Segundo objetivo
No Molestar
Mientras comían el plato principal, Von Leinsdorf animó al hombre a que divagase acerca de las riquezas sin explotar de Oriente Medio mientras él engullía rápidamente su plato, al estilo inglés, intentando terminar su primera comida decente desde hacía días antes de que la droga hiciera efecto. Cuando Pearson soltó el tenedor, quejándose de mareos y vértigo, Von Leinsdorf pasó de inmediato a su lado y le ayudó a ponerse en pie.
Rechazó los ofrecimientos de ayuda por parte del personal y, tras reconvenirles por haber servido a su hombre una ternera cuestionable, acompañó a Pearson a la calle y cuatro edificios más abajo, hasta la entrada lateral del Hotel Meurice. Para entonces, Pearson ya reía y murmuraba incoherencias;
Von Leinsdorf pasó entre los guardias disculpándose con un breve movimiento de cabeza.
–Demasiado vin rouge -dijo.
Recogió la llave de recepción, entraron solos en un ascensor y subieron a la cuarta planta. Pearson no se tenía en pie cuando llegaron a la puerta de la habitación 417. Von Leinsdorf lo transportó al interior, lo dejó sobre la cama, puso el cartel de
NO MOLESTAR
y cerró la puerta con llave.
32
Íle de la Cité, París 21 de diciembre, 10:45 horas Grannit abrió los ojos y automáticamente buscó a Bernie Oster. Lo encontró sentado al borde de una cama al otro lado de la habitación, su mano derecha esposada al cabezal, un cigarrillo en la izquierda. El mismo Bernie había sugerido las esposas antes de que se acostaran, antes incluso de que Grannit hubiese considerado la posibilidad.
Durante unos instantes, ninguno de ellos pudo reunir la energía suficiente para hablar. Grannit consultó su reloj; eran casi las once de la mañana. La fatiga que una noche completa de sueño sólo había empezado a aliviar pesaba todavía más. Se arrastraron a la planta baja y la cocina del hotel les sirvió su versión de un desayuno americano: huevos revueltos y montañas de patatas fritas, panecillos de mantequilla con jamón oscuro y café solo cargado. Comieron en silencio y en abundancia, luego salieron a la île de la Cité y fumaron cigarrillos en el viento cortante mientras contemplaban el río desde la baranda. – ¿Qué es esa iglesia grande? – preguntó Bernie.
Grannit echó un vistazo.
–Creo que es Nôtre Dame. – ¿Cómo va su equipo de fútbol? No veo el estadio, ¿está por aquí cerca?
Grannit estaba a punto de responder cuando vio la expresión de su rostro. –
¿Eres siempre tan gracioso?
–Hasta que llegué a Alemania. No se ríen mucho por allí.
Grannit se volvió a contemplar la ciudad.
–Sé que me tiene que entregar, pase lo que pase -dijo Bernie-. Quiero que sepa que no le pediré que no lo haga. No espero ningún agradecimiento.
Simplemente no quiero morir sabiendo que ese hijo de puta sigue suelto. –
¿Por qué?
–Una vez me habló del general. Un hombre como él es mucho más importante. Yo no soy nadie. Lo que me pase no tiene ninguna importancia.
– ¿Qué te dijo de París? – preguntó Grannit sin mirarle.
–Que había estado muchas veces. Es su ciudad preferida, pero no está loco por los franceses.
–Vaya, qué sorpresa. ¿Dónde aprendió el idioma?
–En un internado inglés.
Grannit echó el cigarrillo al río.
–Eso le prepararía para las SS.
–Usted también tiene su lado gracioso, ¿eh?
–Será cosa del barrio -replicó Grannit, con lo más cercano a una sonrisa que Bernie había visto hasta entonces.
–No me lo había dicho. ¿De qué parte de Park Slope?
–Sur. – ¿En serio? ¿Qué hace su padre?
–Ciñámonos a Von Leinsdorf.
Bernie recordó algo. – ¿Puede hacer que los policías de los controles pregunten algo? – ¿Qué?
–Quién juega de exterior central con los Dodgers.
–Muchos tipos no lo saben, Ebbets Field es como una puerta giratoria…
–Lo sé. Hablé de eso con Von Leinsdorf. Cree que es JoeDiMaggio.
Grannit se quedó inmóvil; miró a Bernie, luego sacó el cuaderno y lo anotó.
–No está mal, chico. Cuéntame de París.
–Le van los sitios sofisticados. Arte, cultura, esas cosas.
