Segundo objetivo
Capítulo 21
Poco después, el segundo de Skorzeny, el teniente coronel Hardieck, intentaba evitar el atasco tomando carreteras secundarias. Su jeep Willys pisó una mina en una pista forestal que los equipos de reconocimiento no habían limpiado. Hardieck, su chófer y su ayudante fallecieron al instante.
El coronel Skorzeny decidió tomar personalmente el mando de su brigada, pero las carreteras estaban tan congestionadas que se vio obligado a abandonar el jeep y caminar dieciséis kilómetros para alcanzar la vanguardia de sus tropas. Para entonces, el amanecer del 17 de diciembre, viendo imposible que sus tanques alcanzaran el río al anochecer, como estaba previsto, Skorzeny estuvo a punto de suspender la Operación Greif.
Sólo la alentadora información, proporcionada por sus comandos, de que los puentes del Mosa seguían sin defensa evitó que diese la orden.
Después de consultarlo con su Estado Mayor, decidió mantener el primer objetivo un día más.
La medianoche del 17 de diciembre, tras hablar con Von Leinsdorf por radio, los otros dos equipos de comandos por él reclutados para ejecutar el Segundo Objetivo cortaron la comunicación con el cuerpo de Skorzeny y se dirigieron al sur, hacia Francia. En el atardecer del 18 de diciembre, vestidos como una escuadra de policías militares, el equipo del Unterstürmführer de las SS Gerhard Bremer se hallaba a unos sesenta kilómetros al norte de la frontera francesa. Tras verse involucrados en un tiroteo, el equipo de William Sharper se vio obligado a pasar la noche en el sótano de una taberna abandonada. El retraso les puso dos horas por detrás de Bremer, cuando aquella mañana emprendieron nuevamente la marcha hacia el sur.
Ninguno de ellos sabía que habían arrestado al equipo del teniente Karl Schmidt, que éste había confesado y que la alerta se extendía entre las tropas norteamericanas.
21
Río Lomme, Bélgica 18 de diciembre, 11:00 horas Bernie aminoró la marcha cuando se acercaron al campamento de un batallón americano situado treinta kilómetros al oeste de Bastogne. Los puestos de seguridad avanzados estaban desiertos, las puertas exteriores estaban abiertas de par en par y el campamento parecía abandonado; habían dejado el vivac y los puestos de artillería del batallón. La vanguardia alemana todavía no había llegado hasta allí, pero el fuego de artillería que se oía en el sudeste sugería que se acercaba rápidamente. Los dos hombres registraron las tiendas en medio de un silencio sobrecogedor, en busca de raciones de alimentos y suministros.
L o s a m e r ic a n o s s e h ab ía n m a rc h a d o precipitadamente. En las mesas de la cantina había numerosos desayunos sin comer y en los hornillos aún humeaban los botes de café caliente y las gachas de avena. Von Leinsdorf se sirvió café y una tostada y luego llenó una mochila con raciones de comida y medicamentos. En el exterior, exprimieron los pocos litros de gasolina que quedaban en el depósito del campamento y ataron cuatro barriles extra a la parte trasera del jeep, el suficiente combustible para internarse en Francia. Para cuando terminaron, ya se oían los tanques alemanes que avanzaban por detrás, a apenas un kilómetro de distancia.
Al poco de salir del campamento, se acercaron a un río donde divisaron una sección de ingenieros norteamericanos trabajando en el extremo más alejado de un antiguo puente de piedra. Bernie dirigió el jeep al acceso oriental y tuvo que frenar en seco cuando, de pronto, cuatro soldados aparecieron de entre los arbustos y les cerraron el paso, apuntándoles con sus fusiles. – ¿Cuál es la contraseña? – gritó el cabo al mando.
–Dios, casi me ha dado un ataque al corazón -replicó Bernie.
–La contraseña es «sello» -respondió Von Leinsdorf-. ¿Cuál es la respuesta?
–Pólvora -dijo el hombre.
