Segundo objetivo

Mark Frost · Capítulo 22 de 47

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Segundo objetivo

Capítulo 18

puso al volante y ambos vehículos partieron hacia el norte por la carretera que bordeaba el río.

–Creían realmente que podían conseguirlo -dijo Grannit, al cabo de un rato.

–Lo esperaban.

–Pero tú no.

–La esperanza es todo lo que les queda -respondió Schmidt, encogiéndose de hombros-. Miró el río unos instantes, con una expresión lastimera en el rostro-. ¿Depende de usted? ¿Que yo viva o muera?

–Yo tendré algo que decir al respecto. – ¿Pero la decisión es suya? – ¿Por qué quieres saberlo?

–Nuestra brigada tenía que tomar ese puente -dijo Schmidt, sin dejar de estudiar la reacción de Grannit-.

También nos dieron un segundo objetivo.

Grannit esperó. – ¿Por qué no me dices cuál era?

–Esperaré. A hablar con sus superiores -manifestó Schmidt, mirándolo atentamente. – ¿Por qué no decírmelo ahora?

–Usted ha optado por salvarme la vida y se lo agradezco. Pero necesito hablar de esto con alguien que pueda ofrecerme una garantía más sustancial.

18

Waimes 17 de diciembre, 22:00 horas Antes de partir, Von Leinsdorf vertió el queroseno de todas las lámparas de la casa e incendió la carnicería de Frau Escher. La principal columna panzer del Oberstürmführer Peiper había seguido su avance hacia el oeste; la aldea estaba desierta. La niebla empezaba a espesarse y nevaba de nuevo cuando prosiguieron su camino hacia el sudoeste. Von Leinsdorf estudió un mapa de carreteras a la luz de la linterna.

–He preparado café -dijo después, sosteniendo un termo en alto-. Tienes que beber mucho.

Le sirvió una taza. Bernie se tomó el intenso brebaje mientras conducía y sintió que se le despejaban los sentidos. Von Leinsdorf le entregó un nuevo casco. – ¿Qué es esto?

–Algunos americanos nos han visto. Vamos a cambiar de unidad.

–Joder, ya me había acostumbrado a Jimmy Tenella.

–No tienes que cambiarte el nombre, sólo dame tu casco. Así lo hizo Bernie y Von Leinsdorf lo arrojó fuera del jeep.-Ahora estamos en el 291º de Ingenieros de Combate. Nuestro oficial al mando nos envía al sur con partes de guerra, antes de retirarse de Malmédy -explicó Von Leinsdorf, mostrándole un tubo de documentos del ejército estadounidense. – ¿Y se supone que debo recordar todo eso?

–Más te vale, estimado compañero, o de lo contrario estaremos bien jodidos. – ¿Adónde vamos?

–Tú conduce, yo te guiaré. La buena noticia es que podemos ir por carreteras secundarias durante todo el trayecto. Aquí gira a la izquierda.

Von Leinsdorf volvió a enfocar el mapa con la linterna.

Bernie miró de reojo y vio que el teniente ya no tenía el cabello rubio, sino

de un tono amarronado. – ¿Qué te has hecho en el pelo?

–Otro de los secretos de Frau Escher. Tinte de cabello en el cuarto de baño.

Von Leinsdorf se calzó unas gafas cuadradas de montura negra que alteraban drásticamente su apariencia, haciéndole parecer años mayor. –

¿De dónde has sacado ese material?

–De abajo.

Bernie se quitó el casco a todo correr.

–Dios, ¿esto es de uno de los fiambres del sótano?

–Los que nos dieron en Grafenwöhr tenían un sello equivocado en el interior, ¿lo ves? – Leinsdorf le mostró una insignia en el borde interior del nuevo casco-. Hay un sello distinto para oficiales y suboficiales. Los nuestros parecían iguales. Yo que tú me lo pondría, puede haber francotiradores ahí fuera.

No sin cierta inquietud, Bernie volvió a ponerse el casco en la cabeza.

–Supongo que también has perdido el fusil; hay otro M1 atrás. ¿Qué opinas de esto? – añadió Von Leinsdorf, iluminando con la linterna un brutal cuchillo de caza-. La mujer lo llevaba atado al muslo.

