Segundo objetivo
Capítulo 26
relajaban. Le pareció extraño que aquellos americanos no pidiesen vino ni licor, pero los dólares calmaron su curiosidad.
A las ocho y media Sharper y sus hombres salieron rumbo al cine, situado a menos de tres manzanas de distancia, con sus uniformes recién lavados y planchados.
26
Reims 19 de diciembre, 20:40 horas Von Leinsdorf caminó despacio hasta el centro de la plaza donde estaba la sala de cine y se detuvo en los márgenes de la multitud. Sacó un cigarrillo y echó un vistazo, por si distinguía alguna presencia policial fuera de lo habitual. La niebla se espesaba en la orilla del río, a medida que los soldados hacían cola ante las taquillas.
Había dos policías militares en la entrada del vestíbulo, pero no le parecieron fuera de lugar. Un soldado estadounidense se materializó de pronto de entre la niebla y le ofreció fuego para el cigarrillo.
–Otra película de Judy Garland -dijo el hombre, señalando el cine con un gesto-. Louis B. Mayer la hace trabajar como un perro tirando de un trineo.
¿Sabe que ni siquiera mide metro y medio?
–Lo habré leído en alguna parte.
–No es mi talla. Una monada, si lo que buscas es una nena sin cintura y el culo de un niño de diez años. ¿A usted qué le parece, sargento?
–No es Marlene Dietrich. – ¿Me toma el pelo? Marlene Dietrich se la comería como si de un muslo de pollo se tratara. Y luego escupiría el hueso.
Von Leinsdorf avanzó para intentar librarse del hombre, pero éste dio un paso hacia delante y le tendió la mano. Pequeño e inquieto, llevaba galones de cabo y masticaba chicle mientras fumaba.
–Eddie Bennings, cabo Eddie Bennings. ¿Cómo le va esta noche?
–Bien, gracias.
–Una noche libre en Francia, aire puro, sin balas en el horizonte, ¿qué podría ir mal? Veo que pertenece al Cuerpo de Intendencia.
–Así es.
Von Leinsdorf distinguió, entre la niebla, a William Sharper y sus tres hombres pasando ante los policías militares y entrando en el vestíbulo del cine.
–Ésa es también mi línea de trabajo. Vengo de Bélgica, por eso aprecio la paz y la tranquilidad que se respira por aquí. – Luego, bajando la voz, Bennings añadió en tono conspirador-: Mi batallón hace muchos negocios con el Cuerpo de Intendencia. – ¿Ah, sí?
–Y siempre buscamos buenos amigos con los que hacer negocios… ¿Va a ver la película?
–Sí.
–Deje que me encargue de las entradas. Invito yo…
No tendría que hacer cola, sargento.
El hombrecillo persistente empezaba a atraer el interés de Von Leinsdorf. –
¿Qué clase de negocios?
–Iré a por las entradas, luego charlaremos. A ver si le interesa. Vuelvo
ahora mismo.
Von Leinsdorf se dirigió a las puertas del vestíbulo mientras Bennings saltaba la cuerda para hacer cola.
Cuando Bernie abrió los ojos, un gato se le restregaba contra la barbilla y ronroneaba. En cuanto recobró la conciencia, el animal le saltó del pecho y se fue a la cocina. Bernie intentó ponerse en pie y la habitación empezó a girar con violencia. Avanzó bruscamente, tropezó con una mesa y vomitó al caer al suelo. Echado de espaldas, respiró hondo varias veces, abriendo y cerrando los ojos mientras esperaba que el techo se estabilizase. A medida que fue recuperando su maltrecho hilo de pensamiento, recordó dónde estaba, alzó el reloj para consultar la hora y esperó a que las manecillas se aquietaran. Las nueve menos veinte.
–Mierda.
Se puso en pie, fue a la cocina y metió la cabeza debajo del grifo. Dejó que el agua fría le corriese por el cuello hasta que empezó a despejarse. Echó un rápido vistazo a la habitación. El uniforme de campaña de Von Leinsdorf estaba amontonado en el suelo del dormitorio; el uniforme caqui que colgaba del ropero de la mujer había desaparecido.
