Segundo objetivo
Capítulo 13
–Eso va a repercutir en su avance por el Sarre. A George no va a gustarle objetó Bradley.
–George no dirige esta maldita guerra -replicó Eisenhower.
Hasta el día siguiente no sabrían que el general Courtney Hodges, comandante del Primer Ejército con sede en Spa, llevaba toda la mañana intentando alertar al cuartel general aliado de Versalles, pues las tropas alemanas estaban barriendo sus posiciones avanzadas.
Todas las líneas telefónicas estaban cortadas.
El mal tiempo en las Ardenas empeoró durante la noche. Soplaron vientos fríos y un frente muy nuboso descargó tormentas de aguanieve y nevadas esporádicas. Al otro lado del canal de la Mancha, las nefastas condiciones meteorológicas azotaron toda Inglaterra, lo que obligó a permanecer en tierra a los cazas y bombarderos aliados que podrían haber frenado el avance alemán inicial. Los C-47 de transporte no pudieron despegar de las bases británicas, lo que dejó sin refuerzos ni nuevos suministros a las tropas asediadas en un frente que se hacía cada vez mayor.
Al amanecer, las inconexas comunicaciones que recibía el Mando Supremo Aliado habían acabado por dar forma a la alarmante realidad: el sector más débil del frente estaba siendo atacado por treinta y seis divisiones, más de medio millón de hombres, la mayor ofensiva alemana de toda la guerra.
13
Las Ardenas 16 de diciembre, 22:00 horas Bernie conducía el jeep por una pista forestal, al abrigo de un bosque cercano. Al oír que las tropas alemanas avanzaban en esa dirección, salieron de la pista y los seis jóvenes
de la 99ª de Infantería cubrieron el jeep con las ramas que había derribado el fuego de artillería. Bernie, Von Leinsdorf y los americanos esperaron en silencio a que la línea avanzada de la infantería alemana y los vehículos de reconocimiento, visibles a veinte metros de distancia, al borde del bosque, pasaran de largo. Von Leinsdorf tuvo que ordenar a los excitados ingenieros que se estuvieran quietos y en silencio. Aquéllos eran veteranos alemanes listos para la batalla; si esos muchachos inexpertos provocaban que abriesen fuego, estaban todos muertos.
Cuando los alemanes dejaron el camino despejado -Von Leinsdorf los identificó como una compañía de reconocimiento-, se subieron de nuevo al jeep y se internaron cautelosamente en el bosque, rumbo al este.
Una hora después del anochecer encontraron una cabaña de leñadores abandonada. Bernie aparcó el jeep en un pequeño cobertizo de la parte trasera y cerró las puertas. Corrieron las cortinas para cegar la cabaña de una sola habitación, encendieron una lámpara de queroseno y se instalaron para pasar la noche. Bernie curó las heridas del soldado con el botiquín del jeep. Las detonaciones de la artillería, los cohetes que silbaban sobre sus cabezas y los chasquidos de las armas continuaron toda la noche. Los fusileros compartieron con ellos sus raciones, que comieron frías. Von Leinsdorf sonsacó a los americanos todo cuanto pudo de su compañía y de sus movimientos durante el último día. Estaba claro que el ataque alemán había tomado totalmente por sorpresa a los Aliados.
Von Leinsdorf asignó turnos de guardia para el resto de la noche; el primer hombre se situó en su puesto junto a la puerta, mientras el resto se acostaba.
Después dijo al sargento del pelotón que le gustaría echar un vistazo a sus mapas y los desplegó en la rudimentaria mesa de la habitación. Sosteniendo la lámpara cerca, intentó localizar su posición.
Uno de los muchachos americanos, un soldado con cara de bebé, se arrastró hacia donde estaba Bernie, le ofreció un cigarrillo y se lo encendió, ahuecando las manos para ocultar la llama.
–Eres de Nueva York, ¿no? – preguntó el muchacho.
–Sí.
–Eso me pareció. Te lo noté en la voz. Yo también; Charlie Decker.
–Jimmy Tenella -dijo Bernie.
–Un placer conocerte, Jimmy. Yo soy del Bronx, ¿conoces Grand Concourse, cerca de Van Cortland Park? – ¿Fan de los Yankees?
–Sólo de nacimiento.
–Yo soy de Brooklyn.
