Segundo objetivo

Mark Frost · Capítulo 30 de 47

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Segundo objetivo

Eims

nos crucemos con más controles.

–Pregúntale a él si le parece muy superficial. – ¿Quieres calmarte? No es más que un francés, por Dios.

Tres de ellos no valen ni lo que un alemán. Por cierto, no sé si se ha fijado la tasa de cambio con los americanos. ¿Tú qué crees?

Bernie no respondió. Pasaron otra señal de tráfico: R

EIMS

20

KM

.

25

Reims 19 de diciembre, 19:00 horas Earl Grannit apartó las cortinas de la ventana del segundo piso para mirar el cine antiguo y ornamentado que

había al otro lado de la calle. La llovizna, que no cesaba, había reducido el número de peatones en la pequeña plaza. Después de llegar a Reims a media tarde, Grannit y Carlson se habían presentado ante el comandante de la policía militar local, quien había puesto a su disposición un destacamento de veinte hombres. Seis agentes de paisano de contraespionaje, así como una sección del ejército regular, habían llegado una hora más tarde. Grannit los reunió a todos a las cinco de la tarde y les asignó sus respectivas tareas.

El ejército de Estados Unidos utilizaba tres cines del centro de la ciudad para proyectar películas a los soldados aliados que se encontraban en Reims. Los hombres de Grannit ya los tenían todos vigilados al atardecer.

Grannit había elegido el punto de reunión más probable de los hombres de Skorzeny: la sala más grande y popular, situada junto al antiguo canal de navegación que dividía la ciudad. Un piso que daba a la pequeña plaza le servía de puesto de observación.

Agentes de paisano tenían órdenes de circular entre la multitud que rodeaba cada una de las salas y la cuadrilla de soldados se había desplegado por todo el vecindario con órdenes de permanecer fuera de las calles hasta que los hombres de Skorzeny fuesen identificados. Una vez éstos se hallaran dentro del cine, los soldados debían rodear el perímetro con controles de seguridad y cerrar así la red para atraparlos.

La primera sesión estaba programada para las siete de la tarde. Proyectaban un lujoso musical de Hollywood que tenía como objetivo que los soldados olvidasen sus penas. Siguiendo las normas de seguridad, la luz de la sala estaba atenuada, pero Grannit había ordenado que tanto el vestíbulo como la entrada estuvieran bien iluminados para facilitar la visibilidad, desde sus puestos al otro lado de la calle, de cualquiera que esperase en la marquesina.

Numerosos soldados de diferentes secciones de las fuerzas armadas pululaban por los alrededores, fumando y esperando la llegada de amigos o citas.

«Todos del tipo de detrás de las líneas», pensó Grannit.

Había aprendido que lo militar era como un iceberg; sólo luchaba la pequeña porción que asoma a la superficie. Por cada soldado de infantería que luchaba en primera línea en las Ardenas había seis del tipo administrativo, como aquéllos, que rellenaban solicitudes por triplicado y luego se iban al cine. El cuerpo de policía funcionaba igual; una fracción hacía el trabajo sucio y el resto iba detrás pasando la escoba.

Quizá fuese un reflejo de la naturaleza humana, de su ansia de burocracia y orden; y el lado en que uno acababa, una mera cuestión de suerte. Todos tenían un trabajo que hacer. El de unos era mucho peor que el de otros.

Grannit escrutaba la cara de los soldados con los prismáticos, en busca del rostro del «sargento Miller» que había atisbado brevemente en Bélgica. Un dibujo de aquel hombre, recreado por la memoria de Grannit, se había distribuido a todos los que participaban en la operación.

–Un tipo va a traerme pases de alto nivel del Cuartel General Supremo, para que pueda compararlos con las falsificaciones -dijo Ole Carlson, mientras comía de pie el almuerzo que les habían subido de un restaurante local.

–Bien. – ¿Crees que iremos a París, Earl?

–No lo sé, Ole. – ¿Has estado allí?

–No. ¿Y tú?

–No, demonios. Me encantaría verlo. Ver París y morirse; eso es lo que se dice, ¿no?

–No creo que sea tan literal.

–De todos modos, me imagino que nunca estaré tan cerca como ahora. –

Carlson se asomó por encima del hombro de Grannit para mirar el cine-.

Voy a bajar.

–Se supone que el encuentro tendrá lugar entre las nueve y las doce. Hasta la segunda sesión.

–Tengo que verme con el tipo de los pases; no quiero que se me pierda.

–Ya que vas, dile a ese policía militar que va por ahí meneando la porra como un detective de pacotilla que tiene el cerebro en el culo. O mejor aún, sácalo de ahí.

Grannit señaló al hombre en cuestión y Carlson se dirigió a la puerta.

–Será un placer, jefe.