Bernie puso cara de asco. – ¿Le has registrado los muslos?

–Agradece que no lo usara contigo. Si alguien nos detiene o damos con un control, enséñales esto. – Le entregó otro pase a Bernie-. Si preguntan algo más, me los pasas a mí. – ¿Entonces para qué me necesitas?

–Por si nos sueltan alguna pregunta cabrona de béisbol o sobre quién se está cogiendo a la ratita Minnie.

Entonces intervienes tan rápido como puedas. Estás al día en esos temas,

¿verdad, Brooklyn?

Bernie se tragó la frustración y siguió conduciendo con las manos atenazadas al volante, consumido por la ansiedad. Llegaron al río Ambleve cerca de la medianoche y cruzaron un antiguo puente de piedra salpicado de balazos. La carretera que se extendía hacia el sur les internó en un bosque sombrío. Árboles ancestrales coronaban la carretera; sus ramas se entrecruzaban en lo alto, creando un dosel envuelto en la niebla. Los árboles desnudos adquirían un brillo plateado sobrenatural, como extremidades humanas entrelazadas en la bruma. La visibilidad se redujo a unos pocos metros.

Bernie tuvo que frenar súbitamente para evitar chocar contra un transporte de tropas quemado. Una bomba había alcanzado el depósito de combustible y las ruedas se habían fundido literalmente en la calzada. Era imposible identificar los cadáveres calcinados del interior como americanos o alemanes. Los esquivaron y avanzaron lentamente. Bernie creyó ver una hilera de hombres que cruzaban la carretera corriendo delante de ellos y desaparecían en el bosque, pero no logró distinguir qué uniformes vestían.

Von Leinsdorf se agachó en el asiento del copiloto, con el fusil en alto.

Una salva de balas salió de aquel punto de la niebla y destrozó el espejo retrovisor. Leinsdorf devolvió el fuego, vaciando el cargador. Bernie pisó el acelerador, asumiendo el riesgo de chocar con otro posible obstáculo oculto entre la densa niebla.

A las tres de la mañana salieron a una llanura rocosa y Von Leinsdorf dijo a Bernie que siguiera las indicaciones hacia Bastogne. El fragor de la artillería se intensificó a medida que se aproximaban. Pasaron un puesto de control en las afueras de la localidad y entraron en una fortaleza atrincherada en el centro de la población. Unos policías militares les dirigieron hacia el mando central del Cuerpo VIII y aparcaron a la vuelta de la esquina. A su alrededor, compañías de fusileros cavaban trincheras y fortificaban posiciones para morteros y ametralladoras. Bernie se cambió la chaqueta que llevaba por otra con la insignia del 291º de Ingenieros.

–Pégate a mí y no hables con nadie -le indicó Von Leinsdorf.

Con el tubo de documentos en la mano, Von Leinsdorf mostró en la puerta su pase corregido de alto nivel. Les enviaron a la oficina de señales. El centro de mando, instalado precipitadamente en una antigua catedral, bullía de actividad frenética y los oficiales competían a gritos para hacerse oír.

Instalada en una de las capillas que flanqueaban la nave principal, una batería de operadores de radio, télex y telégrafos retransmitían nuevas informaciones. Von Leinsdorf observó el panorama unos instantes, para hacerse una idea de la estructura del mando.

–Mantén la cabeza baja; aparenta que estás ocupado -advirtió a Bernie.

Bernie sacó un bloc y empezó a escribir. Sus manos apenas podían sostener la pluma. Un sargento del cuerpo de señales les gritó, señalando el tubo de documentos. – ¿Tiene algo para nosotros, teniente?

–Ya están entregados. Esperamos informes para el Doce -respondió Von Leinsdorf.

–No esperen mucho, o quizá no puedas volver a salir -dijo el sargento.

