Segundo objetivo

Mark Frost · Capítulo 26 de 47

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Segundo objetivo

Capítulo 22

Von Leinsdorf dejó caer los hombros bruscamente, hastiado, como si hubiese perdido interés en lo que pretendía hacer. Después, un cambio. De nuevo la eficacia. Retiró el silenciador y lo dejó caer en su bolsillo antes de levantar a Bernie del suelo, rodearlo con el brazo y ayudarle a regresar al jeep, utilizando ahora el tono con que se dirige una afectuosa reprimenda a un amigo desmandado.

–No creo que seas un cobarde físico, Brooklyn, sino un cobarde moral. Pero si algún día encuentras el coraje para matarme, te matarás a ti también. Te encontrarán tarde o temprano, tus amigos americanos. Morir en el campo de batalla es una cosa; la ejecución es mucho peor. Te lo digo por experiencia.

No es la muerte, sino saber cuándo, dónde y cómo. Ese es el infierno.

Bernie no respondió; la parálisis de su cuerpo se enfriaba. Von Leinsdorf subió de nuevo al jeep.

–Conduce.

Regresaron marcha atrás a la carretera principal.

Viajaron en silencio durante cierto tiempo.

«Tiene razón en algo -reflexionó Bernie, mirando a Von Leinsdorf de reojo-. He pasado demasiado tiempo pensando en mí, preocupándome por mi propia vida. Ya no volverá a suceder.»

«Descubriré lo que se propone, se lo iré sacando poco a poco. Y entonces, incluso aunque me mate, encontraré el modo de detenerle.»

22

Cuartel General Supremo Aliado, Versalles 18 de diciembre, 13:00 horas La noticia del interrogatorio de Karl Schmidt llegó finalmente por télex cuando el general Eisenhower acababa su reunión en la sala de los mapas. Su jefe de Contraespionaje presentó apresuradamente el informe después de confirmar dos veces su contenido con el Primer Ejército. Con su calma característica, Eisenhower echó una ojeada al despacho donde se aseguraba que ochenta comandos alemanes, vestidos con el uniforme de Estados Unidos y cuyo objetivo era asesinarle, quizás estuvieran ya en París.

–Otro rumor disparatado -replicó mientras devolvía los papeles.

Fue el único oficial del Cuartel General Aliado que reaccionó así. Pese a las protestas de Eisenhower, su jefe de Seguridad ordenó que los aposentos del general se trasladaran de la confortable mansión donde se alojaba al palacio Trianón, dentro del recinto de Versalles. A Ike le gustaba disfrutar de su privacidad y cuando no trabajaba quería estar a solas. Sus oficiales creían que eso se debía a la relación de Ike con su ayuda de campo británica, la teniente de la sección femenina del ejército británico y ex modelo Kay Summersby.

Cuando Eisenhower se negó a trasladarse, el jefe de su Estado Mayor le dijo que, en lo referente a su seguridad, debía acatar las órdenes como cualquier otro soldado.

Cuando terminaba el día, el único general con cinco estrellas de Estados Unidos, comandante de todo el escenario de guerra aliado en Europa, se había convertido, en la práctica, en un prisionero de sus propios ejércitos.

Durante las veinticuatro horas siguientes, el palacio Trianón se transformó en una fortaleza. Se alzaron dos vallas de alambrada alrededor del perímetro y se instalaron tanques y ametralladoras a intervalos de cien metros alrededor del recinto. Se establecieron controles de carreteras a lo largo de kilómetros en todas direcciones y se instauró un nuevo y complejo sistema de pases de un día para otro. Se añadió un pelotón de policías militares al equipo de seguridad habitual del general y a partir de entonces

sus traslados se realizaron en un sedán blindado con las ventanillas tintadas, que nunca tomaba dos veces la misma ruta. Acostumbrado a dar largos paseos en solitario por los jardines de Versalles, Eisenhower fue confinado al edificio con las cortinas echadas, por si algún francotirador lograba penetrar en el recinto, mientras los soldados patrullaban el terreno. Las protestas de Ike -que aquellos hombres podían prestar mayor servicio a la contienda luchando en el frente-, cayeron en saco roto.

–Esto será lo que siente uno cuando es presidente -farfulló Eisenhower a un miembro de su Estado Mayor.

