Segundo objetivo
Capítulo 35
–Éste no es Bennings -dijo Grannit.
35
Versalles 22 de diciembre, 3:00 horas Eddie dormitó en la parte trasera del camión durante la salida de París, más lenta de lo previsto debido a la tormenta de nieve que azotaba la ciudad.
Von Leinsdorf fingió que dormía, pero estuvo escuchando a los dos hombres de la cabina que hablaban en francés. Aunque apenas charlaron, Von Leinsdorf captó lo suficiente para saber que Ververt había ordenadoque les matasen en cuanto la mercancía estuviese en el camión.
El alemán despertó a Eddie cuando se aproximaban a la estación de suministros de Matelot. Bennings les condujo hasta el punto de encuentro, cerca de la puerta trasera de la cochera. Tan pronto el camión se detuvo, Von Leinsdorf disparó a ambos franceses en la nuca con su pistola con silenciador.
–Qué diablos… -dijo Eddie.
–Tenían órdenes de matarnos, Eddie. Los he escuchado mientras conducían.
– ¿Y qué coño haremos con Ververt ahora?
–Vivir con la esperanza de que nuestros caminos vuelvan a cruzarse y poder recompensarle. He acordado encontrarnos en el punto de recogida con los hombres que nos ayudaron en París. Se quedarán con la mercancía y nos pagarán al instante. Todo arreglado.
Preocupado por no tener una explicación satisfactoria de quiénes eran
aquellos tipos, Eddie siguió a Von Leinsdorf hasta la estación. Los dos contactos de Eddie en el batallón de Ferrocarriles esperaban, como se les había indicado, al otro lado de la barrera. Eddie parecía ansioso, pero estaban acostumbrados a eso y en la penumbra de la cochera no pudieron ver el brillo pringoso del sudor que le empapaba el rostro. Los soldados los condujeron al tren de Navidad que esperaba en una vía secundaria, en el extremo de la estación. Von Leinsdorf les pagó con parte del dinero que había adelantado Ververt; después los soldados no mostraron el menor interés en las consecuencias de la transacción.
Von Leinsdorf aupó a Eddie al último vagón de mercancías, donde se encontraban los artículos de lujo, y el tren salió de la estación poco después de las doce y media. Eddie se apoyó en unas cajas de whisky que había en la esquina. Observó cómo Von Leinsdorf se sentaba, abría la maleta, encendía una linterna y empezaba a trabajar. – ¿Cuánto falta hasta el punto de recogida? – preguntó el alemán.
–Una hora, puede que más; depende del cambio de agujas. ¿Me invitas a un cigarrillo? – ¿Hay un millón en el vagón y me mendigas uno a mí?
–No es fácil librarse de las viejas costumbres.
Von Leinsdorf le arrojó un paquete de Luckies.
Eddie rebuscó en los bolsillos.
–Mierda; ¿oye, tienes fuego?
Von Leinsdorf avanzó hacia él mientras sacaba el encendedor.
–Esto nos soluciona la vida en una noche, Eddie.
Nos agenciamos nuestra parte, nos abrimos camino hasta Portugal y en Lisboa compramos un pasaje de vuelta a casa.
–Me muero por volver a Nueva York. Que se queden con la puta Europa,
aquí están todos locos. Hay algunos tipos importantes que me gustaría presentarte en la ciudad, Dick. Tipos bien relacionados.
Cuando se inclinaba con el encendedor, el vagón dio un bandazo y Von Leinsdorf cayó encima de Eddie. Al enderezarse comprobó que Eddie le apuntaba con una pistola en la cabeza.
–Ahora dime qué coño pasa o no sales de este vagón.
–Eddie, Eddie, creía que nos entendíamos.
–Y una mierda. ¿Te meto en esto y ahora quieres quedarte con mi trabajo?
No creerás que me he tragado lo de esos tipos nuevos…
–Te lo he explicado, Eddie; son colegas de mi antiguo equipo, puedes confiar en ellos… -¿De dónde han sacado los uniformes, las placas, los coches, toda esa mierda? ¿Cómo la han conseguido?
