Segundo objetivo

Mark Frost · Capítulo 5 de 47

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Segundo objetivo

Capítulo 4

Niebla de Otoño empezaría el amanecer del 16 de diciembre.

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Grafenwöhr 10 de diciembre de 1944 El 10 de diciembre, poco después del anochecer, los hombres de la Operación Grief dejaron el campamento de Grafenwöhr y subieron a un tren especial de transporte. Bernie vio que los vagones estaban camuflados para parecer un cargamento de árboles de Navidad destinados a las tropas del frente occidental.

Sus vehículos, recién pintados y con accesorios americanos, se cargaron en plataformas cubiertas en la parte trasera del tren. Los hombres de Skorzeny, vestidos con uniformes norteamericanos, tenían prohibido abandonar los atestados vagones durante los días de trayecto. Un destacamento de la Gestapo subió a bordo para proteger el tren y desviar las preguntas de los extraños acerca de su evidente secreto. Bernie también sabía que la Gestapo, fuertemente armada, estaba ahí para impedir la deserción de los miembros de la brigada.

La 150 Brigada Panzer se apeó del tren poco antes a de la medianoche del 12 de diciembre, cerca de un campo de instrucción de la infantería en Wahn, al sudoeste de Colonia, donde se alojaron para pasar la noche. Para evitar el contacto con unidades regulares de la Wehrmacht, permanecieron confinados en los edificios durante todo el día siguiente. Al caer la noche, con el campamento a oscuras, la brigada subió a sus propios vehículos para dirigirse a Münstereifel, treinta kilómetros más cerca de la frontera belga.

El grupo de Stielau continuó quince kilómetros más al oeste, hasta los alrededores de Stadtkyll. Durante el trayecto, la lona de camuflaje resbaló de un semioruga frente al vehículo de Bernie y reveló su estrella aliada de cinco puntas.

Una patrulla de la Wehrmacht intentó interceptar lo que parecía ser una columna de vehículos norteamericanos.

Fue detenida por la Gestapo y no se la volvió a ver.

Los comandos pasaron el resto de la noche junto a una apartada caseta forestal, organizándose en unidades de patrulla y cargando combustible, munición y los suministros de última hora. Con la llegada del amanecer, Bernie empezó a vislumbrar los vastos búnkeres y murallas de la frontera occidental de Alemania. Desde su llegada a Wahn, había observado en los alrededores de la frontera un incremento masivo de tropas de la Wehrmacht, que dejaba pequeña a su brigada.

A las seis de la madrugada llegó Otto Skorzeny y la compañía se reunió ante la caseta. Skorzeny, el único soldado presente con uniforme alemán, ordenó que le rodearan en círculo, de manera informal, como hacían los americanos. Les dijo que su aspecto y su actitud reflejaban una transformación completa y convincente:

Ahora eran soldados norteamericanos. Temblando en el glacial aire del amanecer, Bernie se enteró por primera vez del verdadero alcance de la Operación Niebla de Otoño y cuál era su principal objetivo. No tan malo como se temía, pero sabía que Von Leinsdorf se reservaba algo mucho peor.

Skorzeny intentó animarles con relatos sobre la larga historia de victorias alemanas en las Ardenas y la precariedad de la actual situación de los Aliados. Les pidió prudencia en el uso del combustible y que gorreasen todo el que pudiesen sobre el terreno. Debían evitar a toda costa cualquier hostilidad con el enemigo.

–Todas las patrullas deben permanecer en contacto por radio con el mando.

Nuestra misión depende de la información que puedan transmitir. Tomen nota de todo cuanto vean u oigan. Confíen en su preparación.

Procuren no correr riesgos innecesarios.

Un hombre formuló una pregunta que estaba en la mente de todos: -¿Nos

tratarán como espías si nos capturan?

–Lo he consultado con expertos en derecho internacional. Si son capturados, pero llevan el uniforme alemán debajo o se cambiarán con antelación, creemos que gozarán de la misma protección que un prisionero de guerra.

Antes de darles tiempo a cuestionarlo, Skorzeny les deseó buena suerte y estrechó la mano de todos los hombres. Detrás de él, su ayudante entregó a cada soldado un encendedor Zippo plateado. Bernie notó que emitía un leve aroma a almendras amargas. Les dijeron que todos los encendedores contenían un vial de cristal de ácido prúsico y que el veneno podía utilizarse ofensivamente, para someter a un oponente. Con lo que insinuaban que se esperaba que lo utilizaran ellos mismos si la captura era inevitable.

Skorzeny convocó al capitán Stielau y al teniente Von Leinsdorf al interior de la caseta. Indicó a Von Leinsdorf que le resumiera su plan para llevar a cabo el segundo objetivo; escuchó con discreción, hizo algunas sugerencias y pareció satisfecho con la estrategia global.

Luego pidió a Von Leinsdorf que hiciese entrar a los jefes de escuadra que había seleccionado y charló brevemente con cada uno de ellos, llamándoles por sus nombres norteamericanos.

El ayudante de Skorzeny entregó a cada jefe de escuadra un paquete de documentación falsificada que incluía documentos de identidad del ejército de Estados Unidos, pases de seguridad norteamericanos de alto nivel, visados de tránsito y mapas detallados de varias ciudades francesas.