Escuchando las conversaciones, Bernie se enteró de que las fuerzas alemanas avanzaban rápidamente por el norte y el sur de Bastogne. El estado de ánimo de la sala rozaba el pánico; la sensación de invasión inminente alteraba los agotados nervios de los allí presentes. Von Leinsdorf estudió a los operadores de radio, se decidió por un pequeño cabo que parecía al límite de la extenuación y en cuanto lo vio recibir una llamada, se le acercó con el tubo de documentos. Tuvo que gritar para hacerse oír entre el alboroto:

–Maldita sea, nos dijeron que el general Bradley estaría aquí. Tengo que entregarle esto en persona. – ¿Bradley? Tenía que estar aquí hace una hora, pero hemos perdido la carretera principal que nos une con Luxemburgo.

–Dios, ¿me está diciendo que no vendrá?

–Quizá le traigan por aire más tarde, o lo devuelvan a Francia. Ike quiere reunirse con él y con Patton… -¿Y dónde demonios será eso?

–Puede que en Verdún, puede que en París… Aún no lo han decidido. – ¿Y

para cuándo cojones lo han previsto?

Bernie se aproximó, escuchando y observando a Von Leinsdorf, alarmado por su súbito interés en los movimientos de Bradley.

–No creo que antes de mañana, y ya puede olvidarse de llegar a Luxemburgo antes, señor, ahí abajo está plagado de alemanes…

–Entonces a la mierda, cabo; debo llegar a Francia hoy mismo. Necesito saber qué rutas siguen abiertas y si va a ser Verdún o París.

–Estaré al tanto, señor. – ¿Dónde está su oficial de señales? Necesito las putas contraseñas.

–Estamos a punto de emitir la lista de hoy.

–Bien, por mí no se entretenga -dijo Von Leinsdorf.

Cuando el operador de radio volvió al trabajo, Bernie advirtió que Von Leinsdorf retrocedía para comprobar si alguien había estado escuchando.

Todos los hombres estaban muy ocupados y nadie había prestado atención.

A unos diez pasos de distancia, Bernie vio a un grupo de oficiales apiñados alrededor de un general sulfurado que gritaba airadamente. Una bomba estalló fuera, lo bastante cerca para hacer caer una polvareda del techo y atenuar momentáneamente las luces. Von Leinsdorf aprovechó el apagón para hurtar la lista de contraseñas de la mesa del operador; Bernie la vio en su mano cuando las luces se restablecieron. El alemán se la guardó en el bolsillo, echó un vistazo a su alrededor, se percató de que Bernie le observaba y le guiñó el ojo.

«Está loco. Disfruta con esto.»

Hasta que encontrase el modo de detenerle, Bernie se había resignado a las consecuencias del sabotaje, el reconocimiento e incluso el espionaje.

Aquello, al m e n o s, le p e r m i tí a n o t e n e r q u e m a ta r norteamericanos.

Hasta entonces no se le había ocurrido la opción del asesinato.

La emisora de télex que había a sus espaldas volvió repentinamente a la vida, sobresaltándole.

Bernie se inclinó para leer el mensaje. Era una señal urgente para el cuartel general del Primer Ejército en Lieja. El encabezado lo identificaba como de neutralización de emergencia, el nivel más elevado de alerta de seguridad que tenían los Aliados.

Centro de interrogatorios del Primer Ejército Lieja 18 de diciembre, 4:00

horas El contenido de la cartera, del jeep y de los bolsillos de Karl Schmidt descansaba sobre la mesa entre él y el mayor Moran, del 301º

Destacamento del Cuerpo de Contraespionaje. Las muñecas de Schmidt estaba esposadas y atadas atrás, a los barrotes del respaldo de la silla; todavía vestía la camiseta y los pantalones de su uniforme americano. El mayor Moran hacía las preguntas, mientras que Earl Grannit y un equipo de oficiales de Inteligencia observaban a través de una ventana camuflada en la habitación contigua. Desde allí, un estenógrafo transcribía la conversación, que se desarrollaba en inglés, aunque había un traductor presente por si surgía la necesidad. Un magnetófono en marcha garantizaba que no se pasara nada por alto durante la revisión y la transcripción.

