Segundo objetivo
Capítulo 38
completado a las 02:41, hora local, del 7 de mayo de 1945.»
38
Brooklyn, Nueva York 4 de octubre de 1955, 14:00 horas Todas las tardes, las enfermeras de cuidados intensivos del Hospital de Veteranos de la Séptima Avenida conducían las sillas de sus pacientes al lado oeste de la plaza, que daba al campo de golf, para que disfrutaran los últimos rayos del veranillo de San Martín. La retransmisión pormenorizada de la Serie Mundial de béisbol podía oírse desde infinidad de aparatos de radio; las voces de Red Barber y el joven Vin Scully describían la escena. Tras perder dos de los tres últimos campeonatos a manos de los odiados Yankees, los Brooklyn Dodgers volvían a jugar al séptimo y decisivo encuentro de la Serie.
Cuando Bernie llegó, esperaba encontrar a Earl en la plaza, pero al no verlo fue a su habitación. A cargo de la planta había una enfermera joven y amable que nunca había visto antes. Se encontraron ante la habitación, cuando Bernie se asomaba para mirar a Earl. – ¿Cómo está hoy?
–No se encuentra muy bien esta mañana -respondió la enfermera.
–Eres nueva, ¿verdad? ¿Cómo te llamas?
–Charlene. Llevo varias semanas aquí.
–Charlene, yo soy Bernie.
Bernie le tendió el pequeño ramo de flores que siempre traía para animar la habitación y preguntó si podía ayudarle a encontrar un jarrón. La acompañó a la sala de enfermería. – ¿De dónde eres, Bernie?
–De aquí. De Brooklyn. – ¿Ah, sí? Yo también. El señor Grannit no tiene muchas visitas.
–Yo vengo todos los domingos.
–Es por eso; no suelo trabajar los fines de semana.
–Pero hoy estamos de fiesta local, ¿verdad? Aunque sea martes. –
¿Bromeas? Me pongo histérica con cada lanzamiento. – ¿Quieres escuchar el partido con nosotros?
Pondremos la radio en su habitación.
–Gracias, pasaré de vez en cuando. Creo que aquí todo elmundo tiene la radio encendida.
–Se dice que podrías recorrer Brooklyn de punta a punta sin perderte una sola jugada -comentó Bernie.
–Lo creo.
Le tendió un pequeño jarrón que había llenado con agua y Bernie metió las flores. La enfermera advirtió la grasa incrustada en las manos y debajo de las uñas.
Regresaron a la habitación. – ¿Eres un pariente, Bernie?
–No, sólo un amigo.
–Creo que el señor Grannit no tiene familia cercana, ¿verdad?
–No, que yo sepa.
Entraron en la habitación. Earl estaba incorporado en la cama, con la cara vuelta hacia la ventana. No pareció percatarse de su llegada. Charlene
depositó las flores junto al cabezal. Bernie encendió la radio y surgió la música del espectáculo que precedía al partido, mientras Red y Vinny recitaban las alineaciones y el público llenaba las gradas del Yankee Stadium. Bernie acercó una silla a la cama. – ¿Qué crees, Earl? ¿Te parece que ha llegado el día?
Creo que lo conseguiremos. Tenemos a Podres en el último juego. No podrán con él.
Earl tenía el brazo derecho doblado a un lado, inútil y atrofiado.
Conservaba cierto movimiento en la mano izquierda para señalar objetos que necesitaba o quería.
Bernie y el personal habían aprendido a interpretar la mayoría de sus peticiones. En aquella ocasión, cuando empezó el encuentro, Grannit gesticuló de un modo que Bernie no conseguía descifrar. Finalmente comprendió que Earl quería que le estrechara la mano mientras escuchaban.
Earl le miró directamente a los ojos, algo que no solía hacer. Tenía las facciones torcidas debido a las sucesivas apoplejías que había sufrido y algunos días su mirada estaba muerta, pero en aquella ocasión Bernie vio una chispa de vida. Cuando Gil Hodges anotó una carrera en el cuarto y los Brooklyn se pusieron por delante, Earl palmeó la cama varias veces y asintió con la cabeza.
La victoria estaba asegurada. Podres era demasiado fuerte. Aquella vez iban a conseguirlo. Después de cincuenta y cinco años, por fin Brooklyn iba a ganar la Serie.