–Incorrecto -declaró Von Leinsdorf.
Aquella respuesta pareció confundirles y deliberaron ruidosamente durante unos instantes.
–Un poco de rapidez, por favor. Llevamos despachos importantes -dijo Von Leinsdorf.
–Los alemanes nos pisan los talones -añadió Bernie.
–Calma, vaqueros. ¿Es «humo»?
–En efecto. Y ahora apartense de nuestro camino.
Otro de los soldados avanzó un paso para preguntar: -¿Cuál es la capital de Illinois?
–Springfield -respondió Bernie.
–Respuesta equivocada, registradlos.
Los otros soldados avanzaron hacia el jeep. Von Leinsdorf se puso en pie y desenfundó el arma. – ¡Es Springfield, joder! ¿Pero qué coño les pasa? –
gritó Bernie.
–La capital de Illinois es Chicago. – ¿Y quién dice eso? – preguntó Bernie.
–Él -dijo el cabo, señalando a uno de sus hombres. – ¿Y él es de Illinois?
Preguntaron al hombre, que negó con la cabeza.
–Es un puto imbécil; no es Chicago, sino Springfield -insistió Bernie.
Los soldados discutieron de manera acalorada entre ellos y no lograron tomar una decisión, pero tampoco salieron de la carretera.
–Maldita sea, no tenemos tiempo para esta mierda -dijo Von Leinsdorf-.
¿Nos están interrogando? Ni siquiera saben responder a la contraseña. ¿Qué demonios hacen aquí? ¿Es su campamento el que acabamos de pasar?
–Sí, señor, somos la última compañía que ha salido.
Tenemos órdenes de volar este puente. Esperamos que los alemanes aparezcan en cualquier momento.
–No me digas, Einstein. Acabo de decirte que nos pisan los talones -se burló Bernie.
–Podemos ayudarlos, somos ingenieros -propuso Von Leinsdorf.
–Eso no depende de nosotros, señor. Pregunte ahí -dijo el cabo, señalando el extremo más alejado del puente.
–Entonces apartense del puto camino -replicó Von Leinsdorf.
Finalmente los soldados se hicieron a un lado.
–Es Springfield, en serio, se lo digo por si alguien pasa por aquí y vuelven a preguntarlo -dijo Bernie.
Cuando llegaron al otro extremo del puente, Von Leinsdorf señaló tres vehículos aliados y le ordenó que se detuviera. – ¿Para qué demonios…?
–Porque te lo digo yo. Ven conmigo y mantén la boca cerrada.
Bernie siguió a Von Leinsdorf por un camino empinado que discurría entre la base del puente y la orilla del río. Media docena de ingenieros norteamericanos trabajaban abajo, plantando cargas de M85 y alargando las mechas hasta la orilla occidental por debajo de la arcada del puente. –
¿Cómo podemos ayudar? – gritó Von Leinsdorf. – ¿Son técnicos? –
preguntó el sargento al mando.
–Así es.
–Pueden montar las dos últimas cargas -dijo el sargento, señalando una pila de material de demolición amontonado contra la piedra.
Von Leinsdorf abrió una de las cajas y dio a Bernie dos mochilas de nueve kilos repletas de paquetes de cargas. Clavaron dos varas entre las piedras, en la base del terraplén, y colgaron las mochilas en ellas. Al otro lado del río, Bernie vio otras seis mochilas ensartadas bajo el puente, conectadas por mechas que volvían al extremo occidental. – ¿Qué hacemos aquí? – susurró Bernie.
–Dame el ensamblaje -dijo Von Leinsdorf.
Bernie vio que Von Leinsdorf parecía unir la pinza del cable del detonador a la carga de la mochila, pero en el último momento plegó el conector por debajo de la pinza con unos alicates, ocultándolo bajo un pliegue de lona.
Luego unió la mecha a la línea principal que se extendía hacia la orilla. –
¡Aquí vienen! – gritó uno de los soldados al otro lado del puente. Bernie se asomó por la arcada y miró hacia el oeste, pero estaba demasiado abajo para ver algo.
