Segundo objetivo
Capítulo 5
le esperaban cargando material en su jeep.
–Buenas noticias, caballeros. Cruzamos esta noche -anunció Von Leinsdorf.
5
Noreste de Bélgica 14 de diciembre de 1944, 20:40 horas Temblando bajo un cielo cuajado de estrellas, los tres soldados americanos que atendían el control fronterizo encendieron un fuego en un viejo bidón de petróleo, violando las órdenes que prohibían la iluminación nocturna. Su cabaña de techo de chapa no les protegía del aire ártico que había seguido al frente tormentoso. El invierno no había empezado oficialmente, pero la primera tormenta de la estación había dejado quince centímetros de nieve la noche anterior. Aunque estaban a unos cinco kilómetros de la frontera alemana y ocasionalmente oían vehículos que aceleraban en esa dirección, sólo algunas escaramuzas esporádicas habían interrumpido la calma en las semanas que llevaban allí destacados. Por tanto, todas las noches encendían un fuego detrás de su cabaña y se turnaban para calentarse las manos, mientras los otros se quedaban dentro jugando a cartas, a la luz de un farol Coleman.
Eran reclutas inexpertos -un sargento y dos soldados-, llamados a filas en los últimos seis meses y entrenados precipitadamente. Su 99ª División de Infantería se había desplegado en las Ardenas sólo un mes antes, junto con otras unidades demasiado verdes para el combate y veteranos demasiado agotados para seguir luchando. El regimiento de los hombres, el 394, había cavado, a lo largo de un perímetro de treinta y dos kilómetros paralelo a la frontera belgo-alemana, una zanja rocosa y boscosa entre dos crestas del macizo.
Situados a intervalos de novecientos metros, los soldados del Regimiento
394 pasaban los días y las noches en gélidas trincheras, mirando el bosque silencioso, protegidos de los elementos únicamente por una techumbre de ramas de pino.
En comparación, a estos tres hombres de la Compañía Rifle F, escuadra
«D», les había tocado una misión de lujo, guardar un control fronterizo en una vieja pista forestal a kilómetro y medio de la aldea de Elsenborn. A quince kilómetros por detrás, su campamento base ofrecía comidas calientes y duchas, películas de Hollywood y bandas de swing que tocaban semanalmente en bailes organizados por la USO, donde abundaban las agradecidas muchachas belgas. En los barracones se había extendido la convicción de que la guerra estaba prácticamente acabada. Un mes de noches gélidas, agazapados en las trincheras de Losheim, parecía una forma fácil de contribuir al esfuerzo bélico. Incluso era posible que les devolviesen a casa sin haber disparado un solo tiro.
–Sargento -dijo el soldado Anderson, desde detrás de la garita. – ¿Qué pasa? – respondió Mallory en el interior.
–Algo se acerca.
Los faros de un vehículo bañaron la ventana de la garita. El sargento Vincent Mallory, del sur de Boston, cogió su carabina Garand M1; el soldado Jack Ellis le siguió, apartando la sábana que colgaba en el umbral de la puerta. El soldado de primera Chick Anderson se situó en la barrera, junto al brazo de madera a rayas que cruzaba la sucia carretera.
Un único vehículo se aproximaba por la carretera de Kalterherberg, una encrucijada situada seis kilómetros al norte, cerca de la frontera alemana.
Mallory reconoció los faros redondos y la tirante caja de cambios; un Jeep Willys, la mula de carga del ejército norteamericano. Avanzó unos pasos y movió la linterna, indicando que se detuvieran. Ellis preparó el fusil y flanqueó a su sargento en la carretera, diez metros por delante de la barrera.
El jeep aminoró la marcha a medida que se aproximaba; llevaban la capota subida y el parabrisas en alto. Un soldado norteamericano, que ocupaba el
asiento del copiloto, se puso en pie y empezó a agitar frenéticamente los brazos en dirección a Mallory.
–Qué cojones… ¿qué demonios es esto?
Cuando el jeep se detuvo a escasa distancia, Mallory vio que se trataba de un soldado raso. Flaco, nervioso, de poco más de veinte años, cabello negro rizado asomando del casco echado hacia atrás. El conductor mantenía la cabeza gacha y la mirada fija en la carretera. – ¿De dónde vienen? –
preguntó Mallory.