Recordó que Von Leinsdorf había mencionado un cine junto al canal. Un recuerdo del mapa de la ciudad emergió a la superficie. Bernie se encaminó a la puerta.
Eddie Bennings dio la entrada a Von Leinsdorf y ambos entraron en el vestíbulo, mezclándose entre la multitud. – ¿Busca a alguien? – preguntó Bennings.
–He creído ver a un conocido. – ¿Quiere un refresco, palomitas, o algo así, sargento?
–No gracias.
–No he pillado su nombre.
–Dick Conelly.
–Bien, Dick. ¿Quiere que le hable de mi propuesta antes o después de la película?
–Ahora está bien -dijo Von Leinsdorf, escudriñando el vestíbulo por encima del hombro de su interlocutor.
–Como iba diciendo, trabajamos con muchos tipos de Intendencia. Es un arreglo de primera. – ¿Podrías ser algo más específico?
Bennings bajó la voz y habló por un lado de la boca, como un gángster.
«Éste ha visto demasiadas películas de Jimmy Cagney», pensó Von Leinsdorf.
–Nos movemos en el sector del excedente de oferta y demanda.
Necesidades cotidianas. Un trago, un cigarro, algo que recuerde a casa, lo que sea. Les rascamos la espalda, ellos rascan la nuestra; todos salen ganando, incluido el pobre soldado que no busca más que un poco de alivio.
Von Leinsdorf localizó a Sharper junto a una puerta de la sala; sus tres hombres entraban justo delante de él. – ¿Quiere que le ponga música? –
preguntó Bennings con impaciencia.
–Creo que he captado la idea. ¿Me disculpas un momento, Eddie? Quiero saludar a un amigo.
–Espero no haberle ofendido, sargento.
–No tendrás un pequeño robo en mente, ¿eh, Eddie? – preguntó Von Leinsdorf, con una pícara sonrisa de admiración.
–Son tiempos difíciles. ¿Es algo tan terrible?
–Todo lo contrario. Son buenas referencias. Ahora vuelvo.
Von Leinsdorf daba un paso hacia Sharper cuando Bennings le agarró del brazo.
–Oh, mierda. Espere un momento. No se mueva, sargento.
Bennings se alejó de las puertas, luego echó otra ojeada.
–Es él. Joder. Me las he visto con ese tipo hace poco, es un poli. – ¿Quién?
Bennings señaló con la cabeza a un hombre que consultaba la hora en el vestíbulo. Von Leinsdorf sintió que todo su cuerpo se tensaba. Era el soldado que había visto junto al lecho de Mallory en el hospital de campaña… el soldado que les perseguía.
El alemán volvió a inspeccionar el vestíbulo con otros ojos y distinguió media docena de hombres, con y sin uniforme, con esa misma mirada fría.
Se volvió de espaldas a la puerta. Aunque estaba convencido de que el americano no le reconocería a simple vista debido a su cambio de aspecto, la cosa podía cambiar si sus miradas se cruzaban.
–Yo diría que me está buscando -dijo Bennings. – ¿Y eso por qué?
–Ahora mismo no hay tiempo para contar esa historia.
La música atronó desde el auditorio y las luces empezaron a atenuarse. Von Leinsdorf vio que Sharper entraba en la sala, ajeno a su presencia y a la de la policía aliada. En el lado del vestíbulo más próximo a ellos, uno de los policías militares uniformados entró en los aseos.
–Ve al servicio y espera en uno de los retretes -dijo Von Leinsdorf. – ¿Para qué?
–Creo que yo también lo conozco. Ráscame la espalda, Eddie, y yo rascaré
la tuya.
Eddie se encaminó a los servicios, cuidando de no volver el rostro hacia las puertas del vestíbulo.
En el exterior, con la respiración entrecortada, Bernie Oster se puso a hacer cola ante la taquilla.
Ole Carlson salió del auditorio para encontrarse con Grannit en el vestíbulo.
– ¿Crees que han venido?
–Pronto lo sabremos. ¿Has visto al tipo de los pases?
