Segundo objetivo
Capítulo 11
67º Hospital de evacuación 16 de diciembre, mediodía El cuerpo desnudo de Gunther Preuss yacía en una mesa de acero inoxidable detrás de unas cortinas, cerca de la parte posterior de la carpa de cirugía, en un improvisado depósito de cadáveres. El cadáver de Vincent Mallory, que ya habían examinado, yacía en otra superficie, cubierto con una sábana manchada de sangre. Earl Grannit había conseguido que el cirujano jefe con quien había hablado antes examinase los cuerpos de ambos hombres.
Mientras el médico los abría, Grannit se sentó a un lado y encendió un cigarrillo para aliviar el hedor, una técnica que había aprendido durante sus visitas al depósito de cadáveres de Nueva York.
En cuanto hubo regresado al hospital, Grannit fue en busca de un oficial superior para darle una descripción detallada del batallón alemán que había visto en la carretera, al este de Malmédy. Después, de vuelta a su misión, comprobó que Ole había precintado la escena, aislado las pruebas antes de que las tirasen y que había recogido las declaraciones de los testigos. De entre las pruebas, Grannit mostró especial interés por las dos bolsas de suero intravenoso. Ambas se habían cortado siguiendo el mismo patrón.
El doctor llamó a Grannit y señaló unas membranas mucosas anormales, de color rosa intenso, que cubrían la garganta y los pulmones del muerto. Pese al cigarrillo, Grannit percibióun débil olor a almendras amargas que emanaba del cuerpo.
–Ambos fueron envenenados. Alguna toxina causó la hemorragia que destruyó todo su tejido blando -dijo el médico. – ¿Qué cree que fue?
–A juzgar por el olor, si recuerdo correctamente mis rudimentarias nociones de química, ácido hidrociánico.
Prúsico, o cianuro.
–Algo que puede verterse en una bolsa de intravenoso. – Se dispensa en forma líquida. Es una sustancia transparente, de modo que nadie la notaría.
– ¿Era una dosis grande?
–Tan sólo se requieren unas gotas… no se acerque demasiado con ese cigarrillo, teniente, o notará un sabor desagradable en la boca; esta sustancia forma un mal compuesto con el tabaco.
Grannit retrocedió. – ¿Tienen cianuro aquí, en el hospital?
–No, señor -el médico se quitó los guantes y le miró con severidad-. Usted es policía, ¿no es así? O lo era, allá en casa.
–En efecto. – ¿Le importaría decirme qué sucede? Como si la matanza no fuera suficiente, ¿algún hijo de puta ha venido a mi hospital a asesinar soldados heridos? ¿Cómo es posible que pase algo así?
–Podré decírselo más tarde.
–Debo volver al trabajo. Se rumora que tenemos un problema gordo ahí fuera. ¿Eso es lo que ha visto?
–«Problema gordo» no lo describe del todo.
–Se dice que quizá tengamos que retirarnos, si el maldito ejército no reacciona antes de que se nos echen encima. Mi personal no puede salvar vidas en un campo alemán de prisioneros.
El doctor le dejó a solas con los cuerpos. Grannit apagó el cigarrillo y observó con detenimiento al falso Vincent Mallory. El segundo soldado muerto sin identificar en dos días. Con insignias de capitán. Manos sin callosidades, anillo de casado. Un nuevo par de botas, arrebatadas a uno de los soldados muertos en el control.
Éste era el segundo oficial que el policía militar vio en el jeep, en
Elsenborn.
«¿Por qué mataste a éste, teniente? ¿Le disparan durante el trayecto y, de pronto, también es prescindible? ¿Un oficial superior? Ésta no era una herida fatal, como la de tu otro hombre… perdigones en el hombro y el cuello… pero, de todos modos, te lo cargas.»
«Entonces, ¿por qué correr el riesgo de llevarle a un hospital? Si lo querías muerto, ¿por qué traerlo aquí, en lugar de dispararle en una cuneta?»
«A menos que persiguieras al verdadero Mallory. ¿Es eso lo que te trajo aquí, necesitabas terminar el trabajo? Pero, ¿cómo podías saber que Mallory había sobrevivido? En el estado en que lo dejaste, ¿qué probabilidades tenía? ¿Y por qué ibas a dar sus placas de identificación a tu hombre, a menos que creyeras que Mallory estaba muerto?»
