Segundo objetivo
Capítulo 33
Von Leinsdorf se sentó en el banco y dejó que sus ojos errasen por la capilla. Recordaba vagamente que ésta era la iglesia más antigua de París.
Una bomba había destrozado las ventanas de un lateral y por el hueco observó la tormenta que se avecinaba en el cielo del atardecer. Cerró los ojos un instante.
Cuando volvió a abrirlos, vio por las ventanas rotas que había oscurecido por completo. Consultó su reloj.
Había pasado más de una hora. Miró a su alrededor, perplejo. La música había cesado, el coro se había ido.
El mismo sacerdote hablaba con un gendarme al fondo de la iglesia. Von Leinsdorf se levantó rápidamente, recogió sus cosas y se marchó.
33
Montmartre 19 de diciembre, 18:30 horas Eddie Bennings le oyó en la escalera antes de que entrara en la buhardilla. Von Leinsdorf vestía un abrigo largo y se dirigió de inmediato a la habitación trasera para cambiarse. Bennings, que lanzaba peniques contra una pared en la habitación principal, alumbrándose con la única lámpara de la estancia, no alcanzó a ver el uniforme británico. – ¿Dónde has estado, Dick? Empezaba a preocuparme.
–No hay nada de qué preocuparse -respondió Von Leinsdorf desde la otra habitación-. He estado organizando los preparativos. ¿Cómo te ha ido el día?
–Aburrido. Aquí sentado, tocándome las narices.
Bennings había decidido no mencionar su salida de la mañana. Hojeó el Barras y estrellas mientras esperaba y le daba conversación. – ¿Te has enterado de que no encuentran a Glenn Miller? Creen que su avión se ha estrellado en el Canal. – ¿Cuándo ha pasado eso?
Von Leinsdorf salió vestido con ropa de civil. Estaba cosiéndose una solapa en la parte anterior izquierda del abrigo. Bennings le miró sin curiosidad y volvió al periódico.
–No lo sé. Hace unos días. Cuando iba de camino a París para organizar un concierto de Navidad. – ¿Han sido los alemanes?
–Habrán sido ellos. Qué lástima, ¿no? ¿Sabes cuántas veces he follado gracias a la música de ese tipo?
No tengo nada en contra de los alemanes, pero me gustaría poner las manos encima a los capullos que han hecho esto. Me muero de hambre, tío. No he salido en todo el día. – ¿De dónde has sacado el periódico?
–Lo he encontrado abajo.
–Así que has salido.
–Sólo un momento, para comprar cigarrillos.
Von Leinsdorf fue a la ventana y miró entre las cortinas. Las nubes estaban bajas y empezaba a llover. – ¿Has hablado con alguien?
–No, por Dios. ¿Quieres comer algo? ¿A qué hora nos veremos con Ververt?
–A las siete. – ¿Qué hora es ahora?
–Las seis y media.
Había dos hombres al otro lado de la calle, frente al edificio. Ambos
miraban la buhardilla. Von Leinsdorf apagó la lámpara y sacó los prismáticos para verlos mejor.
Un gendarme y un civil moreno, más bajo. Ambos desconocidos. No eran quienes esperaba. – ¿Algo va mal? – preguntó Eddie.
–Aún no lo sé. – ¿Qué me dices de llenar el estómago?
–Comeremos algo en el club.
Cuando salieron a la calle y empezaron a bajar las callejuelas serpenteantes que llevaban al club de Ververt, los dos hombres habían desaparecido.
Llegaron diez minutos antes de lo acordado, dieron unos golpecitos en la ventana y esperaron que apareciese alguien. Von Leinsdorf sabía que les seguían, probablemente el gendarme y su compañero, pero no consiguió verlos. Uno de los hombres de Ververt abrió la puerta del club de jazz y ambos entraron.
Ververt estaba en su mesa junto a la cocina.
Preguntó si tenían hambre, más hospitalario en esta ocasión, mientras uno de sus hombres servía una botella de vino tinto y una fuente de pan, queso y aceitunas verdes. Ververt les preguntó por su propuesta y escuchó con detenimiento, sin interrumpir, mientras Eddie exponía los detalles del tren de Navidad. – ¿Cuántos camiones necesitamos? – preguntó Ververt cuando Eddie hubo concluido.
–Depende de ti; podremos llenar dos o tres. – ¿Cuándo tienen que salir de París?
–Necesitamos que nos lleven a la estación -respondió Von Leinsdorf-.