–De los Dodgers, peor para ti. – Se dieron la mano con cierta incomodidad-.
¿Cuánto tiempo llevas aquí, Jimmy?
–Demasiado -respondió Bernie. Advirtió que Von Leinsdorf les observaba desde el otro lado de la habitación. – ¿Viniste con los primeros? Desde el día D, ¿eh?
–Parece como si hiciera más tiempo.
–Guau. Nosotros llevamos aquí tres semanas.
Recién salidos de la balsa -dijo Charlie, intentando parecer curtido e indiferente-. Acabé el instituto hace seis meses. Antes nunca había estado en ninguna parte.
–Ahora lo estás.
–Ustedes, tíos, saben cómo manejarse. Habrán visto hasta el fuego del infierno, ¿me equivoco?
Bernie lo miró fijamente.
–He visto algunas cosas.
–Seguramente también les dieron formación elemental. A nosotros apenas nos enseñaron nada; y luego van y nos dejan aquí, diciéndonos que no entraremos en acción… Ni siquiera llevo los calcetines correctos.
Charlie sonrió y meneó la cabeza lentamente. Con su rostro sin líneas de expresión y sus grandes ojos, parecía tomarse su difícil situación con una indiferencia sobrecogedora. Bernie sintió la necesidad imperiosa de alejarse de él. – ¿Tienes chica en casa, Jimmy?
–No, la verdad es que no. ¿Y tú?
–Ann Marie Possler. Una chica encantadora. El otro día recibí carta suya.
Finalmente, anoche escribí la respuesta. – Se sacó una carta de la chaqueta, sonriendo mientras la miraba-. Ella está en Queens. Me gustaría que le entregaras esto.
–Sólo manténte a cubierto y todo saldrá bien.
–Voy a morir hoy.
Bernie no supo qué responder, pero la expresión vacua del rostro de Charlie le produjo un escalofrío.
«Puede que lo sepa. Puede que tenga razón.»
Charlie señaló al soldado herido del otro extremo de la habitación:
–Fíjate en Bobby Dugan; hoy le alcanza algo de metralla, ¿se cae a pedazos? No, llegará a viejo y morirá en la cama. – Entonces señaló con un gesto a dos más de sus hombres-. Rodney y Patchett. Ellos tampoco volverán a su casa.
–Vamos, para ya; ¿cómo puedes saberlo?
–He oído las palabras del Profeta. Incluso un corazón de piedra puede convertirse en un corazón de carne, si no rechaza las enseñanzas. La nueva alianza será indestructible. Estará escrita en el corazón. La redención está cerca.
Charlie le tendió el sobre. Bernie vio locura en sus ojos.
–Pronuncia la palabra, limpia tu alma de pecado y sanarás; y tendrás una nueva vida -dijo Charlie; sin cambiar de expresión, añadió-: Asegúrate de que esto llega al correo, ¿De acuerdo?
–De acuerdo, Charlie. Me encargaré de eso -respondió Bernie, metiéndose la carta en el bolsillo. – ¿Tienes una Biblia, Jimmy?
–No la llevo encima.
–Me gustaría que te quedaras la mía. Toma, quédatela.
–Mejor te la quedas tú.
–Envía la carta. Tengo un buen presentimiento respecto a ti -dijo Charlie, echándose de nuevo en su petate.
Bernie se alejó de él y se quedó junto a la puerta, intentando sacarse de la cabeza la voz del muchacho.
Cuando Von Leinsdorf terminó en la mesa, se reunió con Bernie fuera, para fumar. El aire estaba tan quieto como un lago helado. Se apartaron de la cabina para que nadie pudiera oírles. La niebla se espesaba y la nieve caía silenciosamente a su alrededor. – ¿Has hablado con esos tipos? – susurró Bernie-.
Al menos uno de ellos es un puto lunático.
Von Leinsdorf consultó su reloj.
–Dentro de unas horas tenemos que estar en otra parte. – ¿Dónde, para qué?
–Para recoger algo que necesitamos. – ¿Tiene que ver con el puente o con lo otro?
–Con lo otro -replicó Von Leinsdorf, fulminándole con la mirada-. Y ellos no vienen con nosotros.
–Déjalos aquí. Diles que vamos a buscar ayuda…
–No he pedido sugerencias.