–Sí, tengo uno aquí. Sigue sin encajar, deja que te lo muestre…
Grannit consultó su reloj.
–Hablaremos más tarde. ¿Están todos en sus puestos?
–Lo comprobaré en la parte de atrás -respondió Carlson, alzando un walkie-talkie.
Entraron en la sala cuando la música empezaba y los últimos soldados estadounidenses se encaminaban a sus asientos.
Von Leinsdorf entró en los aseos de hombres, utilizó el urinario y luego se dirigió a una fila de lavabos para enjuagarse las manos. El policía militar se lavaba las suyas en la pila de al lado. Entonces oyeron música apagada proveniente de la sala.
–Parece que va a empezar la sesión -comentó Von Leinsdorf.
El otro único soldado de la estancia acabó de secarse las manos y salió.
Cuando el policía militar alargaba el brazo hacia la toalla, Von Leinsdorf, desde atrás, le deslizó el garrote vil de cuerda de piano alrededor del cuello.
Tirando con fuerza con ambas manos, levantó al hombre del suelo y lo
arrastró a uno de los retretes. El policía militar pataleó e intentó resistirse, llevándose las manos a la garganta. Su casco cayó al suelo, la puerta del retrete se cerró tras él. Von Leinsdorf pudo calcular anticipadamente el instante exacto en que el hombre se daría por vencido. Contó mentalmente y, al llegar a diez, el policía militar dejó de resistirse.
La puerta se abrió lentamente y ahí estaba Eddie Bennings, mirando a Von Leinsdorf con ojos como platos. El cuerpo sin vida del policía militar se desplomó sobre el retrete tan pronto Von Leinsdorf retiró el garrote vil y se lo guardó en el bolsillo. Había tirado con tal violencia que el alambre había rebanado la garganta del muerto y un hilo de sangre le manaba de la ella.
–Mi madre -musitó Bennings.
Von Leinsdorf lo metió en el retrete.
–Si quieres salir vivo de aquí, tienes que hacer exactamente lo que te diga, Eddie. ¿Es un problema para ti seguir órdenes?
–No esta noche.
Bernie Oster entregó su entrada al acomodador y pasó al vestíbulo; fue uno de los últimos en entrar antes de que cerraran la taquilla. Las puertas que daban al auditorio seguían abiertas, la sesión había empezado y pasaban un noticiario. Al correr por la antesala, hacia su asiento, advirtió que varios policías militares se desplazaban a las puertas desde el exterior: no en fila, sino como un grupo organizado alrededor de un oficial alto situado en el centro del vestíbulo.
«Conozco a ese tipo», pensó Bernie, intentando situarle mentalmente.
Se dirigió al puesto de bebidas y pidió un refresco, manteniéndose de espaldas al hombre alto. La formación de policías militares empezó a cubrir todas las salidas del vestíbulo.
«Encontraron mi nota. Han tendido una trampa.»
Dos hombres que salían de los servicios rumbo al auditorio llamaron su atención. Un soldado seguido de un policía militar con casco y brazaletes, que empujaba al soldado más bajo con la punta de la porra.
–Vamos, amigo, vuelve a tu asiento -dijo el policía.
Von Leinsdorf.
Ambos hombres entraron en el auditorio. Bernie les siguió. Al penetrar en la oscuridad, la pantalla iluminada le cegó momentáneamente: imágenes de la guerra en blanco y negro, destructores en el mar, cazas surcando el cielo.
Recortadas contra las imágenes en movimiento, las siluetas de dos hombres bajaban por el pasillo hacia las primeras filas. Bernie esperó a que sus ojos se acostumbraran a la penumbra; sus dedos buscaron la jeringuilla que guardaba en el bolsillo.
«Acércate a él. Usa la morfina. Huye entre la confusión. Los policías militares están aquí, ellos se ocuparán del resto.»
William Sharper, sentado en el pasillo de la derecha, reconoció a Von Leinsdorf cuando éste pasó a su lado.
Poco después susurró a uno de sus hombres que permanecieran sentados y se levantó para seguirle.
