Segundo objetivo
Capítulo XIX
en cuanto a las intenciones de los alemanes, el objetivo del ataque o a cómo iban a responder los Aliados.
Doblaron una curva y el puente de Amay, construido en el siglo XIX
, apareció por primera vez ante ellos.
Grannit ordenó a Carlson que detuviera el jeep.
Desplegó de nuevo el mapa y lo comparó con la escena que tenía delante.
–Es éste.
Carlson estiró el cuello para mirar. – ¿Crees que los alemanes ya están aquí?
–No lo sé, Ole. Sigamos y lo preguntaremos.
–Pero… ¿y si ya han tomado el puente?
–Entonces preguntaremos de una forma más sutil.
En la entrada oriental del puente había una sección de soldados a cargo de una batería antiaérea. Una única ametralladora calibre cincuenta y algunos sacos de arena completaban sus defensas, otro punto que concordaba con el mapa. Cuando llegaron al puente, Grannit hizo señas al sargento al mando, le mostró sus credenciales y preguntó qué órdenes había recibido desde que empezó la ofensiva.
–Mantenernos en alerta -respondió el sargento, con unamejilla hinchada por una bola de tabaco-.
Incrementar las patrullas. La compañía dijo que enviaban refuerzos, pero no hemos visto ni una escuadra. Creíamos que eran ustedes. – ¿Cómo se llama el nuevo vicepresidente? – preguntó Carlson. – ¿Qué?
–El nuevo vicepresidente. Su nombre. – ¿Por qué lo quieres saber?
–Sólo para saberlo -replicó Carlson, con la mano en la culata de su arma.
–Harry S. Truman, de mi estado natal, Misuri -dijo el sargento, escupiendo algo de tabaco-. ¿Qué leches te pasa, amigo?
–Creo que está bien, Earl -dijo Carlson.
–Gracias, Ole.
Grannit explicó al sargento lo que había sucedido en Malmédy. Otros hombres de la sección se acercaron para escuchar. Aunque Grannit no abundó en detalles, aquéllas eran las noticias más completas que oían desde el inicio del ataque. – ¿Qué apoyo tienen al otro lado del río? – quiso saber Grannit. – ¿Apoyo? Nada de nada. Se supone que todo tiene que estar delante de nosotros. Nosotros somos el apoyo, hermano. – ¿Entonces qué hay ahí atrás?
–Vacas, granjas y un montón de belgas cabreados. – ¿Adónde conduce esta carretera?
–Una vez que has cruzado, a unos veinticinco kilómetros al oeste se une a la carretera principal. De ahí a Bruselas hay sólo sesenta y cinco kilómetros y otros cincuenta a Amberes.
Grannit mostró al sargento el mapa trazado a mano. – ¿Se te ocurre en qué ángulo tendría que mirar el puente para dibujar esto?
–Desde esas lomas, lo más probable -dijo el sargento, señalando unas colinas bajas al este-. ¿De dónde han sacado esto?
Grannit hizo oídos sordos.
–Durante los últimos dos días, ¿han pasado por aquí jeeps con tipos que decían ser del 12º Ejército?
El sargento sondeó a su sección.
–No les suena, teniente. – ¿Saben cómo subir hasta ahí, muchachos? –
inquirió Grannit, mirando la colina que tenían detrás.
–Claro, patrullamos la zona continuamente -respondió el sargento, antes de ordenar a uno de sus hombres que se subiese al jeep con Grannit y Carlson-.
Duffy los llevará.
Tardaron diez minutos en alcanzar la cima por una empinada carretera en zigzag. Grannit se apeó y caminó a lo largo del risco hasta encontrar un claro entre los árboles que ofrecía una vista del puente. Cotejó con el mapa.
Los ángulos y las perspectivas encajaban a la perfección. Grannit hizo señas a Ole y al soldado.
–Sepárense y registren la zona.
A escasa distancia, Carlson encontró huellas de unas ruedas que se habían salido de la carretera. Las siguieron unos quince metros bosque adentro y, en un pequeño claro, encontraron los restos de un campamento; envoltorios de raciones de comida y algunas colillas mojadas. Grannit las examinó.
Lucky Strike. La marca que había encontrado en el control de Elsenborn, fumados hasta el final.
–Estuvieron aquí. Antes de que empezara el ataque.
Ése es el motivo de los uniformes americanos, por eso cruzaron las líneas.