Von Leinsdorf puso un nuevo cargador en su arma.
–Pues envía señales a una de nuestras patrullas, identifícanos… tenemos señales para eso, ¿no? Deja que se rindan.
Von Leinsdorf metió una bala en la recámara.
–Te estás poniendo sentimental, Brooklyn.
–Oye, ellos no tienen ni idea de quiénes somos o de lo que hacemos. ¿Qué pueden decir que vaya a causarnos problemas? No tienes por qué matarlos.
–Si no quieres colaborar, lo haré yo solo.
Oyeron que la puerta de la cabaña se abría a sus espaldas. Uno de los fusileros salió a orinar. Von Leinsdorf alzó el arma instintivamente, pero el hombre no miraba en su dirección y no dio muestras de saber que estaban allí. Bernie se interpuso entre Von Leinsdorf y su blanco.
–Necesito saber qué coño estamos haciendo -susurró Bernie-. ¿Qué tenemos que recoger?
–Pases de seguridad. De la Abwehr.
Ante la mención del servicio de inteligencia alemán, el corazón de Bernie dio un vuelco. – ¿Por qué no nos los dieron antes de irnos?
–Tenían que estar en casa de la mujer gorda, la noche que cruzamos.
Estarán ahí ahora. – ¿Y para qué coño los necesitamos?
–No puedo contarte más. ¿Vas a ayudar o esperas aquí fuera?
–No podemos dispararles. ¿Y si hay una patrulla en la zona?
Como respuesta, Von Leinsdorf sacó el silenciador y lo enroscó en la pistola.
Bernie vio que el fusilero regresaba dentro.
–Al menos deja que primero se duerman. Entonces será más fácil.
–No, si somos dos. – Von Leinsdorf vio la expresión de Bernie y cedió-. De acuerdo. Esperaremos a que estén dormidos.
Bernie le siguió al interior. Le dijo al soldado de la ventana que descansara, él haría la última guardia. El americano se reunió con sus compañeros en el suelo.
Tres ya dormían; los otros dos jugaban a cartas a la luz del farol. Bernie miró a Von Leinsdorf. Ambos encendieron un cigarrillo y esperaron.
Mientras la nieve se acumulaba en el exterior, la niebla redujo su campo de visión a menos de veinte metros; un blanco vacío rodeaba la cabaña. Las primeras luces del amanecer ya se dibujaban en el cielo cuando los soldados apagaron el farol y se acostaron.
Von Leinsdorf desenfundó su pistola e hizo señas a Bernie. Bernie cogió el
fusil que estaba apoyado en la puerta y bajó la vista hacia Charlie Decker, que dormía a sus pies.
«Podrías disparar a Von Leinsdorf.»
«No. No sin saber en qué consiste su misión.» Pero tampoco podía disparar a esos soldados.
Von Leinsdorf apuntó a la cabeza del primer hombre. Bernie oyó un ruido fuera y movió la mano para detenerle. Entreabrió la ventana e indicó a Von Leinsdorf que se acercara.
El débil borboteo de motores diesel. Poco después, ambos oyeron gritos distantes, cada vez más próximos.
Charlie Decker despertó al oír las voces y vio a Bernie y a Von Leinsdorf en la ventana. – ¿Quién es? ¿Quién está ahí fuera? – preguntó.
Von Leinsdorf le hizo gestos urgentes de que guardase silencio. Esperaron.
Más gritos, más cerca, seguidos del crujir de pasos corriendo fuera, en la nieve.
Unos disparos aislados, luego ráfagas de fuego automático. Después vino el inconfundible chirrido de los engranajes pesados. Bernie reconoció el sonido característico: se aproximaban tanques alemanes.
–Son los nuestros -dijo Bernie a Von Leinsdorf, antes de que pudiese censurarse.
Creyendo que se refería a los americanos, Charlie Decker abrió la puerta de par en par y corrió fuera antes de que Bernie lograra detenerle. – ¡Eh! ¡Eh, chicos! ¡Eh, somos americanos! ¡Estamos aquí!
De algún lugar de la niebla, una ráfaga de balas del calibre 50 barrió la fachada de la cabaña; abatió a Charlie Decker en la misma puerta, abriéndole el torso.
