Segundo objetivo
Capítulo 8
–Mein Gott. Yo voy ahora. Ustedes comen.
Frau Escher dejó el cuchillo, dirigió una parodia de sonrisa de colegiala a Von Leinsdorf y salió con paso torpe a la habitación delantera. El teniente indicó a su equipo que la siguiera, mientras él se concentraba en la radio.
Manipuló los botones, cuyas ranuras estaban impregnadas de grasa animal coagulada.
Asqueado, sacó un pañuelo y limpió los mandos.
Sintonizó la frecuencia de su puesto de comandancia, situado a veinte kilómetros al este de la frontera. Habló en el código preestablecido; emitió durante menos de un minuto e informó al cuartel general de que habían cruzado y estaban a salvo. Insistió en que los otros jeeps debían evitar la carretera de Elsenborn, pero no mencionó el tiroteo en el control. También les hizo saber que el paquete que esperaban de la Abwehr no había llegado a Waimes. Tras una pausa, se le respondió que regresara al día siguiente a la carnicería y lo intentara de nuevo.
Aquel informe positivo animó al coronel Skorzeny a desplegar las escuadras de comandos restantes. Antes del amanecer, nueve equipos más de la Operación Greif se infiltrarían en las líneas norteamericanas.
Entonces sólo faltaban veinticuatro horas para el inicio.
8
Spa, Bélgica 1 5 de diciembre, 2:00 horas Poco después de que Earl Grannit y Ole Carlson arrestaran al capitán John Stringer y su escuadrón de ladrones cerca de la estación de Clermont, dos secciones de la policía militar
entraron en los barracones del 724 en Lieja y echaron las redes al resto de la Compañía C.
La policía militar reunió a los sospechosos en la sala de baile del hotel Britannique. Enclavado en la cima de un macizo al norte del paso de Losheim, esta meseta pantanosa de los alrededores de Spa había sido inhabitable hasta que los romanos descubrieron los baños termales naturales que se filtraban a través del yermo suelo sulfúrico. A lo largo de los siglos, a medida que la ciudad de Spa crecía para acomodar a los ricos viajeros que iban a solazarse en sus aguas beneficiosas, el topónimo se transformó en el término genérico que designaría a aquellos templos de placer. Desde p r in c ip i o s d e o c tu b r e, to d o s s u s lu jo s o s establecimientos del siglo XIX
estaban bajo el control del Primer Ejército.
Cuando llegó al hotel, Grannit comprobó, c o m p l a c i d o, q u e u n o s n o v e n t a s o l d a d o s norteamericanos esperaban nerviosos en la sala de baile. Los dos oficiales, más otros tres que habían apresado en los barracones, entre ellos el comandante del batallón, estaban confinados en habitaciones de las plantas superiores. Grannit y Carlson rellenaron el papeleo en el ostentoso vestíbulo del hotel, fumaron cigarrillos y pidieron café y bocadillos a la cocina, mientras esperaban la llegada de sus superiores y homólogos de la Inteligencia Militar. – ¿Qué demonios es esto, fiambre de cerdo? – preguntó Carlson, examinando el contenido de su emparedado.
–Paté -dijo Grannit.
–Pues parece fiambre de cerdo -replicó Carlson, sin apartar la vista del interior del emparedado.
–Estoy seguro de que usan algunas partes comunes. – ¿De qué?
–De lo que metan en el fiambre. Cerdo, vaca -aclaró Grannit, tomando un bocado.
Observando la pasta de carne con desconfianza, Ole se decidió a olfatearla una vez, a modo de exploración.
–No va a morderte, Ole -le tranquilizó Grannit.
–Huele raro.
–Pero tú comes fiambre de cerdo, ¿no?
–Pues claro. El fiambre de cerdo es genial. Como desayuno, almuerzo y cena. De catorce formas distintas.
–Créeme en esto: cualesquiera que sean las partes de los cerdos y vacas que meten en el fiambre, las que hay aquí vienen de más arriba.
Ole cerró el emparedado, dio un cauto mordisco y lo paseó un rato por la boca.
–Tienes razón, Earl. Esto es mucho más sabroso que el fiambre.