Enviaron equipos para que reconocieran estos puentes sobre el terreno. –
¿Por qué?
–Porque es aquí donde se dirigen. Les importa un bledo Malmédy o Lieja o Spa…
–Earl…
–Ésta no es una cuestión de recuperar territorio o de entretenernos; van a cruzar el río y marchar directamente hacia la costa…
–Oye, Earl -interrumpió Carlson-. Viene un jeep por la carretera del río.
Carlson le tendió sus prismáticos de campaña.
Grannit los afianzó en el hombro de su compañero, encontró la carretera y luego distinguió un Willys, rumbo al sur, que reducía la velocidad a medida que se acercaba al puente.
Había cuatro hombres en el jeep.
Grannit corrió hacia el suyo, gritando a los otros que le siguieran.
Waimes, Bélgica 17 de diciembre, 16:30 horas El tráfico fue aminorando a medida que empezó a atardecer; ahora los vehículos alemanes pasaban en grupos y no en un flujo ininterrumpido. Bernie podía ver el reflejo de sus faros delanteros en un granero del extremo, inmediatamente antes de que torcieran a la derecha y saliesen de la aldea. Esperó a que el granero quedara a oscuras y luego salió corriendo de entre los árboles hacia la carretera. El granero volvió a iluminarse poco antes de que llegase a la calzada. Tenía diez segundos para cruzar la carretera y ocultarse en las sombras, detrás del granero.
El vehículo que se aproximaba dobló la esquina a gran velocidad, antes de que Bernie hubiera cruzado el centro de la calzada. Bernie se apresuró, salió
del otro carril y corrió hacia el granero. Los faros lo iluminaron brevemente en el preciso instante en que aplastaba la espalda contra la pared, pero el vehículo de reconocimiento alemán que le pasó por delante no vaciló.
Bernie recuperó el aliento y luego se arrastró por detrás del granero hacia la aldea.
Oyó pasos en la nieve y voces que hablaban en alemán a la vuelta de la esquina y se quedó paralizado.
Dos soldados caminaban alrededor del edificio, delante de él, con los fusiles al hombro. Bernie estaba a punto de salir a su encuentro y hablarles en alemán cuando vio en sus uniformes la insignia del doble rayo de las SS.
Entonces le asaltaron las imágenes de los tiradores en el prado. Se aplastó de nuevo contra la oscuridad y esperó a que se perdieran de vista.
Se deslizó cautelosamente por un callejón, bajo una luz cada vez más tenue, hasta que dio con la carnicería de Frau Escher. Tanteó la puerta trasera, pero estaba cerrada y dentro no había luz. Bernie rodeó uno de los lados hasta encontrar una ventana a nivel del suelo que daba al sótano. Se agachó, rompió el vidrio con el codo, apartó las esquirlas, introdujo el brazo para abrir la cerradura y alzó el marco. Se echó boca abajo para colarse marcha atrás por la abertura, tanteando con el pie hasta dar con el suelo del sótano.
Cuando alcanzó el piso, Bernie sacó su mechero, lo encendió y esperó a que sus ojos se adaptaran a la luz débil y vacilante. Estaba en un almacén de suelo sucio, con una pila de leña y un surtido de latas, cajas y herramientas amontonadas contra la pared. Se dirigió a la única puerta de la estancia, la abrió con sigilo y pasó a un corredor cubierto de linóleo sucio y mellado.
A la izquierda, un tramo de escalera sin barandilla conducía a la primera planta y terminaba en una puerta.
Frente a él, al fondo de la habitación donde se encontraba, había una segunda puerta. En la penumbra del sótano pudo distinguir al menos una tercera, posiblemente un armario. Empezó a subir la escalera, que crujió
sonoramente bajo sus pies. Estaba a punto de alcanzar la puerta de arriba cuando oyó que algo se movía abajo, en la habitación del fondo del pasillo.
Bernie de detuvo y escuchó, con la respiración contenida. Poco después oyó el ruido de nuevo. Un leve roce, alguna masa sustancial que cambiaba de posición en el suelo. Parecía pesada y con vida. Un animal, probablemente.
Quizá la carnicera guardase ganado vivo ahí abajo. Recordó la carcasa inidentificable que había visto antes, suspendida en el matadero de la mujer.
Intentó borrar aquella imagen de su mente mientras posaba la mano en el pomo de la puerta.
Un gemido grave y fúnebre, proveniente de la habitación de abajo, le provocó escalofríos.