–Tenemos los recursos de todo un ejército.
–De qué unidad eres y quiero la verdad.
–La 150 Brigada Panzer. Munich. a -Munich. Ésa sí que es buena.
–No, en serio.
–No sé de qué coño hablas, pero llegaré al fondo de esto antes de que paremos el tren. – ¿Te importa que me cambie de ropa contigo? – preguntó Von Leinsdorf, con la atención puesta de nuevo en la maleta, mientras se desabrochaba la americana y se aflojaba la corbata. – ¿De qué coño hablas?
Voy a dispararte dentro de un puto minuto, no te cambias nada.
Von Leinsdorf consultó su reloj. – ¿Cómo va la cadera, Eddie? – ¿Qué le pasa a mi cadera?
–Mírala.
Eddie bajó la vista. Tenía una jeringuilla clavada en la cadera derecha. Ni siquiera había notado el pinchazo de la aguja. – ¿Dios, qué has hecho? ¿Qué demonios has hecho? – preguntó Eddie. – ¿Puedes mover las piernas?
Eddie lo intentó. Parecía que cada una pesaba una tonelada; apenas podía cambiarlas de posición. – ¿Qué cojones…?
–Suelta el arma. De todos modos, tampoco te funciona la mano.
Eddie intentó apretar el gatillo, pero los dedos no se movieron. La pistola cayó al suelo. La parálisis se extendió de las extremidades al centro del cuerpo. Eddie jadeaba; los pulmones le dolían, faltos de aire.
–Qué… qué…
–No te resistas, Eddie; sólo lo empeorarás. – Von Leinsdorf regresó del otro extremo del vagón con una nueva jeringuilla. – ¿Qué haces?
–La última te ha matado. Ésta te mantendrá con vida.
La carretera a Versalles 22 de diciembre, 4:40 horas Massou no apagó la sirena cuando salieron de la ciudad, aunque las carreteras estaban desiertas.
Otro detective conducía a su lado, Grannit y Bernie estaban sentados detrás.
Grannit le tendió un pase no corregido para que lo utilizara al llegar. – ¿Por qué corregir los pases? ¿Por qué lo haría Skorzeny? – se preguntaba Grannit.
–Es lo que dijo su compañero -respondió Bernie-.
Los nazis siempre creen que lo hacen todo mejor; que su forma de hacer las cosas es la única buena y que la de los demás no sirve, pase lo que pase.
–Era nuestro error, pero tuvieron que corregirlo de todos modos. No pudieron contenerse, aunque fuera a delatarles. Jodidos arrogantes.
–Y les aseguro que, contrariamente a lo que hayan oído, tampoco consiguen que los trenes sean puntuales -intervino Massou.
Versalles 22 de diciembre, 5:15 horas La nieve continuaba cayendo cuando el tren de suministros entró en la vía secundaria con cuarenta y cinco minutos de retraso. En cuanto el tren se detuvo, desengancharon los vagones que transportaban los artículos de lujo. El resto del tren reanudó la marcha hacia la vía principal, resollando hasta perderse de vista.
La puerta lateral del vagón se abrió. Von Leinsdorf saltó al suelo y volvió a cerrarla. El perímetro meridional del vasto recinto de Versalles se hallaba a menos de cien metros de distancia, al final de una hilera de cipreses y de una carretera de servicio que seguía el exterior de la alambrada. Cargado con una pequeña mochila, Von Leinsdorf se dirigió a los árboles y luego medio kilómetro al sur. Examinó la doble hilera de cercado y alambre de espino que tenía ante sí y no vio movimiento alguno en toda la carretera.
Cruzó rápidamente, cortó una pequeña abertura en la doble alambrada y penetró en el recinto. Corrió a refugiarse bajo una arboleda. La nieve que caía en abundancia fue borrando rápidamente sus huellas, mientras él se internaba entre los árboles.
