Segundo objetivo

Mark Frost · Capítulo 36 de 47

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Segundo objetivo

Le Mort Rat

los negros al saxo y el contrabajo, los blancos al piano y la batería.

–Oye, Dick, ¿quieres una copa? – preguntó Eddie, poniéndose a su lado en la salida, exultante por el éxito conseguido-. Dicen que invita la casa.

–Yo no bebo con negros -espetó Von Leinsdorf.

El rótulo de neón que había fuera,

LE MORT RAT

, proyectaba una estridente luz roja sobre la acera húmeda. Se subieron el cuello de los abrigos y echaron a andar por el entramado de callejuelas adoquinadas y empinadas hacia el apartamento que, a unas manzanas de distancia, Eddie había alquilado aquella mañana, nada más llegar.

–Tengo que reconocer que no podría habernos ido mejor-dijo Eddie, rompiendo el silencio-. ¿Has visto la cicatriz de su cara? Seguro que no se la hizo cocinando.

–Es un chulo corso y un traficante de drogas, y te cortará el cuello a las primeras de cambio.

–Pero resulta que, según nuestros libros, el hijo de puta siempre pagaba puntualmente los productos recibidos.

–Una cosa es hacer tratos con el ejército, Eddie; tu uniforme lo mantenía a raya. Pero él sabe que no tenemos ningún apoyo detrás. ¿Seguro que tus hombres en la estación pueden entregar el material?

–Todo irá como la seda. Es el tren de Navidad, el premio gordo de los

premios gordos. Raciones de lujo para toda la infantería americana de París.

–Y la línea secundaria pasa por Versalles.

–Sí, me la he trabajado yo mismo. No te apures, esto está cantado. Si nos anotamos el punto, podremos retirarnos a la tierra de las tetas y la miel.

–Sí. El Sueño Americano. Hedonismo y pereza.

Eddie no captó la ironía.

–Qué maravilla, muchacho.

36

Quai des Orf eres, París 20 de diciembre, 22:00 horas Earl Grannit y Bernie Oster llevaban dos horas sentados en un banco del tenebroso vestíbulo del cuartel general de la policía parisina. Oían el tictac de un enorme reloj eléctrico justo encima de sus cabezas, donde también había un tablón lleno de anuncios oficiales. La placa de Grannit no había causado excesiva impresión en los funcionarios agobiados que había tras las mesas o que andaban apresuradamente por los pasillos. Los norteamericanos fueron testigos del flujo constante de sospechosos que gendarmes uniformados traían a las dependencias para iniciar los trámites de su saturado sistema judicial. Detrás del vestíbulo, en los cubículos de los detectives, el repiqueteo de numerosas máquinas de escribir se entremezclaba con el sonido de voces que gritaban en francés.

–Un negocio floreciente -dijo Bernie.

Grannit encendió otro cigarrillo, se inclinó hacia delante y se pasó una

mano por la cara. Parecía agotado.

–Usted era poli. En Nueva York.

–Así es.

Bernie echó un vistazo a la habitación mientras hacía girar su casco de policía militar. – ¿Es diferente aquí?

–La misma mierda que cae por una cloaca distinta.

–Nunca había estado en una comisaría de policía.

Parece un trabajo infernal.

–El mundo es un lugar infernal. – ¿Las personas nacen malas? ¿Por eso acaban metidos en la mierda?

–Es una elección. Todos tenemos la posibilidad de elegir.

Bernie titubeó antes de decir:

–Von Leinsdorf trabajó en un campo de exterminio. – ¿Qué?

–Dachau es un campo de exterminio. Allí matan a la gente. Judíos en su mayoría, también otros. No sé cuántos, quizá millones en toda Alemania.

¿Se conoce esto en nuestro país?

Grannit negó con la cabeza.

–Al principio los sacaron; los deportaban a campamentos. Todos lo sabíamos; nadie hizo nada.

Entonces empezaron con eso y nadie quiso darse por enterado. – ¿Desde cuándo?