–Joder, no tengo ni idea. Llevamos conduciendo un montón de tiempo…
¿Cuántas horas, teniente?
Se volvió hacia el oficial que ocupaba el asiento trasero. Mallory enfocó con la linterna.
Había cuatro hombres en el jeep.
El teniente, con la insignia al cuello, se inclinó hacia delante: compacto, rubio, guapo, de unos veinticinco años, un hombretón seguro de sí mismo con una encantadora sonrisa de universitario. – ¿Y se supone que tú eres el copiloto? – se burló el teniente-. Muéstrales el pase, idiota.
–Toda la jodida noche así -dijo el soldado histérico, tendiendo los pases a Mallory antes de volverse hacia Ellis-. ¿Tienes un cigarro, tío?
Mallory leyó la documentación, que parecía en orden, y luego examinó los distintivos de la unidad estarcidos en la capota del jeep.
–Están muy lejos del 12º Ejército, señor.
–Y que lo diga -respondió el teniente, con un leve gangueo sureño-.
Salimos del cuartel general de Luxemburgo hace ocho horas y teníamos que empalmar con el 106 en Vielsalm a las seis de la tarde.
Mallory devolvió el pase mientras observaba cómo el cuarto hombre, sentado junto al teniente en el asiento trasero, desplegaba un gran mapa.
–Se han pasado de largo, señor. Vielsalm está a treinta y dos kilómetros al sudoeste de aquí -informó Mallory.
–Ésa es una jodida buena noticia -se lamentó el soldado raso, mientras Ellis le tendía un cigarrillo-.
Intenté decírselo, señor, tendríamos que haber girado a la derecha hace dos horas. Oh, gracias. ¿Tienes fuego?
–No irás a encender eso aquí, hijo -dijo Mallory.
–Claro, mierda, ¿dónde tengo la cabeza? – el soldado se metió el cigarrillo detrás de la oreja; Mallory advirtió que le temblaban las manos.
–Ni tampoco deberían llevar los faros encendidos. ¿No tienen instrucciones de evitar la iluminación nocturna? – ¿Por eso nos ha hecho parar, sargento?
– preguntó el teniente.
–Esto es un control de carretera, señor. Tenemos órdenes de parar a todo el mundo.
–Bien, pues me alegra que lo haya hecho. Quizás así pueda darle al soldado Alcornoque algunas indicaciones para leer el mapa.
–Eso si consigo que me lo devuelvan… ¿me permite que vea eso? – pidió el soldado al cuarto hombre, que acababa de encender una linterna, tenía la cabeza sepultada en el mapa y no mostraba el menor interés en entregarlo.
–Vienen de las líneas alemanas -dijo Mallory.
–Sí, joder. ¿Por qué cree que hemos dado la vuelta?
Olía a jodida escalopa vienesa -replicó el soldado.
–No es habitual ver a cuatro hombres en un jeep -dijo Mallory.
–Escoltamos al capitán Conway, aquí presente -respondió el teniente, señalando con la cabeza al hombre que tenía al lado-. Es el nuevo oficial de inteligencia del 106.
–Capitán -Mallory saludó al superior, que no respondió; seguía concentrado en el mapa, que alumbraba con la linterna. – ¿No se supone que tiene que pedirme la contraseña, sargento? – peguntó el teniente rubio.
–En efecto, si no estamos seguros de los hombres. – ¿Y qué hace si alguien no la sabe? Ni yo mismo la sé, joder.
–No se preocupe. La contraseña es «Betty Grable».
Se la pedirán en la siguiente garita, en las afueras del pueblo.
–Me gustaría hacer una pregunta a estos muchachos… por favor, señor, ¿me devuelve eso? – inquirió el soldado al oficial de espionaje.
Mallory pensó que aquel muchacho se pasaba de la raya hablándole así a un oficial, e indicó a Anderson que alzara la barrera. Entonces advirtió casualmente que el conductor del jeep no llevaba ninguna insignia de su unidad en el hombro del uniforme. – ¿En qué unidad estáis? ¿Eh, colega? –
preguntó al conductor.
El chófer se volvió hacia él, pero no respondió. Era mayor de lo que Mallory había supuesto. De rostro curtido y surcado de arrugas, contaría unos cuarenta años. El chófer sonrió y le respondió con un gesto, pero parecía una respuesta ensayada y furtiva, como si no hubiera entendido lo que le preguntaban.
