Segundo objetivo
Capítulo 20
pueblo y los trasladaron de inmediato al hospital de Malmédy. Dos periodistas de la revista Time se vieron con los supervivientes, escucharon su historia y la hicieron llegar al cuartel general de Lieja. Al caer la noche, el Estado Mayor del Primer Ejército comunicó que fuerzas invasoras de las SS habían asesinado a un grupo considerable de prisioneros norteamericanos desarmados. Se propició que los periódicos de Estados Unidos (que no habían publicado una sola línea sobre la ofensiva de las Ardenas debido a la prohibición impuesta por el Cuartel General Supremo de las Fuerzas Aliadas) diesen una amplia cobertura al incidente.
Muchos compararon la matanza con el ataque japonés a Pearl Harbor. El sentimiento antialemán alcanzó sus cotas más altas desde el inicio de la guerra; se disparó la adquisición de bonos y el alistamiento de voluntarios.
Todos los estadounidenses leyeron la noticia de la «masacre de Malmédy»
antes de que se recuperaran los cuerpos de las ochenta y seis víctimas bajo una gruesa capa de nieve, en el prado de la encrucijada de Baugnez.
20
Cuartel General Supremo Aliado, Versalles 18 de diciembre, 10:00 horas El general Eisenhower pasó la mañana con su Estado Mayor en la sala de los mapas, intentando encajar cincuenta informes inconexos en una visión coherente de la invasión. Había una parte muy clara: en el ataque ya se habían identificado veinticuatro divisiones de la Wehrmacht y de las Waffen-SS que avanzaban hacia las posiciones aliadas en tres amplias columnas. Aunque por el norte y el sur la ofensiva se había encontrado con una resistencia norteamericana improvisada aunque eficaz, en el centro, por el corazón de las Ardenas, los Aliados no habían resistido. A medida que las fuerzas aliadas se desmoronaban y retrocedían ante el embate del Kampfgruppe Peiper, decenas de miles de tropas de la Wehrmacht y de las SS se unían desde atrás. El ataque alemán se extendía hacia el sur y el oeste
como agua acumulándose en un recipiente, creando en el mapa una mancha rotunda, centrada alrededor de la población de Bastogne.
Durante aquellas primeras horas inciertas, Dwight Eisenhower mantuvo una notable constancia de ánimo.
Nunca había dirigido una unidad en el campo de batalla, pero sabía que la primera obligación del mando era dar ejemplo a los hombres que le rodeaban. Pese a las preocupantes posibilidades que presentaba el ataque, no mostró ni un instante de nerviosismo; su actitud tranquila se contagió a todo el Cuartel General Supremo y de allí fue bajando por toda la cadena de mando. Cuando empezó a dibujarse el retrato de la batalla, la mente táctica de Eisenhower dio un salto intuitivo hacia las intenciones de su enemigo.
Tomó una espada alemana capturada, señaló el centro del mapa y luego la desplazó hacia el oeste, hasta Amberes.
–Esta ofensiva por el centro pretende dividir nuestros ejércitos y aislar a los británicos al norte. Las columnas de los flancos sólo están ahí como pantalla de la ofensiva principal.
El general Strong le preguntó cómo deseaba responder. Eisenhower se acercó al mapa y trajo de nuevo la espada al centro del río Mosa.
–Si les mantenemos a esta orilla del río, les pellizcamos en los márgenes y confinamos la columna central a este corredor, quizá podamos ahogarlos.
La punta de la espada acabó reposando en un entramado de carreteras que se cruzaban al sur y al este del Mosa. Eisenhower ordenó de inmediato a sus divisiones de reserva, la 82 y la 101 aerotransportadas, que se dirigieran a toda prisa a Bastogne.
Al serle imposible llegar hasta Bastogne, el general Omar Bradley convocó al general George Patton en el Cuartel General del 12º Ejército en la ciudad de Luxemburgo. Le comunicó que la ofensiva de su Tercer Ejército por el río Saar, que debía iniciarse en cuestión de días, había sido oficialmente
suspendida. Bradley también ordenó a Patton que tres de sus divisiones marchasen hacia las Ardenas en las veinticuatro horas siguientes.
Durante la reunión, Eisenhower mandó aviso a sus dos comandantes superiores: se reunirían el día siguiente en la ciudad fortificada de Verdún, a medio camino entre sus respectivos cuarteles generales, para ultimar su respuesta a la ofensiva de las Ardenas. Al anochecer, antes de separarse, Bradley pensó que Patton estaba en lo cierto al afirmar que su ataque programado no seguiría adelante.
–Qué demonios, Brad. Aún estaremos matando alemanes.
Al este de la frontera alemana, en el cuartel general de Ziegenberg, la noticia de los éxitos de los dos primeros días de invasión alentó al Estado Mayor de la Wehrmacht. Se habían recuperado cientos de kilómetros de territorio belga y miles de soldados norteamericanos se habían rendido. La columna panzer del Oberstürmbannführer Peiper se abría camino implacablemente hacia el Mosa.
La verdad era más compleja. La primera mañana, después de que una importantísima unidad de paracaidistas aterrizase a quince kilómetros del objetivo fijado, la más septentrional de las tres columnas panzer había encontrado una resistencia enconada y no lograba avanzar. Su incapacidad para mantener el ritmo de marcha al oeste fijado por la columna central de Peiper, dejaba a la columna septentrional desprotegida y vulnerable al ataque si los Aliados conseguían reagruparse. El avance de Peiper hacia el Mosa se había convertido en una carrera contra el tiempo.
Desde que se había iniciado la ofensiva, el principal grupo de combate de la 150ª Brigada Panzer de Otto Skorzeny había quedado atrapado tras el inmenso atasco que llegaba hasta el Muro Occidental. Pese al trabajo de sus equipos de comandos, el éxito de la Operación Greif dependía de que la fuerza principal lograse abrir una clara brecha durante las primeras horas.
Los tanques americanos de Skorzeny no llegarían a suelo belga hasta la madrugada del 17 de diciembre.