Segundo objetivo
Capítulo 3
Von Leinsdorf asintió, antes de dar una calada y examinar el pitillo. – ¿Para qué nos entrenan, Brooklyn? Todos me dan una respuesta distinta.
–Dicen que vamos a defender Colonia cuando los Aliados invadan…
–Vamos, eso son sandeces. ¿Todas estas molestias para cavar una trinchera y esperar a que Patton cruce el Rin? Ésta es una misión de Skorzeny. El comando de Hitler. Empecemos por el nombre: Operación Grief. El grifo mitológico. ¿Recuerdas su aspecto? Es mitad águila alemana, mitad león aliado. Nuestra misión está en esa imagen. Vamos a cruzar la línea enemiga haciéndonos pasar por una brigada norteamericana. Un ataque sorpresa.
Algo que asombrará al mundo.
–Puede que tengas razón -replicó Bernie, fingiendo despreocupación mientras sus peores temores se hacían realidad.
–Estoy seguro. Y creo saber cuál será nuestro objetivo.
Bernie percibió un resplandor metálico por encima de ellos, entre la oscuridad, procedente de una torre de vigilancia situada precisamente sobre el patio.
–Hay alguien ahí arriba -dijo.
Von Leinsdorf se volvió a mirar. Un oficial alto y robusto vestido de uniforme se había inclinado hacia delante para encender un cigarrillo y su rostro era visible gracias a la llama del mechero que sostenía un soldado.
–Es él. – ¿Quién? – preguntó Bernie.
–Skorzeny está aquí.
3
Grafenwöhr 20 de noviembre de 1944 A las seis y media de la madrugada, la 150 Brigada a Panzer al completo fue convocada en el patio, antes del almuerzo. Bernie, Von Leinsdorf y el resto del comando del capitán Stielau formaron en las primeras dos filas de cara al comedor, mientras una leve bruma caía del cielo nublado. Al cabo de cinco minutos, toda la brigada se cuadró cuando vio aparecer a la plana mayor del campamento, seguida del coronel Skorzeny. Aunque iba uniformado, no llevaba abrigo como el resto de los oficiales; lucía una sonrisa segura que parecía indiferente a las inclemencias del tiempo y a cualquier otra adversidad. Skorzeny se detuvo y observó a sus hombres durante casi un minuto, estudiando los rostros, antes de pronunciar palabra. La Cruz de Hierro le colgaba del cuello almidonado, entre los relámpagos de las SS y la insignia de su graduación.
Su mirada astuta y sus rasgos afilados sugirieron a Bernie la imagen de un zorro hiperinteligente.
–No estamos aquí para convertiros en soldados -dijo en inglés, con una voz que atronó en todo el patio-. Ése era el trabajo de otros; si fracasaron, nada podemos hacer ahora por vosotros. Tampoco es el momento de entrenaros adecuadamente como comandos; la urgencia de nuestra misión es demasiado grande. Es responsabilidad de cada hombre hacerlo lo mejor que pueda con lo que les suministramos. Sus armas principales serán la inteligencia, el ingenio y la astucia. »Lo que espero de ustedes es lo siguiente: la voluntad de cambiar por completo sus pautas de comportamiento. La nacionalidad, la raza y la cultura son cualidades que expresan inconscientemente en sus instintos, hábitos y actitudes. Están mucho más arraigados en su cuerpo y en su mente de lo que creen.
En lo que concierne al mundo exterior, estas cualidades, las «características alemanas», deben cambiar para que tengan opciones de sobrevivir a lo que nos espera. De nada les sirve vestir de verde oliva y aprender inglés americano si dan un taconazo y se cuadran como un granadero prusiano en cuanto un oficial les grite una orden.
Hizo una demostración cómica, parodiándose como si fuera un muchacho de la tropa, lo que provocó las carcajadas de los allí reunidos. Bernie miró de reojo a Von Leinsdorf; observaba a Skorzeny con una devoción casi religiosa. Skorzeny sonrió y esperó que las risas se apagaran con la experimentada actitud de un comediante.
