Segundo objetivo

Mark Frost · Capítulo 44 de 47

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Segundo objetivo

Capítulo 36

gritaron.

Grannit esperó a que los policías militares se perdieran de vista. Luego se sacó una pistola extra del bolsillo y se la entregó a Bernie.

–A la mierda -dijo mientras empezaba a bajar la escalera-. Trae el mapa.

36

Palacio Trianón, Versalles 22 de diciembre, 4:30 horas El general Eisenhower despertó a las cuatro y media de la mañana tras una noche agitada. Se duchó, se vistió y bajó del apartamento que usaba como dormitorio al despacho. Su ordenanza le sirvió café mientras echaba una ojeada a los cables provenientes de las Ardenas que se habían acumulado durante la noche. Consultó su reloj; el contraataque del Tercer Ejército por el frente meridional de la ofensiva había empezado, pero pasarían horas antes de que los informes llegaran a su mesa. A las diez tenía programada una sesión informativa. Se asomó a la ventana para mirar la nieve que había caído a lo largo de la noche, preocupado por cuánta caería en Bélgica y si aquello dificultaría el avance de Patton.

Armado de una pluma y un cuaderno oficial, se dispuso a redactar la carta más importante que había escrito desde hacía semanas. La noche anterior, Eisenhower había anunciado su intención de emitir una Orden del Día, una prerrogativa de su cargo que no solía poner en práctica. Dirigida a cada uno de los soldados aliados de la escena europea, tenía como objetivo enviar un mensaje inspirador que elevase los ánimos en aquellos momentos cruciales.

Había solicitado a su Estado Mayor que preparase un borrador para aquella mañana; pero había pasado toda la noche en vela, consciente de que debía escribir personalmente una comunicación de tal importancia. Sin embargo, las palabras se le resistían. Eisenhower podía oír lo que quería expresar,

pero nada fluía.

Entonces vio en su mesa la orden, emitida durante la noche por el alto mando del Cuartel General Supremo de las Fuerzas Aliadas, que bajaba el nivel de amenaza de los comandos de Skorzeny. Buenas noticias. Pidió a su ordenanza el sombrero, la bufanda y el abrigo. Iba a salir. Después de pasar tres días acorralado en aquel reloj de cuco el siglo XVIII

, sabía que un paseo al amanecer por los jardines le aclararía las ideas.

Cuando la explosión atrajo a casi todo el equipo de seguridad al perímetro sur, Von Leinsdorf ya se había internado ochocientos metros en el recinto.

Bajo un manto de espesas nubes, la nieve que cubría el terreno realzaba las primeras trazas del amanecer y hacía que la luz pareciese emanar desde el suelo. La tormenta había cesado pero la niebla seguía confiriendo al ambiente una textura granulada, como si todo se viese a través de una gasa.

Von Leinsdorf avanzaba entre la hilera de árboles, siguiendo el margen de una gran masa rectangular de agua helada que se extendía a su izquierda.

Los bosques estaban desiertos, el aire inmóvil. Todo lo que oía era su propia respiración y el sonido afelpado de sus pisadas en la nieve. Había memorizado los mapas que Skorzeny le había entregado antes de iniciar la misión, pero la nieve había borrado todos los puntos de referencia de escasa altura y le resultaba difícil orientarse. Sabía que estaba bordeando el Gran Canal, pero sólo cuando alcanzó su intersección perpendicular con otro cuerpo de agua logró situarse en la cuadrícula que había concebido mentalmente.

Se detuvo en el extremo de una línea de árboles, dobles filas simétricas de hayas y tilos, y miró en ambas direcciones.

Los brazos del canal, una cruz majestuosa, se extendían en las cuatro direcciones hasta casi tocar el horizonte. Von Leinsdorf intuyó vagamente la silueta del palacio principal alzándose en una colina, kilómetro y medio a la derecha. Aquello implicaba que se dirigía al norte, hacia el palacio Trianón.

No se veía ni un alma.

Salió del abrigo de los árboles y cruzó el canal. Cuando se encontraba a medio camino, se detuvo en el hielo, repentinamente sobrecogido. Había alcanzado el centro geométrico del parque, donde el equilibrio perfecto y la majestuosidad de su arquitectura fluían a partir de aquel eje. Con una absoluta perfección formal, las líneas de todos los puntos del compás convergían en el punto donde él se encontraba. Pese a la urgencia de su misión, quedó maravillado por la inmaculada ordenación de espacio y ángulos, de tierra, agua y aire.

Tras la brutalidad y el caos de la última semana, su cabeza reverberaba armonía. El significado secreto que había detectado el día anterior, oculto en el diseño de los bulevares parisinos, se mostraba allí de forma más explícita. La precisión espiritual del paisaje se fundía en su mente con la convicción de que completaría la misión que se le había encomendado, y en aquel preciso instante supo que el destino le guiaría hasta el final.

