Segundo objetivo

Mark Frost · Capítulo 32 de 47

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Segundo objetivo

Capítulo 27

–Eso creo. Nunca imaginé que un policía militar…

Con la mirada perdida, Carlson empezó a irse. – ¿Qué policía militar?

¿Quién? – Negó con la cabeza al soldado-. Morfina no. Aún no. Quédate conmigo, Ole. Quédate conmigo.

Ole volvió a enfocar la vista.

–Esos pases… quería decirte… de esos pases…

Carlson echó sangre por la boca. Sosteniéndole la nuca, Grannit la limpió con un pañuelo.

–No hables ahora.

–Me parece que no han visto el error… Los alemanes… siempre creen hacerlo todo mejor…

Grannit indicó al muchacho que inyectara la morfina. Éste se inclinó sobre Carlson. En un instante de lucidez, los ojos de Ole se cruzaron con los de Grannit y le apretó la mano; luego la aflojó. Había muerto.

27

Reims 19 de diciembre, 21:20 horas La jeringuilla se rompió al caer al suelo. Bernie bajó la cabeza y se tapó los ojos, conteniéndose para no llorar.

– ¿Le conoces? – preguntó Grannit-. ¿Le conoces?

Bernie negó con la cabeza. Grannit alzó la vista.

Detrás de ellos había una puerta abierta que daba a un callejón. – ¿Has visto

algo, soldado? ¿De qué hablaba Ole?

–No estoy seguro de lo que he visto -dijo Bernie. – ¿Había alguien aquí, con él? ¿Un policía militar? ¿Otra persona? ¿Dos hombres, tal vez?

–Sí, eso creo. – ¿Por dónde se han ido, por esa puerta?

–He oído que la puerta se cerraba. – ¿Eres médico?

–No, señor.

Grannit se guardó las placas de identificación de Carlson en el bolsillo.

–Ven conmigo -dijo a Bernie, echando a andar hacia la puerta. – ¿Y él?

–No hay nada que podamos hacer por él ahora.

Vamos.

Salieron al callejón. Grannit llevaba el arma desenfundada; miró en ambas direcciones y señaló hacia la izquierda.

–Ve por allí, da la vuelta a la manzana, nos encontraremos de nuevo aquí. Si ves algo, grita.

Grannit salió corriendo hacia la derecha. Bernie anduvo callejón abajo como un sonámbulo y la cabeza más espesa que la niebla.

Conocía a ese hombre. Ahora lo recordaba. Les había perseguido en el hospital y luego en motocicleta.

No creía que él le hubiese reconocido. Al menos, no de momento.

Bernie llegó al final del callejón y miró en ambas direcciones. La visibilidad se reducía a veinte metros. Ni rastro de Von Leinsdorf. ¿Debía regresar, como le había ordenado el oficial, o seguir andando? La oscuridad

era una gran tentación, al menos le brindaba una oportunidad: ahora que se había librado de los alemanes, podía desaparecer en la noche. En aquellos momentos todos buscaban a Von Leinsdorf. No obstante, en cuanto volviese al cine, los policías militares se le echarían encima. Luego vendrían las preguntas que no podía responder y el pelotón de fusilamiento, tal y como Von Leinsdorf había predicho.

Podía usar el piso de la joven muerta, al menos aquella noche. Encontrar un mapa, averiguar cómo salir de la ciudad. ¿Pero para qué? ¿Para ir adónde?

Su vida en Alemania había terminado, incluso aunque sus padres siguieran con vida. No podría poner un pie allí, después de lo que Von Leinsdorf le había contado de los campos de exterminio. Había oído rumores y había estado en contacto con nazis el tiempo suficiente para saberlos capaces de aquello. Von Leinsdorf sólo le confirmó algo que había temido durante años.

Le embargó una gran sensación de vergüenza. Las pequeñas acciones impulsivas que había llevado a cabo en Berlín le parecían lamentables e inadecuadas. Podría haber hecho más, intentar enfrentarse verdaderamente a ellos pero, en última instancia, lo único en que había pensado era en su propia supervivencia. Cuando se enfrentara a la muerte, viniera cuando viniese, ¿cómo afectaría aquello a su alma inmortal? Si había fallado de una forma tan miserable, ¿qué más daba vivir o morir?

Llegó entonces al meollo del asunto: ¿Tenía Von Leinsdorf razón? ¿Nada de aquello importaba? ¿Cómo podría, en lo que le quedaba de vida, compensar todo en lo que había fallado, si no tomaba partido de una vez?

Divisó algo en un rincón del callejón y fue a recogerlo. Un brazalete de policía militar. Al lado, un casco y una porra arrojados a un cubo de basura.

Habían huido por allí, Von Leinsdorf y el otro hombre, después de salir del cine. Bernie miró calle abajo. El piso de la joven estaba en aquella dirección. Era allí donde Von Leinsdorf iría en primer lugar.