«Se los ha metido en el bolsillo. Morirían por él ahora mismo.»
–Nunca antes, en la historia bélica, se ha intentado llevara cabo una operación de esta envergadura. No voy a minimizar el peligro al que se enfrentan, pero les aseguro que el Führer les ha encomendado una gran responsabilidad, de la que depende el futuro de nuestro país. Tienen todo su apoyo y su absoluta confianza. No me cabe duda de que no le fallarán, ni tampoco a Alemania. El resto, dejémoslo en manos de Dios y del azar. ¡
Heil Hitler!
Skorzeny se volvió con un taconazo y se alejó, seguido de sus ayudantes y oficiales. Irradiaba dominio y una confianza de hierro, templados por su empatía hacia las tropas y un humor paródico. Von Leinsdorf y todos los que le rodeaban resplandecían de celo patriótico, como si estuvieran a punto de echarse a cantar.
Aquella mañana, Skorzeny observó en el campo de entrenamiento las maniobras de la división militar de la brigada: dos tanques americanos Sherman capturados y doce Panther alemanes, reequipados para asemejarse a los Sherman. Por la tarde, el comando de Stielau dirigió una operación de sabotaje, la voladura de un puente ficticio contrarreloj. Skorzeny pareció satisfecho de su actuación.
Skorzeny regresó a la residencia de oficiales al anochecer. Su ayudante le esperaba fuera:
–Señor, un teniente de la compañía de comandos solicita hablar con usted.
–Ahora no tengo tiempo para eso.
–Es un SS -dijo el ayudante, bajando la voz-. De una familia del cuerpo diplomático.
Skorzeny alzó la vista hacia la siguiente habitación, donde esperaba un joven muy erguido de cabello rubio cortado a cepillo.
–Bien, déjenos.
Skorzeny se aproximó al hombre, que se cuadró y le saludó.
–Unterstürmführer Erich von Leinsdorf, señor. Es un honor conocerle. –
¿Qué puedo hacer por usted, teniente?
–Señor, al ser como usted oficial de las SS, me tomaré la libertad de hablar sin rodeos. Por el campamento circulan los rumores más descabellados respecto a la naturaleza de nuestra misión. Cuando los hombres supieron que usted estaba al mando, su imaginación se desbocó.
–Póngame un ejemplo.
–Vamos a cruzar toda Francia para liberar a la guarnición atrapada en Brest.
Algunos creen que vamos a cruzar el Canal para invadir Londres. Incluso hay quien afirma que cruzaremos el Atlántico en submarino y atacaremos a Roosevelt en la Casa Blanca.
Skorzeny, divertido, meneó la cabeza. – ¿Y usted qué cree, teniente?
–Creo conocer el verdadero objetivo de la 150 a Brigada Panzer, señor.
El hombre irradiaba tal convicción que, por un instante, Skorzeny se preguntó sí sus segundos, desobedeciendo órdenes, se habrían confiado al teniente. Se sirvió una copa y, de pie ante al fuego, se dispuso a escuchar la teoría de Von Leinsdorf. Skorzeny meció la copa de coñac sin demostrar asombro ante lo que el hombre le decía: un gran maestro disponiéndose a mover un peón que, de pronto, se había vuelto útil.
Guardó silencio cuando Von Leinsdorf terminó, permitiendo que se sintiera violento.
–Compartiré algo con usted -dijo por fin-. El Führer nos ha dado un objetivo militar específico, cuyos detalles no puedo revelar.
–Lo comprendo, señor.
–Hay también un segundo objetivo -añadió Skorzeny, aproximándose-.
Nadie más lo conoce, ni siquiera sus superiores, teniente. No importa cómo, pero usted lo ha descubierto con toda exactitud. Deje que le explique mi problema, teniente…
Von Leinsdorf se tensó.
–No pretendía causarle ningún problema…
Skorzeny levantó la mano para indicarle que guardara silencio.