Sobrecogido, Bernie se volvió hacia el sonido; la llama osciló en el aire y le quemó la mano. Soltó el mechero, que repiqueteó por el hueco de la escalera; la llama se apagó a medida que caía y el sótano se sumió en la oscuridad más absoluta.
El sonido de nuevo. Bernie comprendió que se había equivocado; no era un animal. Un sonido terrible, de dolor y desesperación… únicamente una voz humana podía expresar semejante sufrimiento.
Bernie se quedó inmóvil, intentando orientarse en la oscuridad. Se volvió con cuidado y alargó el brazo hacia delante, en dirección a la puerta que había en lo alto de la escalera. Localizó el pomo, lo giró. Cerrado. Se inclinó hacia delante y empujó con todo el peso de su cuerpo. La puerta parecía sólida e inflexible. No podría atacarla con éxito en la oscuridad.
Otro gemido lastimero de la habitación de abajo.
Pese al frío, se notó la frente empapada en sudor. Le temblaban las manos.
Temiendo perder el equilibrio, se sentó un escalón más abajo con la intención de tranquilizarse. ¿Quién estaba en aquella habitación? ¿La mujer, Frau Escher? Tal vez los SS la habían lastimado o, peor aún, la habían abandonado, moribunda, a su suerte.
Haciendo uso de pies y manos, se deslizó un peldaño abajo, después otro, hasta llegar al suelo. Tanteó a gatas, alrededor de la escalera y por detrás de los escalones, intentando visualizar el lugar donde había caído el encendedor. Avanzó por el suelo con las manos extendidas, para abarcar toda su superficie.
Una de sus manos entró en contacto con algo suave y carnoso. La retiró de inmediato, con un gruñido de asco. Se oyó otro gemido procedente de la habitación del final del pasillo. Mucho más intenso y próximo. En aquella oscuridad absoluta, fue como si el sonido le atravesara. ¿Qué había tocado?
Esperó, pero nada se movió hacia él. Extendió la mano de nuevo en otro ángulo; primero despacio, luego cada vez con mayor desesperación a medida que el miedo le atenazaba, hasta que su pulgar rozó algo metálico.
Lo persiguió con dedos frenéticos y finalmente se apoderó del encendedor.
Intentando dominar el pánico, probó a encenderlo una, dos veces, pero no logró chispa alguna.
Agitó el mechero, tomó aire, esperó y volvió a intentarlo. La llamita brotó y se mantuvo, un punto de luz en un océano de oscuridad.
La geografía del lugar se hizo nuevamente visible.
Bernie se volvió en todas direcciones hasta lograr fijar su posición, mientras sus ojos asimilaban toda la información en instantáneas.
La escalera. El breve pasillo. La puerta por la que había entrado desde el almacén. La segunda puerta al final del pasillo.
Debajo de la escalera, cerca de donde estaba agachado, una pila de huesos roídos y gastados.
Junto a ellos, el objeto que había rozado en la oscuridad: una mano humana.
Bernie retrocedió por el suelo, intentando alejarse de la cosa, hasta que dio de espaldas contra una pared.
El corazón le latía con fuerza y la adrenalina le inundaba las tripas. Se puso en pie sin darse cuenta. Cuando la espalda volvió a topar con la pared, la puerta que estaba detrás se abrió. Bernie se volvió al oír el chirrido de los goznes.
Se apartó de la puerta, sosteniendo el encendedor en alto, esperando que la llama penetrase en la penumbra del interior. Dos formas alargadas yacían en el suelo del pequeño espacio. Bernie avanzó un paso y vio que vestían uniformes verde oliva. Uno permanecía inmóvil y supo instintivamente que no quedaba vida en su interior. El otro se movió un poco, pareció advertir su presencia, gimió de nuevo y alzó débilmente un brazo en su dirección. El brazo terminaba en un negro muñón sanguinolento.
Una puerta se cerró arriba con un golpe seco. Oyó unos pasos pesados que cruzaban la habitación, justo encima de su cabeza, y el sonido de algo sólido que se arrastraba por el suelo. Las llaves de la puerta de lo alto de la escalera tintinearon. Bernie apagó el encendedor, salió de la pequeña habitación donde yacían los dos cuerpos y retrocedió por el pasillo hasta el almacén. Se ocultó tras la puerta, dejándola entreabierta para observar.