–No creo que hoy haya ido al museo.
–Un momento. Mencionó un hotel que le gustaba.
Me dio la impresión de que había estado allí. Un buen sitio para llevar a una chica a cenar si querías echar un polvo. – ¿Cómo se llama?
–No me acuerdo.
–Hay miles de hoteles en esta puta ciudad.
–Lo sé; era como el nombre de un tipo, creo… Dios, estoy tan cansado.
Puede que si viese una lista…
Grannit regresó al interior del hotel. El conserje le dio una arrugada guía Michelín de antes de la guerra que guardaba tras el mostrador. Bernie empezó a ojearla mientras Grannit entraba a llamar al cuartel general de la policía militar. Volvía cuando Bernie alzó un dedo y señaló con la otra mano una página de la guía.
–Hotel Meurice.
Aquella mañana, antes de partir hacia el hotel Meurice, Von Leinsdorf había indicado a Eddie Bennings que se quedase en la buhardilla donde se alojaban hasta que él regresara por la tarde. Eddie le prometió que así lo haría, satisfecho de empezar el día con las raciones militares que habían subido del coche.
A los diez minutos, impulsado por la tentadora vista de Montmartre y la capacidad de concentración de un colibrí, Eddie se había convencido de que necesitaba una taza de café para despejarse -qué demonios, estaba en París,
sólo saldría un momento- y luego vio esa panadería que recordaba, a la vuelta de la esquina, donde vendían unos brioches de mantequilla. De ahí salió en busca de un quiosco, donde adquirió el Barras y estrellas para ver si incluía los últimos partidos de béisbol universitario. El tabac que había junto al quiosco estaba abierto, así que compró un paquete de cigarrillos y, cuando vio el bar de al lado, pensó: «Qué cojones, después de lo que he pasado estos últimos días, ¿qué es una cerveza?»
Tres cervezas más tarde, después de intercambiar cumplidos con la camarera, una joven se sentó a su lado en la barra y ambos iniciaron una animada conversación sobre el entusiasmo de ella por todo lo americano.
Embaucado por su adorable chapurreo en inglés, y olvidándose de que supuestamente era un comerciante danés en busca de contratos petrolíferos, Eddie confesó que era americano y al cabo de veinte minutos estaba echando un polvazo con la mademoiselle en una pensión de mala muerte.
El problema no empezó hasta veinte minutos más tarde, tras haber satisfecho sus necesidades físicas e intercambiado unos minutos de mutuo, aunque no del todo sincero, aprecio poscoital. Cuando Eddie se subía los pantalones, la joven dama reveló que el gozo que acababan de compartir no era tanto la expresión espontánea del afecto mutuo que él daba por supuesto, sino la transacción rutinaria de un antiquísimo negocio por la que ahora esperaba una remuneración. Eddie se ofendió argumentando, no sin razón, que para que dicho acuerdo fuese vinculante para ambas partes debía darse el requisito de que él, el comprador, hubiera recibido de ella, la vendedora, la notificación pertinente, previa al inicio de los servicios y sin duda antes de su conclusión; y que la respuesta a la mencionada propuesta fuese afirmativa. La muchacha, de diecisiete años, desnutrida y boba, arguyó que, deslumbrada por su personalidad americana, se le había olvidado mencionarlo y que, aunque ella daría por bueno considerar aquel breve encuentro como un regalito, el chulo que la esperaba en el tabac se lo tomaría con una perspectiva mucho más limitada. Eddie respondió que, en lo que a él concernía, aquello entraba en la categoría de «eso es tu problema, zorra». La sacudió para reafirmar su postura, se puso el abrigo y la abandonó en su lugar de trabajo.
El chulo vio que Eddie salía de la pensión y esperó unos minutos, mientras apuraba su primer café del día.
Moreno y tirando a bajo, llevaba tatuado un cuchillo entre el pulgar y los dedos de la mano derecha. Cuando su chica no apareció, subió tranquilamente al apartamento. Horrorizado menos por la condición física y el estado de histeria de su pupila que por su incapacidad para recaudar efectivo, le propinó una paliza aún peor, le vació el monedero y regresó a la calle.
Indignado con el gilipollas americano que se había saltado las convenciones del sector -la putilla afirmaba que el cliente se había largado sin pagar-, el chulo preguntó a la camarera si había visto hacia dónde se marchaba el hombre y luego corrió en esa dirección hasta divisar su abrigo en una calle cercana. Siguió al tipo hasta verlo entrar en el edificio de pisos que había a pocas manzanas del pie de la colina. Un plan para cobrarse la deuda tomó forma de inmediato.
