidad no necesitara su ayuda, por lo que con la llegada del verano Olga solía coger sus libros y se refugiaba en un lugar solitario en la linde del bosque. Entonces Herbert cogía al perro y a veces también la escopeta, e iba a visitarla. Un día le enseñó a Olga un refugio de cazadores donde podía estudiar cuando llovía, y a menudo le llevaba algún obsequio: una pieza de fruta, un trozo de pastel, una botella de mosto…

Por lo general iba a verla corriendo, se echaba en la hierba, junto a ella, con la lengua fuera, y esperaba a que Olga interrumpiera su tarea. «A ver, ¿qué has aprendido que no supieras esta mañana?» era siempre su primera pregunta.

Ella respondía con mucho gusto, y así veía qué había retenido y qué cosas se le habían olvidado ya y tenía que volver a estudiar. A Herbert le interesaban sobre todo la geografía y las ciencias naturales, y cómo vivir de lo que ofrecía la tierra.

—¿Hay líquenes comestibles?

—El musgo islandés sí. Es un buen remedio contra el resfriado y el dolor de barriga, pero también sirve como alimento.

—¿Cómo se puede saber si una seta es venenosa?

—Hay que memorizar o bien las trescientas que son comestibles, o bien las trescientas que no lo son.

—¿Qué tipos de planta crecen en el Ártico?

—En la tundra crece…

—No me refiero a la tundra, sino…

—¿En el desierto de hielo? Allí no crece nada.

A petición suya, Herbert le llevó sus manuales escolares y Olga se dio cuenta de que no tenía de qué avergonzarse con él, pues solo la aventajaba en idiomas: su preceptora hablaba inglés y francés con él, mientras que con ella no hablaba nadie. Aunque no necesitaba los idiomas para el examen de acceso, un día quería viajar a París y a Londres, ciudades sobre las que había leído en el Diccionario enciclopédico Meyer y con las que también estaba más familiarizada que Herbert.