–Larguémonos de aquí -dijo.
–Calma, vaquero -replicó Von Leinsdorf, que siguió trabajando pausadamente.
Repitió el procedimiento con la segunda mochila.
Los otros ingenieros ya habían concluido su trabajo y pasaban los cables a medida que retrocedían a la orilla oriental. Von Leinsdorf tendió el suyo al sargento encargado de unir todas las conexiones. Bernie siguió a los ingenieros que subían por el camino y al mirar de nuevo el río vio una hilera de vehículos alemanes de reconocimiento que avanzaban por la carretera, a un kilómetro de distancia.
En lugar de conectar sus cables a la mecha principal, el sargento se detuvo a comprobar las conexiones de las mochilas. Von Leinsdorf, que había echado a andar detrás de Bernie, vaciló al ver que el hombre se detenía.
Indicó a Bernie que siguiera andando. Bernie advirtió que el sargento estaba a punto de descubrir los cables del detonador no conectados. Von Leinsdorf desenvainó el cuchillo y avanzó hacia el sargento con el arma pegada a la pierna. – ¡Vamos, sargento! ¡Están acercándose al puente! – gritó Bernie.
Al volverse, el sargento vio a Von Leinsdorf a tres metros de distancia con el cuchillo en la mano. El alemán siguió andando, intentando no parecer amenazador.
–Lo he comprobado todo dos veces, sargento.
–Deténgase donde está -ordenó el sargento.
El sargento apuntó a Von Leinsdorf con su pistola.
Éste se volvió hacia Bernie, esperando que reaccionase.
Bernie levantó su fusil muy despacio, sin saber a quién apuntar.
–Vienen los alemanes, sargento, ¿cuál es el problema? – preguntó Bernie.
–Suelte ese cuchillo, teniente. Ahora mismo -ordenó el sargento.
–Vamos, Brooklyn. ¿A qué esperas? – preguntó Von Leinsdorf, mirando hacia atrás.
–Contaré hasta tres y dispararé -dijo el sargento-.
Uno, dos…
Von Leinsdorf soltó el cuchillo y levantó las manos.
–Por Dios, ¿por qué está tan nervioso, sargento? ¿He jodido las conexiones?
Yo no…
–Dé media vuelta y empiece a andar. – ¿Brooklyn?
–Suelta el arma, muchacho, o dispararé. Hablo en serio.
Bernie bajó el fusil y lo sostuvo pegado al costado mientras avanzaba hacia ellos.
–Le hemos mentido, ¿está bien? No somos ingenieros, pasábamos con el jeep y vimos la situación.
Él no pretendía joderla, sólo intentábamos ayudar.
El sargento vaciló. Parpadeó, exhausto y ansioso, intentando decidirse.
–Por el amor de Dios, ¿qué va a hacer, disparar a uno de los suyos? –
preguntó Bernie-. ¿Con los jodidos alemanes encima de nosotros?
–Lo arreglaré si me indica cómo hacerlo -propuso Von Leinsdorf.
–He dicho que se quede donde está.
Bernie echó una rápida ojeada hacia atrás, a la carretera, donde los ingenieros estaban ocupados en conectar los cables de la carga al detonador.
–Se nos acaba el tiempo…
El silbido de un proyectil de tanque surcó el aire.
Estalló contra la superficie del puente, por encima de ellos, llenándolo todo de polvo. El impacto derribó al sargento contra la base del puente. Von Leinsdorf recogió el cuchillo y se abalanzó sobre él; sujetó el brazo del sargento que sostenía el arma y lo golpeó repetidamente contra la roca hasta
obligarle a soltar la pistola. Después alzó el cuchillo con la otra mano y se lo clavó en el pecho. Rodaron ambos hacia abajo, entre el barro, Von Leinsdorf tapándole la boca al sargento hasta que dejó de moverse.
