Segundo objetivo

Mark Frost · Capítulo 17 de 47

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Segundo objetivo

Capítulo 14

sangre, rojo intenso contra blanco.

Avanzaron a trompicones entre la nieve, Bernie detrás de Von Leinsdorf, intentando no perderle de vista. Sabía que gritaba, pero no podía oír su propia voz.

Von Leinsdorf desapareció ante él, en la niebla. Bernie volvió la cabeza para buscarlo y un árbol apareció de la nada. No tuvo tiempo de detenerse ni de variar el curso del movimiento; una rama baja le golpeó en el cuello y todo oscureció.

14

Malmédy 17 de diciembre, 8:00 horas La orden de abandonar el 67º

Hospital de evacuación llegó poco después de las 7:30, procedente del cuartel general del Primer Ejército de Spa. La situación en el este había empeorado progresivamente durante la noche, a medida que llegaban nuevas oleadas de heridos a las instalaciones. La confirmación de que divisiones panzer de las Waffen-SS avanzaban hacia Malmédy aceleró la decisión de retirarse; las historias de sus atrocidades con las prisioneras les precedían. Se ordenó a médicos y enfermeras que lo dejasen todo y llevaran consigo únicamente lo que pudieran cargar. El cirujano jefe del hospital solicitó un grupo de cinco voluntarias para que se quedaran a atender a los escasos hombres demasiado graves para ser transportados.

Todas las enfermeras alzaron la mano, por lo que tuvieron que echarlo a suertes.

Earl Grannit y Ole Carlson habían trabajado toda la noche con una máquina de escribir prestada, atando los cabos de la investigación hasta lograr condensarla en cinco páginas. Tras intentar repetidamente llamar por las

deterioradas líneas de Spa y Lieja, finalmente Grannit logró contactar con un oficial de reconocimiento en el cuartel general de Spa, poco después del amanecer.

–Hay una centena de malditos ríos en esta parte de Bélgica -dijo Grannit-.

Intentamos averiguar cuál es el que tenemos delante.

Tras describir detalladamente el mapa del río que había encontrado en la bota del alemán muerto, Grannit esperó al otro lado de la línea mientras el oficial consultaba sus gráficos.

–Parece que es el Mosa -respondió finalmente el oficial-. Hay tres puentes al sudoeste de Lieja: en Engis, Amay y Huy. – ¿Qué distancia los separa?

–Intervalos de treinta kilómetros. ¿Tienen algún mapa? Carlson tendió uno a Grannit; estaba plegado por aquella sección del río.

–Lo tengo delante. ¿Cuál es su importancia táctica?

El oficial reflexionó unos instantes.

–Si los alemanes pretenden cruzar el Mosa, ése es un lugar perfecto para intentarlo… -¿Por qué? ¿De qué puede servirles cruzar tan al sur? –

preguntó Grannit.

Se oyeron interferencias y la línea se cortó. Grannit zarandeó el auricular, pero no pudo restablecer la conexión. En el exterior, otra bomba estalló cerca. Ole se agachó instintivamente, pero Grannit ni se movió, concentrado en sus pensamientos. – ¿Earl?

–Vamos -dijo finalmente Grannit-. Trae los mapas.

Una flota de camiones y ambulancias se alineaba detrás de las tiendas para escoltar a los pacientes y al personal hasta Lieja. Los misiles V1 y los aviones alemanes seguían silbando sobre las nubes, en dirección oeste. En las cubiertas de lona de los vehículos se pintaban apresuradamente cruces

rojas; con ello, el personal esperaba protegerse de los ataques aéreos.

Grannit se sentó al volante del jeep y se abrieron camino entre la congestión que rodeaba el hospital. Se dirigieron al oeste, esquivando a una brigada de blindados americanos que iban a Malmédy. Su oficial al mando, de pie en un Willys al final de la columna, les pidió indicaciones a gritos. Grannit le señaló Malmédy, apartó el jeep a un lado del arcén y siguió conduciendo.