La puerta de lo alto de la escalera se abrió y un haz de luz amarilla descendió hasta el pasillo. Primero vio su sombra; luego la mole de la mujer apareció en el descansillo, tapando la luz casi por completo. Descendió dos peldaños y se volvió para alcanzar algo. Empezó a bajar la escalera arrastrando un cuerpo por los pies, boca arriba. Bernie vio las botas negras y la chaqueta verde de un soldado norteamericano. La cabeza fue golpeando con fuerza cada peldaño, a medida que la carnicera tiraba del cuerpo como si de un saco de cemento se tratase, jadeando por el esfuerzo y murmurando por lo bajo en alemán.
–Sehen Sie, Amis, wie Sie es jetzt mögen.
Cuando el cuerpo cayó contra el suelo del sótano, la mujeradvirtió que la puerta de la habitación de los soldados estaba abierta. Soltó los pies del cuerpo que acababa de arrastrar hasta abajo y entró en la pequeña estancia.
Tiró de una cuerda que encendió una bombilla desnuda del techo, haciéndola oscilar. Bernie vio un suelo de cemento con un desagüe en el centro y sangre seca en las paredes. Colgando de una cuerda, aparentemente para secar, había una piel estirada y veteada. La mujer se inclinó sobre el soldado que seguía con vida y le golpeó con la bota, lo que provocó otro gemido. – ¿Tú abres esta puerta, Ami? ¿Tú abres esta puerta? ¿Qué te dicho? Igual te quito la otra mano, ¿sí?
Volvió al pasillo. Bernie cerró la puerta con sigilo y se apoyó en la pared, sintiéndose débil y enfermo. Pensó en identificarse, con la esperanza de que le recordara del otro día, pero lo que había visto en aquella habitación lo hacía impensable. No en aquel oscuro sótano infernal, no con un uniforme americano. Ella había cruzado una frontera de la que los seres humanos nunca regresaban.
Oyó que la mujer subía pesadamente la escalera.
Bernie echó un vistazo a su alrededor, débilmente iluminado por la ventana rota. La hilera de herramientas apoyadas contra la pared. Una pala. Un pico.
Una pequeña hacha clavada en un pedazo de madera, bajo la ventana. Se movió hacia el hacha y percibió un movimiento por el rabillo del ojo.
Los brillantes ojos de ella, azules y vacuos, le miraban a través de la ventana rota. Luego, un instante después, habían desaparecido.
Bernie intentó desclavar el hacha, pero estaba profundamente hundida en el madero. La pila de leña se derrumbó a su alrededor y los maderos rodaron por toda la habitación. Avanzó entre ellos, sus manos encontraron la pala y abrió la puerta del almacén. Oyó los pasos de ella retumbando en la planta de arriba.
Cerró la puerta, corrió bajo de la escalera y apoyó la espalda contra la pared.
Primero vio su sombra, reflejada en el suelo del sótano por la luz amarilla, su figura de pie en lo alto de la escalera. Sostenía en la mano un cuchillo de
carnicero. – ¿Tú vienes a robar mi comida otra vez, Ami? – gritó la mujer al almacén cerrado-. ¿Como esos otros?
Bernie no se movió. Ni siquiera sabía si estaba respirando.
–Puede que te encierro aquí abajo. Vemos si te gusta una semana, ¿sí? ¿No comida? ¿No agua? ¿Te gusta eso, Ami? ¿Con tus amigos aquí?
Ella esperó, después bajó un escalón. Bernie oyó crujir los clavos bajo su peso.
–Están todos en un prado, Ami. Todos muertos.
Todos tus amigos. Nosotros hemos encargado bien de ellos, ¿eh? Como yo encargaré de ti. Tú vienes a nuestro pueblo. Tú matas mi ganado. Tú llevas mi comida.
Veremos si te gusta.
Descendió otro peldaño. A través de los escalones abiertos, Bernie veía ahora la parte trasera de sus botas y los gruesos tobillos.
–Sal, Ami. Tengo algo para ti -dijo la carnicera, cambiando el tono a una cancioncilla juguetona-.
Tienes hambre, ¿sí?
–Ven, amigo. Te preparo algo bueno.