Al anochecer, ya había oficiales de Contraespionaje vestidos de paisano apostados en el Café de la Paix, el restaurante que Schmidt había identificado como punto de encuentro de los asesinos. Se ocultaron ametralladoras en los callejones próximos y la fotografía de Otto Skorzeny se pegó en todas las paredes y farolas de la ciudad. La vigilancia vecinal organizó patrullas en busca de agentes alemanes disfrazados. Cualquier soldado norteamericano de aspecto sospechoso que merodease por la zona era detenido e interrogado.

Los oficiales de Seguridad intentaron usar un cebo humano para descubrir a los asesinos. Uno de los oficiales del Estado Mayor de Eisenhower, el teniente coronel Baldwin Smith, que guardaba un parecido sorprendente con su algo calvo comandante, se ofreció a trasladarse a la casa de campo que había sido la residencia de Ike. Durante los siguientes días vistió uno de los uniformes del general y fue trasladado en el Cadillac de Eisenhower por los itinerarios habituales. El propio Eisenhower no fue consultado ni informado de la sustitución.

Las secuelas de la confesión del teniente Schmidt afectaron a los soldados aliados en toda la cadena de mando. Aunque dio la contraseña correcta en el puesto de control, el general norteamericano Bruce Clarke pasó seis horas bajo custodia cuando un policía militar excesivamente perfeccionista decidió que el hecho de que el general hubiera situado a los Chicago Cubs en la American League probaba que era un espía alemán.

Cuando regresaba a su propio cuartel general, el general Omar Bradley tuvo que detenerse media docena de veces y responder numerosas preguntas sobre el Medio Oeste, el equipo de fútbol americano Nôtre Dame y el estadio de los St. Louis Cardinals.

El mariscal de campo británico Bernard Montgomery, recién llegado a Bélgica procedente de Holanda, fue obligado a detenerse en un control norteamericano próximo a Malmédy. Como medida de precaución habían retirado de su jeep todas las graduaciones e insignias, lo que levantó sospechas.

Furioso al ver cuestionada su autoridad, y para colmo por un americano, el autoritario Montgomery ordenó a su chófer que siguiera adelante a media conversación.

Los policías militares respondieron disparándole a las ruedas, persiguiéndole y retirándole el arma.

Mantuvieron bajo custodia al oficial británico de mayor rango de la guerra durante tres horas, hasta que un coronel canadiense identificó al iracundo Montgomery.

Exasperado por los habituales aires de grandeza de Montgomery, parece que a Eisenhower le encantó escuchar con todo detalle el relato de su calvario.

A los soldados de los controles ya no les bastaba con las contraseñas y, con el paso de los días, sus preguntas fueron ganando complejidad. Las cuestiones referentes a deportes, cómics y chismorreos de Hollywood eran las más frecuentes. Ciertos policías militares más imaginativos intentaron desenmascarar a los presuntos asesinos exigiéndoles que recitasen poemas que incluyeran muchas erres o uves dobles, cuya pronunciación resultaba difícil para los alemanes nativos. El trabalenguas «R con R cigarro, R con R

barril, rápidos corren los carros rumbo al ferrocarril» era uno de los favoritos.

Pese a todas las alteraciones que ocasionaron, estas precauciones iban a resultar sumamente beneficiosas.

La frontera francesa 18 de diciembre, 21:00 horas Tras conducir toda la tarde, Earl Grannit y Ole Carlson entraron en Francia por un cruce altamente custodiado, al norte de la ciudad de Givet. Grannit se identificó ante los policías militares a cargo del control y se aseguró de que hubieran recibido el boletín referente a los comandos de Skorzeny. Los policías le demostraron que circulaba ampliamente y que se habían impuesto controles más restrictivos. El tráfico del lado belga de la frontera sufría un atasco de medio kilómetro.

Antes de proseguir hacia Reims, Grannit y Carlson entraron en la cantina para servirse una comida rápida.

Mientras esperaban la comida, tomaron café junto a una ventana que daba al almacén de suministros del puesto. – ¿Tienes esposa, Earl? – ¿Para qué quieres saberlo?

–No sé, es que nunca te lo he preguntado.

–La tuve.