Grannit esperaba en el vestíbulo a que sus hombres se apostaran en las salidas. Volvió a consultar el reloj.
Faltaban tres minutos para que interrumpieran la proyección. Los policías ya deberían estar en posición.
Levantó el walkie talkie para hablar con Carlson cuando oyó una conversación cercana. – ¿Dónde demonios está Whitey? – preguntaba un policía militar a otro.
–Sigue en el cuarto de baño -respondió otro, consultando su reloj. – ¿Por qué tarda tanto?
Grannit miró hacia la puerta de los servicios; una súbita corazonada le impulsó a entrar. La estancia estaba desierta. Se agachó y vio unas piernas en uno de los retretes, los pantalones de un hombre arrugados alrededor de los tobillos. Desenfundó el arma y se acercó. La puerta del retrete se abrió, colgando de una bisagra oxidada.
Ole Carlson llegó a la parte trasera del escenario, justo detrás de la pantalla, y enfocó la pared con su linterna. Había una pequeña puerta trasera, sin cerrar y sin vigilancia, ni por dentro ni en el exterior.
–Maldita sea. ¿En qué estarán pensando?
Estaba a punto de llamar al vestíbulo con su walkie- talkie y gritar que acudiese alguien a cubrir la puerta de inmediato, cuando al volverse vio las enormes imágenes que se movían en la pantalla. Carlson no sabía que desde el otro lado de la pantalla era posible mirar una película: una imagen invertida, como si hubiera pasado al otro lado del espejo. El noticiario no había terminado.
Ahí estaba Hitler y el canijo de Himmlery el gordo, cómo se llamaba… a veces se confundía entre Göring y Bormann. El público los abucheaba. Las burlas se transformaron en vítores cuando acabó el noticiario, el león de la MGM soltó un rugido y empezaron a aparecer los lujosos créditos en tecnicolor de la película de Judy Garland. No creía haber visto ésa. Le gustaban las películas antiguas, como aquélla; una ventana al sencillo mundo del Medio Oeste donde sus padres habían crecido.
Dos figuras aparecieron a la izquierda, unas siluetas negras recortadas contra la pantalla que andaban en diagonal hacia él. Carlson se llevó la mano a la pistola; entonces vio el casco de policía militar del segundo hombre y se relajó. El policía militar empujaba a un soldado, un tipo bajo vestido con un impermeable. No podía distinguir sus rostros y levantó la linterna.
–Este gracioso intentaba vender alcohol en la platea -dijo el policía militar.
Carlson enfocó con la linterna el rostro del hombre más bajo, que alzó un brazo para protegerse los ojos.
–Vaya, pero si es el cabo Eddie Bennings, del 724º de Ferrocarriles.
Menuda sorpresa -dijo Carlson.
Bennings siguió cubriéndose los ojos y no respondió. Por detrás de los hombres apareció otra figura, recortada contra la pantalla, a unos diez pasos de distancia. – ¿Es usted, teniente Miller? – preguntó William Sharper mientras se aproximaba-. ¿Teniente Miller?
El walkie-talkie de Carlson cobró vida. Se oyó la voz de Grannit.
–Está aquí, Ole. Miller está en el cine.
Carlson alargó el brazo hacia su pistola, pero primero tuvo que pasar la linterna a la mano izquierda.
En aquel instante, el policía militar avanzó rápidamente hacia él. Carlson vio algo brillante en la mano del hombre, cada vez más cerca.
Grannit salió a toda prisa de los servicios y entró en el auditorio con el arma desenfundada y gritando a los policías militares del vestíbulo. – ¡Cierren las puertas! ¡Cierren las puertas!
A mitad del pasillo, Bernie sintió más que vio a un hombre que pasaba corriendo a su lado y casi lo derribaba al suelo. Lo siguió hasta que llegaron al extremo de la sala y las luces empezaron a atenuarse.
Detrás de la pantalla, Von Leinsdorf retiró el cuchillo del pecho del hombre; después de clavárselo, lo había desplazado hacia arriba y dentro de las costillas, en el corazón, con la destreza de un cirujano. Al mirar al soldado cuando se desplomaba, reconoció la cara redonda y el corte de pelo. Ese
hombre había estado en el hospital con el otro que acababa de ver en el vestíbulo. Se inclinó, rebuscó en el abrigo, sacó su placa y su documentación y se las guardó en el bolsillo. – ¿Teniente Miller?
