Segundo objetivo

Mark Frost · Capítulo 27 de 47

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Segundo objetivo

Capítulo 23

Pont-Colin, Bélgica 19 de diciembre, 6:00 horas Bernie Oster y Erich von Leinsdorf pasaron la noche acurrucados en el jeep, con las puertas cerradas, la capota puesta y arropados con mantas. Bernie seguía con demasiado frío para dormir. Habían conducido desde Bastogne rumbo al oeste hasta que anocheció, siempre por carreteras secundarias; dieciocho horas para cubrir ochenta kilómetros entre campos vacíos y poblaciones devastadas o abandonadas. En dos ocasiones habían tenido que internarse en bosques frondosos para evitar los refuerzos norteamericanos que llegaban desde Francia. Con los prismáticos, Bernie había identificado el águila de la 101

Aerotransportada a en sus mangas.

La nieve cayó ininterrumpidamente durante toda la noche, envolviendo el bosque en el silencio. Por primera vez desde el inicio de la ofensiva, habían dejado atrás el frenesí de la batalla. Con las primeras luces, descendieron por una cresta boscosa desde donde se veía el pequeño puesto fronterizo que Von Leinsdorf había seleccionado en su mapa. Había dos soldados franceses a cargo de la garita y la barrera que atravesaba la pista de tierra.

No se observaba tráfico en ninguna dirección.

Von Leinsdorf buscó sus documentos de viaje en la mochila.

–Yo hablaré -dijo a Bernie.

Bernie tocó el claxon e hizo luces al acercarse a la barrera, alertando así a un soldado francés de mediana edad que salió de la garita para recibirles.

Von Leinsdorf le tendió los papeles en cuanto lo vio salir, hablándole en francés a toda velocidad. Cuando el soldado preguntó la contraseña, Von Leinsdorf se la dio de inmediato.

Bernie no entendía ni una palabra, pero era evidente que oír un francés fluido en boca de un airado oficial americano desconcertaba a aquel

hombre.

–Je porte des expéditions importantes pour le chef du personnel américain -

dijo Von Leinsdorf, alzando el maletín.

A continuación saltó del jeep, con el rostro congestionado, profiriendo ciertas palabras que Bernie comprendió sin necesidad de traducción.

Atemorizado y disculpándose, el francés le indicó que tenía que mostrar los documentos a su superior.

–Espera aquí -indicó Von Leinsdorf a Bernie.

El centinela le condujo a sus barracones, un blocao achaparrado que se hallaba a veinte metros de la garita.

El francés seguía disculpándose, tropezando mientras andaba hacia atrás.

Von Leinsdorf le indicó con un gesto que continuara caminando. Mientras le seguía, alargó el brazo hacia el cinturón.

Bernie encendió un cigarrillo y esperó a que ambos hombres entraran en el blocao; luego se apeó del jeep y corrió hacia la garita. Buscó algo para escribir y garabateó una nota en inglés, hasta que vio abrirse la puerta del barracón.

Erich Von Leinsdorf apareció con una cesta y una botella de vino. Bernie esperaba en la garita, leyendo un papel junto ala ventana. – ¿Qué haces ahí dentro?

–Mira esto. Han cambiado las contraseñas -dijo Bernie. Von Leinsdorf echó un vistazo al télex de las autoridades americanas. – ¿Quién es Dizzy Dean?

–Es un lanzador de los St. Louis Cardinals.

–Bien hecho, Brooklyn. Por fin has aportado algo.

Von Leinsdorf se encaminó al jeep. Al seguirle, Bernie distinguió un cuerpo

caído en el umbral del blocao.

–Al menos los putos gabachos saben comer -comentó Von Leinsdorf, tendiéndole la cesta-. En marcha.

Von Leinsdorf subió al vehículo. Bernie le señaló una mejilla. – ¿Qué? – el alemán se la limpió. La mancha de sangre pasó a la mano-. ¿Ya está?

Bernie asintió con un gesto y encendió el motor mientras Von Leinsdorf rebuscaba en la cesta.

–No es exactamente una cena de Navidad, pero servirá. Fruta y queso, una baguette. Supongo que ya se habrán comido el foie gras. ¿Es tu primera visita a Francia, Brooklyn?

–Sí.

–Un país precioso, una gente horrible -recitó Von Leinsdorf, mordisqueando una manzana.

Un teléfono empezó a sonar en la garita cuando se alejaban.

La frontera en Givet 19 de diciembre, 6:00 horas La masa carbonizada del jeep no se enfrió lo suficiente para proceder a su inspección hasta la medianoche. Trajeron focos para iluminar el patio. La preocupación por si habían matado a cuatro policías militares continuó hasta que, casi al amanecer, Earl Grannit encontró unos uniformes alemanes quemados dentro de un bidón, además de varias armas personalizadas similares a las halladas en el jeep de Karl Schmidt. Ole Carlson llamó a Grannit para que viese un pedazo de papel humeante que había recogido de entre los restos.