Llevaban juntos tan sólo unas semanas. Carlson había sido investigador de aseguradoras y bombero voluntario en su hogar de Sioux Falls. Grannit apreciaba que ambos trabajos le hubieran preparado tanto para las acciones rápidas e impredecibles como para las aburridas secuelas del trabajo policial. Ole se había formado como policía militar antes de ser transferido a la División de Investigación Criminal, donde se especializó en falsificaciones y documentos, su área de fraudes en las aseguradoras. Ole era religioso, iba a la iglesia todos los domingos y rezaba sus oraciones,
pero nunca hacía comentarios al respecto. A Grannit le gustaba Ole por su voz monótona y vacilante del medio oeste, por su cabello rubio cortado a cepillo que coronaba una cabeza de lanzador de peso y por su naturaleza franca y directa.
–Me gusta este café francés, tiene algo especial -dijo Carlson-. Hace que quieras levantarte y saludar.
–Es café belga -replicó Grannit.
Ole sólo asintió con un gesto. Miraba a dos policías militares uniformados que escoltaban a un nuevo grupo de soldados sospechosos por el vestíbulo.
– ¿Dirigirás el interrogatorio de esos muchachos?
–De tantos como me permitan -dijo Grannit. – ¿Este es el tipo de trabajo que hacías en Nueva York, Earl?
–Así es, Ole.
–Ladrones y asesinos y violadores…
–No rechazábamos a nadie.
–Oh, qué increíble. La vida en la gran ciudad -Ole reflexionó unos instantes-. ¿Puedo verte interrogar a esos tipos?
–Eso no depende de mí.
–Supongo que podría aprender mucho. Del trabajo de detective y todo eso.
–Nada personal, ¿está bien? Esto no es una escuela nocturna. Sólo mantén los ojos bien abiertos y la boca bien cerrada. Lo que hagas después con eso es asunto tuyo.
–Sí, de acuerdo. Pero está claro que estás enojado.
A mí también me sulfuran esos ladrones de trenes.
Cuando pienso en lo que hacían…
–Que no te quite el sueño.
Grannit se acabó el emparedado, se desperezó en el sofá, se cubrió los ojos con el sombrero y cruzó los brazos. Carlson, que ya había sido testigo de estas cabezaditas, suponía que aprovechar cualquier oportunidad para echarse una corta siesta era un viejo truco de los detectives. Decidido a intentarlo, se revolvió en una butaca excesivamente acolchada para ponerse cómodo. Grannit entreabrió un ojo y miró cómo Ole decidía si podía poner las botas sucias de barro sobre una mesa de profusos dorados. Luego se levantó, desplegó en la mesa un ejemplar de Barras y estrellas, se sentó de nuevo y puso una bota, después la otra, sobre las páginas.
Grannit volvió a cubrirse con el sombrero. También había ciertas cosas de Ole que le ponían de los nervios.
Un joven capitán y un teniente de Inteligencia aparecieron a las cinco de la mañana, haciéndose notar mientras sus ayudantes corrían de un lado para otro en busca de café y donuts. Cuando los oficiales empezaron a lamentarse de lo mucho que tendrían que trabajar para evitar que el sucio asunto del batallón de ladrones de trenes apareciese en el New York Times, Grannit les volcó una mesa encima.
–Acabamos de destapar el mayor caso criminal de la guerra y contribuir a mejorar la moral de nuestro frente, así que me importa una mierda que sea un problema de relaciones públicas para algunos capullos de la retaguardia.
¿Lo captáis?
Sus superiores de Investigación Criminal aparecieron a tiempo de oírlo y dejaron caer que el teniente Grannit llevaba quince años en robos-homicidios del Departamento de Policía de Nueva York.
Los ases de Inteligencia parecieron tener prisa por recoger sus papeles y
marcharse.
Al amanecer, durante el desayuno, los fiscales de Investigación Criminal expusieron lo que esperaban oír de los sospechosos antes del consejo de guerra. A Grannit le gustó lo que le explicaron acerca del proceso en un tribunal militar; en tiempos de guerra se exigían menos pruebas, lo que implicaba menos rollos legalistas por parte de los abogados de la defensa.
Pero el mando supremo quería limpiar aquel desastre y tirarlo a la basura, sin que la prensa derramara ni una gota de tinta con la guerra encaminándose a su fin. La moral del frente civil estaba alta y nadie quería estropear la cena del domingo a los padres de los combatientes con sórdidos detalles de esos gilipollas codiciosos. – ¿Cómo lo hacemos, Earl? – le preguntaron.