–Estaba pensando… ¿no tendríamos que explicar a alguien lo que sabemos?

– preguntó Carlson. – ¿Qué es lo que sabemos, Ole?

–Pues lo de los alemanes y los asesinatos y… -Ole titubeó unos instantes. –

¿Y qué?

–No sé. Pero alguien del cuartel general debería oírlo.

–Lo hemos intentado, Ole. Nadie responde al maldito teléfono.

–Bien, pues deberíamos ir a decírselo.

–Ya tienen bastante trabajo. Por lo que sé, es posible que ni siquiera sigan ahí.

–Pero esos tipos están matando soldados, Earl.

–Hoy hay mucho de eso por aquí.

–Pero son alemanes…

–Lo sé, Ole; verás, lo explicaremos en cuanto sepamos qué demonios hacen aquí. Ése es ahora nuestro trabajo. Primero, entenderlo.

Grannit dio un bandazo cuando una bomba aterrizó al lado de la carretera.

–Hoy todo el mundo tiene su trabajo y nosotros tenemos el nuestro, ¿de acuerdo? Y, por cierto, el mío no incluye el tener que alegrarte el día.

Encrucijada de Baugnez, Bélgica 17 de diciembre, 13:00 horas -¡Soldado Tenella! ¡Soldado Tenella!

Cuando Bernie volvió en sí, estaba echado en el gastado suelo de madera de un pequeño café. Un sargento norteamericano le miraba; tenía sus placas de identificación en una mano y le zarandeaba el hombro con la otra. La voz del hombre sonaba apagada, como si Bernie tuviese algodón metido en las orejas. Tardó unos instantes en relacionarse con el nombre que pronunciaba el sargento. Intentó responder, pero su propia voz surgió como un graznido seco que no pudo oír. Sentía punzadas de dolor en la zona del cuello que se había golpeado contra el árbol y la cabeza le palpitaba a un ritmo quebrantado y punzante. Cuando se incorporó para mirar a su alrededor, advirtió que tenía la frente vendada.

Al menos había otros treinta soldados norteamericanos amontonados en la habitación, agachados o sentados. Ninguno llevaba armas. Dos médicos americanos se trasladaban de un hombre a otro, atendiendo a los heridos.

Bernie creyó reconocer algunos rostros, luego echó un vistazo a los parches del hombro y comprendió que formaban parte de la misma unidad con la que se habían encontrado de camino a Malmédy, tan sólo un día antes: el 291º de Ingenieros de Combate. Entonces Bernie vio la media docena de chaquetas negras, los granaderos de las SS armados con metralletas junto a las puertas. Su oficial al mando, un capitán alto y enjuto, estaba cerca, hablando airadamente con un civil de mediana edad. – ¿Dónde estamos? –

preguntó Bernie con un áspero susurro. – ¿Y quién coño lo sabe? – replicó el sargento-.

Baja la voz; no hables, por lo que más quieras. Gemías demasiado alto.

Acaban de darle una paliza a un tipo por mucho menos. – ¿Cómo he llegado hasta aquí?

–Te encontramos en el bosque, a poco menos de un kilómetro de distancia, y te trajimos aquí dentro.

–Bernie tuvo que concentrarse en leer los labios del sargento para

entenderle-. Estábamos a punto de largarnos cuando esta gran columna de tanques alemanes se nos echó encima; fue todo tan rápido que ni pudimos presentar batalla. – ¿Ha visto a mi teniente? Yo estaba con alguien…

–Lo siento. Sólo tú y un puñado de soldados muertos, muchacho. Baja la voz, te oigo perfectamente.

