Segundo objetivo

Mark Frost · Capítulo 2 de 47

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Segundo objetivo

Capítulo 1

A quienes se daría un segundo objetivo.

1

Grafenwöhr, Baviera, Alemania 3 de noviembre de 1944 Bernie Oster llegó a Nuremberg tras viajar toda la noche solo, en un tren de pasajeros. Llevaba consigo órdenes clasificadas y selladas, que el día anterior le había entregado su oficial al mando en Berlín. Le habían dicho que no hiciera el equipaje y que se vistiese de civil antes de que los soldados le escoltasen directamente de la reunión hasta el tren. Tras mostrar sus papeles a los oficiales de las SS de la estación de Nuremberg, le condujeron a una sala de espera vacía, donde le abandonaron sin más explicaciones. Al mediodía, después de que una docena de hombres se hubiera unido a su aislamiento, les hicieron subir a la oscura parte trasera de un camión de transporte.

Les ordenaron que guardaran silencio. Los hombres apenas intercambiaron miradas recelosas y algún cabeceo de asentimiento. Aunque ninguno de sus compañeros de viaje iba uniformado, Bernie dedujo, por su aspecto y su actitud, que todos eran soldados o marinos. Sentado solo en una esquina, encadenó un cigarrillo tras otro mientras se preguntaba de dónde procederían los otros hombres y qué tenían en común.

Su oficial no le había dado detalles durante la sesión informativa; sólo que Bernie se había «presentado voluntario» (sin que le diesen otra opción) para una misión especial que requería su traslado inmediato.

Quince horas y cientos de kilómetros más tarde, se hallaba en una zona de Alemania totalmente desconocida para él.

Poco después de que iniciasen el trayecto en camión, el pasajero más

inquieto articuló las preguntas que todos se formulaban en silencio: -¿Qué hacemos aquí? ¿Qué quieren de nosotros?

Bernie no contestó. El riesgo de que cualquiera de los otros fuese un topo de las SS infiltrado para supervisar sus conversaciones -o provocarlas con sus preguntas- era demasiado elevado. Ya tenía motivos suficientes para temer por su vida. Quizá lo mismo sucediese con los otros; nadie respondió.

Echó un vistazo entre las costuras de la lona y vio que la carretera cruzaba un paisaje gris y desolado: árboles desnudos, campos en barbecho, páramos desiertos. Durante la segunda hora del trayecto, el camión torció por un camino alejado que cruzaba un bosque. Transcurrido medio kilómetro, alcanzaron la entrada de un recinto rodeado de alambradas y puertas de acero, que se extendía entre los árboles hasta perderse de vista.

Parecía un campo de prisioneros. Guardias vestidos con uniformes desconocidos patrullaban los parapetos y blocaos. En las torres había ametralladoras con los cañones apuntando al interior. El estómago le dio un vuelco.

«Es eso, entonces. Me han descubierto.»

El camión frenó ante las puertas. La lona que cubría su parte trasera se abrió y dos guardias armados indicaron a los pasajeros, cegados por la luz tras el largo viaje en penumbra, que se apeasen a punta de bayoneta.

Un oficial de las SS los escoltó a través de las puertas.

Bernie advirtió que todos los guardias apostados en los muros y en las torres tenían anchos rasgos eslavos. Oyó un intercambio de palabras entre dos de ellos en una lengua gutural y desconocida. Las puertas se cerraron a su espalda. Bernie se preguntó si las habían instalado para mantener fuera al enemigo o para encerrarles dentro.

El complejo parecía haberse construido con propósitos militares. Había profundas huellas de tanques en el barro y, a lo lejos, un campo de tiro. Los

guardias los llevaron a unos barracones de techo bajo construidos con troncos recién cortados, donde habían dispuesto emparedados y botellas de cerveza para ellos.

Los recién llegados se sentaron en toscos bancos de madera y comieron en silencio, vigilados por los guardias. Tras un breve descanso, les condujeron, uno a uno, a otro edificio situado al otro lado del recinto.

Ninguno regresó. Bernie fue uno de los últimos hombres convocados.

Dos oficiales de las SS, un teniente y un capitán, aguardaban tras un escritorio en la única estancia del edificio, ante una silla vacía. Granaderos de las SS, armados con metralletas MP40, hacían de centinelas en la puerta.

El teniente ordenó a Bernie que vaciase el contenido de los bolsillos en la mesa, la identificación y los documentos del traslado incluidos.

–También la cartilla militar -añadió.

El teniente metió los objetos en un sobre, que guarda en un cajón del escritorio. Sin ellos, Bernie sabía que, en lo que al ejército concernía, él había dejado de existir. Tenía el corazón desbocado y estaba seguro de que el miedo que intentaba dominar se le transparentaba en el rostro. Había temido aquel momento durante meses: descubrimiento, tortura, ejecución.

El capitán no alzó la vista de sus notas para mirarle.

El teniente le ordenó que se sentara y empezó a interrogarle en alemán, siguiendo las notas de un dossier.

–Soldado de primera Bernard Oster.

–Sí, señor. – ¿Cuál es su unidad?

–División 42 Volksgrenadier, señor. Brigada motorizada. – ¿Su trabajo allí?

–Soy mecánico de la flota motorizada, señor.

Dependo del cuartel general de Berlín. Me encargo de los vehículos de los oficiales. – ¿Es ésa su única responsabilidad?

«Aquí viene», pensó Bernie.

–No, señor. Durante este último mes he trabajado en el gabinete de radio.

Como traductor.