«Para encargarse de mí. Otro cabo suelto. A menos que yo me encargue de

él primero.»

Oyó silbatos de policías militares en las proximidades, pasos que corrían por otra calle. Tenía lugar una persecución y Bernie recordó: «También me buscan a mí.»

Corrió de nuevo hacia el cine y se encontró con el oficial estadounidense al doblar la esquina. Le mostró el brazalete y le indicó dónde lo había encontrado. Bernie observó al oficial mientras éste examinaba los otros objetos.

–Creo saber quién ha hecho esto -dijo Bernie.

–Hemos matado a ese hombre en la sala -respondió Grannit.

–No, señor. Creo que ha sido otra persona. Un policía militar. Le he seguido hasta el cine. – ¿Por qué?

–Le he visto antes, esta misma noche. Ha herido a una joven. – ¿Dónde?

–Los he visto en la ventana de un apartamento, mientras yo paseaba por la calle. No estoy seguro, pero puede que la haya matado. No sabía qué hacer, así que he esperado abajo. Él ha salido poco después. – ¿Adónde te dirigías? – ¿Yo? Iba al cine. – ¿Por qué no se lo has dicho a ningún policía militar?

–Le he visto entrar, luego lo he perdido en el vestíbulo.

Después he creído verlo de nuevo, se iba detrás de la pantalla. Por eso lo he seguido hasta aquí.

Grannit se lo quedó mirando. Bernie no sabía si le creía o no.

–Creo que tenemos que volver a ese apartamento -añadió Bernie.

–Llévame hasta allí.

–Es por aquí.

Grannit llamó a un operador de radio y los tres echaron a andar a paso ligero, con Bernie en la delantera. Grannit se pasó la mayor parte de trayecto hablando por radio, gritando órdenes al equipo que estaba en el cine. – ¿Cómo te llamas, soldado? – espetó a Bernie en cuanto se despegó de la radio.

–Bernie Oster, señor. – ¿Unidad? – 291° Batallón de Ingenieros. – ¿De dónde eres?

–De Brooklyn, señor. – ¿De qué barrio?

–Park Slope. – ¿Norte o sur?

Bernie lo miró, pero no logró descifrar la expresión de aquel rostro.

–Norte. – ¿Dónde vivías?

–En Union Street, entre la Sexta y la Séptima avenida. ¿Conoce Brooklyn, señor? – ¿En qué trabajaba tu padre?

–Trabajaba para Pfizer. Investigación y desarrollo.

Era químico. – ¿Era?

–Está jubilado. Aquí a la derecha.

Bernie le llevó hasta el portal de la joven. Grannit ordenó al operador que solicitara ayuda y que esperase en la calle. Forzó la cerradura y Bernie le condujo a la tercera planta.

La puerta estaba entreabierta. Grannit desenfundó el arma, indicó a Bernie que guardase silencio y escuchó, antes de abrirla puerta lentamente.

Todas las luces estaban apagadas. Bernie no recordaba si las había dejado así. Grannit se sacó una linterna del cinturón y Bernie observó desde la puerta cómo el haz de luz recorría la vivienda. De algún modo, antes de completar el recorrido, aquel hombre supo que el piso estaba vacío. Entró a encenderla luz de la sala.

–Quédate junto a la puerta. No toques nada.

Bernie avanzó un paso. Grannit fue directamente al dormitorio. Bernie le vio levantar la manta que cubría el cuerpo de la joven. Lo estudió unos instantes, luego lo cubrió de nuevo con la manta y examinó el resto de la habitación. Recogió del suelo el antiguo uniforme de Von Leinsdorf.

Estudió brevemente la chaqueta, arrancó algo del hombro y la dejó caer. El gato de la mujer muerta apareció de la nada y empezó a restregarse contra la pierna de Bernie, que dio un respingo e intentó apartarlo.

–Vete. Vete.

Grannit regresó a la sala, abrió la ventana y miró a la calle. – ¿Está muerta?

– preguntó Bernie.

Grannit avanzó directamente hacia Bernie, le agarró del cuello, le metió el cañón del arma bajo la barbilla y amartilló el gatillo. – ¿291º de Ingenieros?

–Eso es.

Grannit levantó la insignia que había arrancado del uniforme del dormitorio para que Bernie pudiese verla.

La misma unidad.

–No me has dicho que eran de la misma unidad.

–Supongo que no me di cuenta…

–No pudiste ver nada desde la calle, las cortinas estaban echadas. Tú

estabas aquí con él…

–No, sólo después, cuando ya la había matado -reconoció Bernie con voz temblorosa-. Él me hizo subir. – ¿Qué estás haciendo en Reims?

–Teníamos que entregar unos despachos…

–No me mientas, joder. Dime lo que quiero saber o esparciré tus sesos por la pared.