Bernie advirtió que la atención del resto de los prisioneros se volvía hacia la puerta. El capitán de las SS gritaba al civil, que tenía las manos alzadas y se estremecía con cada palabra. Llevaba una camisa blanca y un delantal blanco lleno de manchas, por lo que Bernie supuso que era el dueño del café. El capitán desenfundó el arma y le cruzó la cara con ella. El hombre cayó al suelo y se protegió la cabeza con las manos, rogando por su vida. El capitán le introdujo el cañón de la pistola en la oreja y pareció que iba a disparar, pero no lo hizo. Empujó al hombre al suelo con la bota y luego se volvió hacia sus hombres y empezó a gritar órdenes.

Los SS que guardaban la puerta hicieron señas a los prisioneros, moviendo sus armas:

–Raus! Raus! Ausenseite!

Los soldados norteamericanos se levantaron a trompicones y se apretujaron como una unidad en su trayecto hacia la puerta. Arrastrado por los hombres que le rodeaban, Bernie intentó aproximarse a uno de los granaderos para decir algo en alemán, pero no logró acercarse lo suficiente. Sin embargo, aunque lograra llamar su atención, ¿qué les diría? Sólo llevaba los documentos de su identidad americana. No sabía si las otras divisiones involucradas en la invasión tenían siquiera noticia de la existencia de su brigada. Sin Von Leinsdorf para respaldarle, ¿qué sucedería si no le creían?

Los hombres de las SS apiñaron a los prisioneros en el exterior. Ante el café pasaba una carretera principal que se cruzaba con otra más pequeña, que venía del norte y formaba una curva cerrada. Ambas arterias estaban colapsadas por vehículos militares alemanes: artillería, lanzaderas de cohetes, tanques, vehículos de reconocimiento y de transporte de tropas.

Divisiones acorazadas completas avanzaban desde el norte y el este. Dos oficiales de las SS gritaban frenéticamente en la intersección, intentando dirigir las columnas a medida que confluían hacia el oeste. El tráfico se extendía en ambas direcciones hasta donde llegaba la vista.

En un prado al este del café, al sur de la carretera p r i n c i p a l, u n g r a n g r u p o d e p ris io n e r o s norteamericanos, unos cincuenta hombres, se apiñaban entre la nieve pisoteada y la hierba muerta, vigilados de cerca por guardas de la Wehrmacht. Bernie y los soldados del café fueron conducidos al prado con ellos, de modo que acabaron formando una masa sólida. Los soldados alemanes que viajaban por la carretera maldecían y se burlaban de los norteamericanos al pasar junto al prado. Cuando uno de los enormes tanques tigre alemanes aminoró la marcha para maniobrar en la curva cerrada, un oficial -Bernie creyó que se trataba de un general- se puso de pie en la torreta del tanque y gritó a los prisioneros en un seco inglés: -¿Qué les parecemos ahora, Amis? ¡Les queda mucho para llegar a Tipperary, muchachos!

Los otros hombres de las SS que viajaban en el tanque del general se echaron a reír y saludaron burlonamente a los norteamericanos. Un corpulento sargento americano que estaba delante de Bernie les mostró el dedo, lo que sólo hizo que los alemanes riesen con más ganas.

–Está bien saber que ya han resuelto ese problema de moral que tenían desde que les echamos de Francia a patadas -dijo el norteamericano, desafiante, acercándose a la carretera y gritándoles-: ¡Nos veremos de nuevo, capullos prusianos! ¡Váyanse a la mierda!

Algunos de sus compañeros avanzaron unos pasos para interceptarlo y hacerlo regresar al grupo. Algo se cocía en el ambiente que no era del agrado de Bernie.

Los alemanes experimentaban una euforia beligerante que parecía temeraria e impredecible. Bernie se abrió paso hasta el extremo meridional de la multitud, alejándose de la carretera, y miró de nuevo hacia el café.

Creyó distinguir una chaqueta verde norteamericana entre los soldados de camisa negra. Se aproximó unos pasos.

Cuando el SS que le bloqueaba la vista se apartó, vio a Von Leinsdorf cerca de los soldados, con el casco americano apoyado en la cadera; charlaba con dos oficiales de las SS, que se echaron a reír con uno de sus comentarios.