El teniente mostró algo del dossier al capitán. Éste alzó la vista para mirar a Bernie por primera vez. Un hombre esbelto de treinta y pocos años, cabello negro brillante y ojos color gris acero que penetraron en Bernie como rayos X. Con un gesto, indicó al teniente que se hacía cargo del interrogatorio.

–Usted nació en Estados Unidos -dijo el capitán en un nítido inglés.

–Sí, señor -respondió Bernie, intentando no parecer sorprendido.

–Sus padres emigraron allí a principios de los años veinte, después de la última guerra. ¿Por qué?

–Por lo que sé, entonces apenas había trabajo en Alemania. Problemas económicos.

–Su padre es químico industrial. Trabajó para Pfizer, en Long Island.

–En efecto.

–Usted creció y se educó en Nueva York.

–Brooklyn. En efecto, señor. – ¿Cuándo regresó su familia a Alemania?

–En 1938. Yo tenía catorce años. – ¿Por qué?

Bernie titubeó.

–Por la misma razón por la que nos marchamos de aquí. Mi padre perdió su empleo durante la Depresión.

No tenía medios para mantener a su familia. Como científico y como ciudadano alemán, recibió una oferta del nuevo gobierno para regresar y trabajar aquí.

El capitán no mostró reacción alguna. A juzgar por su expresión, parecía saber la respuesta de cada una de las preguntas que formulaba. Aquella mirada fija e impasible le provocaba escalofríos. Cuando las SS se interesaban por alguien, la persona en cuestión solía desaparecer, aunque no tuviese nada que ocultar.

Bernie advirtió que tenía las axilas empapadas en sudor.

–Su padre trabaja para IG Farben, en Frankfurt.

–Sí, señor. – ¿Alguna vez ha hablado de su trabajo con usted?

«¿Es eso de lo que se trata? ¿Mi padre? ¿No de lo que pasó en Berlín?»

–No, señor. Creo que es un asunto clasificado.

–Usted empezó el servicio militar hace dieciséis meses, cuando cumplió los dieciocho años. No intentó alistarse antes.

–Aún estudiaba, señor…

–Ni tampoco se afilió a las Hitlerjugend.

El capitán lo taladró con la mirada. Bernie se sintió penetrado en lo más profundo de su ser; sin duda, aquel hombre podía leerle los pensamientos que intentaba apartar de su cabeza. ¿Sabía el capitán que, unos meses después de haber regresado a la Alemania nazi, los jefes de IG Farben habían advertido a su padre que matarían a su familia si intentaba

marcharse? ¿O que el odio que Bernie sentía por los nazis no había hecho más que aumentar desde su alistamiento? Había regresado a Alemania en contra de su voluntad, con su escepticismo de adolescente norteamericano intacto, inmune a las fantasías nacionalistas de los nazis. La obsesión por la pompa y el ritual hacía que los considerase vulgares y cómicos. Poco después, él y su familia habían comprobado, horrorizados, cómo esos mismos nazis doblegaban a toda Europa.

La cabeza de Bernie pasó a ocuparse de lo que realmente le importaba:

¿Sabía aquel hombre que, cuando se enteraron de su don de lenguas y le pasaron al departamento de radio, había alterado dos veces la traducción de los informes interceptados a los norteamericanos sobre los movimientos de tropas, con la intención de confundir a sus superiores? Llevar a cabo su propia resistencia en solitario era probablemente ineficaz y sin duda temerario. Había tardado un mes en probarlo de nuevo, convencido de que le espiaban. Aquel segundo intento había tenido lugar tan sólo una semana antes. ¿Habían estado esperando a que asomase de nuevo la cabeza? ¿Por qué otra razón le habrían llevado allí?

–Cuando volvimos de Estados Unidos ya había sobrepasado la edad obligatoria. Mi padre quería que terminase mi educación.

El capitán se puso en pie y rodeó la mesa. – ¿Por qué su padre nunca se ha afiliado al Partido Nacional Socialista?

–Me temo que eso deberá preguntárselo a él, señor… -¿Es él un patriota?

–Siempre se consideró, ante todo, alemán. Por eso volvimos a casa en cuanto se presentó la oportunidad…

El capitán desenfundó la pistola y la apoyó en la frente de Bernie. – ¿Y

usted qué se considera, soldado?

Bernie tragó saliva antes de responder.

–Digno hijo de mi padre.

–Tiene la nacionalidad norteamericana.

–Tengo doble nacionalidad, alemana y norteamericana. – ¿Y si tuviera que elegir?

–Nunca me han dado la oportunidad…

–Se la brindo ahora.

Bernie no apartó sus ojos de los del capitán, convencido de que el menor desliz le haría apretar el gatillo.

–Hable con mis superiores si cuestiona mi lealtad.

El capitán lo observó fijamente. Bernie permaneció atento, la vista al frente, temblando.

–Hemos hablado con ellos. ¿Hay algo que quiera decirme?

Bernie le miró directamente a los ojos.

–No, señor.

El capitán bajó la pistola y la enfundó. Bernie había pasado la prueba. Las rodillas casi cedieron bajo su peso.

–Se ha presentado voluntario para formar parte de una nueva brigada. El conocimiento de la lengua inglesa es uno de los requisitos. Su inglés, por razones obvias, es excelente. ¿Podría afirmar que también conoce la cultura norteamericana? ¿Estrellas de cine? ¿Béisbol? ¿Sucesos cotidianos?

–Me marché hace seis años, señor.

–Lee los periódicos, ¿no es así? Estados Unidos le sigue interesando. Puede responder con sinceridad, hijo; es natural, fue su hogar durante catorce