«Este tipo no encaja», le susurró algún instinto primordial.
Mallory sintió que le subía la adrenalina. Su dedo índice se reconectó al
gatillo de la M1.
–Compañía de radio del cuartel general de campaña -dijo el teniente rubio, sonriendo de nuevo-. ¿Le importaría echarnos una mano con el mapa?
El conductor hizo un gesto extraño y dio la espalda a Mallory para volver a fijar la vista al frente. Con un ágil movimiento, el teniente se puso en pie y le arrebató el mapa al soldado raso que, a su vez, acababa de quitárselo al oficial de espionaje.
–Por supuesto, señor. Oiga, tenemos la radio estropeada. ¿Quizás alguno de ustedes podría echarle un vistazo?
–Ya vamos muy atrasados…
–Será sólo un momento, señor. Si la arreglan, podríamos contactar con el 106 y hacerles saber dónde se encuentran.
Ningún hombre se movió. El teniente observó a Mallory durante largo rato; luego volvió a sonreír.
–Soldado Tenella, saque su juego de herramientas.
El teniente saltó por un lado del jeep, aterrizó como un gato y se detuvo para plegar el enorme mapa hasta lograr un tamaño manejable. Mallory intentó llamar la atención de Ellis, pero éste ayudaba al soldado a recoger unas herramientas de la parte trasera del jeep.
–Betty Grable -dijo el teniente, meneando la cabeza, mientras pasaba ante Mallory en dirección a la garita-. ¿Qué se les ocurrirá a continuación?
–No lo sé. ¿No es increíble que ese pedazo de mujer se haya casado con Mickey Rooney? – preguntó Mallory.
–Oí el rumor, pero no me lo creí.
Mallory realizó un último reconocimiento visual del conductor, que buscaba algo en el asiento delantero.
Con el dedo firme en el gatillo, iba a levantar el cañón contra la espalda del teniente cuando éste se volvió inesperadamente hacia él.
Mallory sólo vio un mapa que se acercaba directamente a su rostro. Un estallido apagado, y las líneas y contornos de Bélgica reventaron. La primera bala le alcanzó debajo de la oreja derecha; le destrozó la mandíbula, rebotó en el hueso y acabó saliendo por el otro lado de la boca.
Ahogándose con su propia sangre y con los dientes rotos, soltaba el fusil para llevarse las manos a la garganta cuando Von Leinsdorf disparó de nuevo, alcanzándole en el hombro derecho. La fuerza del impacto le hizo girar sobre sus talones.
El oficial de espionaje, Gunther Preuss, se levantó y golpeó la cara del soldado Ellis con la linterna. Bernie dejó caer su caja de herramientas y se apartó del jeep.
El chófer salió del jeep y corrió hacia Anderson, que se encontraba junto a la barrera.
Armado con un cuchillo, Preuss se abalanzó sobre Ellis. Ambos cayeron al suelo con un golpe seco. El soldado soltó un gruñido cuando todo el peso de Preuss se le vino encima.
Anderson vio que el conductor, a una distancia de tres metros, se acercaba rápidamente armado con un subfusil. Levantó su fusil y ambos dispararon simultáneamente: Anderson dos disparos, el chófer vació su cargador.
Von Leinsdorf disparó una vez más contra Mallory mientras éste se desplomaba y después se volvió sin un gesto, como si le aburriese la conversación. Preuss había clavado el cuchillo en las costillas de Ellis y con la mano izquierda forcejeaba con el cañón del arma del soldado norteamericano, que le apuntaba al pecho. Jadeando por el esfuerzo, Ellis no soltaba el arma e intentaba apretar el gatillo. Con expresión desencajada,
Preuss alzó la vista hacia Bernie, que estaba de pie a menos de un metro de distancia.
–Das Gewehr! Erhalten das Gewehr! – gritó Preuss.
Bernie no se movió. Von Leinsdorf se acercó rápidamente, apuntó a la cabeza de Ellis con su pistola, un largo cañón con un silenciador acoplado a la boca, y disparó dos veces. Cuando el americano aflojó, Preuss apartó el fusil de un manotazo y se libró del cuerpo, respirando con dificultad.
Bernie estaba conmocionado. Nunca había visto morir a alguien. No podía pensar; no podía moverse. – ¿Qué es esto? ¿Pero qué mierda es ésta? –
susurraba.