–Llevo cierto tiempo buscando a un oficial capaz de dirigir esta fase de la operación. He encontrado al hombre que necesitaba.
–Me siento honrado, señor.
–Elija a algunos hombres de su compañía. Los que mejor hablen inglés, tres hombres, cada uno de ellos cualificado para dirigir una pequeña escuadra.
¿Le viene alguien a la cabeza?
–Sí, señor.
–Confíeles lo que crea conveniente, pero sin entrar en detalles. Que cada uno de esos hombres organice su propio equipo de cuatro hombres.
Entonces considere este objetivo meticulosamente y trabaje los detalles tácticos usted mismo. – ¿Qué directrices puede darme, señor?
–Ninguna. El resto depende de usted. No quiero limitar la iniciativa de un
joven oficial de talento.
Entretanto, para levantar los ánimos, introduzca un rumor en nuestro propio campamento. Tres comandos americanos, vestidos con uniformes alemanes, fueron capturados recientemente cerca de Aquisgrán. Pocos días después, las SS les dieron un pase para que pudieran regresar sanos y salvos a las líneas americanas. – ¿Es eso cierto?
–Claro que no. Fueron ejecutados de inmediato -Skorzeny le abrió la puerta-. Nos veremos de nuevo en la víspera del ataque y concluiremos los detalles de su plan. Buena suerte a todos.
–Puede confiar en mí, señor.
Von Leinsdorf saludó, dio un taconazo y salió de la habitación. El ayudante de Skorzeny entró poco después.
–Tráigame el dossier de ese hombre. Y que venga el capitán Stielau.
Skorzeny esperó, mirando el fuego, mientras sentía que los hilos de tres tejidos distintos se unían en un todo satisfactorio. El ayudante y Stielau regresaron juntos. Skorzeny examinó rápidamente el dossier de Von Leinsdorf, con Stielau a su lado. – ¿Cómo ha acabado aquí? Su padre tenía un cuarto de sangre judía.
–Sí, por parte de madre. Según los estándares del partido, eso le hace un mestizo, un Mischlinge. – ¿Y era la mano derecha del embajador Von Ribbentrop en Londres? – preguntó Skorzeny-.
Recuerdo haber oído algo al respecto. Un escándalo de escasa envergadura.
–Von Ribbentrop lo destinó a un oscuro puesto en Suecia. La madre enfermó, regresó a casa y murió poco después. Cuando el padre se suicidó al cabo de unos meses, el hijo, Erich, pasó a la tutela del Estado. – ¿Cómo se suicidó?
–La soga. La muerte de un cobarde. Adecuada para un judío.
Skorzeny leyó algo en el dossier.
–Erich encontró el cuerpo.
–Sí. Lo enviaron de vuelta a Alemania y se enroló en las Juventudes Hitlerianas. Sobresalió tanto en todos los programas juveniles en que le incluyeron -la Escuela de Hitler, el Instituto Político- que fue transferido a los Ordensburgen. Sólo van allí los jóvenes nacionalsocialistas más fanáticos. Intensa disciplina física, instrucción militar, formación en ciencias raciales y la cuestión judía… todo bajo el mando de las SS.
–Pese a su sangre judía.
–La línea materna era pura aria, por lo que sólo tiene un octavo de sangre judía, poco más del doce por ciento. En casos especiales, puede argumentarse que la sangre aria es más dominante. Con todo, él parece decidido a erradicar la herencia de su padre. La creatividad del teniente en Dachau ha sido, cuando menos, asombrosa.
Skorzeny conocía el programa de exterminio de Dachau y de otros campos de la muerte, pero no hizo comentarios. Los oficiales superiores que no participaban directamente en la Solución Final nunca discutían lo que sabían en ningún modo que requiriese expresar una opinión. Stielau interpretó su silencio como desaprobación.
–En cualquier caso, si le supone un problema, haremos que le ejecuten mañana -añadió.
–No, Stielau, me ha mal interpretado por completo.
Él es perfecto.
–Si me permite la pregunta, ¿en qué sentido, señor?