Ocurriría aquí, a la vista del palacio donde, un cuarto de siglo antes, habían firmado el tratado que iniciaría la humillación lenta y prolongada de Alemania a manos de los Aliados y que pondría en movimiento la cadena de desastres que le habían traído a aquel lugar y aquel momento. Se respondería al insulto en su mismo origen. El sentido y la culminación formaban una unidad, incluso un único aliento; una exaltación que le elevaba el espíritu.

Los panzer marcharían sobre Amberes. Él completaría el Segundo Objetivo.

La muerte del comandante americano dividiría fatalmente la alianza aliada.

Siguió avanzando por la orilla norte del canal. Al abrigo de la línea de árboles, se detuvo a abrir el maletín. Las identificaciones que llevaba le

ayudarían a acercarse lo bastante al edificio para detonar el explosivo, pero estaba preparado por si surgía una mejor oportunidad. Encajó la culata de madera a la empuñadura del subfusil y luego acopló el silenciador y la mira telescópica al cañón. Deslizó el arma que acababa de montar en el bolsillo que había cosido en el frontal interior izquierdo del abrigo. Lo abrochó, recogió el maletín y siguió andando.

Bernie intentaba no perder de vista a Grannit mientras corrían por los jardines nevados, entre estanques circulares y extraños árboles cónicos, amplios escalones y fuentes heladas. La larga avenida que se extendía ante ellos conducía a lo que parecía ser un canal helado que se perdía en el horizonte. Atravesaron el terreno que separaba una densa arboleda de otro estanque circular vacío, de mayor tamaño. Una escultura asombrosa que representaba una criatura divina arrastrada por caballos salvajes emergía de entre la nieve en el centro. Cuando llegaron al extremo del canal, al otro lado del estanque, Grannit se detuvo. – ¿Dónde está el Trianón? – preguntó a Bernie cuando éste le alcanzó.

Bernie los situó rápidamente en el mapa, encontró el palacio y señaló el primero de dos caminos diagonales que partían del canal a la derecha, en un ángulo de cuarenta y cinco grados.

–Por allí. A poco menos de un kilómetro.

Grannit se volvió a mirar el punto donde había visto la explosión, calculando distancias y tiempo. Luego observó el canal; extrajo unos pequeños prismáticos del bolsillo y enfocó en aquella dirección.

En la prístina nieve, un único juego de huellas cruzaba el canal.

–Ve al Trianón tan rápido como puedas. Diles que él se acerca, ¡vamos!

Grannit desenfundó el arma y echó a correr por el segundo camino diagonal que discurría más cerca del canal. Bernie se mantuvo a su altura hasta que los caminos divergieron y él tomó el de la derecha.

Corrieron al mismo paso, con Bernie mirando ocasionalmente a la izquierda hasta que los árboles que se interponían se espesaron lo suficiente para dificultar su visión. Bernie tropezó en un pedazo de hielo y, cuando recuperó el equilibrio, Grannit ya había desaparecido.

Grannit corría por el camino simétrico con la respiración entrecortada y los pulmones ardiendo debido al aire helado. Se detuvo brevemente al cruzarse con otra vía en diagonal que llevaba de regreso al centro del agua. Miró en ambas direcciones antes de seguir adelante; al final del sendero ya se vislumbraba el extremo norte del Gran Canal.

Von Leinsdorf se detuvo en el bosque, cerca de la orilla septentrional. A cincuenta metros del final del canal, una serie de fuentes vacías se recortaban contra una suave pendiente, enmarcadas a ambos lados por escalinatas curvas que conducían a la terraza y los jardines elevados que se encontraban detrás del Trianón. Una figura solitaria paseaba por la nieve en los jardines de aquella terraza; entraba y salía del campo de visión debido a la línea intermitente de árboles y setos.

Von Leinsdorf soltó el maletín y extrajo el subfusil del interior del abrigo.

Sin perder de vista al hombre, siguió avanzando entre una pequeña arboleda, se dejó caer sobre una rodilla y enfocó por la mira telescópica.

Apareció la figura solitaria, con el rostro vuelto en la otra dirección. Un hombre de mediana edad con un gorro de oficial estadounidense, que caminaba con una leve cojera.

Grannit corrió hasta el final del sendero diagonal, donde alcanzaba el canal; vio que las huellas seguían hacia el norte y luego descubrió un maletín de piel en la nieve, miró dentro y supo quién lo había llevado hasta allí. Un movimiento en el campo nevado atrajo su atención a la derecha.

Un soldado con abrigo, arrodillado entre los matorrales, apuntaba la terraza septentrional con su fusil.