Grannit barrió con los prismáticos todas las calles laterales y callejones que llegaban a la vieja plaza adoquinada. El barrio tenía una animada vida nocturna y numerosos bares de mala muerte que atraían un intenso tráfico militar. Los especuladores del mercado negro hacían su agosto en una zona abarrotada de compradores y vendedores en potencia. Grannit identificó al menos dos burdeles que funcionaban más o menos públicamente. Había leído en Barras y estrellas que, a raíz de la ofensiva de las Ardenas, en París se había prohibido el baile después del anochecer; sin embargo, los jóvenes de uniforme seguían necesitando beber, follar o ambas cosas.

Su walkie-talkie cobró vida; eran los policías militares que informaban desde los otros cines, situados aproximadamente a un kilómetro de distancia.

Aún nada.

Cuando entraron en Reims, Von Leinsdorf metió la ambulancia francesa en un garaje abandonado de una zona de almacenes próxima al canal. Ordenó a Bernie que volviera a intercambiar el uniforme con el del francés muerto.

Mientras Bernie estaba de espaldas, mató al segundo conductor con una única bala silenciada, como si de un papeleo burocrático se tratase.

–Volvemos a ser soldados de Estados Unidos -dijo Von Leinsdorf mientras le desabrochaba la túnica al conductor y registraba ambos cuerpos en busca de dinero-. Ya era hora; necesito que me fumiguen, a este francés le urgía un baño. Intentas dirigir su país para que funcione adecuadamente y mira cómo nos lo agradecen.

Se vistieron en silencio. Bernie cubrió los cadáveres de ambos conductores con mantas; entretanto, Von Leinsdorf vació las medicinas y provisiones del baúl en una mochila.

–Deja el resto. Volveremos a buscarlo. – ¿A qué hora tenemos que encontrarnos? – preguntó Bernie.

–A las nueve.

–Sólo son las cinco. ¿Qué haremos hasta entonces?

–Tantas preguntas, Bernie… Siento una falta de confianza en mi liderazgo.

No oyes ninguna queja de ellos, ¿verdad? – Von Leinsdorf señaló a los franceses.

Después se puso las gafas de montura negra, se enderezó el casco y abrió la parte trasera de la ambulancia. Cuando estaba de espaldas, Bernie se escondió una jeringuilla y un botellín de morfina en el bolsillo. – ¿Me llevo el fusil?

–Vamos al cine, Bernie. – ¿Quién sabe? Igual es un western. – Bernie se apeó de un salto y cerró las puertas de la ambulancia.

Entonces le llegó un tufo desagradable y olisqueó su uniforme-. Genial, ahora huelo como un puto cadáver.

–Podríamos acicalarnos un poco -dijo Von Leinsdorf, tendiéndole un pase de setenta y dos horas-.

Alegra esa cara, se supone que estamos de permiso.

Salieron a la calle vacía y a la llovizna ininterrumpida cuando se apagaban las últimas luces del día. Von Leinsdorf consultó un mapa con su linterna y echaron a andar hasta encontrarse en una zona comercial, salpicada de cafés y tiendas. Otros soldados estadounidenses de servicio entraban y salían de los comercios, por lo que no se sintieron fuera de lugar.

Von Leinsdorf llevó a Bernie a uno de los cafés, donde pidieron emparedados y café en francés y pagaron en francos. Se concentraron ávidamente en la comida, la primera que probaban en todo el día.

–Quizá nos será útil que sepan de nosotros, Brooklyn. Él se habrá escondido. Y será más fácil de encontrar. – ¿Encontrar a quién?

–Eres insistente -dijo Von Leinsdorf, admirando su emparedado-. Eso te lo reconozco.

Su mesa tenía vistas al mercado abierto del otro lado de la calle. Von Leinsdorf miraba constantemente en esa dirección. Bernie descubrió que observaba a una joven que andaba por el mercado cargada con una bolsa de la compra.

–Sígueme en un par de minutos. Y, Bernie, no me hagas volver a buscarte.

Bernie le vio cruzar la calle y entrar en el mercado.

Bajó por un pasillo como un comprador preocupado comprobando las verduras y luego chocó con la mujer.

La bolsa de la joven cayó al suelo. Deshaciéndose en disculpas, Von Leinsdorfse agachó para ayudarle a recoger los artículos que había volcado.

Poco después conversaba con ella, le llevaba la bolsa y pagaba sus comestibles en el mostrador. Bernie se acabó el emparedado, se guardó lo que había dejado Von Leinsdorf y les siguió cuando salían del mercado.

Von Leinsdorf cargó la bolsa calle abajo. Cuando cayó un chapuzón, el

alemán abrió el paraguas de la mujer y lo sostuvo mientras ella se arreglaba el pañuelo que le cubría la cabeza. Manteniendo siempre una distancia respetuosa, sujetó el paraguas con el brazo extendido, dócil y educado como un joven pretendiente.