Se desplazó cuatro manzanas al sur, a la comisaría de policía que había detrás de un club nocturno en la Rue de la Rochefoucauld. La bicicleta del policía corrupto al que sobornaba para proteger su negocio estaba en su aparcamiento habitual, bajo el farol azul.
Por mucho que le afligiera meterse en la comisaría, por temor a que le confundieran con un chivato, lo que en realidad era, el chulo entró el tiempo justo para indicar al policía que quería hablarle. Se vieron en la esquina, donde el chulo contó al policía corrupto que un soldado americano, o probablemente un desertor, se había aprovechado de su chica. Aquella conducta encajaba con la de un aficionado del mercado negro que en tal caso estaría forrado de efectivo, un dinero que ambos, sin un esfuerzo ni un riesgo excesivos, podían birlar al muy cabrón. Acordaron hacer una visita al americano tan pronto como el policía acabase el turno y luego cada uno se fue por su lado.
De esta forma tan involuntaria, por una taza de café, el cabo Eduardo DiBiaso, alias Eddie Bennings, llevaría a cabo su única contribución de
importancia al esfuerzo bélico aliado.
Hotel Meurice, París 21 de diciembre, 14:25 horas A las dos y veinticinco de la tarde, antes de salir de la habitación 417, Von Leinsdorf llamó a un número del Cuartel General Supremo de las Fuerzas Aliadas que había encontrado en la agenda del teniente Alan Pearson. Hablando como un convincente Pearson indispuesto, hizo saber que había enfermado durante el almuerzo y que tendría que pasar el resto del día en cama para reponerse.
Esperando que no fuera mucha molestia, se presentaría al servicio la mañana siguiente.
La secretaria le pidió que no colgase.
–Disculpe, sólo quería comprobar los horarios programados, señor. Mañana nuestro G2 estará todo el día en los despachos de Versalles. Me temo que tendrá que desplazarse hasta allí.
–Lo que el general considere mejor -respondió Von Leinsdorf, intentando sonar neutral. – ¿Necesitará un chófer?
–Sí, si no les importa enviarme un coche.
Antes de colgar, la secretaria le explicó cómo y dónde debía presentarse para pasar las medidas de seguridad cuando llegase a Versalles.
Escoltado hasta el mismo interior de Versalles. Von Leinsdorf colgó el teléfono y se echó a reír con tantas ganas que tuvo que taparse la boca.
Earl Grannit y Bernie Oster entraron en el vestíbulo del hotel Meurice a las dos y media de la tarde. Tras repartir papeles con la cara de Von Leinsdorf entre los guardias de la entrada, hablaban con recepción cuando Von Leinsdorf salió del ascensor, cargado con una pequeña maleta y un maletín, un abrigo doblado en el brazo y vestido con el uniforme del teniente Alan Pearson. Vio a Grannit y a Bernie al otro lado del atestado vestíbulo y se volvió rápidamente, tocándose los bolsillos como si hubiese olvidado algo antes de subir de nuevo por la escalera. Muy afectado por el
descubrimiento, se detuvo en el hueco de la escalera para recapacitar antes de regresar corriendo a la cuarta planta. Reorganizó rápidamente la habitación 417 de un modo que esperaba resolviese aquel revés inoportuno, antes de bajar por una escalera trasera y salir por atrás.
Recapacitó sobre aquel problema mientras se alejaba.
Habían encontrado el piso y la joven muerta en Reims, así como a Bernie Oster vivo de regalo. Tenía que ser eso. ¿Habría convencido a Grannit de que era un soldado norteamericano? Poco probable, pero ¿por qué, si no, seguía libre? Grannit y Bernie Oster juntos.
Regresó andando a la Place Vendôme. ¿Habría dicho a Bernie algo que les había puesto sobre la pista? ¿Qué hacían en el Meurice? ¿Habría mencionado que se alojó allí en su última visita a París? Quizá de pasada.
Cuando estaba a una manzana de distancia, se volvió hacia el hotel, pero no vio otros policías ni militares.
Habrían venido con más efectivos en caso de estar seguros de su presencia, como había sucedido en Reims.
Por tanto, los dos hombres habían venido solos.
Siguió caminando, mientras intentaba sopesar cómo afectaba aquello a su plan del día siguiente. El teniente Pearson le había proporcionado una línea directa a su objetivo, pero la identidad se vería comprometida si se hacía un registro meticuloso del hotel. Tenía que asumir esa posibilidad; no podía arriesgarse a utilizar la identidad falsa.