Versalles 22 de diciembre, 5:20 horas Después de pasar el control de seguridad, Grannit y Bernie entraron en el despacho del jefe de la policía militar, una habitación espaciosa y con corrientes de aire en el palacio de Versalles. Grannit mostró el expediente de Von Leinsdorf al segundo oficial al mando y a un oficial subalterno de Inteligencia con aspecto de recién salido de la cama. Los hombres escucharon pacientemente mientras Grannit explicaba que una escuadra alemana que se hacía pasar por un equipo de oficiales del contraespionaje estadounidense había liberado a Von Leinsdorf de la custodia policial, en París. Posiblemente intentarían entrar en Versalles con Von Leinsdorf como prisionero, o quizás el alemán se haría pasar por el teniente británico que había asesinado en el hotel Meurice. Sin decirles cómo, Grannit también mencionó que esos hombres sabían que el general Eisenhower había sido trasladado de sus aposentos habituales al palacio Trianón.
Los dos oficiales parecieron tomarse en serio su informe y le garantizaron que la seguridad que rodeaba Versalles y al general se había elevado a niveles extraordinarios tras la amenaza inicial de los comandos de Skorzeny. Eisenhower había pasado cada minuto de los últimos días dentro del palacio Trianón, situado kilómetro y medio dentro del recinto. Los oficiales agradecían la nueva información, pero era inconcebible que ningún asesino, supuesto o real, pudiera poner en peligro la vida del general, independientemente del disfraz que llevase o de quién le acompañara. También mencionaron que, a lo largo de las últimas horas y gracias a los esfuerzos de la División de Investigación Criminal, el reciente arresto del último comando de Skorzeny en Reims había supuesto una reducción del nivel de alarma. El general estaba impaciente por reanudar su habitual agenda de trabajo. Con ello, el oficial demás rango indicó que aquel encuentro tocaba a su fin.
–Pueden pasar la noche aquí si lo desean, o cenar antes devolver a la ciudad
-dijo el mayor.
Grannit supo que era una orden, no una invitación. – ¿Le importa que echemos un vistazo? – ¿Por el terreno? – preguntó el mayor-. Son las cinco de la mañana.
–El terreno abarca más de seiscientas hectáreas -intervino el oficial de Inteligencia-; tenemos un batallón al completo apostado alrededor del perímetro.
Si una pulga entrase en la residencia de Ike, nos enteraríamos. ¿Creen que van a encontrar algo que se nos haya pasado por alto?
–No. Estoy agotado y creí que me ayudaría a dormir. – ¿Por qué no espera a que haya terminado la guerra y vuelve de turista? – preguntó el oficial de Inteligencia con impaciencia.
–No, de acuerdo -terció el mayor-; tan pronto como alguien se levante y esté disponible, les organizaremos una visita por el recinto. Que se ahorren
el precio de una entrada.
Dos policías militares escoltaron a Grannit y Bernie por los largos pasillos del palacio hasta la cantina de los oficiales. El personal de cocina ya había dispuesto una mesa larga con desayunos tipo buffet para los más madrugadores. Grannit se sirvió unas tazas de café de un recipiente plateado y se acercó a Bernie, que esperaba de pie junto a un ventanal con vistas a los legendarios jardines. Las primeras luces del amanecer se asomaban al este. La nieve caía suavemente; se acumulaba en los escalones de la amplia terraza del exterior y confería al mármol de las columnas un resplandor sobrenatural. Bernie ojeó un viejo folleto turístico que incluía un mapa del terreno y luego volvió a mirar a los dos policías militares que estaban sentados en una mesa junto a la puerta.
–No van a dejarnos solos, ¿verdad?
–No.
–Puedo intentar distraerlos.
–No te la juegues, muchacho. Tienes mucho que perder.
–Así que vamos a dejarlo en sus manos. En manos del ejército y de los policías militares…
–Hemos hecho nuestro trabajo.
–No lo hemos terminado.