Entretanto Bernie caminaba por la otra acera, con la espalda encorvada y la lluvia cayéndole en el casco, unos veinte metros por detrás de ellos.

Pasadas dos manzanas, se detuvieron ante un edificio. Bernie se ocultó entre las sombras de un callejón cercano. Intentó elaborar un plan pero se sentía vacío, frío, miserable y su cabeza se negaba a ofrecer ninguna idea clara. Por sus gestos y su lenguaje corporal, era evidente que la mujer estaba invitando a Von Leinsdorf a subir. Él se negó, ella insistió, él aceptó caballerosamente y luego esperó mientras la joven rebuscaba las llaves y abría la puerta. Von Leinsdorf echó un rápido vistazo a Bernie -sabía exactamente dónde se encontraba -y la siguió al interior.

Poco después se encendió una luz en la ventana del tercer piso. Unas cortinas atenuaron rápidamente el resplandor. Bernie consultó su reloj: las seis menos veinticinco. Al cabo de tres minutos, Von Leinsdorf apareció de nuevo en la puerta e indicó a Bernie que se acercara. Bernie corrió por la calle hasta el portal.

–Vamos, rápido -dijo Von Leinsdorf, cerrando la puerta tras ellos-. Silencio.

Sube la escalera, nadie nos ha visto.

Bernie le siguió por una chirriante escalera hasta la tercera planta y cruzó la puerta del piso, que Von Leinsdorf había dejado entreabierta con un librito de cerillas. Von Leinsdorf la cerró en cuanto estuvieron dentro. Los muebles, de buen gusto y modernos, tenían un aspecto más próspero que lo sugerido por la fachada del edificio.

–Esto nos servirá. Nos servirá bastante bien. ¿Quieres una taza de té? Ella acababa de poner la tetera al fuego. – ¿Dónde está el baño?

–Detrás de esa puerta, pasado el dormitorio.

Bernie abrió la puerta del dormitorio. La mujer yacía en la cama boca arriba, con las piernas desmadejadas, un pie descalzo y los ojos sin vida mirando al techo. Von Leinsdorf la había estrangulado con el pañuelo color melocotón que antes llevaba en la cabeza, y que seguía tensado alrededor del cuello. La sangre acumulada teñía su rostro de un granate amoratado, los pequeños capilares que rodeaban los ojos estaban reventados.

Entumecido por dentro, Bernie la cubrió con una manta y luego pasó al cuarto de baño.

Cerró la puerta y abrió el grifo, la primera agua corriente que veía desde hacía días.

La austeridad de la estancia le pareció irreal. Un lavabo, un sanitario, toallas de mano, una pastilla de jabón. La mujer que los había usado yacía muerta a menos de tres metros de distancia. Vislumbró su propio rostro en el espejo y al principio no reconoció quién le devolvía la mirada, una cara mugrienta y unos ojos que pertenecían a alguien mayor, a un hombre vacío por dentro.

Cuando se lavaba las manos, coágulos de sangre seca cayeron en la porcelana, tiñéndola de rojo al contacto con el agua.

Von Leinsdorf le esperaba con una taza de té caliente.

–Esto te hará regresar de entre los muertos, Brooklyn. Menuda espabilada era ésta. Hasta tenía azúcar y nata de verdad en la nevera.

Bernie sujetó la taza, mientras Von Leinsdorf entreabría las cortinas para observar la calle. Sentado en el sofá y hundido en los cojines, tomó un sorbo de té.

El sabor intenso y amargo le produjo un escalofrío. Miró a Von Leinsdorf, a apenas un metro de distancia.

Acarició con la mano libre la jeringuilla que guardaba en el bolsillo.

«Clávasela y sal en busca de ayuda. Asegúrate de que los americanos se lo

lleven. Pueden hacerle hablar, sonsacarle el objetivo. Tienen que hacerlo.

¿Hay bastante morfina para dejarle inconsciente? ¿Me matará antes de que le haga efecto?» Advirtió que Von Leinsdorf le estaba hablando.

–Nuestra noche empezó de forma muy prometedora, pero pronto supe que no teníamos ningún futuro -decía el alemán, mirando hacia el dormitorio. –

¿De qué hablas?

–Había otro hombre en su vida. Sus ropas están en el armario. – ¿Ropas?

¿De quién?

–Verás, no he tenido la oportunidad de preguntarlo.

Pero date un baño y ponte ropa limpia; tienes razón, hueles a tumba. – ¿Y

qué me pongo? Se supone que somos soldados.