Tres semanas más tarde, dos días después de que Earl muriese, Bernie recibió en la gasolinera la llamada de un abogado, Jack Meyer, que trabajaba en un pequeño despacho cerca de la Grand Army Plaza, en el centro de Brooklyn. Le dijo que tramitaba la herencia de Earl y que tenía que hacerle algunas preguntas. Bernie acordó que le visitaría a la hora del almuerzo y fue al despacho en tranvía.
Meyer trabajaba solo en una habitación estrecha, en cuyas paredes se
amontonaban carpetas de acordeón y papeles sueltos. Era un hombre rechoncho y medio calvo, de unos sesenta años, que recibió a Bernie con una sonrisa acogedora y le indicó la silla que había frente a su escritorio, el único lugar donde era posible sentarse.
–En primer lugar, le ofrezco disculpas por mi sistema de archivo. Voy algo atrasado con el papeleo.
Incómodo como siempre que se encontraba ante una figura de autoridad, Bernie aseguró que no tenía importancia.
–Si no le molesta que lo pregunte, ¿cómo conoció a Earl Grannit?
–Nos conocimos durante la guerra. – ¿Sirvieron juntos?
–No en la misma unidad. Pero fue allí donde nos conocimos. – ¿De dónde es usted?
–Brooklyn. Precisamente nos dimos cuenta de que éramos del mismo barrio.
La reticencia de Bernie se hizo palpable.
–No es mi intención curiosear, sólo pretendo entender la relación -aclaró Meyer-. Conocía al padre de Earl y he sido el representante de la familia durante muchos años. Nunca oí que Earl le mencionase.
–No era muy hablador.
–No -replicó Meyer, con una cálida sonrisa-, pero sacaba el máximo partido de las palabras que se permitía pronunciar.
–Sí, señor. Después de la guerra, seguimos en contacto. Cuando tuvo la apoplejía, empecé a ayudar en la gasolinera. Soy mecánico.
–Comprendo.
–Earl lo pasó mal.
–Sé que le hirieron gravemente en la guerra. Le llevó años recuperarse.
–Verá, creo que nunca lo logró del todo.
–Es una bendición que su sufrimiento haya terminado. El asunto que trataremos hoy aquí es breve y simple. Si conocía a Earl tan bien como afirma, no le sorprenderá saber que manejaba sus asuntos con suma precisión.
Bernie esbozó una sonrisa.
–Tengo aquí su testamento. Se lo ha dejado todo.
Bernie no pudo articular palabra durante unos instantes. – ¿Perdone?
–Es su único heredero. No corra a mudarse a Westchester, no hay mucho, aparte de la gasolinera y unos pocos bonos del Tesoro.
–Yo creía… ¿No tenía más familia?
–Tenía una hermana. – ¿Dónde está?
–Fue asesinada. Hubo un robo en la gasolinera; algún matón vaciaba la caja y ella se cruzó en su camino.
Pasó hace mucho tiempo, hará unos veinticinco años.
La muchacha no tendría más que doce o trece años.
Bernie recordó nuevamente las vívidas impresiones de aquel día y se le llenaron los ojos de lágrimas involuntarias. Consiguió incluso distinguir a un joven policía entre la multitud que podría haber sido…
–Por lo que sé, Earl acababa de unirse a la policía.
Ese día tuvo que hacer doble turno, cuando normalmente habría estado en la gasolinera. Un asunto terrible. Nunca encontraron al asesino. La familia no lo superó jamás. Al cabo de dos años, el padre de Earl murió de un infarto.
Su esposa lo siguió un año después.
Hay quien dice que ella se suicidó. ¿Nunca le contó nada de eso?
–No, señor. Nunca lo hizo.
–Bueno, no era un hombre fácil de conocer -dijo Meyer, comprensivo ante la emoción que mostraba Bernie. Bernie se serenó antes de volver a hablar:
–No se imagina lo que hizo allí. Nadie sabe lo que Earl hizo, mucho más que cualquier hombre que conozco. ¿Le contó alguna vez lo que pasó?
–No. Y nunca se lo pregunté. Ni tampoco, cuando formalizaba este documento, y esto resulta algo extraño, encontré mención alguna de su hoja de servicio, Bernie.