También recibieron un alijo de armas, explosivos y municiones personalizadas, elaboradas por el Instituto Técnico Criminal de Berlín a petición de Skorzeny. Entre ellos había garrotes de cuerdas de piano, cuchillos camuflados y una novedad tecnológica: un silenciador metálico que se acoplaba al cañón de su pistola americana. A continuación, Skorzeny dirigió su atención hacia un mapa de la frontera belga que su ayudante extendió sobre la mesa.

–Sus equipos serán los primeros en cruzar por estos huecos entre sus líneas

-les indicó, señalando puntos de infiltración-. Inicien las tareas de reconocimiento.

Sus informes serán esenciales durante las primeras horas. Eviten la captura a toda costa.

Entonces, por primera vez, Skorzeny detalló su segundo objetivo. Cuando hubo terminado, nadie habló.

La reacción de sorpresa de los hombres le confirmó que Von Leinsdorf, siguiendo órdenes, no había discutido la misión con ellos. – ¿En qué punto se espera que lo intentemos, señor? – preguntó Karl Schmidt.

–Lo explicaré cuando el coronel se marche -dijo Von Leinsdorf para acallarlo.

–Preferiría oírlo de boca del coronel -replicó un desafiante Schmidt.

–Sus órdenes están perfectamente claras -dijo Skorzeny-. Durante los dos días siguientes, reconocimiento y apoyo de la invasión. A medianoche del día diecisiete, independientemente de que nuestra brigada haya alcanzado o no su primer objetivo, procederemos al segundo. – ¿Qué debemos decir a los hombres de nuestras escuadras? – preguntó Schmidt.

–No les digan nada -contestó Skorzeny-. Hasta que sea imprescindible.

–Ése fue también mi consejo -terció Von Leinsdorf, dejando patente su irritación. – ¿Qué clase de apoyo tendremos por parte del resto de nuestra brigada? – quiso saber Schmidt.

–Eso depende del progreso de toda la ofensiva -respondió Skorzeny, haciendo un gesto a su ayudante en que mostraba su impaciencia por irse.

–No más preguntas -dijo Von Leinsdorf. – ¿Pero debemos esperar su ayuda, señor? – insistió Schmidt, haciendo caso omiso de Von Leinsdorf-. ¿Hay

alguien más involucrado o actuamos solos?

–Si todo sucede según lo planeado, la ayuda estará esperando cuando se acerquen al objetivo. – ¿Cuánta ayuda? – preguntó Schmidt.

–Una quinta escuadra -respondió Von Leinsdorf.

–Ahí lo tiene -añadió Skorzeny, con una sonrisa-.

El apoyo se presentará cuando más lo necesiten. Por otra parte, como siempre digo a mis hombres, no esperen nada y se evitarán decepciones.

Skorzeny les deseó buena suerte y salió rumbo al coche que le esperaba, seguido de su ayudante. El vehículo estaba aparcado en el borde del claro, cerca de donde se revisaban y repostaban los veinte jeeps americanos de los comandos. La insignia de la unidad pintada en los jeeps todavía estaba húmeda.

–No guarde documentación del encuentro -ordenó Skorzeny a su ayudante-.

En lo que concierne a la Operación Niebla de Otoño, esta reunión nunca se ha producido.

Acto seguido subió al vehículo donde le esperaban sus guardaespaldas y partió rumbo al norte.

En la caseta, de pie ante los mapas de Bélgica y Francia desplegados en la mesa, Von Leinsdorf repasó por última vez el que sería el recorrido de sus primeros dos días.

–El día diecisiete contactaré con ustedes por radio.

Si no tienen noticias mías, asuman que seguimos con el plan y ábranse camino hacia el sur. Organizaremos la operación desde allí, la noche del día diecinueve.

Señaló una ciudad célebre por su catedral, situada a hora y media del

noreste de París.

–Necesitamos un punto de encuentro -añadió-. ¿Alguna sugerencia?

–Estuve un par de semanas destinado allí -dijo William Sharper, el norteamericano. – ¿En qué ejército? – preguntó Schmidt.

–Que te jodan, Schmidt. Hay un viejo cine ahí, en una vieja plaza en la orilla este del canal -explicó Sharper, indicando la zona-. La Wehrmacht pasaba películas durante la ocupación. Ahora lo usan los americanos.

–Márquenlo en sus mapas. Nos encontraremos en este cine entre las nueve y las doce de la noche del diecinueve. Ese es el plazo máximo de espera; si resultan ser el único equipo que queda, continúen a iniciativa propia -

ordenó Von Leinsdorf.

Estrechó las manos de todos sus hombres antes de que salieran de la caseta e iniciaran caminos separados.

Puso una mano en el hombro de Schmidt para retenerle.

–Soy consciente de que en nuestros antiguos puestos teníamos la misma graduación. Y que tú llevabas algo más de tiempo con la tuya -dijo cuando se quedaron a solas.

–Así es.

–Pero resulta que el coronel Skorzeny me ha confiado el mando de esta misión. Me tomo muy en serio esa responsabilidad. Si vuelves a cuestionar mi autoridad, te mataré.

Von Leinsdorf miró fijamente a Schmidt hasta que reconoció en sus ojos el terror que durante años se había acostumbrado a ver en hombres en posición más débil; luego se marchó.

Los hombres de su equipo: Bernie Oster, Marius Schieff y Gunther Preuss,