–Necesitan confesiones -dijo Grannit.
–Por lo que sabemos, ninguno de ellos quiere cooperar -dijo uno de los policías militares de más graduación.
Nadie tenía una solución. Grannit se contuvo, recordándose que la División de Investigación Criminal era una unidad reciente, con menos de cuatro meses de funcionamiento, organizada para ocuparse de los delitos graves cometidos por los soldados norteamericanos contra otros soldados o contra civiles. Con un tiempo tan limitado para ponerse en pie, apenas habían tenido la oportunidad de imprimir manuales, o mucho menos de formar al personal. Para mantener la paz en casa cuando estalló la guerra, el Tío Sam había entregado a todos los polis norteamericanos en activo una exención de reclutamiento. Grannit había intentado alistarse durante las primeras semanas de la guerra, pero sus superiores del Departamento de Policía de Nueva York lo consideraban demasiado valioso para dejarlo ir.
Veintisiete meses y un caro abogado más tarde, conseguía salir de la policía y entrar en el ejército sin renunciar a su pensión. Al día siguiente lo enviaban a la base de entrenamiento de la nueva División de Investigación Criminal en Michigan.
Sus actuales superiores no habían trabajado un solo día en el mantenimiento de la ley y el orden civil. Eran soldados que habían hecho carrera en la policía militar y que eran tan rígidos como sus corbatas reglamentarias.
¿Había que controlar el tráfico en una zona de estacionamiento de tropas, sofocar una pelea portuaria o mantener la cadena de custodia de los prisioneros de guerra? Ése era el terreno de la policía militar -logística, disciplina y seguridad-, las dotes de los policías que patrullaban la calle; sin embargo, no estaban preparados para el trabajo de investigación criminal.
En menos de una semana, los hombres que intentaban dirigir la División advirtieron que Grannit sabía más que ellos sobre cómo organizar un cuerpo de investigación criminal. El caso del tren se había resuelto en seis semanas y Grannit había dirigido el trabajo.
Ahora ellos esperaban que pasara a la siguiente jugada.
–Lo que tenemos aquí es una inmensa operación mafiosa. Crimen organizado, como el que había en los muelles de Brooklyn -empezó Grannit. – ¿Trabajaste esos casos?
–Un par de ellos. – ¿Cómo les hiciste hablar?
–Hay que pescar un pez pequeño. El pez pequeño delatará a un pez mayor.
Y así sucesivamente, hasta llegar al primero de la fila.
–El cuartel general necesita que esto se solucione hoy -dijo el alto cargo de Investigación Criminal.
–Entonces, como entrante, déjenme hablar con ellos -replicó Grannit.
Grannit paseó por la zona acordonada de la sala de baile, escrutando los rostros. Seleccionó a seis hombres, entre ellos el cabo Eddie Bennings. Los llevaron a la cuarta planta y los metieron en una habitación.
Siguiendo instrucciones de Grannit, algunos policías militares se habían llevado los muebles, apagado la calefacción y habían abierto las ventanas que daban al balcón. Dejaron que los sospechosos sufrieran el frío gélido
durante una hora, con órdenes de guardar silencio. La primera vez que los policías militares que les custodiaban oyeron una palabra, entraron en la habitación y les retiraron las cerillas y los cigarrillos.
Cuando uno de ellos se adormilaba, los policías lo espabilaban de una patada.
Dos horas más tarde, Grannit entró en la habitación seguido de los tres policías militares más grandes de la unidad, armados con porras. Grannit vestía un traje de civil sin distintivos ni insignias. Explicó a los prisioneros que durante los siguientes quince minutos iban a escribir y firmar una confesión que detallase su participación en las operaciones de estraperlo del batallón. Depositó papel y plumas en el suelo, en el centro de la habitación, y encendió un cigarrillo. Los seis hombres le miraron y se miraron entre sí, pero nadie se movió hacia el papel.
Grannit apuró el cigarrillo, caminó hacia el tipo de aspecto más duro del grupo, le golpeó la cabeza contra la pared y procedió a trabajarle los riñones. Cuando hubo terminado, el hombre se orinaba encima y cuatro de los otros cinco sospechosos tenían la pluma en la mano. Se escoltó a cada uno de ellos a una habitación privada y caldeada del fondo del pasillo, donde se les dijo que les servirían una comida caliente y un cóctel de su elección en cuanto acabasen las confesiones.