El oficial de la terraza se volvió y Von Leinsdorf vislumbró el rostro de

Eisenhower. Cuando apretó el gatillo y escuchó el sonido apagado del silenciador, sintió un latigazo en la parte posterior del muslo izquierdo y una sacudida de intenso dolor le hizo perder el equilibrio. Su bala, desviada, derramó la nieve acumulada en una rama a la derecha del general. En aquel momento paralizado en el tiempo, cuando el sonido de un tiro reverberó en el frío aire, Von Leinsdorf comprendió que le habían disparado desde atrás.

Al volverse, vio a un hombre que avanzaba hacia él, pistola en mano, y le disparó con el fusil. La bala impactó entre el cuello y el hombro izquierdo del hombre, derribándolo al suelo.

Bernie alcanzaba el final del sendero que llevaba al palacio Trianón y ya veía la alambrada y las defensas de artillería que rodeaban el edificio cuando oyó, a lo lejos y a su izquierda, un único disparo entre los árboles.

Se detuvo y miró en ambas direcciones: luego se volvió a la izquierda, por donde se había marchado Grannit, y siguió corriendo.

Cuando Von Leinsdorf volvió a mirar la terraza, el general había desaparecido detrás de los setos. Salió cojeando de la arboleda, hacia la escalinata y las fuentes que ascendían desde el canal. Al llegar al pie de la escalinata, oyó gritos provenientes de la terraza. A su izquierda, detrás de las fuentes vacías, vio un hueco y recordó algo agradable de su estudio de los mapas.

Grannit consiguió ponerse en pie. El brazo derecho le colgaba, inútil, a un lado; tenía la clavícula destrozada y el dolor se extendía por todo el brazo, el hombro y el cuello. Se inclinó con dificultad para recoger el arma con la mano izquierda y salió tambaleante tras Von Leinsdorf, siguiendo el rastro de sangre y pisadas que había dejado en la nieve. Al pie de la escalera,el rastro torcía a la izquierda, hacia unas fuentes vacías y una estrecha abertura de apenas un metro al pie de la pared trasera, donde el muro se encontraba con la base de la colina. Grannit avanzó hacia la abertura, se inclinó para mirar dentro y vio lisas paredes de ladrillo abajo. Se metió el arma en el cinturón y fue bajando por el hueco, agarrado al borde con una mano, hasta dejarse caer poco más de un metro, ahogando el grito de dolor que le produjo aterrizar en el suelo.

Se encontraba en un antiguo depósito de agua vacío, situado bajo las fuentes y terrazas. Una arcada baja se bifurcaba para crear el techo a partir de hileras de pilares cuadrados, manchados con las marcas del nivel del agua. Una distante fuente de luz iluminaba los cantos simétricos de los pilares que se extendían en ambas direcciones. El ambiente era gélido y estancado, como si nadie lo hubiese turbado desde hacía cien años.

Grannit desenfundó el arma y se incorporó, casi por completo, en el centro de la arcada. Aguzó el oído, pero sólo oyó una gotera constante y lejana. No vio sombras ni movimiento en ninguna dirección. Dejó el arma, encendió la pequeña linterna y la sostuvo entre los dientes antes de recuperar el arma del suelo.

El rastro de sangre continuaba ante él, en el liso suelo de piedra. El depósito se extendía hasta la oscuridad y parecía no tener fin. Grannit avanzó lentamente, siguiendo la sangre de pilar en pilar con la linterna. Notaba el brazo derecho muerto, como pendiente de una cuerda, y cada movimiento involuntario le producía un intenso dolor en todo el cuerpo que le cortaba la respiración. Siguió avanzando despacio, aproximándose cautelosamente al extremo de cada pilar antes de aventurarse a salir al descubierto.

Oyó pasos delante de él, en la oscuridad; luego un forcejeo, seguido de cerca por dos disparos atronadores y un gemido. Algo pesado cayó al suelo.

– ¡Lo tengo! – oyó que exclamaba una voz norteamericana-. ¡Tengo al hijo de puta!

El tenue haz de la linterna le permitió vislumbrar algo que se movía dos pilares por delante. Grannit se asomó, con la linterna en su mano sana, enfocó el rastro de sangre y lo siguió. Tenía la visión borrosa y no lograba enfocarla; sabía que estaba a punto de entrar en estado de shock. –

¡Necesito ayuda aquí abajo! Sigue vivo, ¡lo tengo!

Grannit vio las suelas de unas botas detrás del pilar.

Avanzó otro paso y vio al hombre del abrigo gimiendo de dolor, retorciéndose en el suelo en medio de un charco de sangre cada vez mayor.

De pie junto a Von Leinsdorf había un policía militar que apuntaba con su arma al cuerpo tendido en el suelo. – ¡Venid aquí, maldita sea! ¡Necesito ayuda!

