Segundo objetivo

Mark Frost · Capítulo 8 de 47

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Segundo objetivo

Capítulo 1

–Algo hemos oído.

–Así que los han metido en el trayecto regular de Matelot, ¿eh?

Bennings hizo señas a los oficiales para hacerles saber que la situación estaba controlada. – ¿Quiénes son los peces gordos? – preguntó Grannit.

Adjetivo coloquial despectivo aplicados a los

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franceses.

–Partes interesadas. En el 724 cuidamos los unos de los otros. Es lo que los gabachos llaman «esprit de

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corpse». Explicaré el procedimiento… ¿cómo te llamas?

–Earl Grannit. Como he dicho, ése es Ole. Ole Carlson.

–Bien, Earl, a tu derecha, a unos cien metros, tienes un carril lateral. Ahí cambiaremos. Lleva todo el aparato a esa vía lateral, desengancha la carga a partir del vagón ocho y luego sigues hacia la estación. – ¿Abandonarlos sin más?

–Así es. A partir de aquí nos encargamos nosotros. – ¿Y si en suministros nos hacen preguntas cuando terminemos el turno?

–No habrá ningún problema…

–Podrían decirnos que hemos vuelto con tres vagones menos…

–Te estoy diciendo que no habrá ningún problema -insistió Bennings-.

Estan cubiertos, ¿comprendes?

Éste no es nuestro primer picnic.

Earl Grannit removió el barro con la puntera de la bota, pensativo. –

¿Entonces qué sacamos nosotros, Eddie?

–Escúchate, de pronto es todo negocio. Esto no va a llevar mucho tiempo.

Engancharemos después en el andén; todo saldrá bien. Tirado. Más fácil que Betty Crocker.

–Todo a partir del vagón ocho.

–Lo has captado, tío. – Dijo Bennings, dándole unos golpecitos en el brazo y estrechándole la mano de nuevo. Embutió en el bolsillo de la camisa de Grannit un fajo de billetes de veinte dólares, enrollado en un par de paquetes de Chesterfield, y le tendió una caja de puros-. Esto es sólo un aperitivo. Espera a ver el montaje de París. El 724 cuida de los suyos, amigo.

Nuestro Jonesy irá con vosotros en la máquina, para controlar que todo sale bien.

Bennings bajó de la vía y retrocedió hacia los oficiales. Grannit oyó que encendían los motores de sus coches. El cuarto hombre del cruce, Jonesy, un suboficial corpulento de mirada vigilante, caminó detrás de Grannit hacia la locomotora. Grannit subió a la cabina delante de él y metió los

objetos de contrabando en el ténder. – ¿Lo has oído todo? – preguntó Earl en voz baja.

–Los vagones del economato militar-dijo Ole Carlson. – ¿Señales a la estación?

–Están al menos a cinco minutos de aquí.

Jonesy subió a la cabina. Grannit se volvió hacia él.

–Ole. Jonesy -les presentó.

Carlson hizo un gesto de asentimiento y se dispuso a estrechar la mano de Jonesy. Pero éste se metió un palillo en la boca y se llevó una mano a la cadera, descubriendo el 45 de culata nacarada que guardaba en la pistolera del cinturón. Toda una demostración de que no estaba allí para charlar.

–Vamos allá -dijo Grannit.

Ole Carlson tiró de la palanca y dejó que el tren se deslizara a ocho kilómetros por hora. Pasaron al cabo Bennings, que estaba junto a las agujas del cruce y les saludó con desenfado cuando le dejaron atrás para entrar en la vía lateral. Grannit se asomó y comprobó el cargamento que transportaba. Hizo señas a Carlson para que frenase de nuevo en cuanto el último vagón hubo salido de la vía principal. – ¿Quieren que digamos a la estación que llevamos retraso? – preguntó Grannit.

Carlson acababa de coger el transmisor cuando otros dos soldados salieron de las sombras junto a la locomotora, armados con ametralladoras Thompson.

Jonesy le arrebató el transmisor a Carlson y lo devolvió a su sitio.

–Dejaremos que se preocupen. Vamos a trabajar.

Grannit saltó de la cabina y se encaminó hacia el final del tren, con Jonesy

siguiéndole a unos pasos de distancia. Pronto se vieron rodeados por una docena de hombres uniformados salidos del bosque, que también se dirigían a la cola del tren. Dos camiones de carga se detuvieron junto a los últimos vagones y los hombres empezaron a subir las lonas de la parte trasera, listos para cargar.

«Como buitres. Como si pudieran olerlo», pensó Grannit.

Los primeros ocho vagones contenían armamento de artillería. Aquellos hombres sabían exactamente dónde empezaban los vagones de intendencia.

Para cuando Grannit alcanzó el enganche, los hombres ya habían forzado los cerrojos y apartado las tablas, entraban en masa y empezaban a remover las cajas y los paquetes en busca de cigarrillos, licor, chocolate, jabón, café.