Grannit se quedó en la habitación fría con Eddie Bennings, el único que no había cogido una pluma. – ¿No vas a escribir una declaración?
–Que te jodan -respondió Bennings.
Grannit ordenó a los policías militares que salieran de la habitación y encendió otro cigarrillo. – ¿Te conozco de algo, Eddie? – ¿De qué coño iba yo a conocerte? – ¿Te han fichado alguna vez en una comisaría de Nueva York? Eduardo DiBiaso, ése es tu verdadero nombre, ¿no es así? – ¿De dónde has sacado eso?
–De aquí mismo, de tus papeles, Eduardo. ¿Qué ha pasado, te lo cambiaste
en la oficina de reclutamiento, para quitarte la peste a ajo? ¿O para evitar una orden de arresto?
Bennigs entrecerró los ojos y se esforzó en demostrar lo poco que le importaban aquellas palabras.
Desde el momento en que le había puesto la vista encima, Grannit supo que aquel miserable tenía antecedentes; era estrictamente un bribón de poca monta, un gángster de pacotilla que había pasado el tiempo suficiente entre la mafia para perder el rumbo moral. – ¿Tienes esposa e hijos en casa, Bennings?
–Tengo esposa. – ¿Era ahí donde enviabas el dinero? ¿A casa, con la mujer?
– No hubo respuesta-. Lo que la convierte en cómplice encubridora.
También podríamos ir a por ella; enviar a la poli a su puerta. ¿Cuánto has pellizcado hasta ahora, cinco mil? ¿Diez?
–No diré nada hasta que vea a un abogado. – ¿Un abogado? ¿Dónde coño te crees que estás, Hoboken? Aquí no hay un sistema de justicia. No hay ningún capo de barrio que vaya a cuidar de tu familia si mantienes la boca cerrada. Los tribunales militares no funcionan así. Esto no es un problemilla de poca monta, no es como afanar unas cajitas de ron de un camión de Seagram. Éstos son crímenes de guerra, amigo. La gente va a la cárcel o se enfrenta a un pelotón de ejecución. Te tenemos; si no cooperas, no volverás a ver a tu mujer.
–Gilipolleces. – ¿Y cuando corra la voz de que robaban a su propias tropas en el frente? La vida en chirona te va a resultar bastante jodida.
Apareció una primera grieta en la fachada de tipo duro de Eddie. – ¿Y qué?
–Sabemos que te relacionabas con los oficiales que dirigían el cotarro.
Traías cierta experiencia de casa y confiaban en ti porque hacías que el negocio funcionase.
Eras un hombre clave para ellos. ¿O quieres contarme algo distinto?
Eddie no quiso.
–Ayúdanos a encerrar a esos peces gordos y el sistema te tratará mejor. Eso es sentido común. Tus muchachos son soldados, no gángsteres, así que nadie irá a por ti si largas; es posible que incluso te ahorres el juicio. Quizá te impongan un castigo simbólico. Te transferirán a otra unidad sin pasar por la cárcel. – ¿Para que me maten en el frente? Gracias, pero no, gracias.
–Está bien, Eddie. Iremos a por la opción tres.
Grannit apagó el cigarrillo, agarró a Eddie por el cuello y la muñeca y le hizo cruzar las puertas del balcón. – ¿Qué es esto? ¿Qué coño haces?
–Me volví durante una décima de segundo, y tú estabas tan abatido que te arrojaste por la barandilla.
Una trágica pérdida. Ni paga por defunción, ni estrella dorada en la ventana, ni bandera doblada para tu señora…
–Espera un momento, espera un momento… -¿No crees que ya estoy bastante cabreado? Haría un favor a todos a los que joderías la vida si vivieras para contarlo…
Temiendo por su existencia, Eddie se agarró con ambas manos a la barandilla de hierro forjado, mientras Grannit intentaba empujarle al vacío.
–Está bien, está bien, escribiré, escribiré, cooperaré… -¿Estás seguro? –
preguntó Grannit, tirando de él.
–Estoy seguro, estoy seguro, ¡por Dios!
Grannit le soltó en el suelo del balcón; Eddie jadeaba como un cachorro y estaba empapado en sudor.
–Quince minutos -advirtió Grannit, antes de salir de la habitación.