Segundo objetivo
Capítulo 16
donde la carnicera ocultaba los cuerpos. Un instante después, Bernie oyó otro disparo.
16
El puente de Amay 17 de diciembre, 16:30 horas Grannit cambió bruscamente de marcha y la caja de cambios del Willys rechinó como protesta. Las ruedas traseras coleaban en cada curva. Habían tardado diez minutos en subir la colina; de bajada, habían llegado al río en cinco.
Mientras aceleraba hacia la cabeza del puente, vieron el otro jeep aparcado en el control. Sus cuatro pasajeros seguían sentados. Un oficial hablaba con el sargento a cargo del puente desde el asiento trasero. – ¿Quieres reducir un poco la velocidad, Earl? – pidió Carlson. – ¿Quieres conducir, Ole? –
replicó Grannit, mirándole con fastidio.
–Sólo pensaba que nos convendría aminorar para que no nos descubrieran.
– ¿Quieres que me detenga en el arcén y te pones al volante?
–No. – ¿Por qué no paro aquí mismo y tú nos llevas a la velocidad adecuada?
–Olvídalo. Lo siento.
–Dios, pondrías nervioso hasta al café…
Earl Grannit frenó antes de doblar la última curva y llegó al control del puente diez segundos más tarde.
Saludó despreocupadamente al sargento mientras se situaba frente al otro jeep, cerrándole el paso. Un capitán que ocupaba el asiento del copiloto del
segundo jeep se volvió a mirarlos, sonriendo con amabilidad. – ¿Todo bien, sargento? – preguntó Grannit.
–Éste es el capitán Harlan -dijo el sargento, volviéndose hacia los recién llegados-. ¿Lo he entendido bien, señor?
Harlan asintió con un gesto. Grannit saltó del jeep y saludó. – ¿Cómo ha ido el día? ¿De dónde venís, muchachos? – preguntó Harlan a Grannit, devolviendo el saludo.
Ninguno de los cuatro hombres parecía nervioso.
Dos calzaban botas sin polainas, como el alemán muerto que habían encontrado, y otro no llevaba el cinturón reglamentario. Sólo uno de ellos lucía la insignia de la unidad en el hombro. Sin perder de vista sus movimientos, Grannit se desplazó casualmente alrededor del jeep. Advirtió que las letras inscritas en el capó parecían recientes; no estaban gastadas ni mostraban rasguños. Había cuatro bidones atados a la parte trasera del vehículo.
–Hemos estado cerca de Lieja esta mañana -dijo Grannit, sacando un paquete de tabaco-. ¿De dónde viene usted, señor?
–Ayer estábamos en Eindhoven, Holanda. Cuerpo de Comunicaciones, Tercera División Acorazada. A medianoche recibimos órdenes de bajar aquí. Fue un infierno poner a todo el cuerpo en la carretera.
Grannit intentó encender un cigarrillo, pulsando el mecanismo del encendedor deliberadamente a destiempo. – ¿Han visto alemanes durante el trayecto?
–Ni uno. Supongo que el grueso de sus hombres estará todavía en el este. El asunto no es tan grave como lo pintan. – ¿Adónde se dirigen? Oiga, ¿tiene fuego? – preguntó Grannit.
–El capitán Harían sacó su Zippo plateado.
–Dijeron que nos querían a todos en Malmédy para medianoche. Nuestro oficial ordenó que nos desviásemos al oeste y nos dirigiéramos a Bastogne.
Buscamos el modo de volver a la carretera principal, sólo nos hemos parado para preguntar el camino…
Cuando el capitán estaba a punto de encender el Zippo, Grannit se lo arrebató de las manos. Desenfundó su 45 con la otra y la sostuvo a unos centímetros de la cabeza del capitán.
–Diga al conductor que entregue las llaves a mi compañero -indicó Grannit.
Al otro lado del jeep, Carlson había sacado el arma y cubría al conductor. El sargento y su sección se aproximaron, apuntando con sus armas a los otros hombres del jeep. Ninguno de ellos se movió. – ¿Pero qué pasa? ¿Cuál es el problema? – preguntó Harlan.