Destinado a los batallones que luchaban en el frente, Grannit sabía que aquel cargamento desaparecería, al despuntar el día, en los florecientes mercados negros de París y Bruselas. Durante los últimos meses, cientos de soldados aliados habían desertado para unirse a esta nueva fiebre del oro, un negocio en que se desvalijaban trenes militares para vender su contenido a los franceses, los belgas e incluso a los alemanes con efectivo atrapados en territorio aliado. Con la llegada de los norteamericanos a París, la situación se había descontrolado del todo. Se estaban amasando verdaderas fortunas.

Se decía que los capos del negocio vivían lujosamente en la orilla izquierda del Sena, al estilo de Al Capone y Dutch Schultz. Ya en diciembre, el cuarenta por ciento de los productos de lujo que llegaban a Normandía, artículos básicos para mantener la moral de las tropas, no llegaban a los soldados que luchaban en el frente.

Por lo que Grannit veía ante él, un batallón norteamericano al completo se había contagiado y sus miembros pululaban por el tren como una plaga de langostas, bajo la atenta supervisión de sus oficiales.

Grannit había presenciado con tal frecuencia la imperfección humana que eran pocas las variaciones que le sorprendían, pero aquello le sentó como un puñetazo en el estómago.

Extrajo una pesada palanca de enganche que estaba encajada entre los

listones de los vagones. Cuando la introducía entre las juntas para desenganchar los vagones, oyó el silbato a vapor del tren: tres silbidos cortos, tres largos, tres cortos.

Ole enviaba un SOS. Si lo oían, los refuerzos de la estación se apresurarían en llegar.

Grannit miró a Jonesy. Éste se había vuelto hacia la locomotora e intentaba decidir lo que significaba el silbido y si debía preocuparse al respecto.

Grannit cubrió los cinco pasos que les separaban y utilizó la palanca para golpear a Jonesy en la parte trasera de la rodilla, haciéndole caer sobre la otra. Acto seguido le asestó un segundo golpe en el hombro derecho, paralizándole el brazo antes de que pudiese alcanzar la pistolera. Le empujó y Jonesy cayó al suelo, gimiendo de dolor e intentando levantar el hombro herido. Grannit se apropió del Colt de Jonesy y se abalanzó sobre él, agarrándole del cuello e hincándole una rodilla en el riñón.

–Quédate en el suelo, Jonesy -le ordenó. – ¿Por qué me golpeas, joder?

–Estás arrestado, gilipollas. Pon las manos al frente y la cara en el barro o te vuelo la cabeza.

Jonesy obedeció. Grannit se sacó del bolsillo una cachiporra de fabricación casera (un calcetín negro relleno de munición del calibre 12) y le golpeó detrás de la oreja. Jonesy perdió el sentido. Grannit se puso en pie y echó a andar hacia los vagones de intendencia. No parecía que el silbato del tren hubiese alarmado a los carroñeros ni nadie le había visto reducir a Jonesy en la oscuridad, pero eran varios los que miraban en su dirección. Grannit divisó junto a los camiones a los dos oficiales que había visto antes con Eddie Bennings; ellos parecían mucho más preocupados.

Se les acercó directamente, sosteniendo el revólver a un lado. Los dos oficiales y Bennings se encaminaron a su vehículo, que estaba aparcado en los alrededores.

Cuando encendieron el motor, Grannit alzó el 45 y disparó a la rueda delantera izquierda. El ruido taladró la noche. Llegó hasta el asiento del conductor, destrozó la ventanilla con la culata del Colt, metió el brazo y sacó las llaves del contacto. El hombre que estaba al volante, un capitán, le miró con el rostro encendido e indignado, mientras hacía un débil ademán de golpear la mano de Grannit. – ¿Pero qué demonios cree que hace, soldado?

Grannit agarró al capitán por el cuello de la trinchera, le sacó la cabeza por la ventanilla y le obligó a apoyar la nuca en el borde de la capota, de forma que se le cayó la gorra. Ahora ya había atraído la atención de toda la unidad; algunos soldados corrían hacia él con las armas desenfundadas, mientras que otros se dispersaban. Eddie Bennings salió con dificultad del asiento trasero y se quedó mirando a Grannit como si hubiera visto un fantasma.

–Tranquilo, Earl, colega…

Grannit embutió el Colt en la mejilla del capitán y le habló al oído.

–Nombre y graduación.

–Capitán John Stringer.

–Capitán, ordene a sus muchachos que lo suelten todo y se echen al suelo ahora mismo. – ¿Quién coño eres?

–Policía militar. – Stringer, ojos como platos, no respondió. Grannit se le acercó más-. División de investigación militar. – ¿Y qué coño es eso?

–Malas noticias para la Compañía C. – Por el rabillo del ojo, Grannit vio que Bennings intentaba escabullirse-. Al suelo, Eddie… y todos los hijos de puta del millón de dólares.

Grannit disparó un tiro al aire y otros dos al camión más próximo, que rasgaron una llanta y destrozaron el retrovisor del conductor. Eddie se