Segundo objetivo

Mark Frost · Capítulo 23 de 47

Páginas del PDF

Segundo objetivo

Capítulo 19

Cuartel General del Cuerpo VIII, Bastogne, Bélgica 18 de diciembre, 7:00

horas -Díos mío, mira esto.

El operador del télex arrancó el cablegrama y se lo tendió al de radio que estaba a su lado antes de que Bernie lograra leerlo.

–Maldición.

La reacción del cabo llamó la atención de Von Leinsdorf. Se acercó y consiguió echar un vistazo antes que Bernie, a quien sonrió antes de devolver el papel.

–Léalo, cabo -dijo Von Leinsdorf. – ¡Presten todos atención! – El cabo se puso de pie en la silla y leyó en voz alta-: Cuartel General del Primer Ejército, alerta de emergencia para todas las unidades de Bélgica, Luxemburgo y Holanda. Se advierte de la presencia de comandos alemanes vestidos con uniformes americanos y que conducen vehículos americanos en la zona de combate, por detrás de las líneas aliadas…

Bernie se quedó paralizado. Se hizo el silencio en la habitación. Los soldados se congregaron a su alrededor mientras el cabo continuaba:

–Asimismo se advierte de la posible presencia de una brigada también disfrazada, equipada con tanques Sherman y artillería móvil, detalles a continuación…

Se organizó un gran revuelo y el cabo se apresuró a llevar el cable a la mesa del oficial. La noticia del boletín se extendió por toda la sala, generando un

considerable alboroto.

Bernie retrocedió hasta una pared para alejarse del tránsito e intentó hacerse invisible. Miró a Von Leinsdorf, que le indicó la puerta con la cabeza, y Bernie se dirigió hacia allí. Ante ellos había dos sargentos primeros que intentaban evitar que la gente saliese y organizar una mayor vigilancia de la puerta. Von Leinsdorf sujetó a uno del brazo.

–Joder, es increíble, ¿verdad? – le preguntó.

–Yo los creo capaces de todo.

–Pero ¿cómo vamos a reconocerlos? ¿Cómo podemos distinguir a esos cabrones? Nazis vestidos con nuestros uniformes, ¿y si estuvieran delante de nuestras narices?

–Los reconoceríamos, señor. No pueden fingir algo así.

–Dios, espero que tenga razón. Apueste hombres aquí, compruebe la identificación de todo el que salga o entre. Tenemos que asegurar nuestro perímetro, comuníquelo a la policía militar, vamos, rápido.

–Sí, señor.

El sargento salió a toda prisa. Von Leinsdorf agarró a Bernie del codo y le hizo cruzar la puerta.

–Sigue andando. No pares.

Los policías militares que estaban fuera oían la noticia en aquel instante.

Von Leinsdorf les gritó:

–El oficial los necesita dentro, paso ligero, ¡vamos, muévanse!

La noticia se extendía y pasaba de hombre a hombre ante ellos. Bernie esperó que alguien advirtiera su presencia, los detuviese, acabase con

aquello, y una parte de él deseaba incluso que eso sucediera. Cuando llegaron a la calle, un nuevo fuego de artillería, cuyos obuses se acercaban progresivamente a la aldea, iluminó el cielo matinal.

–Han atrapado a uno de los nuestros, probablemente a alguien de los equipos de reconocimiento -dijo Von Leinsdorf. – ¿Cuánto crees que saben?

–Su alerta no menciona el Segundo Objetivo. Así que seguimos adelante. –

¿Hacia dónde?

–Reims, Francia. – ¿Qué tenemos que hacer allí? – ¿En Reims? Iremos al cine.

Al doblar la esquina, vieron en el aparcamiento a un policía militar que examinaba los números de unidad de su jeep.

Von Leinsdorf se llevó la mano al cinturón mientras seguían avanzando. –

¿Qué hace ahí, cabo? ¿No sabe lo que sucede? – preguntó Von Leinsdorf. –

¿Son del 12º Ejército? – preguntó el policía militar.