–Hágalo -insistió Grannit.
El conductor miró a su capitán, que hizo un gesto de asentimiento; luego extrajo las llaves del contacto y se las entregó a Carlson. – ¿Quiere pensar en lo que está haciendo, teniente? – dijo Harlan-. No se busque problemas…
–Bajen todos. Suelten las armas. De rodillas en la calzada. Los hombres del jeep obedecieron.
–No haga nada de lo que pueda arrepentirse, teniente -continuó Harlan-. Es evidente que se ha producido un malentendido. Sé que hay mucha tensión en el ambiente…
–Deje en el suelo su pistola y mándela hacia aquí -ordenó Grannit.
El capitán hizo lo que se le decía. – ¿Quiere comprobar una vez más nuestra documentación? ¿Nuestras cartillas militares? Ya hemos mostrado nuestros
pases a los compañeros, ¿qué más necesita?
Grannit enfundó el Colt y retiró la tapa del Zippo.
En el interior habían ocultado un pequeño vial de cristal que contenía un líquido transparente. Grannit lo extrajo y lo olfateó. Almendras amargas.
Harlan vio el vial en manos de Grannit y sus ojos le traicionaron.
–Sprechen Sie deutsch, capitán? – preguntó Grannit.
Von Leinsdorf ayudó a Bernie a subir la escalera y lo depositó en un sofá de la sala. Antes de encender la luz, cerró con llave la puerta que daba al sótano y bajó las persianas. Dispuso en la mesa un surtido de paquetes de comida del ejército norteamericano y abrió dos botellas de cerveza que encontró en la cocina. Bernie comió y bebió con avidez. – ¿Estás muy malherido? – preguntó Von Leinsdorf.
–Estoy bien -replicó Bernie, con voz ronca-. Me funcionan todas las piezas.
Esa mujer no me ha sacado ni un pedazo.
Sus ojos se cruzaron con los de Von Leinsdorf. Le sostuvo la mirada, para asegurarse de que le creía.
Leinsdorf pareció satisfecho; se arrellanó en la silla, pasó una pierna por encimadel reposabrazos y encendió un cigarrillo.
–Te perdí en esa niebla -dijo.
–Una patrulla americana me sacó de ahí -explicó Bernie, masticando galletas con queso-. Un árbol me noqueó.
–Nunca he visto una sopa de guisantes como ésta, ni siquiera en Londres.
Al menos me ha permitido recuperar nuestro jeep. – Von Leinsdorf golpeó el cigarrillo en la esfera de su reloj, mientras observaba a Bernie devorando las raciones. – ¿Adónde te llevaron?
–Baugnez. – ¿Estabas en Baugnez?
–Sí. Justo antes de que llegaran los tanques.
–Ésa era nuestra columna principal, la Primera División Panzer de las SS, al mando del Oberstürmbannführer Peiper. Die Leibstandarte. ¿Sabes quiénes son, Brooklyn?
–La escolta de Hitler.
–Cinco mil hombres. La elite del ejército. La punta de lanza de la invasión.
– ¿Es por eso que no hacen prisioneros?
Von Leinsdorf se inclinó hacia delante. – ¿Viste lo que sucedió?
–Joder si lo vi; me metieron en el prado con ellos, casi me matan.
–Joder, Brooklyn, ¿y por qué no les has dicho quién eras?
–Lo intenté. Pasó tan rápido que apenas tuve la oportunidad. Te vi ahí fuera, pero no conseguí atraer tu atención. Escapé al bosque cuando empezaron a disparar.
–Y recordabas este lugar.
–Un buen hotel de cuatro estrellas. ¿Cómo me has encontrado?
–No te buscaba. En el café vi a nuestro contacto de la Abwehr; dijo que habían dejado aquí el paquete por la mañana, así que vine a buscarlo. Una suerte para ti, muchacho. – ¿Así que está aquí?