–Uno de sus pases de alto nivel del Cuartel General Supremo.

La parte superior estaba chamuscada y era imposible leer la palabra

«cuartel».

–Los guardias que los dejaron pasar afirman que estaba bien escrita.

–Quizá no leyeron bien. Tú tampoco lo viste al principio, y eso que lo estabas analizando -dijo Grannit.

–No sé. Hay algo que no me cuadra.

Grannit pidió al capitán al mando que se asegurase de que los otros puestos fronterizos tenían información actualizada de los dos hombres que buscaban. El capitán le mostró un gran mapa de la frontera franco- belga que colgaba de la pared de su despacho,

–Hay seis pasos fronterizos entre aquí y el extremo occidental de Luxemburgo, a menos que crucen a pie -apuntó el capitán.

–Pasarán por uno de los pasos fronterizos, no pueden abandonar su jeep -

respondió Grannit, observando el mapa-. Hemos venido a toda prisa, no pueden llevarnos mucha ventaja…

–Nuestros refuerzos entran en Bélgica por estas carreteras. Probablemente se habrán quedado en este corredor, lo que nos deja cuatro fronteras. –

¿Tiene policía militar en todas? – quiso saber Grannit. – Tenían que llegar a los puestos por la mañana. Puede que aún no hayan cubierto todos los pasos.

Uno de los policías militares a cargo de los teléfonos regresó para confirmar que tres pasos fronterizos habían recibido el boletín y que los policías militares habían llegado a lo largo de la noche. No se había detenido a ningún comando alemán. El segundo policía militar seguía al teléfono. –

¿Qué sucede, hijo? – le preguntó Grannit.

–No puedo comunicar con Pont-Colin. – ¿Dónde está eso?

–Un pequeño paso fronterizo a treinta y dos kilómetros al sur -respondió el capitán-.

Principalmente utilizado por el tráfico local, bajo control francés.

–Consígueme un mapa. Tráete el desayuno, Ole.

El tiempo fue mejorando a medida que Bernie salía de las colinas y cruzaba por última vez el Mosa, que serpenteaba hacia el sur por los altiplanos del norte de Francia. En la carretera de Reims el tráfico era un flujo ininterrumpido de militares americanos que se dirigían al norte, hacia Bélgica. – ¿Qué quieres ser cuando termine la guerra, Brooklyn?

–Alguien vivo.

–Aparte de eso.

Bernie miró de reojo. Con la barriga llena y una carretera abierta por delante, el voluble alemán parecía ahora relajado, como si hubiera olvidado las desagradables amenazas pronunciadas horas antes.

Miraba el cielo nublado recostado en el asiento, con un pie en el salpicadero y las manos detrás de la cabeza.

Bernie decidió darle conversación.

–En teoría, tendría que haber ido a la universidad.

Para averiguarlo. – ¿Dónde?

–Pensaba ir a la Universidad de Nueva York. Para estudiar ingeniería, o algo así.

–Sí, habría encajado contigo. Qué estupenda, la vida universitaria. Yo habría ido a la universidad de Inglaterra; Cambridge, King's College. Ése era el plan.

–Creía que siempre habías estado en el ejército. – ¿Antes de la guerra? No.

La política, la diplomacia, ése era mi camino. La paz entre las naciones.

Servir al bien común. Lo debo a la influencia de mi padre.

Bernie vislumbró un matiz de sensibilidad en su rostro. – ¿Dónde está ahora?

–Murió. Poco después de retirarse. – ¿Cómo era?

–Un hombre decente. Aunque tenía menos talento que ambición.

Necesitaba trabajar para tener una razón para vivir. – Von Leinsdorf encendió un cigarrillo, impaciente por cambiar de tema-. ¿Tu padre está vivo?

–Frankfurt ha sufrido graves bombardeos. No sé nada de mi familia.

–Algo terrible, perder a un padre.

Von Leinsdorf parecía sincero, como si aún poseyera algún vestigio de humanidad.

–A ambos nos han privado de la vida que supuestamente nos pertenecía, Brooklyn. Los hombres de nuestra edad deberían tener cosas más agradables en mente. Tendríamos que estar en la ciudad, paseando en coche con un par de chicas bonitas. – ¿Qué ciudad? – preguntó Bernie, volviéndose hacia él.

–París no es un mal sitio para empezar. ¿La conoces?

–No.

–Quizá, cuando terminemos allí, podemos bajar al Rivoli y elegir un par de jovencitas con vestidos de verano. Cena con champán en el hotel Meurice, baile, un espectáculo a medianoche en Pigalle. ¿Qué te parece?

–Me parece muy bien.

«Así que vamos a París. Después de Reims. Ahora sólo me falta el