Von Leinsdorf se volvió. William Sharper estaba ante él, ansioso e inquieto, intentando reconocerle en la oscuridad. Oyeron gritos procedentes del auditorio y pasos rápidos que se acercaban desde los pasillos. Von Leinsdorf puso el cuchillo ensangrentado en la mano de Sharper, desenfundó el arma de Carlson y le apuntó. – ¡Corre! – exclamó Von Leinsdorf-. ¡Corre! –
¿Pero qué demonios haces? – preguntó Sharper, antes de retroceder unos pasos, confundido, mirando de Von Leinsdorf a Bennings y de él al cuerpo tendido en el suelo. – ¡Es un nazi! ¡Aquí, es un puto nazi! – gritó Von Leinsdorf-. ¡Tengo al cabrón! ¡Lo tengo!
Sharper dio media vuelta y corrió hacia la pantalla, donde Judy Garland hacía su primera aparición, cantando y bailando en un pasillo. Sharper se detuvo en seco, sorprendido por la imagen, y luego utilizó el cuchillo para rajar la tela; cuando la cruzaba, Von Leinsdorf disparó tres veces.
Earl Grannit subía la escalera del escenario cuando Sharper emergió de la pantalla. Al oír los disparos, Grannit se volvió instintivamente, se arrodilló y disparó dos veces de cerca, haciendo que el hombre girase sobre sí mismo antes de caer en el suelo, gritando entre estertores. Policías militares con las armas desenfundadas lo rodearon desde todas direcciones.
Uno le apartó el cuchillo de la mano de una patada.
La parte delantera del cine se vaciaba. Los soldados trepaban por los asientos para alcanzar las salidas del vestíbulo, donde policías militares con armas antidisturbios les cerraban el paso. Grannit subió al escenario, disparó un único tiro al techo y gritó: -¡De aquí no se va nadie! ¡Apartense de las salidas! ¡Que todos vuelvan a sentarse!
El proyector se apagó, cesó la música. Una hilera de policías militares y de agentes de paisano avanzaron desde el vestíbulo y las salidas para controlar la situación. Grannit saltó a la platea y examinó el rostro del soldado
muerto. Tenía cinco balas, pero él sólo había disparado dos veces. ¿Era Miller? Tal vez; no estaba seguro. Tenía la misma estatura, un cuerpo similar. ¿Pero el rostro?
Echó un vistazo a la hoja dentada del cuchillo que aquel hombre había llevado en la mano, luego saltó al escenario y entró por el corte de la pantalla.
Ole yacía sobre su espalda a diez pasos de distancia.
Un muchacho, un joven soldado, le sostenía la cabeza entre las manos. –
¡Necesitamos un médico! – chilló Grannit al auditorio-. ¡Traigan un médico!
Se arrodilló junto a ellos. Ole lo reconoció y le buscó con una mano temblorosa. Grannit se la sujetó con fuerza. Echó un rápido vistazo a la herida, vio su gravedad y la rapidez conque Ole perdía sangre. La pistola de Carlson estaba a su lado en el suelo, todavía humeante. – ¿Le tenemos, Earl?
–Le tenemos. El mismo cuchillo que utilizó con los guardias de la frontera.
–Eso está bien. Lo tenía encima antes de que yo… fue tan rápido… es horrible cómo duele.
–Tranquilo, no hables, ahora viene ayuda…
–No comprendo qué diablos hacía Bennings con él… -¿Bennings? ¿De quién hablas? ¿De Eddie Bennings?
–Oh, Dios. No me encuentro bien, Earl; no me encuentro bien.
El soldado sostenía la jeringuilla para que Grannit pudiera verla; una forma de preguntarle si debía usarla en Carlson. Grannit no se decidía. – ¿Eddie Bennings estaba aquí, Ole? ¿Es eso lo que intentas decirme?