«Porque el sargento superviviente era un cabo suelto y no sabías que lo habías dejado hasta que llegaste aquí y tu amigo ingresó con la placa de identificación de Mallory. Una vez dentro, descubriste lo que sucedía y los asesinaste a ambos.»
Podía dejar los motivos para más tarde. Grannit había visto al hombre que había hecho aquello. El teniente rubio. De pie en el jeep, saludándole.
«Cinco asesinatos en dos días. Un asesino que tiene la sangre fría de cortar la bolsa de suero de Mallory, verter veneno dentro y luego hacerle lo mismo a su propio hombre de camino a la salida, antes de que Mallory haya muerto.»
Una lente de aumento montada en un soporte atornillado a la mesa de autopsias llamó la atención de Grannit. Luego recordó la fotografía que había encontrado en la bota del otro hombre, lo que le llevó a las botas de éste, que estaban debajo de la mesa.
Rebuscó en su interior, sin encontrar nada; después, siguiendo una corazonada, sacó una navaja y hurgó en los tacones.
El derecho se desprendió en su mano. Oculto en su interior encontró un trozo de papel plegado. Era el mapa trazado a mano de un río y el puente que lo cruzaba; detallaba las carreteras de acceso a ambas orillas y los puestos defensivos. Había unas palabras garabateadas apresuradamente en los márgenes, pero Grannit no pudo identificarlas. Unas flechas señalaban hacia ambos lados de otros dos puentes sólo esbozados, sin detallar.
Ole Carlson entró rápidamente en la tienda, sosteniendo una bolsa de plástico.
–Llevó algo de tiempo, pero las he encontrado, Earl.
Éstas son las balas de Mallory. Del Mallory verdadero, no del falso.
–Comprendo, Ole.
Carlson fijó la vista en el cadáver que reposaba en la mesa de autopsias y la apartó como si le hubieran golpeado en el estómago, súbitamente pálido.
Después abrió los ojos y miró a Mallory, que yacía en la otra mesa.
–Oh, Dios mío. – ¿Te encuentras bien, Ole?
–Pues no mucho, la verdad.
–Cierra los ojos y respira.
–Lo haría, pero el olor me supone un pequeño problema.
–En eso no puedo ayudarte.
Grannit colocó las balas bajo la lente de aumento.
Una estaba muy dañada y era poco más que un bulto informe; probablemente procedía del disparo que había destrozado la mandíbula de Mallory. Las otras eran balas de pistola y, a simple vista, supo que eran del
calibre 45 y que procedían de un Colt, el arma de los oficiales estadounidenses. Pero también tenían un estriado peculiar, como si hubieran pasado por un cañón anormalmente largo.
–Sacaron algunos perdigones del falso Mallory -dijo Carlson, esforzándose en no vomitar y evitando mirar los cadáveres-. Es raro, ¿no crees? ¿Quién diantres utiliza escopetas ahí fuera? No es temporada de caza, que yo sepa.
Maldita sea, esta peste puede tumbar a un toro. – ¿Quieres un cigarrillo?
–No, gracias; con un cigarrillo seguro que vomito.
Grannit extrajo la fotografía que había encontrado en el primer desconocido y la sostuvo bajo la lente.
–Por cierto, finalmente conseguí hablar con el 12º Ejército -comentó Carlson-. Las líneas telefónicas no funcionan, creen que es cosa de los alemanes. Así que comuniqué con ellos por radio; los alemanes también se les echan encima… -¿Preguntaste por la patrulla?
–Sí. El Doce no tiene constancia de que haya ninguna patrulla en este sector que responda a esa descripción.
–Hay un motivo para eso. – ¿Cuál?
Grannit le indicó que mirase a través de la lente la fotografía de la mujer en el muelle.
Entre las estructuras que flanqueaban el muelle había un edificio administrativo, probablemente las aduanas del puerto. Esculpida en el entablamento de piedra de la entrada, en el centro de una corona de laurel atrapada en los talones del águila imperial alemana, se veía una trabajada esvástica.
Son alemanes -respondió Grannit.