Era evidente que Von Leinsdorf no había tenido problemas para explicar su identidad.

Bernie avanzó hacia el café, agitando los brazos para llamar la atención de Von Leinsdorf. Alzó el casco por encima de la cabeza, la señal de su brigada para alertar a otras divisiones alemanas, e intentó gritarle, pero el tráfico de la carretera le impedía hacerse oír. Dos soldados de la Wehrmacht se dirigieron hacia él tan pronto como se apartó del grupo. Bernie alzó el casco aún más mientras seguía avanzando, esperando que los soldados reconocieran la señal.

–Ich bin deutsch! Ich bin ein deutscher Soldat! – exclamó tan alto como pudo.

Von Leinsdorf nunca miró en su dirección. Estrechó la mano de los oficiales y se separaron. El capitán de las SS dio nuevas órdenes a los granaderos, que corrieron hacia el prado mientras él entraba con Von Leinsdorf en el café. Bernie señaló a Von Leinsdorf cuando los dos guardias se abalanzaron sobre él.

–Der ist mein dominierender Offizier! Ich muâ mit ihm sprechen!

El primer soldado le golpeó en el estómago con la culata del fusil; Bernie se dobló por la cintura. El segundo le golpeó detrás de la oreja. Bernie cayó al suelo y se cubrió la cabeza.

No hubo más golpes. Por un momento, pensó que le habían comprendido.

Cuando se atrevió a mirar, los soldados estaban atentos a la carretera. Los granaderos de las SS entraban en el prado, gritando órdenes a todos los alemanes de la zona. Los dos soldados le arrastraron de vuelta al grueso de

los prisioneros y lo soltaron en el perímetro del grupo.

Bernie oyó ruido de cristales rotos en el interior del café; poco después salieron llamas de las ventanas. El capitán de las SS sacó a empujones al dueño del establecimiento, lo arrojó alsuelo ante la puerta y le pateó, pistola en mano.

Los granaderos del café hicieron señas a dos vehículos de transporte de tropas. Éstos se detuvieron en el arcén. Una docena de Waffen-SS armados hasta los dientes saltaron de los camiones, escucharon a los granaderos y luego se desplegaron a lo largo de la valla que delimitaba la extensión del prado. Bernie oyó un disparo y se volvió hacia el café; el dueño intentaba correr calle abajo, con una cómica falta de equilibrio. El capitánde las SS

disparó su arma por segunda vez, entre carcajadas, más para divertirse que para dar en el blanco. Bernie no supo si Von Leinsdorf se había marchado, pero ya no estaba a la vista.

Los americanos del prado se revolvían, intranquilos.

Bernie percibió en el ambiente la violencia que se avecinaba. Cuando los hombres de las SS se volvieron hacia ellos, supo exactamente lo que iba a suceder. Se apartó lentamente de la parte trasera del grupo, de la masa de prisioneros que había entre él y los guardias apostados junto a la carretera.

Luego se agachó y echó a correr hacia la línea de árboles que se extendía por detrás del prado, a quince metros de distancia.

Uno de los Waffen-SS desplegados a lo largo de la carretera avanzó unos pasos, desenfundó la pistola y disparó tres veces a un soldado raso americano que estaba en la primera fila del grupo. El soldado cayó al suelo, agarrándose el pecho con expresión de sorpresa y pidiendo ayuda a gritos.

Pareció que el tiempo se detenía; nadie se movió en ambos bandos. Los prisioneros que estaban cerca del soldado norteamericano retrocedieron horrorizados, mientras éste se desplomaba.