Carlson esperó. – ¿Eso es todo?

–Sí. – ¿En qué trabajaba tu padre?

–Tenía una gasolinera -respondió Grannit. – ¿Tienes hermanos? – ¿Qué es esto, un interrogatorio?

–Sólo intento charlar un poco.

–Tenía una hermana -Grannit divisó algo al otro lado de la ventana-. ¿Has traído los prismáticos?

Carlson se los entregó. Grannit enfocó un jeep americano aparcado junto a

un surtidor de gasolina, a medio kilómetro de distancia. Había dos policías militares junto al jeep; uno de ellos llenaba el depósito.

Desde aquella distancia y ángulo, le fue imposible leer el número de unidad del jeep.

–Ve a preguntar al control si una pareja de policías militares ha cruzado durante la última hora.

–Allá voy.

Carlson salió de inmediato por la puerta que comunicaba con las oficinas fronterizas.

Grannit observó a los policías militares del surtidor.

Examinó el vehículo, en busca de detalles que le recordasen al jeep de Schmidt. Nada le resultó extraño.

Carlson regresó poco después.

–Han pasado hará unos veinte minutos. Tenían la contraseña y pases de alto nivel… -¿Ha comprobado si la grafía era correcta?

–Ha dicho que conocía ese detalle por el boletín y que «cuartel» estaba escrito correctamente. Esos policías militares le han explicado que pertenecen al Cuartel General Supremo de las Fuerzas Aliadas y que están trabajando en el caso Skorzeny.

–Así que lo conocían y lo mencionaron antes de que se les preguntara.

–Eso me ha dicho.

Grannit vio a un tercer policía militar que regresaba junto a los que ya estaban en el jeep.

–De todos modos, son tres. – ¿Creías que podían ser los tipos que buscamos?

–No, Ole, creía que era Eleanor Roosevelt -replicó Grannit, bajando los prismáticos.

–La habrías reconocido por los dientes, incluso a esta distancia -bromeó Carlson.

Algo llamó la atención de Grannit cuando bajaba los prismáticos que hizo que volviera a utilizarlos. Un cuarto policía militar salió de un edificio cercano y se encaramó al jeep.

–Un momento… ¡Mierda, son cuatro!

–Pero sus pases eran válidos…

–Retenlos en la barrera, lo comprobaremos nosotros mismos. Rápido.

Carlson regresó a toda prisa al puesto de control.

Grannit salió al patio por la puerta trasera de la cantina; el jeep se alejaba de los surtidores de gasolina rumbo a la salida más próxima, una puerta abierta en una verja metálica que se hallaba a unos cien metros de distancia.

Grannit empezó a correr tras ellos.

–Date prisa, Ole.

Cuando el jeep se acercaba a la salida, Grannit vio que el policía militar de la garita respondía al teléfono, salía al exterior y cerraba la puerta de la verja con el jeep ya muy cerca. El policía se aproximó para hablar con los ocupantes del vehículo.

El jeep giró bruscamente marcha atrás y se dirigió rápidamente hacia otra salida. El policía militar corrió tras ellos. Grannit sacó la pistola. – ¡Eh!

¡Eh!

El jeep se dirigía a toda velocidad hacia Grannit.

Éste bajó el arma y vació el cargador. Los disparos destrozaron el parabrisas y el retrovisor, pero el jeep consiguió esquivarle. Ole y los policías militares del puesto fronterizo salieron, corriendo y armados, del edificio principal y cruzaron el patio en dirección a la puerta. Una ametralladora abrió fuego, persiguiendo la trayectoria del jeep con sus balas, aunque sin llegar a tocarlo.

Sin tiempo para desenrollar la puerta de tela metálica, dos guardias arrojaron una cadena de minas a lo largo de la abertura. El jeep aceleró al alcanzar la puerta abierta y pisó las minas a ochenta kilómetros por hora.

Las minas detonaron e hicieron estallar las ruedas delanteras. El depósito de gasolina, de gran tamaño y lleno de combustible, explotó en una bola de fuego; el jeep saltó por los aires y aterrizó boca abajo, envuelto en llamas.

Los cuatro pasajeros, entre ellos su jefe de escuadra, el Unterstürmführer de las SS Gerhard Bremer, murieron al instante.

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