Charlie cayó hacia atrás y estaba muerto antes de tocar el suelo, a los pies de Bernie. Todos en el interior corrieron a ponerse a cubierto. Bernie bajó la vista hacia Decker: una leve sonrisa en su cara de niño, su mirada cada vez más vidriosa.
Poco después, soldados norteamericanos surgieron entre la niebla frente a la cabaña, un pelotón en precipitada retirada, la mayoría sin armas, que corría para salvar la vida. Una bala de tanque golpeó secamente la cabaña, pero no detonó; un proyectil defectuoso, cuya nariz quedó asomándose entre dos maderos. Al verlo, dos de los fusileros se precipitaron hacia la puerta trasera, enloquecidos por el miedo. Se inició un fuego más pesado, las balas perforaron las paredes de la cabaña, se oyeron gritos detrás.
Von Leinsdorf y Bernie se echaron al suelo, mientras más balas silbaban sobre sus cabezas. El muchacho norteamericano herido se arrastró hasta la pared trasera y empezó a gritar, llamando a su madre, mientras las balas volaban por la habitación.
Bernie gateó a la puerta abierta y la empujó hasta casi cerrarla. Una hilera fantasmagórica de paracaidistas alemanes, vestidos con parkas blancas y camuflaje de invierno, se materializaron de entre la niebla, disparando sus metralletas. Detrás de ellos apareció la boca de un panzer blanco y, poco después, el enorme cuerpo del tanque, pintado de blanco fantasmal.
Von Leinsdorf se arrastró al lado de Bernie.
–Te dije que tendríamos que haberlos matado -le susurró al oído.
El panzer avanzó hacia la cabaña, mientras los paracaidistas pasaban trotando ante el edificio, en busca de los supervivientes que corrían ante ellos. Von Leinsdorf se arrastró junto al muchacho herido y le tapó la boca con la mano. Apoyados contra la base del muro, los últimos dos fusileros miraban a Von Leinsdorf esperando órdenes, a punto de venirse abajo y echar a correr con los otros. Von Leinsdorf les indicó que no se movieran.
Bernie vio la parka de un soldado alemán que asomaba por la ventana de la cabaña. El paracaidista apretó la cara contra el grueso cristal para intentar vislumbrar el interior y su respiración se condensó en el vidrio. Los norteamericanos se apiñaron justo debajo de la ventana, aterrorizados.
Manteniendo la mano en la boca del soldado herido, Von Leinsdorf sacó el cuchillo y lo llevó a la garganta del muchacho. Un momento después, el soldado alemán se alejó. Bernie se puso de rodillas y se asomó a la misma ventana. Lo que vio le hizo echarse al suelo, lo más lejos posible de la pared.
El cañón del panzer perforó la ventana y penetró hasta el centro de la estancia. Se detuvo un momento y luego viró violentamente a la derecha, volcando muebles y derribando estantes. Bernie se aplastó contra la pared más próxima al tanque, lejos de donde estaba montada la ametralladora.
Oyó que la máquina engranaba mientras el cañón viraba a la izquierda. Del interior del tanque le llegaron unos murmullos apagados. Alguien cargó la ametralladora.
Los americanos, aterrorizados, corrieron hacia la puerta trasera. Bernie se volvió a tiempo de ver a Von Leinsdorf cortándole el cuello al soldado herido. Oyó que la dotación del tanque introducía otro proyectil en la cámara y corrió hacia la puerta, justo cuando el cañón disparaba. La detonación reventó la pared trasera de la cabaña, mientras Bernie y Von Leinsdorf salían por la puerta. Bernie sintió la onda expansiva desde atrás, en todo el cuerpo; el estruendo de la explosión le dejó sordo.
Cayó de bruces sobre la nieve. Se volvió y miró hacia arriba, aturdido, perdido en un mundo blanco y silencioso. Desorientado, se incorporó a gatas e intentó recordar dónde se encontraba. Un tono agudo, como una campanada, surgió del profundo silencio y le perforó la cabeza. Sintió que alguien le tiraba de la manga, le obligaba a levantarse -Von Leinsdorf- y le empujaba hacia la niebla. Bernie vio que las orugas de tanque se apartaban de la reventada pared de la cabaña.
Una bota aterrizó en la nieve ante él, con la pierna aún dentro. Sintió algo húmedo en el rostro, se pasó la mano para limpiarlo y la retiró llena de