Bernie buscaba apoyo para sus pies, intentando ganar tracción con cada

paso. Tenía la sensación de que corría sin moverse de sitio; las piernas, pesadas, no le respondían. Cuando los primeros disparos silbaron en el prado, todo cuanto pudo oír fue su propia respiración jadeante. Un súbito destello de intuición le hizo comprender la lógica de las SS:

«No quieren prisioneros. Están avanzando muy rápido y no quieren que nada les retrase…»

El prado se llenó de balas. Los artilleros de las ametralladoras emplazadas en los vehículos detenidos en la carretera giraron los cañones hacia el prado y abrieron fuego. Cuando las primeras hileras de prisioneros se desplomaron, los sorprendidos americanos que había detrás se dispersaron en todas direcciones, pero el incesante fuego de los granaderos de las SS

cubría todos los ángulos. A medida que se extendía el pánico, el prado se llenó de gritos de angustia y terror. Muchos intentaron seguir a Bernie hacia el bosque, pero no lograron alcanzarlo. Sólo un puñado adelantó unos veinte pasos antes de ser interceptado y de verter su sangre en la nieve.

Unos pocos de la primera fila ni siquiera se movieron; se quedaron de pie, indefensos. Otros se hincaron de rodillas y rezaron mientras esperaban la muerte.

Bernie alcanzó la línea de árboles. Las balas rebotaban en los troncos y las ramas que le rodeaban, zumbando como avispones. No sabía si alguno de los tiradores lo tenía en su punto de mira, pero no se atrevió a volverse para comprobarlo y se internó en la arboleda más densa hasta quedar sin aliento.

Corrió casi un kilómetro sin detenerse, hasta que finalmente cesó el fuego.

Cayó de rodillas y apoyó las manos en el suelo. En el prado ya sólo se oían disparos dispersos y ráfagas ocasionales. Los asesinos de las SS caminaban entre los cuerpos y remataban a los supervivientes. Se volvió y quedó inmóvil por completo, pero no oyó ni vio que nadie le siguiera por el bosque.

Allí la nieve era más profunda, una masa inclinada de polvo frío. Helado hasta la médula, al borde del colapso, Bernie empezó a temblar descontroladamente.

Apoyó la espalda contra un tronco, se abrazó el torso e intentó respirar hondo. No sentía las manos ni los pies y le dolían las costillas, donde los soldados le habían golpeado. Algún profundo instinto animal le dijo que debía mantenerse en movimiento o su cuerpo se extinguiría. Se obligó a seguir avanzando, teniendo como única orientación el rastro de huellas que dejaba atrás.

Empezó a nevar de nuevo; las ráfagas de nieve se espesaron y dieron paso a un intenso chaparrón. Bernie anduvo por el bosque durante casi otro kilómetro hasta que oyó tráfico e intentó orientarse. Una fila ininterrumpida de vehículos alemanes se desplazaba ante él, de derecha a izquierda; si se dirigían al oeste, él avanzaba hacia el norte. Apartado de la carretera, a la derecha, vio el extremo de una pequeña aldea. Avanzó sin salirse de los árboles hasta que pudo distinguir con claridad los primeros edificios.

La población parecía desierta. Unas pocas casas habían sido alcanzadas por las bombas. Una estructura seguía ardiendo. Se le ocurrió la vaga idea de arrastrarse hasta un sótano abandonado, encontrar algo de calor y quizás algo que comer… pero sabía que no podía arriesgarse a cruzar la carretera a plena luz del día. Fue entonces cuando el monótono zumbido de un avión, más lento y bajo que cualquiera de los que había oído aquel día, pasó por encima de su cabeza.

Poco después, una lluvia de papeles empezó a flotar a su alrededor. Alzó la cabeza: cientos de páginas blancas caían como gigantescos copos de nieve.

Agarró una al vuelo, la sostuvo ante su cara y se esforzó en enfocar la vista.

Era una octavilla ilustrada, escrita en inglés.

Mostraba el dibujo de dos hombres atractivos vestidos con esmoquin que abrazaban a tres mujeres de una sexualidad exagerada, ataviadas con vestidos de noche, enjoyadas y con botellas abiertas de champán en la mano. Junto a estas figuras decadentes, y ajenos a ellas, tres soldados norteamericanos rodeaban el cadáver de otro soldado, tendido en la nieve.

El título que había bajo el dibujo rezaba: