Segundo objetivo

Mark Frost · Capítulo 35 de 47

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Segundo objetivo

Capítulo 30

defendida principalmente por el 291º Batallón de Ingenieros de Combate.

Cuando dos compañías americanas de Infantería llegaron como refuerzo, Skorzeny evaluó su precaria posición desde una colina que dominaba el campo de batalla y, muy a su pesar, ordenó a su brigada que se retirase.

Ninguno de sus tanques y menos de la mitad de su infantería lograron sobrevivir.

Aquella noche, cuando se dirigía al cuartel general alemán instalado en las proximidades de Ligneuville para dar el parte, el vehículo blindado de Skorzeny fue atacado por fuego de artillería americano y acabó volcado en una zanja. Skorzeny salió despedido del coche. Fragmentos de proyectil le acribillaron la pierna y una astilla del tamaño de un pequeño lápiz le perforó la frente por encima del ojo derecho. Le causó una grave hemorragia y le partió un pedazo de carne que quedó colgando, entorpeciéndole la vista.

Tras ser trasladado al cuartel general, rechazó la anestesia y la recomendación del médico de que fuera a un hospital para ser intervenido; exigió que le cosieran la frente para poder regresar a la batalla. Dirigiría lo que quedaba de sus tropas en varias acciones durante dos días, antes de que la infección de la herida casi le dejara ciego y forzara su evacuación a un hospital alemán.

Para Skorzeny y lo que quedaba de la 150 Brigada a Panzer, la ofensiva de las Ardenas había concluido.

30

París, Francia 20 de diciembre La Ciudad de la Luz se había vuelto fría y oscura.

Aunque la Liberación de París en agosto por parte de los Aliados había elevado el ánimo de los que sufrieron la ocupación alemana, el éxito inicial

de la ofensiva en las Ardenas había caído como un jarro de agua fría. Entre los rumores que circulaban a falta de noticias fehacientes, el espectro de las columnas nazis desfilando de nuevo por los Campos Elíseos era excesivamente fácil de imaginar. Miles de civiles que habían regresado y empezaban a establecerse en la ciudad huyeron de nuevo, presas del pánico.

Para quienes se quedaron, en vísperas de lo que se recordaría como el invierno parisino más frío de la época moderna, escaseaba el combustible para caldear las viviendas y apenas había alimentos más que para cubrir las necesidades básicas. Las inestables líneas de gas provocaban explosiones accidentales que causaban muertes cada semana. Los toques de queda y la prohibición de iluminación nocturna, que pese a estar ya en vigor se aplicaron más rigurosamente con el inicio de la batalla de las Ardenas, vaciaron las calles. El sistema eléctrico fallaba al menos dos veces por noche y la oscuridad absoluta encubrió la campaña de terror de los franceses libres que habían resistido a los nazis durante la ocupación y que ahora buscaban vengarse de los colaboracionistas. Tras sólo dos meses en el poder, el gobierno provisional del general Charles de Gaulle se había enfrentado repetidamente con el alto mando aliado, que retenía de facto el control sobre París como zona de guerra, dando lugar a conflictos que estrangularon la circulación de productos y de servicios básicos. Cualquiera con medios para remediar las carencias personales o domésticas no tenía más alternativa que traficar en el mercado negro.

Cada manzana de cada calle de cada arrondissement generaba un intermediario, alguien que sabía de alguien que podía relacionar a cualquiera con la creciente marea de productos ilegales que inundaba la ciudad como un mar invisible. Ciudadanos emprendedores viajaban en tren a Normandía y volvían con maletas llenas de jamones españoles, quesos ingleses y sacos de café de Marruecos. Tanto daba que uno fuera el soldado americano que quería vender su ración diaria de cigarrillos a un traficante de Lucky Strikes en la estación de metro de St. Denis, o el chef que intentaba conseguir cincuenta kilos de ternera para un restaurante de tres estrellas en la Rue Royale; cualquier trato era posible si se engrasaban las ruedas adecuadas. En el ecosistema darwiniano que había surgido de la noche a la mañana para satisfacer tales demandas, la crueldad y la falta de

escrúpulos garantizaban el éxito.

Montmartre, París 20 de diciembre Con la misma regularidad que un banquero, el hombre conocido sólo como Ververt pasaba todas las noches, de las ocho de la tarde hasta las dos de la madrugada, en una mesa junto a la cocina del club de jazz que regentaba en la Rue Clichy, al pie de Montmartre. Fumaba un cigarrillo tras otro, saboreaba una copa lechosa de pastís cada hora y mantenía la vista alerta para supervisar lo que sucedía en su terreno. Un enjambre de esbirros se encargaba de las interferencias, controlando a todo suplicante que solicitaba una audiencia con el jefe. Por lo general, eran capaces de atender la mayoría de los problemas o peticiones pero, de vez en cuando, ciertos asuntos merecían la atención personal de Ververt. Como los dos mil dólares en efectivo que tenía delante en la mesa.

Ververt señaló un par de sillas. Los dos hombres miraban y se movían como americanos. Soldados sin uniforme, probablemente desertores, como tantos otros que le buscaban. El público que escuchaba «le jazz Américain» del cuarteto del escenario estaba compuesto por el habitual surtido de militares aliados, más de la mitad de público, como todas las noches.

Ninguno sabía que pagaba por licor y cigarrillos robados al ejército de Estados Unidos, que en teoría podían adquirir a un precio mucho más bajo en su club de oficiales o en el economato militar. – ¿Siempre hace tanto frío en París en esta época del año? Voy a quejarme a mi agente de viajes -dijo el hombre más bajo, frotándose las manos, antes de preguntar a un camarero-: ¿Qué tal una taza de café?

Ververt advirtió que el más alto, que no había hablado, era el que mandaba, aunque dejaba que hablase el otro. El segundo hombre hizo un gesto negativo al camarero. Sus ojos se cruzaron un instante co n lo s d e V e rv ert, a n te s d e a p a r ta rlo s respetuosamente.

«Éste es interesante», pensó el francés. – ¿Hablas inglés, verdad? –

preguntó Eddie Bennings.

–Hablo dólares -replicó Ververt.

–Es la lengua universal. Trabajamos con el mismo diccionario, amigo.

Ververt miró los dos mil dólares sin hacer el menor ademán de recogerlos. –

¿Qué intentas decirme?

El hombre se inclinó hacia él con la familiaridad que los americanos confundían con savoir-faire.

–Creo que hacías negocios con algunos de mis antiguos socios. El capitán John Stringer y otros oficiales del 724º Batallón de Ferrocarriles.

Ververt se lo quedó mirando sin responder, hasta que Eddie se sintió en la obligación de mostrar un súbito interés por una caja de cerillas.

–No conozco a nadie con ese nombre -dijo Ververt, haciendo una pausa para encender el siguiente cigarrillo con la colilla del antiguo- y, aunque así fuera, y resultase que hace poco le han arrestado junto con todos los hombres de su batallón, ¿por qué iba a contártelo?

–Porque le necesitabas. Ha dejado un hueco en tu cadena de suministros. Yo trabajaba para él, muy de cerca. Le llevaba las cuentas, por lo que conozco de tu volumen de negocios. Nunca nos presentaron, pero así es como supe de ti.

Ververt paseó la vista de un hombre a otro, mientras llegaba el café de Eddie.

–Los he juzgado mal. – ¿Cómo dices?

–Creí que eran de la policía militar. Es un alivio saber que no son agentes de paisano -dijo Ververt.

Luego añadió, volviéndose hacia Von Leinsdorf-: Es una gran desventaja en mi negocio. Me creo todo lo que me dicen.

Eddie pareció confundido por el cinismo impasible de aquel hombre y miró a su compañero. – ¿Cómo se llama? – preguntó Ververt al otro hombre.

Von Leinsdorf, que miraba al escenario, pareció no oír la pregunta. – ¿Y

esta música negra?

–Llevan tocando así en Montmartre desde hace veinte años. Le tumulte noir; los turistas vienen a escucharlo. Forma tanta parte de París como nuestro desprecio por ellos.

–Creía que los alemanes habían acabado con eso.

–Cuando los nazis se hicieron con el poder, decidieron que era música degenerada. Una conspiración negro-judía para minar la moralidad de los franceses, como si tuvieran alguna, pero sobre todo una amenaza más concreta para la moralidad de los alemanes. Como sabrá, la suya está más consolidada como una cuestión de carácter público.

–Ésa sí que es buena -dijo Eddie.