Cuando la mujer alcanzó el tercer escalón, Bernie pasó los brazos entre los peldaños, la agarró por el gordo tobillo derecho y tiró de él con todas sus fuerzas. El pie izquierdo de la mujer se salió del escalón y estuvo a punto de perder el equilibrio, pero afianzó la pierna izquierda y casi logró liberar el tobillo de las manos de Bernie. Dio un saltito a la izquierda e intentó bajar al siguiente escalón. Bernie torció el pie que aún sostenía entre las manos y el cuerpo de la carnicera dio un giro en el aire. Frau Escher se tambaleó
hacia delante, con los brazos extendidos, y aterrizó pesadamente sobre la escalera con un sonoro aullido. Fue resbalando hasta caer al suelo del sótano, encima del soldado muerto.
Bernie agarró el mango de la pala, salió de detrás de la escalera y esperó. La mujer gemía, el pecho agitado por la respiración entrecortada. Bernie avanzó cautelosamente hasta tener una visión completa de la mole que yacía en el suelo. Se detuvo y tomó aire.
La mujer volvió repentinamente a la vida y se abalanzó sobre él como un perro rabioso, cuchillo en mano, farfullando incoherencias. Bernie retrocedió a trompicones, hasta darse de espaldas contra otra puerta, que se abrió por el embate y le hizo caer en una habitación estrecha, flanqueada de estanterías a ambos lados. La mujer se arrastró tras él. Bernie cerró la puerta de una patada; la hoja de madera golpeó a la carnicera en la cara, pero eso no impidió que siguiera avanzando.
Bernie se desplazó hacia atrás, derribando estanterías entre ellos. Los botes de cristal estallaron encima y alrededor de la mujer, que no cesó en su avance. El aire se llenó de un olor nauseabundo; Bernie intentó no pensar en el contenido de los botes. Se puso en pie, rodeó los estantes de la derecha y se arrojó contra otra puerta que vio ante él. La puerta se abrió. Bernie la cerró y pasó el cerrojo en el preciso instante en que ella lanzaba toda su masa corporal contra la hoja de madera.
La pared se estremeció. La mujer chilló y volvió a golpearla, luego enmudeció.
Bernie miró a su alrededor. Estaba de nuevo en la primera habitación, por donde había entrado. Observó el pasillo a través de la rendija de la puerta.
Podía ver la escalera. Echó un vistazo a la ventana que había roto, pero calculó que no tenía tiempo de encaramarse y escapar por ella.
Bernie echó a correr hacia la escalera y Frau Escher surgió de entre las sombras para interceptarle. Bernie intentó saltar al tercer peldaño, pero tropezó con el borde del escalón y cayó de bruces. Frau Escher recortó
distancias y alzó el cuchillo de carnicero. Bernie se volvió, escudándose en la pala, que recibió el impacto del cuchillo; saltaron chispas, el metal resonó contra el metal. Bernie tomó impulso y le asestó un palazo en un lado de la cabeza, pero ella no pareció inmutarse.
Bernie subió otro peldaño, esquivó otra cuchillada y embutió la pala en la masa carnosa de la mujer para mantenerla a distancia. Frau Escher apartó la pala de un manotazo y le asestó otra cuchillada, que le rozó la cadera e hizo saltar astillas del peldaño del que Bernie acababa de apartarse.
Aunque Bernie atacó de nuevo con la pala, no logró imprimirle fuerza. Frau Escher apenas notó el impacto en las costillas y además logró atrapar el mango de la pala bajo el brazo; giró el cuerpo y se la arrancó de las manos.
La pala cayó al suelo. Bernie se volvió y empezó a gatear frenéticamente escalera arriba.
Había una silueta recortada en el umbral, en lo alto de la escalera. Bernie vio un brazo que le apuntaba, con una pistola en la mano. Se arrojó al suelo del descansillo, apartó la cabeza y por el rabillo del ojo vislumbró la figura de pesadilla de la carnicera subiendo la escalera tras él, cuchillo en alto.
Luego oyó el cortante estallido del arma; dos, tres, cuatro disparos que resonaron en la habitación.
Las balas detuvieron a la mujer en la escalera, y empezó a brotarle sangre del pecho. Frau Escher miró a Bernie con incredulidad, se tambaleó y con un débil gemido cayó por un lado de la escalera, estrellándose ruidosamente contra el suelo.
Bernie sintió una mano en el hombro. Alzó la cabeza para mirar.
–Dios mío, Brooklyn -dijo Von Leinsdorf-. Te dejo solo un momento y mira en qué líos te metes.
–Qué huevos. Qué huevos de cabrón…
Von Leinsdorf bajó la escalera. Entró en la habitación del final del pasillo