Ni cuándo se alistó o se licenció usted. En la Administración de Veteranos no consta nada. – Dejó que aquella información calase antes de proseguir con sus notas-. Sí conseguí verificar que su familia vivía en Park Slope, como usted dice. ¿Luego parece que se mudaron durante cierto tiempo, en el año 38? Ocho años después, vuelve al barrio. Solo. Vive en un apartamento de una habitación. Soltero. Ni rastro de su familia.
Meyer pareció esperar una explicación, pero cuando ésta no llegó tampoco mostró decepción alguna.
–Los hechos son que Earl Grannit respondió por usted; y hasta ahí llega mi curiosidad. Tiene que firmar aquí. Y aquí.
Meyer dispuso dos copias del testamento ante él y le ofreció una pluma.
–Le debo la vida -empezó a decir Bernie.
–Por favor, no se sienta obligado a decir más. Es evidente que Earl también tenía sus razones.
Bernie firmó los documentos. Meyer los reunió con gesto experimentado y le acompañó hasta la puerta.
–De todos modos, uno espera que eso sea lo que hayamos aprendido de lo que sucedió allí; en aquellos negros momentos.
Meyer le miró por encima de las gafas; más allá del trato agradable, Bernie se preguntó cuánto sabía exactamente aquel hombre. – ¿A qué se refiere, señor?
–Por qué luchamos, y contra qué.
–Sí, señor.
–No todos los héroes regresan a casa con una medalla.
Se dieron la mano y Bernie salió a la tranquila calle arbolada. El viento era frío, las hojas empezaban a cambiar de tonalidad y regresó andando todo el camino hasta Park Slope.
Epílogo El 19 de mayo de 1945, cerca de Salzburgo, Austria, donde había conducido sus comandos hacia los Alpes p a r a f o r m a r u n a ú l t i m a d e f e n s a, e l Oberstürmbannführer Otto Skorzeny se entregó a las fuerzas estadounidenses. La noticia de la rendición del «hombre más peligroso de Europa» causó sensación en todo el continente, Estados Unidos y el resto del mundo.
Cuando el general Eisenhower supo de la captura, envió a su jefe personal de seguridad para que se entrevistase con él y ordenó que un equipo de filmación del Contraespionaje del ejército registrara el interrogatorio.
Eisenhower revisó personalmente las imágenes resultantes, pero su reacción nunca se hizo pública.
Skorzeny pasaría los siguientes dos años en campos de prisioneros de guerra, primero en Nuremberg y luego en Dachau, a la espera de ser juzgado por crímenes de guerra. Aunque en los relatos periodísticos se le describió universalmente como «el hombre que intentó matar a Eisenhower», Skorzeny apaciguó hábilmente el alcance de las acusaciones a través de la prensa de habla inglesa. Encantador e imponente, sin duda el más carismático de los supervivientes de la jerarquía nazi, afirmó en decenas de entrevistas que nunca había intentado seriamente matar al comandante aliado, añadiendo, con una sonrisa maliciosa, que, de haberlo hecho, «nadie se habría quedado con la duda de cuáles eran mis intenciones».
Pese a trabajar de forma incesante durante dos años, los oficiales de las fuerzas aliadas no lograron descubrir ninguna orden escrita ni testigos oculares que testificaran la participación directa de Skorzeny en el complot para matar a Eisenhower. Skorzeny había recibido órdenes directas de Hitler y se había asegurado de no dejar ningún rastro escrito tras él. Los otros hombres con conocimiento directo del Segundo Objetivo habían muerto en combate o habían sido ejecutados por pelotones americanos. Sólo el interrogatorio del desafortunado Karl Heinz Schmidt y otros pocos testificaban su existencia, pero tales archivos perm anecerían clasificados por el Contraespionaje del ejército durante los siguientes cincuenta años.
El motivo era que, mientras se hallaba bajo custodia, tras semanas de infructuosos interrogatorios sobre la Operación Greif, Skorzeny recibió la visita del legendario Bill Donovan, jefe de la Oficina de Servicios Estratégicos, la predecesora de la CIA, que ocupaba el mismo cargo que Skorzeny en el bando americano.