–Iba a echar un vistazo cuando te oí retozando con tu chica. Dios, vaya pedazo de bestia. ¿Qué hacía esa mujer ahí abajo?
Bernie se encogió de hombros, intentando rechazar el recuerdo, pero Von
Leinsdorf leyó algo en su rostro.
–No me dirás que arrastró esos cuerpos hasta aquí por un motivo culinario…
–No quiero ni pensar en eso.
–Ni yo. Pero hace que uno se pregunte por la comida que nos sirvió la otra noche…
–Tampoco quiero hablar de ello.
–La spécialité maison: la receta secreta de Frau Escher.
–Cierra el pico.
–Su marido nunca se alistó en el ejército -continuó Von Leinsdorf, ahogando la risa-. Lo que estaba en el mostrador debía de ser él.
–No me hace puta gracia -dijo Bernie, apurando la cerveza-. Podría haber acabado hecho una salchicha.
–Es por eso que siempre pasamos por aquí corriendo, de camino a Francia.
Nadie viene a Bélgica por la comida.
Von Leinsdorf intentó contenerse, pero sólo consiguió que la carcajada surgiese con más fuerza. – ¡Cállate!
A medida que el alcohol penetraba en su sistema, Bernie sintió que se relajaba y empezaba a reír.
–Lo que explica el interés de la señora por el bueno de Preuss -siguió Von Leinsdorf-. No era deseo, sino hambre.
–Había mucho que amar…
–Y ella quería poner toda la carne en el asador…
Bernie se desplomó en el sofá y golpeó los puños en la mesa hasta caer rodando al suelo. Ambos rieron hasta que se les llenaron los ojos de lágrimas.
–Oh, mierda -murmuró Von Leinsdorf, secándose los ojos.
–Joder.
–Joder, joder, joder. – ¿Y qué hacemos ahora? – preguntó Bernie cuando hubo controlado la risa.
–Voy a encontrar el paquete -anunció Von Leinsdorf, poniéndose en pie y disponiéndose a buscar por la habitación. – ¿Estás en contacto con comandancia?
–No, hablé con algunos hombres de Peiper. Dicen que Skorzeny y el resto de nuestra brigada están atascados en la frontera. – ¿Qué les retiene?
–Problemas logísticos en todo el frente. Hemos cruzado las líneas, pero las tropas no llegan al frente. La mitad de nuestras divisiones sigue en Alemania. – ¿Qué ha pasado?
Bernie le siguió a la cocina, donde Von Leinsdorf rebuscaba en los armarios.
–No han llegado los cargamentos de combustible, así que van cortos de gasolina. El tráfico es excesivo para estas carreteras de pueblo y el mal tiempo las ha convertido en pistas de patinaje. Los americanos han volado algunos puentes clave cuando se retiraban; otros no soportan el peso de los tanques. Ahora las carreteras están tan congestionadas que el combustible no puede llegar a las posiciones de vanguardia. Aparte de eso, todo marcha estupendamente.
–Vaya pifia.
–Sí, una cagada. Pero los americanos se han rendido siempre que hemos llegado hasta ellos. Más de diez mil, sólo el primer día. Divisiones enteras.
–Por eso no quieren prisioneros, para no retrasar la marcha. Por eso acribillaron a esos hombres.
–Tal vez. – ¿Tienes idea de cómo van a reaccionar los americanos cuando se enteren?
–Esto es la guerra. Pasa continuamente.
–No, a los americanos no les pasa.
–Es la naturaleza de la bestia. En el frente ruso ninguno de los bandos hace prisioneros.
–Tengo que darte una noticia: Esto no es Rusia y tus colegas de gatillo fácil de las Waffen-SS no pueden ir por ahí matando a prisioneros americanos con impunidad…
–Cálmate, Brooklyn… -¿Que me calme? ¿Sabes lo que eso supone si nos capturan con estos uniformes? Si había dudas de si acabaríamos ante un pelotón de fusilamiento, olvídalas.