Grannit lo miró, sin mostrarse en desacuerdo.
Comprobó, sorprendido, que el ventanal estaba abierto.
Levantó el paquete de cigarrillos para que lo viesen los policías que les vigilaban desde la mesa y luego señaló la terraza. Los policías militares asintieron con un gesto.
Grannit salió al exterior, seguido de Bernie.
Temblando de frío, encendieron sus cigarrillos bajo un pórtico de la terraza.
Con la débil luz del amanecer, empezaron a distinguir la enorme silueta del palacio que se extendía a su alrededor. Al llegar, la oscuridad no les había permitido verla gigantesca escala de los edificios.
–Vaya choza -comentó Bernie, mirando el mapa que aparecía en el folleto-.
Se la construiría algún pez gordo, pero de eso hace mucho tiempo, ¿no?
–Entonces la mano de obra era algo más barata.
–No había sindicatos.
–En Nueva York todavía estarían poniendo cemento. Bernie sonrió. Los policías militares se unieron a ellos y les pidieron cigarrillos.
Eddie Bennings abrió los ojos con una sacudida.
Estaba echado, a oscuras y no podía moverse, pero sentía algo frío y metálico en las manos. Lo identificó como su propia pistola automática.
Oyó el motor de un coche que se aproximaba en el exterior y acercó el dedo al gatillo.
Los policías militares que patrullaban por el perímetro oyeron un disparo, luego otro. Se detuvieron a escuchar. Otro disparo. Parecían provenir de un vagón aparcado en un ramal, al sur de la alambrada. Se dirigieron hacia allí con el jeep y se aproximaron con precaución y las armas desenfundadas.
Las puertas del primer vagón estaban abiertas; dentro había cajas de munición. Oyeron una voz ahogada procedente del segundo vagón; luego advirtieron que la puerta estaba entreabierta.
Los policías militares que custodiaban a Grannit recibieron una llamada por walkie-talkie sobre un tren abandonado, descubierto cerca del perímetro sur.
El oficial comunicó que habían oído disparos y se disponían a investigar.
Uno de los policías se mantuvo a la escucha mientras los oficiales avanzaban hacia el tren.
Grannit se acercó a escuchar.
Con las armas desenfundadas, los dos soldados abrieron lentamente la puerta trasera del vagón.
Si hubieran vivido lo bastante para registrarlo, habrían vislumbrado al cabo Eddie Bennings tendido en el suelo del vagón, atado de pies y manos, amordazado y con una pistola pegada a las manos con cinta adhesiva. Su cuerpo estaba rodeado por una cadena de pequeños ladrillos grises conectados mediante mechas.
Eddie alzó la vista hacia los soldados y gritó por la mordaza cuando la abertura de la puerta cortó un pequeño cable que activó un detonador y prendió las mechas conectadas a los paquetes de explosivo plástico que rodeaban su cuerpo.
La explosión pulverizó de inmediato el cuerpo de Eddie Bennings, a los dos oficiales y el vagón. Produjo además otra detonación en el vagón contiguo, que transportaba todo un cargamento de munición de artillería. Una llamarada se alzó a sesenta metros del suelo y la onda expansiva destrozó las ventanas de las viviendas que se hallaban a cien metros al sur. A lo largo del perímetro de Versalles, los soldados americanos al frente de los cuarteles y controles vieron las llamas, oyeron las explosiones y abandonaron sus posiciones para investigar.
Los dos policías militares oyeron la explosión distorsionada por sus walkie-talkies. Al sur del horizonte, un resplandor de intensidad inusitada llamó la atención de Grannit. Poco después, un estruendo amortiguado, como de artillería distante, reverberó por todo el llano paisaje. Bernie se volvió a tiempo de ver la llamarada que superaba la línea de árboles y oír una segunda explosión, más intensa. Los policías que les escoltaban se apresuraron escalera abajo hacia el lugar de la detonación, con las armas desenfundadas. – ¡Volved dentro! ¡Volved dentro ahora mismo! – les