Olga

Bernhard Schlink · Capítulo 21 de 55

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Olga

Capítulo 20

 

Estuvo trabajando en su charla hasta el invierno. Sabía que su éxito en Tilsit no le garantizaba un éxito parecido en Berlín, en Múnich ni en las demás capitales y cortes, donde se encontraría ante un público más informado y exigente. Allí, por ejemplo, no podría evitar mencionar que von Nordenskiöld ya había cruzado el Pasaje del Nordeste entre 1878 y 1879 ni que la pugna entre Cook, que aseguraba haber alcanzado el Polo Norte en 1908, y Peary, que afirmaba haber hecho lo propio en 1909, ilustraba las dificultades de demostrar o refutar dichas pretensiones. Para cruzar el Pasaje del Nordeste se necesitaba mucha suerte y mucho tiempo, eso lo sabía todo el mundo; ¿qué más quedaba por averiguar? Alcanzar el Polo Norte y documentarlo resultaría costoso, peligroso y sumamente difícil; ¿no se trataba de una misión perfecta para los aviones, que mejoraban día a día?

Herbert quería hablar del Pasaje del Nordeste, de la necesidad de que los alemanes lo exploraran, de que él, específicamente, lo explorara. La costa siberiana de la cuenca ártica estaba mal cartografiada, mucho peor que la americana o la groenlandesa. Era necesario explorarla y sondearla antes de poder valorar de forma concluyente las rutas marítimas entre Europa y Asia. Solo después de cerrar el cerco alrededor de la cuenca ártica sería posible calcular los tesoros que escondía.

Aparte de preparar la charla, Herbert se dedicaba a escribir cartas ofreciéndose como orador a diversas sociedades: la Sociedad de Geografía, la Sociedad de Etnología, la de Geografía y Etnología, la de Geografía Política, la de Antropología y Etnología, la de Prehistoria, la de Oceanografía… Le escribió a Von Drygalski para pedirle su respaldo público, a empresas de Berlín y Hamburgo para que colaboraran costeando el envío de enseres, ropa y víveres, a la editorial Brockhaus con la sugerencia de que imprimiera postales con motivos árticos y que dedicara la mitad de los ingresos a financiar su expedición. Después de recibir invitaciones de varias sociedades, escribió a mandatarios, políticos, empresarios, banqueros y otros personajes prominentes de cada ciudad para invitarlos personalmente a la charla.

Olga se alegraba de que, mientras se dedicaba a escribir, Herbert pasara mucho tiempo junto a ella. Él le leía todo lo que escribía, ya fueran partes de la charla o cartas, y escuchaba sus consejos. Ella le mostró que, en lugar de escribir una única charla, era mejor redactar varios fragmentos que luego podían combinarse para obtener charlas distintas. También le enseñó a hablar sin notas. Al principio, Herbert redactaba fragmentos completos y los memorizaba, pero pronto empezó a bastarle con tomar breves apuntes. Olga lo ponía a prueba, lo interrumpía, lo abucheaba, lanzaba preguntas, formulaba objeciones. Le quitó el hábito de rascarse la cabeza cuando estaba confundido y logró que se acostumbrara a subir el tono de voz cuando lo cuestionaba. Lo convirtió en un orador.

Lo convenció de que, si quería actuar como portavoz y promotor de su propia expedición, debía aprender a tratar a la gente y que eso era algo que podía empezar a practicar allí mismo, en el pueblo. Herbert mejoró sus dotes sociales, superó la timidez, pero no logró librarse de su arrogancia, que a veces le daba un aire altivo.

Aunque entretanto Viktoria se había casado y se había mudado a vivir cerca del Rin —finalmente la heredera de la refinería había encontrado a otro empresario del azúcar—, los padres de Herbert seguían opinando que Olga no era la mujer apropiada para él. El dinero que le había legado su tía era cada vez más escaso y sus padres tenían la esperanza de que las dificultades económicas lo volvieran más dócil. Sin embargo, el único efecto inmediato fue que Herbert se mudó a un hotel más barato de Tilsit. También dejó de alquilar carruajes y caballos: ahora cogía el tren económico hasta Schmalleningken y desde allí llegaba al pueblo caminando o corriendo. Además, sin ningún caballo ni ningún carruaje aguardando delante de la casa podía quedarse a pasar la noche sin levantar sospechas.

Una tarde de diciembre, Herbert llegó cuando ya estaba oscuro. Olga, que ya no lo esperaba, tenía al pequeño Eik de visita. Los demás niños de la granja estaban enfermos, la madre no daba abasto con las compresas frías, el aguardiente francés y las infusiones de tila, y además quería evitar que Eik se contagiara. Olga y Eik estaban jugando, y Herbert, con una mueca apenas visible, se sentó junto a ellos. Mientras Olga cocinaba, Herbert siguió jugando con el niño, luego se sentaron a cenar y más tarde siguieron jugando los dos mientras Olga, que fregaba los platos, no se perdía nada de lo que sucedía entre ellos. El parchís era nuevo para ambos, y se enfadaban, maldecían y se reían. Después de meter a Eik en la cuna, que no cabía en el dormitorio y estaba en la cocina, Olga acercó la lámpara al tablero de la mesa, de modo que el resto de la pieza y la cama de Eik quedaron a oscuras.

Herbert se puso a leer: le había llegado por correo la noticia de que Amundsen había cruzado el Pasaje del Nordeste. Olga tenía una montaña de cuadernos escolares ante ella. Abrió el primero, pero Herbert se dio cuenta de que no estaba leyendo. Las lágrimas le rodaban por el rostro.

—¿Qué pasa? —le preguntó Herbert, que se había levantado y se había arrodillado junto a ella—. ¿Qué pasa? —susurró de nuevo, acariciándole la mano.

—Nada, es que… —respondió ella, susurrando también, pero eso bastó para que se abriera la compuerta de los sollozos—. Es que… —repitió, sollozando y meneando la cabeza.

—¿Qué?

—¿Tú oyes respirar a Eik?