Bernie apuntaba a la maraña de cuerpos, incapaz de obtener un blanco claro durante el forcejeo. Finalmente, la inmovilidad del sargento le ofreció una perspectiva clara de Von Leinsdorf. Su dedo se posó en el gatillo; era la segunda vez que lo tenía en el punto de mira.
«El modo en que cortó el cuello de ese fusilero en la cabaña.»
Bernie había buscado excusas al comportamiento de Von Leinsdorf después de que éste le salvara la vida. Se repetía que el teniente sólo había matado porque la guerra o su propia supervivencia así lo exigían.
Pero no ése. No el pobre muchacho aterrorizado en la cabaña.
«Primero tienes que averiguar cuál es la misión. Si lo matas ahora, habrá otros ahí fuera que intenten seguir adelante, sin que sepas cómo detenerlos.»
Von Leinsdorf alzó la vista del hombre muerto, vio el cañón apuntándole y la incertidumbre en la mirada de Bernie.
Levantó las manos mientras se ponía en pie, sin miedo, invitándole a que le disparase.
Otra bomba silbó en su dirección. Bernie dio media vuelta y corrió hacia la carretera, mientras Von Leinsdorf se lanzaba al suelo. El proyectil cayó a la izquierda del puente. Cubierto de polvo, pero indemne, el teniente alemán recuperó su cuchillo, cortó toda la línea de cables y echó a correr camino arriba.
La columna de tanques panzer avanzaba por la carretera desde el oeste. El resto de los soldados había retrocedido medio kilómetro y gritaban a los ingenieros que se apresurasen. Bernie encendió el motor de su jeep y puso
las ruedas en dirección contraria al puente. Se inició un fuego de armas ligeras. Las balas empezaron a silbar entre los ingenieros, que seguían conectando el detonador. – ¡Olvídenlo! ¡Fuera de aquí! – les gritó Bernie.
Vio a Von Leinsdorf saliendo a todo correr de debajo del puente, con el uniforme cubierto de polvo. – ¿Dónde está el sargento? – gritó a su vez uno de los ingenieros.
Bernie apretó el acelerador, mientras Von Leinsdorf saltaba al vehículo en marcha por uno de los lados. Se alejaban patinando cuando otro proyectil impactó en la carretera, detrás de ellos. El resto de los norteamericanos se dispersó en todas direcciones.
Bernie miró fugazmente a su espalda, hacia donde el último ingeniero bajaba el émbolo del detonador.
Cuando nada sucedió en el puente y un segundo proyectil aterrizó junto a ellos, los ingenieros siguieron a los fusileros que huían entre los árboles.
Bernie dobló la curva derrapando y dio gas, desesperado por alejarse del puente.
Von Leinsdorf se dejó caer en el asiento del copiloto, a su lado. Le temblaba todo el cuerpo. – ¿Qué te pasa, estás herido? – preguntó Bernie.
Von Leinsdorf se volvió hacia él y Bernie vio que estaba riendo. – ¿Qué es tan divertido? – ¿Por qué no le has disparado cuando tenías la oportunidad?
– ¿De qué coño hablas? Te estaba apuntando todo el tiempo con una pistola.
–Te he salvado la vida, lo mínimo que podías hacer era devolverme el favor…
–No tenía un blanco claro. Dios, ¿qué se suponía que debía hacer? No tendríamos que haber parado, para empezar.
–Mantener ese puente abierto puede ser un factor determinante para toda la ofensiva. ¿No se te había ocurrido? – preguntó Von Leinsdorf, sacando un
cigarrillo.
–Como si me importara una mierda.
Von Leinsdorf le fulminó con la mirada, antes de desenfundar su pistola y apuntarle en la cabeza.
–Para a un lado. Sal de la carretera y para ahora mismo.
Bernie hizo lo que se le ordenaba. Dobló por el primer camino que encontró, que quedaba oculto desde la carretera por una densa arboleda.
Leinsdorf le indicó que se detuviera junto a las ruinas de una antigua iglesia rural. Bernie mantuvo ambas manos en el volante y los ojos en la carretera.