Grannit se pasó el dorso de la mano por los ojos para intentar recuperar la visión. Sujetó la pistola con la mano izquierda, la sostuvo en la misma dirección que la linterna y avanzó con el cañón alzado. Parecía que a Von Leinsdorf le habían disparado en la cara; estaba cubierto de sangre y se llevaba las manos a la cabeza con movimientos frenéticos, entre gemidos de dolor. – ¡No vuelvas a moverte, joder! – exclamó el policía militar, apuntando a Von Leinsdorf. – ¿Dónde le has dado? – preguntó Grannit.

–Cabeza y cuello, creo. Yo patrullaba por ahí abajo -dijo el policía militar, señalando al fondo en tinieblas-. Hay una puerta que conecta con el sótano; he oído el disparo fuera y he salido. Se me ha echado encima, por suerte he podido disparar. – ¿Está bien el general?

–Eso creo, me parece que lo tienen dentro. ¿Quién coño es este tipo? ¿Uno de esos alemanes?

–Así es -dijo Grannit, tambaleándose, mientras se apoyaba en un pilar.

–Dios, también estás herido. Vigílale, voy a buscar ayuda. ¿Dónde demonios están todos?

Grannit volvió a frotarse los ojos. Creía haber visto sangre en la pierna izquierda del policía militar, cuando éste se había vuelto hacia la puerta del fondo.

–Espera.

–Vamos, estás herido… -¿Quién es el exterior central de los Dodgers? –

preguntó Grannit. – ¿Me tomas el pelo, joder?

–Contesta a la pregunta.

–Joe DiMaggio.

Grannit apretó el gatillo. Von Leinsdorf se echó al suelo y disparó tres veces su 45, que atronó en el espacio cerrado. La primera bala acertó a Grannit por encima de la cadera. El brazo sano se preparó para frenar la caída y el codo se rompió al golpearse contra el suelo. El arma y la linterna resbalaron a escasa distancia de su mano.

Von Leinsdorf dio un paso hacia la luz, sosteniendo el Colt con ambas manos. El disparo de Grannit le había rozado las costillas. Se palpó la sangre, como si evaluase la herida, mientras avanzaba lentamente hacia el policía, observándole con una mezcla de ira y curiosidad. Grannit intentó alargar el brazo izquierdo hacia el arma, pero no le respondían las piernas y la zona por debajo de la cadera resbalaba debido a la sangre, lo que impedía cualquier forma de tracción. Von Leinsdorf se detuvo a menos de un metro de distancia. – ¿Qué quieres? ¿Qué quieres? – preguntó.

Grannit no respondió, pero tampoco apartó la mirada.

Von Leinsdorf alzó el arma para dispararle a quemarropa cuando una serie de disparos ensordecedores, fundidos en una única ráfaga continuada, atronaron en el depósito.

Bernie vació el cargador a medida que avanzaba con paso firme hacia Von Leinsdorf. Cada disparó le dio de lleno en la espalda. El alemán se tambaleó hacia delante, giró a la derecha mientras soltaba el arma, intentó sujetarse a un pilar y luego se deslizó de lado hasta el suelo. Alzó la vista y miró a Bernie con incredulidad. Bernie le aguantó la mirada sin parpadear, le apuntó a la cabeza y el gatillo volvió a sonar, el cargador vacío. Fue entonces cuando la luz oscura de los ojos de Von Leinsdorf se apagó por fin.

Bernie arrojó el arma y se arrodilló junto a Grannit.

No le gustó lo que vio.

–Ya vienen. Se pondrá bien. Estarán aquí muy pronto. – ¿Cómo está el otro? – preguntó Grannit, indicando con un gesto al hombre del abrigo.

Bernie fue a comprobarlo. Era un joven policía militar.

–Ha muerto.

–Vete de aquí, antes de que te encuentren.

–No pienso dejarle.

–Vamos…

–Olvídelo. Olvídelo. No le dejaré solo.

Grannit cerró los ojos, esforzándose por respirar.

Entonces oyeron gritos y pasos en el fondo del depósito, voces que atronaban en la piedra. Grannit se señaló el bolsillo izquierdo de la chaqueta.

–Aquí. Aquí dentro.

Bernie le ayudó a alcanzar el interior del bolsillo y sacaron las placas de identificación de Ole Carlson.

Grannit las puso en la mano de Bernie, mantuvo la suya encima y apretó con fuerza.

–Estás conmigo, Bernie -dijo Grannit, a punto de desvanecerse-. Diles que eres mi compañero. Que vinimos aquí juntos. Hemos acabado el trabajo.

Les dices eso.

–De acuerdo.

–Él ha dejado un maletín junto al agua. Asegúrate de llegar antes que nadie.