–Esto es lo hermoso del asunto, Brooklyn. El caballero que visitaba a nuestra dama era un soldado de Estados Unidos. Su uniforme está en el ropero. Recién planchado por su puta francesa. Un sargento del Cuerpo de Intendencia.

Von Leinsdorf alzó una gorra caqui y la hizo girar sobre su índice, mirando la insignia del sargento.

–No era excesivamente ambiciosa, para dedicarse a perseguir soldados. Sin duda se acostó con varios de los nuestros antes de que los yanquis aparecieran con mejores cigarrillos.

–Quizá te viese como una oportunidad para subir de categoría.

–Francamente, no daba la talla para un oficial de grado.

–Prepararé algo más de comer. A fin de cuentas, yo he pagado estas cosas.

Acábate el té.

Von Leinsdorf se marchó a la cocina. Bernie se quedó mirando fijamente un

ejemplar de la revista Life que había sobre la mesa. El general De Gaulle ocupaba la portada con pose heroica; miraba en la distancia el futuro idealizado de Francia, o al menos el suyo propio.

Bernie también oía el tictac de un reloj, con mucha más intensidad de la que era de esperar. Una inquietante sensación de desazón le oprimió el pecho; se notó el corazón alterado, el cuerpo le ardía. Dejó la taza bruscamente en la mesa y se levantó, tambaleándose. La cara de De Gaulle se deformaba. Las siluetas de los objetos que había en la habitación empezaron a girar ante sus ojos; el aire se volvió pastoso. Von Leinsdorf pronto apareció a su lado, sujetándole del brazo.

–No te resistas, Brooklyn, he metido algo en el té -dijo con voz distorsionada-. Dormirás unas horas. No puedo permitir que escapes mientras estoy en el cine.

Volveré con los otros, si los encuentro. Muy amable de tu parte. En todo caso, te vendrá bien descansar.

Von Leinsdorf le ayudó a echarse en el sofá. Bernie ya estaba inconsciente cuando la cabeza tocó los cojines.

La primera sesión terminó a las ocho y media; una oleada de soldados salió del cine y se distribuyó entre los bares y restaurantes cercanos. La lluvia había cesado y el aire nocturno se caldeaba levemente bajo un manto de nubes. Del río ascendían volutas de niebla que oscurecían la plaza. Carlson y el resto de los hombres apostados en el terreno examinaban los rostros de los soldados que salían del cine camino a sus placeres nocturnos, mientras Grannit vigilaba desde su punto de observación. Nadie divisó a su «teniente Miller».

Se produjo una breve calma en el tránsito callejero antes de que los uniformes volvieran a poblar la plaza para la sesión de las nueve de la noche. Grannit se sirvió otra taza de café. Ole y los cinco sargentos de la policía militar regresaron al piso para llevar a cabo una última sesión informativa.

–Que sus hombres se mantengan ocultos hasta que vuelva a formarse una multitud -indicó Grannit-.

Sigan fuera, vigilen la calle. Cuando la sesión esté a punto de empezar, rodeen el cine y aposten a alguien en cada salida, dentro y fuera. A los cinco minutos de película, apagaremos el proyector, encenderemos las luces y anunciaremos que nos encontramos ante un caso de seguridad. Entonces procederemos por números. Les sacaremos fila por fila al vestíbulo y comprobaremos las identidades de los soldados, una a una. – ¿Y si alguien sale huyendo?

–Lo reducimos. Si saca un arma, dispárenle.

Grannit les siguió escaleras abajo. La niebla era tan espesa que le era imposible distinguir los rostros desde la ventana.

Al ver a los policías militares en un control fronterizo, el desertor norteamericano William Sharper había abandonado el jeep y, con su grupo, había penetrado en Francia a pie la noche anterior. Tras pernoctar en un granero, un granjero francés de mediana edad, que parecía encantado de participar en el esfuerzo bélico ayudando a los norteamericanos, les había recogido en su coche por la mañana. Antes de llegar a la carretera principal, Sharper estranguló al hombre y arrojó su cuerpo a un campo. Se vistió con la ropa del granjero, se agenció su cartera y su pase agrícola de carreteras y entró con su cargamento de pollos en Reims. Sus tres hombres estaban detrás, ocultos entre las aves. Sharper conocía la ciudad lo suficiente para llegar al mercado de los granjeros, abandonar el camión y mezclarse entre los habitantes de la ciudad.

Al mediodía encontró el cine que había sugerido como lugar de encuentro.

Llevó a sus hombres a un burdel cercano y les indicó que se hicieran pasar por soldados libidinosos de servicio, su misión más fácil hasta entonces.

Pagó ocho horas con cuatro chicas y la escuadra pasó el resto del día arriba, follando, descansando y durmiendo. Sharper puso tanto dinero americano en la mesa que la madame accedió a lavarles los uniformes mientras se