–Contrólate -ordenó Von Leinsdorf. Después se volvió hacia Preuss-: Arrastra los cuerpos hasta el bosque.
El teniente se encaminó a la barrera. El soldado Anderson yacía muerto, tendido boca abajo en el barro, sangrando por media docena de heridas. El chófer -el marino mercante Marius Schieff, de Rostock- había logrado apoyarse en la base de la barrera y, pistola en mano, observaba la mancha oscura que se extendía por la chaqueta de su uniforme.
Von Leinsdorf se arrodilló a su lado y preguntó con delicadeza: -¿Marius?
¿Es muy grave? ¿Podrás caminar de vuelta hasta nuestras líneas? –
¿Caminar ocho kilómetros? – respondió Schieff, con una sonrisa desoladora.
–No podemos regresar, amigo -dijo Von Leinsdorf.
–Ich weisse. Continúen, dejenme aquí, quizás alguien me encuentre…
Von Leinsdorf se puso en pie y, sin titubear, disparó dos veces a la cabeza de Schieff. Desenroscó el silenciador mientras echaba una rápida ojeada a la garita, después enfundó el arma y regresó junto al jeep.
Gunther Preuss ya se había incorporado y gruñía mientras arrastraba dificultosamente el cadáver de Ellis hacia el bosque cercano. Bernie corrió hacia Von Leinsdorf.
–Dios, ¿pero qué coño has hecho? – le espetó.
–Te he dicho que te tranquilices. Recoge sus identificaciones, saca los cuerpos de la carretera…
–Sabes cuáles son las órdenes, maldita sea; no tenemos que combatir, alguien podría haber oído los disparos…
Von Leinsdorf se dirigió hacia el cuerpo de Mallory, encendió el mechero y prendió un Lucky Strike mientras miraba al americano muerto. – ¿Quién está casado con Betty Grable? – preguntó a Bernie. – ¿Betty Grable, la estrella de cine? Y yo qué coño sé… -¿Mickey Rooney?
–No, no es él. Espera, deja que piense… ¿No es Harry James, el director de esa banda de música? ¡Pero qué más da! – Le respondí de forma equivocada.
Nuestro sargento iba a hacer algo heroico -Von Leinsdorf cogió las piernas de Mallory y fulminó a Bernie con la mirada-. ¿Vas a quedarte ahí parado, Brooklyn?
Bernie agarró a Mallory por los brazos y lo arrastró hacia el bosque. – ¿Pero cómo lo has sabido? ¿Cómo has podido saberlo? – inquirió Bernie.
–No hay radio en la garita.
Gunther Preuss, el antiguo empleado de banco vienés con sobrepeso, se cruzó con ellos cuando regresaba del bosque en dirección a la barrera del control.
–Was sollten wir mit Schieff tun? – preguntó.
–Quédate con su placa, vacíale los bolsillos y ponle con los otros -dijo Von Leinsdorf.
–Kann ich seine Aufladungen nehmen?
–Por el amor de dios, Preuss, el cuerpo ni siquiera está frío…
–Mía… no van bien -replicó Preuss con dificultad. – ¿Eso es lo mejor que se te ocurre? Pareces un jodido Frankenstein -protestó Bernie.
–Quédate entonces con las botas de uno de los americanos -terció Von Leinsdorf.
–Danke, Unterstürmführer…
–Y habla inglés o cierra el pico, pedazo de inútil, jodida bola de sebo.
Preuss bajó los hombros y echó a trotar torpemente.
Von Leinsdorf dirigió a Bernie una sonrisa taimada. – ¿Qué te parece?
Estoy mejorando mi argot americano, ¿verdad?
Bernie le fulminó con la mirada.
–Has dicho «juego de herramientas». – ¿Y qué?
–Un americano no diría «juego», sino «caja de herramientas».
–Es verdad. No te jode. – ¿Y lo de elegir a Preuss? Estás como una puta cabra, ¿lo sabías? – dijo Bernie.
Von Leinsdorf se echó a reír y exhaló humo, muy divertido. Tras internarse veinte metros en el bosque, dejaron el cuerpo de Mallory junto al de Ellis, cerca de un grupo de árboles. Una ráfaga de viento movió las ramas, que dejaron caer pedazos de nieve sobre sus cabezas. – ¿Por qué tenías que matar a Schieff?