–Está bien, está bien… -¡Tu amigo acaba de matar a mi compañero, nazi de mierda!

Grannit lo sentó de un empujón y le apuntó con el arma. Convencido de que estaba a punto de morir, Bernie levantó las manos y cerró los ojos.

–Formas parte de la 150 Brigada Panzer. Tu oficial a es Otto Skorzeny.

Bernie abrió los ojos. Grannit se aproximó a él.

–Tu brigada tenía que tomar tres puentes del Mosa.

Tu jefe de escuadra te dio un segundo objetivo en Francia. Tengo a tres de tus colegas atrapados en el cine, dispuestos a identificarte. ¿Quieres rebatir todo eso?

Bernie negó con la cabeza. – ¿Cómo se llama tu amigo?

–Se llama Von Leinsdorf. Erich von Leinsdorf. Es teniente de las SS.

–Cruzaste nuestras líneas en Bélgica, cerca de Elsenborn, con él y otros dos hombres. Matasteis a tres soldados en la frontera.

–Él lo hizo. Él y uno de los nuestros, que resultó herido.Von Leinsdorf le disparó. – ¿Dónde dejasteis los cuerpos?

–Nos ordenó que los arrastráramos al bosque. Uno de sus hombres seguía con vida, un sargento, así que intenté ayudarle… -¿Cómo?

–Le di morfina. Puse sulfamida y vendaje de presión en las heridas. –

¿Hiciste eso? ¿Adónde fuisteis después?

–Pasamos la noche cerca de Butgenbach. El día siguiente reconocimos el puente… -¿Por qué estaban en ese hospital?

–Nuestro cuarto hombre estaba herido. Pasó un convoy americano y nos llevó allí.

–Donde Von Leinsdorf mató al sargento Mallory y a su propio hombre.

–Eso creo… -¿Eso crees? ¡Tú conducías el puto jeep!

–Nunca me contaba lo que iba a hacer, ni antes ni después. Nunca me contaba nada. – ¿Por qué vinisteis a Reims?

–Dijo que teníamos que reunirnos con las otras escuadras en ese cine. Es todo lo que sé. – ¿Por dónde han cruzado la frontera?

–Por las montañas, esta mañana. En un lugar llamado Pont-Colin. Mató a los guardias. Dejé un mensaje de alerta en la garita, yo intentaba detenerle…

Grannit le tendió una pluma y un pequeño bloc de notas.

–Escribe tu nombre. – ¿Cuál?

–El verdadero.

Bernie hizo lo que le pedía. Grannit recuperó el bloc y lo cotejó con un papel que se había sacado del bolsillo.

Luego le mostró la nota que había encontrado en Pont- Colin, con las

palabras «REIMS» y «CINE».

–Tú escribiste esto.

–Sí, señor. – ¿Por qué han entrado en Francia, cuál es su objetivo?

–No lo sé.

–No me mientas, maldita sea…

–No lo sé, lo juro por Dios, nunca me lo dijo. Si usted sabe algo, ya sabe más que yo. Hay un segundo objetivo, pero nunca me contó qué era… -¿Por qué?

–No confiaba en mí.

Grannit se acercó aún más y alzó la nota de nuevo. – ¿Por qué no confiaba en ti? ¿Por qué demonios escribiste esto?

–Porque soy norteamericano.

Grannit se lo quedó mirando fijamente. Oyeron numerosos vehículos que llegaban a toda velocidad.

Grannit se asomó a la ventana, se llevó dos dedos a los labios y emitió un silbido; luego hizo señas al operador de radio que esperaba en la calle.

«Es mi última oportunidad», pensó Bernie.

–Soy de Brooklyn, se lo juro. Nací allí, crecí allí. Mis padres son alemanes; emigraron a Nueva York y luego regresaron aquí hace seis años. Vivíamos en Frankfurt hasta que me reclutaron para el puto ejército. Reparaba coches en Berlín, nunca había entrado en combate, nunca he disparado a nadie; me metieron en esto porque hablo inglés. No nos dijeron de qué iba el asunto y mataron a todo el que no seguía el juego. Ni siquiera sabíamos adónde nos llevaban hasta que sucedió.

Grannit regresó a su lado. – ¿Qué barrio de Brooklyn?

–El norte de Park Slope, como le he dicho. Nací en el hospital de Brooklyn, en DeKalb. Fui a la escuela pública 109 de la avenida Snyder, tocando con Flatbush.

La señorita Quinn fue mi maestra de tercero. Tenía que empezar en el instituto Erasmus Hall cuando nos trasladamos. Mi mejor amigo era Jackie Waldstein, del lado sur; su padre trabajaba para la destilería Rheingold de Bushwick. Cada día jugábamos en los campos de béisbol de Prospect Park que había junto a la caseta de los botes. – ¿Dónde vivías?