Estamos de mierda hasta el cuello. Nos disparan desde ambos bandos, hemos perdido a la mitad de nuestra brigada…
Von Leinsdorf pasó al taller que había detrás de la cocina y siguió buscando.
–Lo primero que te enseñan en el ejército: los planes sólo son útiles hasta el momento en que te enfrentas al enemigo.
–He aquí un plan: ¿Por qué no regresamos a Alemania? Lo digo en serio. Si nuestra brigada ni siquiera ha cruzado la frontera, ¿qué cojones hacemos?
Podemos deshacernos de estos uniformes y largarnos de aquí.
–Estás hablando de desertar.
–Eso es sólo una palabra. No significa nada. Nada tiene sentido aquí fuera, todo es un puto caos y, por lo que he visto, tan sólo consigue que la gente se vuelva loca. No tenemos que volver a ese puente, ¿verdad?
–No.
–Bien, entonces no veo el motivo de acabar muertos por nada, ¿no crees?
–No sería por nada, Brooklyn. Te olvidas de que tenemos un segundo objetivo.
A Bernie le dio un vuelco el corazón. Von Leinsdorf abrió el armario donde la mujer ocultaba la radio, metió la mano detrás, rebuscó y sacó un sobre grande. Lo abrió y miró dentro.
–Y ahora, con esto, podemos seguir adelante. – ¿Por qué? ¿Qué hay ahí?
Von Leinsdorf le mostró a Bernie cuatro pases de alto nivel del Cuartel General Supremo de los Aliados, del ejército de Estados Unidos. – ¿Por qué los necesitamos? – preguntó Bernie-. Ya nos los dieron antes de cruzar la frontera.
–Tenían un error de impresión. En el documento de nuestro equipo había una palabra mal escrita, pero no se descubrió a tiempo. Éstas son versiones corregidas; no podemos utilizar las antiguas. – ¿Usarlas para qué? ¿Por qué hablamos de ello siquiera? Larguémonos de aquí.
Von Leinsdorf lo agarró del cuello del uniforme.
–Puedo ser tu amigo, Brooklyn. Pese a nuestras diferencias, después de lo que hemos pasado juntos, me gustaría pensar que lo soy. Pero no vuelvas a
sugerir eso.
Von Leinsdorf lo soltó y devolvió los pases al sobre.
«Amigo.» No era una palabra que Bernie hubiese utilizado en relación a Von Leinsdorf. En ciertos momentos había sentido que podían llevarse bien, e incluso llegar a entenderse; y aquel hombre acababa de salvarle la vida.
Pero había una pregunta en el aire: ¿Era la misión la que le exigía tamaña violencia -siete muertos en dos días- o simplemente era la excusa para darse el gusto?
–El otro objetivo. ¿Vas a decirme qué es? – ¿Por qué debería confiar en ti, Brooklyn? ¿Tú confías en mí? Después de lo de Schieff y Preuss, no lo creo.
–Un tipo pilla un resfriado cerca de ti y acaba con una bala en la cabeza.
Von Leinsdorf le apuntó con un dedo.
–Ponían en peligro nuestra misión. Nada más importa. De todos modos, ahora ya no los necesitamos. – ¿Qué significa eso? ¿Que me necesitas y por eso sigo con vida?
–Plantéalo como quieras. No puedo completar la misión sin ti. Carga el jeep, voy a utilizar la radio.
Cuando Bernie salió de la habitación, Von Leinsdorf usó la radio para contactar con los otros jefes de grupo, Gerhard Bremer y William Sharper.
Ambos equipos habían evadido la captura durante los primeros días de la invasión y habían recogido de la Abwehr sus pases corregidos. Von Leinsdorf les indicó que debían dirigirse al sur y penetrar en Francia, como estaba previsto, y proseguir con el segundo objetivo.
El grupo de Karl Schmidt no respondió, pero Von Leinsdorf lo consideró una ventaja; aquel hombre era un intelectual pusilánime y un quejoso crónico. Estarían mejor sin él. No habría sido de ayuda allá donde se