–Así es -respondió el alemán, mostrándole el tubo de documentos mientras subía al jeep e indicaba a Bernie que se pusiera al volante-. Y allí volvemos, tenemos que entregar esto al Viejo.

El policía militar impidió que Bernie pusiera el motor en marcha. – ¿Por dónde han venido?

–Norte -contestó Bernie-. Las dos carreteras de Luxemburgo están cerradas, por si no lo sabes.

–Eso iba a deciros. La carretera del norte también está cerrada, si pensaban volver por allí. – ¿Entonces cómo salimos de aquí? – inquirió Bernie.

–Tendrás que dirigirte al oeste. ¿Puedo ver tu pase de carreteras, soldado?

Bernie echó un rápido vistazo a Von Leinsdorf antes de entregar el pase.

Ambos esperaron, mientras el policía militar lo enfocaba con la linterna.

Bernie advirtió que Von Leinsdorf se agachaba en su asiento, en busca del cuchillo de caza.

El policía militar se tomó su tiempo para examinarlo y luego lo devolvió.

–Mejor salgan zumbando, los alemanes están a punto de rodearnos.

–Buena suerte -dijo Von Leinsdorf. – ¿Ha dicho que pasaba algo dentro?

–Nada de lo que preocuparse.

Bernie pisó el acelerador y salieron de Bastogne rumbo al oeste.

Lieja 18 de diciembre, mediodía No apagaron las grabadoras hasta que Earl Grannit hubo sonsacado todos los detalles a Karl Heinz Schmidt.

Menos de tres horas después, despojado de su uniforme y vestido como prisionero de guerra, Schmidt fue entregado a un equipo de oficiales de Información que empezaron a patrullar las principales carreteras del sur y el oeste del frente usando a Schmidt como sabueso, en busca de elementos de lo que el alemán había denominado Operación Greif.

Problemas en las comunicaciones impidieron que Interrogatorios del Primer Ejército pudiese notificar al contraespionaje de Reims la última revelación de Schmidt: que los equipos de asesinos alemanes habían acordado reunirse en un cine de la ciudad la noche del 19 de diciembre. Earl Grannit y Ole Carlson salieron de Lieja al mediodía para comunicar la noticia en persona.

En el jeep, Carlson estudiaba el pase de alto nivel falsificado. De pronto, lo golpeó contra su pierna y exclamó: -¡Lo tenía delante de las narices! Ahí está el fallo. – ¿Dónde? – preguntó Grannit.

–Éste es papel con filigrana expedido por el gobierno de Estados Unidos; la falsificación es tan perfecta que me parece increíble que los alemanes no hayan visto el error, es tan evidente una vez lo descubres… -¿Descubrir

qué, Ole?

–Han invertido la posición de las letras u y a de «cuartel». La puñetera palabra está mal escrita -explicó Carlson, mostrándole el papel.

–Comunica por radio. Asegúrate de que la noticia llegue a la frontera. Con un poco de suerte, los atraparemos antes de que crucen.

Carlson manipuló la radio para intentar captar una señal.

–Van a ejecutarlo, ¿verdad? A Schmidt.

–En efecto, Ole. ¿Cuál es el problema?

–Le prometiste que no lo matarían.

–Ni siquiera sabemos si dice la verdad. Puede que se lo haya inventado todo para salvar el cuello.

–A mí me parecía muy creíble. ¿Cuántos equipos crees que han enviado?

–Él ha dicho ochenta hombres.

–Están lo bastante desesperados para intentar algo así. Schmidt ha dado muchos detalles. Creo que dice la verdad y que lo metieron en esto sin que él supiera de qué se trataba…

–Todos los chicos malos tienen una historia triste detrás, Ole.

–Sólo digo que me parece injusto que le ejecuten, porque nos ha ayudado y le dijimos que eso no iba a pasarle si hablaba…

–Un tipo cruza nuestras líneas en tiempo de guerra, vestido con nuestro uniforme, confiesa que tiene órdenes de asesinar a nuestro oficial general y a ti te da lástima…

–Le hemos mentido, Earl.