–Lo siento. No quería decir eso. – ¿Tienes problemas para disparar a un americano, Bernie? Antes de continuar: ¿De verdad eres un soldado alemán?
–También podría haberte disparado a ti -musitó Bernie, mirando la pistola de reojo-. ¿No se te ha ocurrido?
–Oh, ya. ¿Y qué habrías hecho después? ¿Cuánto crees que hubieras durado en la sala de interrogatorios de Contraespionaje? ¿Qué historia triste les contarías, Brooklyn? ¿Que este nazi disfrazado de americano te había tomado como rehén y te había obligado a conducir por toda Bélgica? Hasta ahí ningún problema de credibilidad… Pero díganos, soldado, ¿cómo explica estos documentos falsificados y los uniformes alemanes que hay en el jeep?
–Está bien, ya he captado el razonamiento.
–El razonamiento es que te harían cantar en menos de una hora. Delatarías hasta a tu madre. No tienes agallas. – Von Leinsdorf parecía asqueado-. Sal del coche.
–Dijiste que necesitabas mi ayuda, no puedes hacer esto sin mí…
–Sal ahora mismo.
–Oye, baja el arma, ¿de acuerdo?
–Retira las manos del volante.
Bernie mantuvo la cabeza baja y se aferró al volante hasta que sus nudillos se volvieron blancos. – ¿Sólo porque no he matado a ese tío? Los otros soldados habrían oído el disparo. ¿Y si venían a por nosotros? Tenían a diez hombres ahí arriba, no había tiempo, los panzer se nos echaban encima.
Hice lo que consideré mejor.
Von Leinsdorf pareció dudar. Tras ellos se oía fuego pesado. Los alemanes habían cruzado el puente.
–No pedí estar aquí. No he pedido nada de esto. Ni siquiera sé lo que estamos haciendo -dijo Bernie.
Bernie miró de reojo y apenas reconoció a aquel hombre. La máscara de persona civilizada había desaparecido. Lo que vio en su lugar era algo frío, duro y despreciativo.
–Estoy harto de tus excusas. Sal del coche. – ¿Por qué?
–Porque no quiero mancharlo de sangre.
Bernie se apeó y se apartó del coche caminando hacia atrás. Von Leinsdorf le siguió con la pistola alzada hasta el pequeño cementerio de la iglesia. Las bombas caídas entre las viejas lápidas habían levantado el suelo y dispersado fragmentos de restos humanos y ataúdes comidos por los gusanos.
–Intenta apreciar el soberbio grado de tu insignificancia. Estás aquí porque un político pronunció un discurso y otro agitó su sable; así es como hombrecillos como tú acaban luchando en sus guerras.
–No tiene nada que ver conmigo.
Von Leinsdorf le empujó para que avanzase.
–No importa lo que opines al respecto, ni tampoco lo que opines de cualquier otra cosa. Esto es un negocio y el negocio de la guerra es matar.
Es un trabajo, como hornear pan o la carpintería… -¿Es eso lo que te han enseñado en Dachau?
–No tuvieron que enseñarme nada. Lo aprendes por ti mismo o no puedes seguir adelante. A estas alturas ya deberías saberlo. Ésa es la lección.
Bernie retrocedía; su teniente avanzaba directamente hacia él. – ¿Qué lección?
–Que no tiene importancia. – Von Leinsdorf enroscó el silenciador al cañón de la pistola-. Valoras tanto tu lamentable e insignificante vida… Dime,
¿por qué? ¿Qué has hecho con ella hasta ahora? ¿Qué hay en ella que merezca ser salvado?
–No lo sé. Yo sólo soy yo. – ¿Y cómo puedes saber quién es ése? Yo también me crié en dos países, pero nunca lo olvidé. Tú has estado demasiado ocupado escondiéndote toda tu vida, haciéndote invisible, convirtiéndote en un don nadie, para que nadie advirtiera tu presencia.
Porque sientes vergüenza de lo que eres.