Donovan reconoció en Skorzeny un alma gemela y, pese a no conservarse registros de sus discusiones, parece que éstas fueron afables y de gran alcance. Lo que ambos compartían, además del gusto por las artes del espionaje, era un serio temor hacia la Unión Soviética y sus planes respecto
a Europa Oriental. Poco después de su encuentro, se abandonó toda búsqueda de cargos contra Skorzeny en relación al intento de asesinato de Eisenhower. Durante cierto tiempo, los frustrados fiscales consideraron la posibilidad de incluir a Skorzeny entre los numerosos soldados y oficiales responsables de la masacre de tropas estadounidenses en las proximidades de Malmédy, pero la idea se desestimó debido a la evidente falta de pruebas.
Finalmente, en 1947 Skorzeny fue llevado ante un tribunal militar por una acusación menor: el despliegue de comandos alemanes disfrazados de soldados aliados durante la ofensiva de las Ardenas constituía un crimen de guerra. Periódicos de todo el mundo acudieron a cubrir el juicio. Con la ayuda de su tenaz abogado defensor, el teniente coronel Robert Durst, Skorzeny argumentó que ambos bandos de la guerra habían, en un momento u otro, usado la misma táctica. Si sus acciones se consideraban un crimen de guerra, todo esfuerzo aliado de características similares debía juzgarse del mismo modo. En el último momento, el abogado de Skorzeny llamó a un testigo sorpresa de la defensa, un condecorado héroe de guerra de la RAF que testificó que, durante la guerra, él y su unidad de comandos habían vestido uniformes alemanes en varias misiones. El tribunal absolvió a Skorzeny de todos los cargos. Posteriormente, un furioso y frustrado fiscal en jefe diría a la prensa: «Sigo pensando que Skorzeny es el hombre más peligroso de Europa.»
Aunque técnicamente libre, Skorzeny permaneció bajo custodia americana mientras se debatía qué hacer con él. Los intentos de extradición por parte de la Unión Soviética y Checoslovaquia, para que respondiera a los cargos de crímenes de guerra ante sus propios tribunales -y donde se enfrentaba a la ejecución segura-, enturbiaron el asunto. Mientras se debatía en los tribunales, Skorzeny fue transferido a un campo de detención alemán a principios de 1948. Al cabo de unos meses, con la ayuda de agentes de la recién formada Agencia Central de Inteligencia, tres antiguos oficiales de las SS entraron en el campo disfrazados de policías militares estadounidenses y presentaron documentos falsificados que autorizaban el traslado de Skorzeny a la vista que se celebraría en Nuremberg al día siguiente.
Los soldados americanos de servicio firmaron la liberación y Skorzeny salió de prisión custodiado por los falsos policías militares. Desapareció de inmediato.
Cuando descubrieron su ausencia y registraron su celda, los oficiales encontraron una carta de Skorzeny, dirigida al tribunal alemán, en la que explicaba sus acciones:
Señor Presidente: Tras la rendición del ejército alemán, yo, como soldado, que es todo lo que era, me entregué libremente confiando en la justicia de los vencedores, sin hacer esfuerzo alguno por evadir mi responsabilidad. A lo largo de dos años intenté limpiar y restaurar el honor de mi nombre ante el mundo. El tribunal militar americano de Dachau me absolvió de todas las acusaciones y con ello declaró al público que yo había actuado y luchado tan sólo como un soldado decente y que únicamente había cumplido con el deber hacia mi Patria.
Pese a esta liberación oficial, permanecí bajo arresto. Las autoridades de Estados Unidos me ofrecieron la opción de un campamento de desplazados o un campo de internamiento alemán. Elegí el último, con la esperanza de encontrar sólo justicia ante un tribunal alemán y tras haberme preparado durante meses para tal proceso. No obstante, no permitiré que me sometan a una decisión sesgada por influencias externas, perdiendo así el honor que me fue restablecido por el tribunal norteamericano. Por estas razones, me retiro del proceso judicial alemán. Si se me ofrece la oportunidad de presentarme ante un tribunal alemán que sólo responda ante la ley y que tenga la fuerza suficiente para resistirse al odio ejercido por fuentes externas, con la dignidad que merece la tradición judicial alemana, me pondré de inmediato a su disposición.
Como alemán que luchó por su país, al igual que todos los alemanes, sólo tengo un deseo: vivir con honor en mi Patria.
Atentamente,