–Está muy bien eso de enviar a nuestra pequeña brigada al otro lado de las líneas enemigas. Si las estrellas se alinean y los sorprendemos en plena siesta, tenemos incluso una pequeña probabilidad de éxito.
–Señor, considero que está descartando una oportunidad muy buena, que nos permitiría cambiar el curso de la guerra…
–Aprecio su entusiasmo, capitán Stielau, y su devoción hacia nuestra causa.
Pero el realismo es la disciplina más dura. La perspectiva a largo plazo sugiere que a todos nos espera un futuro desolador, independientemente de nuestros esfuerzos transitorios.
Stielau no respondió y Skorzeny se arrepintió inmediatamente de su franqueza.
–Sin embargo, somos soldados -añadió, cerrando el dossier de Von Leinsdorf- y jugamos las cartas que tenemos en la mano. Y puede que este hombre sea un comodín.
Bernie advirtió el cambio producido en Von Leinsdorf tan pronto como regresó a los barracones con la mirada endurecida y la mandíbula apretada.
Reclutó a sus dos primeros jefes de escuadra esa misma noche: un compañero oficial de las SS, el Unterstürmführer Gerhard Bremer, y un traductor de la Inteligencia del ejército llamado Karl Heinz Schmidt. Bernie observó estas conversaciones y cuando Von Leinsdorf regresó a su litera, le preguntó qué sucedía pero no obtuvo respuesta. «Está siguiendo nuevas órdenes, del mismo Skorzeny», pensó.
Von Leinsdorf reclutó al tercer jefe de escuadra la mañana siguiente, el antiguo sargento del ejército norteamericano William Sharper. Tras pasar cuatro años como soldado en el Norte de África y Francia, Sharper había desertado a la Wehrmacht hacía tres meses, después de casi matar de una paliza a su oficial superior durante una partida de póquer. Había pasado esos meses bajo la custodia de la Inteligencia alemana, antes de que le liberaran para formar parte de la presente misión. Von Leinsdorf veía a Sharper como un hooligan de clase trabajadora, más adecuado para la vida
del soldado de asalto nazi que para el conformista ejército norteamericano.
Autorizó a los tres hombres a que reclutasen su propio equipo de cuatro soldados.
Cuando Karl Schmidt insistió en conocer detalles del «segundo objetivo», Von Leinsdorf le dijo que permanecería clasificado hasta la noche anterior a la misión.
Esa noche Von Leinsdorf pidió a Bernie que se uniera a su escuadra, junto a un comerciante de mediana edad llamado Marius Schieff y un antiguo empleado de banco de Viena, Gunther Preuss, ambos hombres de Categoría Dos. Von Leinsdorf no les explicó nada de su nueva misión, pero Bernie supo con certeza que su estatus dentro la brigada había cambiado a peor.
Ya no temía que descubriesen lo que había hecho en Berlín. El camino por el que le llevaba Von Leinsdorf le parecía mucho más peligroso.
Una semana antes del inicio de la ofensiva, Otto Skorzeny acudió a una última sesión informativa con el Estado Mayor en la Cancillería del Reich en Berlín.
Skorzeny repasó el papel de su brigada en la invasión y se acordaron procedimientos para proteger a sus comandos del ataque alemán. Sus tanques americanos llevarían dos triángulos amarillos dentro de la insignia de la unidad estampada en el blindaje. Si otras tropas regulares o comandos de la Wehrmacht se encontraban en el campo de batalla a la luz del día, los hombres de la Operación Grief debían quitarse los cascos americanos y sostenerlos en alto sobre sus cabezas. De noche, si se cruzaban con fuerzas del ejército alemán, dispararían bengalas con pistolas Verey para revelar su identidad.
Skorzeny fue informado de que las condiciones meteorológicas para el día elegido eran favorables: un cielo densamente nublado que neutralizaría la superioridad aérea de los Aliados. Todas las señales eran positivas.
La contraofensiva en Bélgica y Luxemburgo conocida como Operación