Bernie se quedó sin respuesta. Ni siquiera pudo presentar razonamiento alguno; le ardía el rostro por las dolorosas verdades que aquel hombre había descubierto de él.
–Nada de eso importa. Eso es lo que no sabes. No tienes idea de lo barata que es la vida. No tienes ni la menor idea. De lo que descubres cuando llegas al fondo.
No hay honor, ni dignidad, ni moralidad, ni espíritu.
Sólo sangre y carne. La vida es una mierda. Una mierda.
Von Leinsdorf se inclinó hasta quedar a tan sólo unos centímetros de la cara de Bernie, un rostro perturbado y esquelético por debajo de los rasgos agraciados. Bernie cayó de rodillas en el osario, junto a unos huesos dispersos.
–Este mal llamado «don» que tan valioso consideras no es más que un reflejo, un insecto que se arruga al menor movimiento. No hay majestad alguna en él. Puedes desmontar a un ser humano tan fácilmente como a un reloj. En el campo de Dachau trabajaba con un médico, el doctor Rasher;
¿te suena el nombre?
Bernie negó con la cabeza.
–Organizaba nuestra investigación. Identificaba lo que podíamos aprender de esos sujetos. Cómo reaccionan al calor, al frío, a la presión y al dolor, a las heridas y a la pérdida de sangre. Es asombroso lo poco que se resistían.
Se entregaban, eso es lo que aprendí: matar es lo más fácil del mundo.
Rozó la oreja de Bernie con la pistola y éste dio un respingo.
–Y los judíos estaban agradecidos por ello. Porque, a cierto nivel, son conscientes del mal que arrastran. Lo judío es una infección. Un virus genético. Una vez entra en el flujo sanguíneo de una sociedad, o de un individuo, el único remedio es la erradicación. Ésta es nuestra contribución eterna a la ciencia. Hemos encontrado la cura.
Von Leinsdorf se arrodilló junto a Bernie y le sujetó de la barbilla. ¿Crees que tus manos están limpias? Tu padre trabaja para IG Farben. Ellos producen el gas que utilizamos para matarlos. A todos, Bernie. Los estamos matando a todos.
Bernie estaba paralizado. Apenas podía respirar.
–Yo no soy distinto. Simplemente he tenido la ventaja de verla muerte más de cerca. ¿Crees que valoro mi propia vida?
Von Leinsdorf se apuntó a la cabeza. – ¿Esta serie interminable de humillaciones y miserias? Acabaría con ella ahora mismo, si no tuviera esta misión. Y, si muero en servicio, al menos sabré que ha servido para algo superior a mí. ¿Puedes tú decir lo mismo?
–Cree en lo que te apetezca -dijo Bernie, tan tembloroso que apenas podía hablar-. No es asunto mío.
–Si no has aprendido la lección en ese sótano, no creo que lo hagas nunca.
Lo que viste ahí abajo era un juego de niños. Abre los ojos, muchacho.
Pronúnciate.
Esto es mucho más real que lo que la vida podrá ofrecerte jamás. No sobrevivirás otro día sin decidir quién eres o por qué asuntos vale la pena morir. – ¿Por qué hacerlo tu problema?
–Porque tengo que cargar contigo. – Von Leinsdorf llevó el cañón al pecho de Bernie-. ¿Qué voy a hacer si no? Si te mato ahora, nadie llorará tu muerte. Nadie se enterará siquiera. Los animales limpian tus huesos y algún día pasa un campesino y los arroja a esas tumbas.
Todo rastro de ti, todo recuerdo, habrá desaparecido.
Incluso tu familia olvidará. Como si nunca hubieras existido.
Bernie vio una desolada oscuridad en los ojos de Von Leinsdorf. Intentó serenar la voz y hacerlo regresar a la realidad.
–Dijiste que me necesitabas. Para completar la misión.
–La próxima vez que tengas la oportunidad de matarme, aprovéchala. Si eres capaz de llegar a matar a alguien.