Se planteó posibles soluciones. Pearson había eliminado su necesidad de Eddie Bennings -pensaba prescindir de él en cuanto volviese a Montmartre-, pero ahora tendría que mantener esa vía abierta. Y también al corso Ververt.
Se salió de la acera sin percatarse y se golpeó el pie contra la calzada. Sintió
una alteración violenta, visceral, de su ser más íntimo y durante unos instantes se olvidó por completo de la misión. Al disiparse aquel tema obsesivo, de pronto cobró conciencia del entramado de las calles parisinas y de cuánto le recordaban a su rígida disciplina mental; líneas y ángulos rectos, precisión geométrica. Vio perfección y poder en su rigor limpio y sobrio. La civilización había alcanzado su apogeo en este milagro de orden y él no deseaba sino habitarlo para siempre, andar por aquellas amplias avenidas y calles disciplinadas. Sintió que si estos edificios, toda la gente, incluso las mismas calles desaparecían de su vista, se revelaría el profundo significado subyacente que apenas conseguía insinuarse, enmascarado por su realidad física. Pautas que desvelaban todas las incertidumbres de la existencia. Fue un momento de gracia, liberado del tiempo y de las circunstancias, trascendente y pleno, aunque ensombrecido por la creciente conciencia, más allá de su comprensión, de que se había cometido un acto espantoso hacia su persona. Una profunda oscuridad se abrió a su espalda, de la que surgieron formas espantosas de terror primigenio que se abalanzaron sobre él. Se vio encerrado en un ataúd deforme, retorciéndose para escapar de manos invisibles. Le faltaba la cabeza, la misma que luego alzó la vista para mirarle desde el interior del maletín, y un horror hasta entonces desconocido le iluminó…
Sonó un claxon, un chirriar de frenos. El maletín cayó a la calzada. Había caminado sin ver hasta el centro de la calle y casi le había atropellado un jeep lleno de policías militares. Se disculpó con un gesto, recogió el maletín y siguió andando. Los policías se lo quedaron mirando y Von Leinsdorf notó que no le quitaban los ojos de encima hasta que se alejaron. Al volver a la realidad, la pesadilla se esfumó con la misma rapidez con que había aparecido. Von Leinsdorf vio el Café de laPaix al otro lado de la calle.
El periódico que había dejado en la mesa ya no estaba. En su lugar, un par de guantes y una bufanda azul.
La señal. Contacto. Su mente volvió a encontrar puntos navegables. Ahora podía encajar todas las piezas. Cruzó la calle y bajó al metro en la estación de Madeleine.
Grannit y Bernie pasaron veinte minutos con el director en recepción, quien les prometió que podrían interrogar a su personal y a los residentes del hotel.
Había más de doscientos oficiales alojados en el Meurice, pero la mayoría se ausentaba durante el día.
Grannit afirmó que estaban dispuestos a esperar hasta que el último de ellos hubiese quedado libre de toda sospecha.
Bernie tomó asiento cerca de recepción mientras Grannit telefoneaba al inspector Massou. No estaba en comisaría, por lo que dejó recado de que les llamase al hotel. Se reunió con Bernie poco después y esperaron a que se congregara el personal sin dejar de controlar la entrada, por si aparecía Von Leinsdorf.
Al subir la escalera de la estación de Abbeses, Von Leinsdorf oyó música coral, miró hacia arriba y vio una modesta iglesia gótica, St. Pierre de Montmartre, encaramada en el monte, justo por debajo del Sacré Coeur. Las voces le atrajeron. Aunque nunca había tenido sentimientos religiosos -
siguiendo la línea del partido, sólo creía en el Padre, no en el Hijo-, sintió la necesidad vehemente de escuchar aquella música. Se deslizó dentro y permaneció de pie al fondo de la iglesia.
Debajo del altar, iluminado por la luz de las velas, un coro interpretaba una chanson medieval. La música antigua sació en él un ansia que no sabía que sufría. La misteriosa sensación de paz que le había sobrevenido mientras andaba por las calles regresó de nuevo, ensombrecida por el mismo negro presagio. Flaqueó un instante, empezó a sudar y tuvo que buscar apoyo en un banco.
«¿Qué es esto?»
Un sacerdote apareció a su lado. ¿Se encontraba bien? Sí, sí. Sólo necesitaba descansar.