–En el 375 de Union Street. Acera sur, cerca de la Sexta Avenida. Un edificio grande, de color blanco, dos plantas y un soportal tan ancho como la fachada. Nos sentábamos ahí las noches de verano para escuchar a Jack Benny y Fibber McGee. El sábado iba con mis colegas al cine Loews Palace, junto a Grand Army Plaza.

Sesiones matinales, todos los seriales, Red Ryder, Flash Gordon, cosas de críos. Tres veces a la semana bajaba en tranvía por Flatbush hasta Ebbets Field. La entrada costaba un cuarto de dólar para las gradas descubiertas de la derecha. Tallé mi puto nombre en una de las sillas con un cortaplumas. Si no teníamos dinero, miraba el partido a través del hueco que había en la puerta metálica del centro, a la derecha. Pillé una pelota nula de Cookie Lavagetto y me la firmó después del partido; mis padres todavía tienen la maldita pelota. Puedo nombrarle a todos los que alguna vez han jugado con los Dodgers.

–Pueden haberte enseñado todo eso -dijo Grannit, indeciso.

–Podrían, pero no lo hicieron; le juro que es verdad, lo he vivido.

Bernie oyó pasos que entraban en el edificio desde el portal. – ¿Dónde se come el mejor pastel de queso de Brooklyn? – ¿Pastel de queso? Junior's, en DeKalb con Flatbush; Jackie y yo solíamos ir ahí después de la escuela.

– ¿Dónde hacía la compra tu madre?

–Había una verdulería en la esquina de Polhemus con Garfield; mi madre iba casi a diario… -¿Cómo se llamaba?

–Solly; Verduras Solly. Había una Laundromat en la siguiente puerta, luego una tienda de reparación de radios, luego una cafetería; era de dos hermanos griegos, un nombre largo con muchas vocales. De camino al trabajo, mi padre solía comprarles ese dulce pegajoso, ¿cómo lo llaman, baklava?

–Había una confitería enfrente, al otro lado de la calle.

–La conozco, la conozco, Foppiano's, un anciano italiano muy amable, tenía un bigote enorme y siempre llevaba el mismo viejo suéter gris; lo guardaba todo en botes de cristal detrás del mostrador. Palitos de zarzaparrilla, chocolatinas Van Houten y esos pequeños regalices que se llamaban Cuervos negros… Allí era donde me compraba los cómics… y la tienda no estaba directamente enfrente, sino en diagonal.

–Cuéntame algo que pasó en esa calle. Algo que sólo pudiese saber alguien que vivía allí.

Bernie pensó frenéticamente.

–Cuando era pequeño… no sé, ¿tendría seis, siete años?… robaron en una gasolinera Esso. Dispararon a una chica, creo que era una adolescente. Lo recuerdo con mucha claridad; había policías por todas partes. Vi que la metían en una ambulancia y se la llevaban. Me impresionó mucho. Hubo sangre en la acera durante un par de días.

Parecía que a Grannit le habían abofeteado. Bernie supo que también lo recordaba. Los pasos ya se oían en el descansillo de la planta inferior. Los hombres llegarían a la vivienda en menos de un minuto.

–Usted es del barrio, ¿verdad? Es de Park Slope.

Grannit no habló, pero sus ojos lo confirmaron.

–Dios, usted sabe que digo la verdad, ¿qué más necesita oír?

–No sé qué más necesito oír.

–Por favor. Sé que no tiene que creerme, pero quiero ayudarle.

Esperó. Grannit simplemente se lo quedó mirando.

–Siento que él matara a su compañero; lo siento por todos los que ha matado. Pero no ha terminado y lo que queda será aún peor. Señor, tengo tantas razones como usted para quererlo muerto. Le conozco desde que se unió a la brigada; sé muchas cosas de él, sé cómo piensa. Si hay alguien en esta puta guerra que puede ayudar a detenerle, ése soy yo.

Grannit bajó el arma en el preciso instante en que tres policías militares entraban por la puerta.

–Miller ha estado aquí antes del cine -les dijo antes de señalar el dormitorio-. Mató a la mujer que vivía aquí, el cuerpo está ahí dentro.

Llamen a la policía. – ¿De verdad quiere que los gendarmes se involucren en esto? – preguntó un policía militar con escepticismo.

–Se quedaran aquí y se encargaran del asunto. Ha sido un alemán quien la ha matado, que les quede claro; es el mismo tipo que buscamos nosotros.

Un teniente de las SS, Erich von Leinsdorf. Viste como un soldado de Estados Unidos y es uno de los hombres de Skorzeny… que salga eso en la radio.

El policía militar miró a Bernie con extrañeza.

–Tenemos abajo a esos tres tipos, como nos pidió.

Los del cine. – ¿Alguno de ellos ha hablado?