Ververt le echó una ojeada antes de volverse de nuevo hacia Von Leinsdorf.

–Mi teoría personal es que a los alemanes les recuerda la época dorada del jazz, París en los años veinte, y la vergüenza que sufrieron en Versalles. De ahí viene todo el asunto de los nazis. Estamos pagando el haberles hecho comer mierda. Por eso prohibieron el jazz americano durante la ocupación.

Los últimos cuatro años sólo hemos tocado «jazz francés». – ¿La liberación cambió eso?

–Ahora los locales nunca tienen bastante. Y a los soldados, los americanos, también les gusta. Y les gustan nuestras mujeres -dijo Ververt, mirando hacia el público-. Sobre todo a los negros. – ¿Entonces por qué llamarlo jazz americano? – preguntó Eddie-. A mí me suena igual.

–Estos días, si llamase «americana» a la mierda de caballo, podría vender bocadillos de mierda de caballo.

París se cansará pronto de ustedes, ya veréis. Los liberadores se convierten muy pronto en ocupadores. – ¿Vienen británicos por aquí? – preguntó Von Leinsdorf.

–Todo el mundo viene a Montmartre. Aquí hemos creado una fantasía: el pecado puede envasarse, ocupar el mismo espacio y venderse igual que un chicle. Eso atrae a una parte fundamental de la naturaleza humana, sea nazi, americana, británica, burguesa, de la resistencia o colaboracionista.

–No veo a ningún inglés.

–No se les permite llevar sus uniformes -informó Ververt-. Muestran cierta preocupación por no ser vistos en una boite de nuit que trafica en el supuesto mercado negro.

–Eso es ser inglés; siempre pasándose por el lado del decoro -dijo Von Leinsdorf-. No aprueban el sexo prematrimonial porque creen que si empiezan así pueden acabar bailando.

Ververt soltó un bufido, lo más parecido a una risa que podía permitirse. –

¿No tienen su club de oficiales? – preguntó Von Leinsdorf de forma casual.

–Han tomado posesión de Maxim's. ¿Lo conoce?

Está en la Rue Royale. – ¿Quién que haya estado en París no conoce el Maxim's? – replicó Von Leinsdorf, encogiéndose de hombros con suficiencia francesa.

–Ahora no es lo mismo. Hace poco los gendarmes arrestaron al maître, Albert, un personaje local muy conocido y querido. – ¿Por qué motivo?

–Por hacer extensivas a los nazis las mismas cortesías que había mostrado al haute monde durante veinticinco años. Eso no era colaboracionismo, sino hospitalidad. Una parte esencial de su negocio.

–Seguro que esos mismos gendarmes que arrestaron a Albert habían estado colaborando con los nazis en el Maxim's durante los últimos tres años. Y lo detuvieron únicamente para evitar que Albert testificara en su contra durante las represalias. – ¿Lo ve? Exactement! Los peligros de la Liberación.

–Eso es lo que cabe esperar en momentos así -aseveró Von Leinsdorf-.

Égalité, liberté, hypocrisie.

Ververt recogió los dos mil dólares que había en la mesa.

–El dinero no sabe de política. Sobrevivirá a la ideología.

–Oh, sí, ¿pero sobreviviremos nosotros, amigo mío?

Ververt emitió un bufido de apreciación y se embolsó el efectivo.

–Vuelva mañana por la noche. A las siete, antes de que abramos.

Von Leinsdorf se puso en pie para irse y Eddie le siguió. Sabía que Von Leinsdorf había establecido un vínculo con Ververt y que había conseguido aquello a lo que habían venido, pero no comprendía cómo o cuándo había sucedido. – ¿Dónde tienen los británicos el comedor de oficiales? –

preguntó Von Leinsdorf.

–En el Hotel Meurice. Rue de Rivoli.

–El Meurice. Oh, sí. Se puede ir andando desde el Maxim's.

–Veo que lo ha entendido.

Ververt hizo un gesto a sus esbirros, que acompañaron a Von Leinsdorf y Eddie a la salida. Von Leinsdorf inspeccionó la habitación angosta de techo bajo mientras avanzaban entre la multitud de diferentes razas, que incluía varias parejas interraciales. Todos los ojos estaban puestos en el diminuto escenario, donde un cuarteto, sudoroso bajo las luces, caldeaba el ambiente;