En un cinturón para guardar dinero Schmidt había llevado dos mil dólares estadounidenses auténticos, mil libras esterlinas falsificadas y pequeñas cantidades de monedas y billetes belgas, holandeses y franceses. Los soldados norteamericanos en Europa no solían llevar efectivo; en su lugar, se les suministraban unos vales impresos llamados «dinero de invasión», un detalle que había escapado al escrutinio del oficial de Intendencia de

Skorzeny. Oculta en la parte trasera del jeep encontraron una radio de onda corta de origen alemán.

También hallaron diez comprimidos de Pervitin (energizante con base de cafeína); un surtido de armas ocultas, entre ellas puños americanos, granadas de mano y un estilete; el manual de campaña de un oficial norteamericano, y una edición de bolsillo inglesa del Nuevo Testamento.

Escondidos en una lata vacía de combustible descubrieron fusibles, detonadores y casi tres kilos de nipolita, un explosivo plástico maleable.

Otros bidones contenían cuatro uniformes alemanes reglamentarios y varias armas más exóticas, entre ellas un garrote elaborado con cuerdas de piano y un silenciador. Grannit se interesó por este último, un cilindro plateado que se deslizaba limpiamente sobre el cañón del M1911 automático americano de Schmidt.

También encajaba en un subfusil compacto, que se convertía en un fusil automático con la adición de una culata y una mira telescópica. Entre la munición encontraron un cargador de siete balas cuyas cabezas contenían un compuesto venenoso de aconita, diseñadas para estallar al contacto y causar una muerte segura.

Debido a su experiencia en fraudes, Ole Carlson trabajó con dos oficiales en el examen de los mapas y documentos de Schmidt. Había entre ellos versiones creíbles de los pases de alta seguridad que emitían las fuerzas aliadas.

Al principio del interrogatorio, el teniente Schmidt repitió la información que había proporcionado a Grannit sobre la unidad de comandos conocida como Einheit Stielau. El interrogatorio de los otros tres miembros de su escuadra había confirmado lo esencial de la historia de Schmidt. Sin embargo, ninguno de ellos admitió saber nada de un segundo objetivo, ni siquiera después de someterlos a un severo maltrato físico.

El mayor Moran no había recurrido aún a la coacción con el locuaz Schmidt, cuando las negociaciones se encallaron en lo referente al segundo

objetivo. El alemán se ofreció a revelar lo que sabía, pero sólo si se le daban garantías por escrito de que no sería ejecutado por espía. El mayor Moran lo rechazó.

Un nervioso y emocionalmente destrozado Schmidt se negó a decir nada más.

Moran salió furioso de la habitación y ordenó a sus hombres que se lo sacaran a golpes. Earl Grannit solicitó que lo dejaran un momento a solas con Schmidt.

El mayor aceptó. Grannit entró y tomó asiento frente al alemán, en la silla que había ocupado Moran.

–No importa con lo que les tientes, Karl. Ellos no pueden prometerte eso.

–Pero no es justo. Desde el mismo momento en que nos llevaron a ese campamento, tuvimos que obedecer órdenes o nos disparaban. No he cometido actos de espionaje, no he matado americanos, no he cometido ningún crimen…

–No es decisión mía. Por lo que sé, puede que digas la verdad, pero ahora mismo tienes que intentar algo mejor. – ¿Como qué?

–Diles que irás a patrullar con ellos, ayúdales a encontrara los otros comandos. Sabes a quién o qué buscar, ¿verdad? – ¿Me dejarían hacer eso?

–Por supuesto. Pero primero debes decirles lo que quieren saber. Ya hemos interrogado a tu escuadra al respecto. Ellos dicen no saber nada de un segundo objetivo…

–No lo saben porque nunca se lo dije. Se nos ordenó que no habláramos… -

¿De dónde venía esa orden?

–Del oficial al mando, el que se hacía llamar teniente Miller, el hombre por quien me ha preguntado antes. Deben creerme, por favor; les digo la

verdad, pero estoy luchando por salvar la vida.

–Déjame ver lo que puedo hacer -respondió Grannit, tras titubear unos instantes.

Earl Grannit salió de la habitación y pasó por delante de Moran y sus hombres.

–Tengo que mear -anunció.

Se dirigió a la habitación donde Ole Carlson examinaba los documentos de Schmidt.

