Olga
Capítulo 2
La niña aprendió también que se estaba criando en la pobreza. El hecho de que la escuela, un edificio nuevo de ladrillo rojo con cornisas y columnas de arenisca amarilla, fuera más bonita que el resto de casas del barrio no significaba que estas fueran sórdidas. La escuela era la escuela. Pero después de ver las elegantes residencias y las anchas avenidas, las villas ajardinadas, los regios edificios públicos y las grandes plazas, y de respirar el aire en los puentes y a orillas del río, la niña comprendió que en su barrio vivían los pobres y que ella era uno más.
Su padre era estibador y cuando no había trabajo en el puerto se quedaba en casa. Su madre trabajaba como lavandera: recogía la colada en las casas de la gente bien, se la llevaba en un fardo sobre la cabeza y, después de lavarla, se la volvía a colocar sobre la cabeza y la devolvía planchada y envuelta en una sábana. Tenía trabajo día sí, día también, pero no ganaba demasiado dinero.
Después de pasar varios días trabajando en la grúa, sin dormir ni cambiarse de ropa, el padre se puso enfermo. Le dolía la cabeza, estaba mareado y tenía fiebre. La madre se ocupó de él y trató de aplacar la calentura con paños húmedos en la frente y las pantorrillas. Al ver los sarpullidos rojos que le habían salido en el estómago y los hombros se asustó, y para cuando el médico se presentó en casa, también ella se sentía mareada y febril. El médico diagnosticó tifus y los mandó a los dos al hospital. La despedida de la niña fue breve.
No volvió a ver a sus padres. No podía visitarlos en el hospital para no contagiarse. La vecina, que la cuidaba, le aseguró que se pondrían bien pronto, pero su padre murió al cabo de una semana y su madre al cabo de diez días. La niña habría querido quedarse en casa de la vecina, y la vecina habría estado encantada de hacerse cargo de ella, pero la abuela paterna decidió llevársela a Pomerania.
Ya durante los primeros días, que la abuela dedicó a preparar el entierro, liquidar la vivienda y sacar a la niña del colegio, quedó claro que las dos no se entendían. La abuela no había dado el visto bueno al matrimonio de su hijo. Orgullosa de su sangre alemana, nunca creyó que Olga Nowak, por mucho que hablara alemán de forma fluida, fuera la mujer adecuada para su hijo. Tampoco le había parecido bien que los padres le pusieran a la niña el nombre de la madre. En cuanto estuviera bajo su custodia, abandonaría su nombre eslavo y adoptaría uno germánico.
Pero Olga no se dejó arrebatar el nombre. Cada vez que la abuela intentaba explicarle los inconvenientes de su nombre eslavo y las ventajas de tener un nombre alemán, Olga la miraba con expresión de perplejidad. Y cuando la abuela le propuso que eligiera ella misma el nombre germánico que más le gustara, de Edeltraud a Hildegard, la pequeña se negó, y entonces, cuando la abuela dijo que basta y que a partir de aquel momento se llamaba Helga, que era casi lo mismo que Olga, la niña se cruzó de brazos, dejó de hablar y decidió no responder cuando la llamaba por aquel nombre. Esa fue la situación durante el viaje de Breslau a Pomerania y también durante los primeros días tras su llegada. Finalmente, la abuela se rindió, y a partir de aquel momento vio para siempre a Olga como una niña rebelde, impertinente y desagradecida.
En aquel nuevo hogar, a Olga todo le resultaba extraño: tras la gran ciudad, el pueblo y los anchos paisajes; tras el colegio de niñas con un sinfín de clases, la escuela mixta con una única aula; tras el bullicio de Silesia, la calma de Pomerania; tras el cariño de la vecina, la reserva de la abuela; tras todo el tiempo libre para leer, el trabajo en el campo y en el huerto. Olga se conformó, como hacen los niños pobres desde muy temprana edad, pero al mismo tiempo tenía más ambición que los demás: quería aprender más, saber más, hacer más cosas. En casa de la abuela no había ni libros ni piano, y Olga estuvo persiguiendo al maestro hasta que este le dio varios libros de la biblioteca, y al organista hasta que este le explicó cómo funcionaba el órgano y la dejó tocarlo. Y, cuando durante la clase de instrucción de catecúmenos el cura se refirió negativamente al libro sobre la vida de Jesús de David Friedrich Strauss, tras mucho insistir, Olga logró convencerlo para que se lo prestara.
Se sentía sola. Los niños del pueblo no jugaban tanto como los de la ciudad, pues tenían que trabajar. En todo caso, los juegos allí eran igual de hostiles que en la ciudad, y Olga estaba preparada para hacerse valer. Pero sabía que no encajaba. Anhelaba la compañía de alguien que tampoco encajara. Hasta que un día lo encontró. También él era distinto. Lo había sido desde siempre.