Grannit no respondió. – ¿Cómo te sientes al respecto? – insistió Carlson.

Grannit le dirigió una mirada prolongada. – ¿Te parezco preocupado?

El teniente Karl Heinz Schmidt no vería a sus otros compañeros del jeep hasta dos días antes de Navidad.

Esa noche, llevaron a sus celdas a un grupo de enfermeras alemanas que les cantaron villancicos en su lengua.

El amanecer del día siguiente, víspera de Navidad, se hizo salir a los hombres de sus celdas, los ataron a postes y fueron ejecutados por un pelotón de fusilamiento norteamericano. Las protestas de Schmidt acerca de un acuerdo secreto con el contraespionaje, que supuestamente debía salvarle la vida, no fueron escuchadas.

Al mediodía del 18 de diciembre el Cuartel General del Primer Ejército ya había abandonado sus dependencias en el hotel Britannique de Spa y se retiraba al noroeste, hacia Lieja. Los camiones de suministro de la zona tenían órdenes de llevarse las reservas de combustible y de municiones y de destruir todo lo que no pudiesen trasladar, para evitar que cayese en manos enemigas. La ofensiva alemana había sorprendido por completo al Primer Ejército y la escasez de hombres obligaba a enviar de inmediato al frente a todos los cuerpos disponibles. En los alrededores de Malmédy, entre ellos se contaban empleados y cocineros sin experiencia de combate, que se hacían llamar «comandos de cantina». El oficial al mando del Primer Ejército, el general Courtney Hodges, emitió una última orden antes de retirarse hacia Lieja. Se ofrecía a todo el personal militar aliado encarcelado por un consejo de guerra una única posibilidad de amnistía, si se presentaban voluntarios para unirse a las unidades que luchaban en una defensa cada vez más desesperada.

La tarde del 18 de diciembre, el cabo Eddie Bennings y otros veintiséis miembros del 724º Batallón de Ferrocarriles aceptaron la oferta. Fueron

liberados en Lieja; les dieron armas y los subieron a un camión rumbo a Malmédy.

Quince minutos después de que se le asignara una compañía en primera línea del frente, Eddie Bennings se cortó intencionadamente el brazo con la bayoneta, lo que resultó en una cantidad impresionante, aunque inconsecuente, de sangre. Fingió un mareo y el médico le acompañó a un hospital móvil de campaña. Bennigs entró, escapó por el fondo de la tienda en cuanto estuvo solo, corrió casi un kilómetro por la carretera hasta el cobertizo donde se almacenaba el combustible y salió de allí con dos bidones de gasolina; hizo el puente a un jeep aparcado y partió hacia el sur, rumbo a Francia.

A medida que el día avanzaba, la alerta de los comandos de Skorzeny paralizó el campo de batalla norteamericano. La policía militar cerró todas las intersecciones importantes que se hallaban bajo control aliado. Con una vigencia inmediata, en los controles se prohibió el paso de todo hombre alistado u oficial que no estuviera al corriente de la contraseña. El tráfico fue acumulándose tras las barreras y, durante las horas críticas de la ofensiva, el movimiento de las tropas americanas se estancó por completo.

Se retrasaron los refuerzos, cientos de soldados acabaron bajo custodia e informes importantes se retuvieron durante horas. En todas las barracas aparecieron carteles con información de los impostores. Un ejército de hombres que nunca había tenido razón alguna para desconfiar de su uniforme se miraba ahora con paranoia y desconfianza.

Como los rumores que se habían propagado por el campamento nazi de Grafenwöhr, las especulaciones sobre los objetivos de la 150ª Brigada Panzer se extendieron por todo el campo de batalla. Ni el mismo Otto Skorzeny se hubiera atrevido a esperar que la mera mención de sus comandos crease semejante caos en las filas aliadas.

El boletín que informaba de la presencia de espías alemanes tras las líneas aliadas no fue la única noticia desconcertante de aquel 18 de diciembre. A última hora de la tarde del 17 de diciembre, una patrulla norteamericana encontró tres supervivientes de la masacre de Baugnez en la encrucijada del