–Estas falsificaciones son de alta calidad -dijo Carlson-. No puedo encontrar un solo error que las ponga en evidencia…

Grannit se agachó y le susurró:

–Ven a la otra habitación. Cuando haya vuelto con Schmidt, espera mi señal y luego consígueme un minuto a solas con él.

Carlson le miró con asombro y le siguió de vuelta a la habitación de observación, donde los oficiales de contraespionaje estudiaban a Schmidt a través del falso espejo. Grannit encendió un cigarrillo. – ¿Y bien? –

preguntó Moran, de un humor de perros-. ¿El alemán nos toma el pelo?

–No lo creo.

–Ya está bien de hacer el gilipollas con ese cabrón.

Si se guarda información, haremos que la suelte.

–Tengo un buen presentimiento respecto a ese hombre, mayor. Necesitamos trabajarle con cuidado…

–Sí, ya, que le jodan. Creo que no dice más que gilipolleces, que se tira un

farol…

–Con todos los respetos, no estoy de acuerdo… -¿Y quién le ha convertido a usted en el puto experto?

–El coronel Otto Skorzeny ha montado su unidad. ¿Les suena el nombre a usted y a sus colegas? ¿Cree que Hitler les ha mandado aquí a jugar a cinco lobitos?

–Entonces agarre una porra y sáqueselo a golpes.

Así es como le gusta trabajar a la policía de Nueva York, ¿no? ¿O prefiere una manguera?

Grannit desenfundó su pistola y puso una bala en la recámara. – ¿Por qué no le voy metiendo balas hasta que lo cante todo? ¿Para eso me daría su conformidad, mayor?

Le haré confesar hasta el asesinato de Lincoln, si eso es lo que quiere.¿Es así como pretende sacar partido a nuestra única baza?

–Tiene cinco minutos -contestó Moran.

Grannit apagó el cigarrillo en la jamba de la puerta y regresó a la sala de interrogatorios. Se sentó, echó un vistazo al falso espejo y se frotó el puente de la nariz. Al ver la señal, Carlson tropezó con el pie de alguien y derramó su café encima de los pantalones de Moran.

Durante la confusión que siguió, Grannit se inclinó hacia delante y desconectó el micrófono oculto que había bajo la mesa.

–De acuerdo, Karl, ya tengo el trato -dijo Grannit. – ¿No van a procesarme por espía, me tratarán como a un prisionero de guerra?

–Tienes mi palabra.

Schmidt se inclinó hacia delante y apoyó la cabeza entre las manos; los hombros le temblaban de la emoción. Grannit calculó que tenía menos de un minuto, antes de que los listillos de contraespionaje entraran a conectar de nuevo el micrófono.

–Ahórralo para cuando te reúnas con la familia, Karl; vamos escasos de tiempo. Ahora bien, tendrás que hacer esas patrullas que hemos acordado, les he dicho que estabas dispuesto…

–Sí, por supuesto…

–Y todo esto queda entre tú, yo y el oficial al mando, porque es contrario a las normas. No puedes mencionarlo, ni siquiera a él, cuando entren aquí,

¿de acuerdo?

Schmidt levantó la cabeza.

–Sí. – ¿Cuál era su segundo objetivo? preguntó Grannit, mientras alargaba el brazo por debajo de la mesa y volvía a conectar el micrófono.

–Después de los dos primeros días, teníamos que avanzar hacia el sur.

Entrar en Francia. – ¿Cuántos hombres?

Schmidt no pestañeó. Razonó que si exageraba el alcance de la amenaza, sus probabilidades de obtener clemencia aumentarían, y que la mentira adecuada podía salvarle la vida.

–Todos nosotros. Ochenta hombres. Toda la compañía de los comandos de Skorzeny. Teníamos que reunirnos en Reims el día diecinueve, en un cine, y después continuar al sur, hacia París. – ¿Qué hay en París?

–Nos reuniríamos en el Café de la Paix con nuestro contacto local y luego seguiríamos hasta Versalles. Ése era nuestro objetivo. – ¿Cuál?

–Atacar el mando del cuartel general aliado. A Grannit se le hizo un nudo en la garganta. – Y matar al general Eisenhower.