Segundo objetivo

Mark Frost · Capítulo 7 de 47

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Segundo objetivo

Capítulo 6

–Estaba herido en el vientre, no habría durado ni una hora.

–Podríamos haberle curado o llevarlo donde pudieran ayudarle…

–Él conocía los riesgos. Además, ya has oído lo que ha dicho nuestro amable sargento -dijo Von Leinsdorf, dando un golpecito a la bota de Mallory-. Los norteamericanos viajan de tres en tres en los jeeps. ¿No crees que nuestros valientes líderes deberían haberse percatado de ese pequeño detalle, Brooklyn?

Von Leinsdorf se agachó, les abrió la camisa y arrancó las placas de Mallory y Ellis.

–Cubre los cuerpos -ordenó, arrojando las placas a Bernie-. Quítales los documentos, chaquetas, armas, todo lo que pueda servirnos. Tú conduces.

Bernie se guardó las placas en el bolsillo. Su pesadilla se había hecho realidad; tenía las manos manchadas de sangre norteamericana. Cuatro hombres muertos en menos de cinco minutos. Y a Von Leinsdorf parecía gustarle. Casi estaba canturreando. ¿Pero cuánto tardarían en ser ellos los cazados?

Mientras forcejeaba con la chaqueta de Mallory, advirtió un movimiento reflejo en un pie del sargento.

Se inclinó y comprobó que Mallory aún respiraba.

Cuando Von Leinsdorf ya no estaba a la vista, Bernie extrajo del bolsillo un paquete de sulfamida, vendas y una ampolla de morfina y se arrodilló junto al sargento gravemente herido.

6

Suroeste de Lieja, Bélgica 14 de diciembre, 21:00 horas Earl Grannit se asomó a la ventanilla de la locomotora y miró hacia atrás, al tren de transporte del ejército de Estados Unidos, formado por once vagones de carga, que tomaba una amplia curva. Observó la suave luz lunar que se asomaba al río Mosa entre los árboles y luego echó una ojeada a su reloj, iluminado por la bombilla desnuda del vagón. Echó más carbón a la caldera mientras esperaba que el maquinista acabase de hablar por radio. –

¿Estamos cerca? – preguntó Grannit, entre el ruido de las máquinas, cuando la llamada hubo concluido.

–Seis kilómetros. La próxima estación es Clermont -respondió el maquinista. – ¿Y qué pasa con nuestros refuerzos?

–Dicen que están en su sitio. Listos para partir.

–Parecen las últimas palabras de un famoso. – ¿Crees que van a actuar, Earl?

–Echaré un vistazo.

Grannit se descolgó por la barandilla, buscó apoyo para el pie y se desplazó por el lateral del vagón. Una vez alcanzado el primer vagón de carga, subió la escalerilla hasta el techo, se aseguró el equilibrio y miró hacia delante, siguiendo las vías. A lo lejos, iluminando la noche, se veían las luces de la estación de Clermont.

Entonces, en un cruce más próximo, vio dos coches que daban luces al tren que se aproximaba. La máquina ya había empezado a aminorar la marcha.

Poco después oyó el chirrido de los frenos.

Apenas faltaba un kilómetro para llegar a la estación.

–Mierda, mierda, mierda.

Cuando Grannit consiguió regresar a la locomotora, el tren se había detenido casi por completo.

–Ésa era la señal, ¿verdad? – preguntó el maquinista, con los ojos como platos-. Se supone que debía parar, ¿no?

–Sí, Ole. Se supone que debías parar.

Cuatro hombres avanzaban hacia ellos por las vías, alumbrándose con linternas. Grannit agarró un farol y saltó del tren para recibirlos.

–Hola, ¿cómo van las cosas por ahí? – dijo el hombre que iba delante.

Los otros que le acompañaban se demoraron atrás.

Dos vestían trincheras con los cuellos alzados; sus gorras de plato se recortaban negras contra el cielo.

Oficiales.

El hombre que se había adelantado se situó bajo la luz del farol de Grannit.

Era bajo y enérgico, masticaba una bola de chicle y tenía el acento monótono y áspero de Jersey o Filadelfia. Grannit echó un vistazo a su insignia: cabo, batallón de intendencia.

–Eddie Bennings, Compañía C -anunció, mientras le estrechaba efusivamente la mano-. ¿Eres nuevo en la unidad?

–Hace sólo una semana. Ole y yo -respondió Grannit.

–Bienvenidos al 724. Deja que te diga algo, tío: has aterrizado en lo mejorcito. ¿Ya has estado en nuestro acantonamiento de París? – Grannit negó con la cabeza-. Ya verás. No nos llaman el equipo del millón de dólares por nada, ¿comprendes?