Deberíamos llegar allí a medianoche, así que tendríamos que estar en la carretera a las nueve. Haz que nos recojan en el metro de Invalides. Nos dejarán en el almacén y luego siguen hasta Versalles.
–Nos encontraremos a las tres, en la vía secundaria, cuando detengamos el
tren para cargar -dijo Eddie. – ¿Cuánto tiempo llevará?
–Una vez esté el tren allí, no más de una hora. Los camiones deberían estar de vuelta en la ciudad al amanecer. – ¿Y qué pasa con la seguridad del tren?
– preguntó Ververt, mirando su cigarrillo.
–Ese asunto lo tenemos cubierto. – ¿Y el dinero?
–Cincuenta mil. La mitad ahora, la mitad con la entrega. Ververt arrojó el cigarrillo con un gesto de desprecio.
–No sé lo que estoy comprando.
–Tenemos que ocuparnos de los chicos del tren antes de que lo abran -
argumentó Eddie. – ¿Por qué tiene que ser eso asunto mío? – preguntó Ververt.
–Porque de lo contrario no hay trato -intervino Von Leinsdorf.
Ververt se sirvió otra copa de partís. Hizo una señal a uno de sus hombres, que depositó una caja fuerte gris en la mesa. Ververt la abrió y contó diez mil dólares americanos.
–El resto cuando acabemos de cargar los camiones -dijo.
El dinero permaneció largo rato en la mesa, entre ellos. Ververt cerró la caja fuerte para recalcar lo irrevocable de la oferta. Finalmente, Von Leinsdorf alargó el brazo y recogió el dinero. – ¿Café? – preguntó Ververt.
El policía corrupto y el chulo se habían quedado desconcertados con la llegada del segundo hombre a la pensión, al poco de que iniciaran la vigilancia.
Supusieron que era otro desertor americano y decidieron modificar el planteamiento. En lugar de atacar la buhardilla, esperaron y siguieron a los hombres, cuando salieron del edificio, hasta un club de jazz regentado por
un conocido gángster local. Por una ventana, vieron que se sentaban con Ververt. La relación con el gánster hizo que el chulo se cuestionara la sensatez de actuar contra ellos, pero el gendarme, que llevaba años cobrando sobornos del corso, se sintió más seguro que nunca respecto a su viabilidad como objetivos. Eran jugadores desconocidos sin estatus local.
Probablemente Ververt pretendía timarles, por lo que muy bien podían tomarle la delantera.
Poco después de las siete, en el hotel Meurice, un mayor británico en bata se dirigió con paso decidido a recepción y presentó una ruidosa queja sobre un uniforme extraviado que había mandado a la lavandería el día anterior.
Bernie y Grannit estaban al teléfono, llamando uno por uno a los oficiales residentes e investigando las tarjetas de registro, cuando oyeron la diatriba del mayor.
También lo hizo una camarera argelina que, en una fila de empleados, aguardaba el interrogatorio del jefe de seguridad del hotel. Avanzó un paso y dijo que recordaba haber visto aun mozo cargado con un uniforme de mayor en la cuarta planta. El enfado del mayor subió unos decibelios -si él se alojaba en la segunda planta, ¿por qué demonios entregaban su uniforme en la cuarta? Él mismo respondió a esa pregunta: porque en aquel hotel el robo era galopante, debido a que aquella ciudad estaba plagada de malditos moros.
–Sólo otro recordatorio de que África empieza en Calais-se le oyó decir.
El jefe de seguridad llamó a Grannit para que oyese el relato de la camarera y se interpusiera entre ambos.
La empleada, molesta por el racismo del mayor, mencionó que nunca había visto a ese mozo en el hotel, pero no que le había dado cinco dólares después de abrirle una habitación con su llave maestra. Tampoco logró recordar el número de la habitación.
Grannit y Bernie seleccionaron las fichas de registro de todos los oficiales
de la cuarta planta. Aquel día se habían registrado cinco nuevas llegadas y Grannit llamó a cada una de las habitaciones desde la centralita. Dos de los oficiales se hallaban en sus habitaciones. Grannit se identificó y les pidió que bajaran al vestíbulo para responder a unas preguntas. Tres no contestaron. Las llaves de dos habitaciones estaban en sus casilleros, lo que daba a entender que los hombres se habían ausentado del hotel.
Faltaba una llave, la de la habitación 417, registrada a nombre del teniente Alan Pearson que, según la ficha, había llegado poco después del mediodía.
Uno de los recepcionistas recordaba que el teniente Pearson había vuelto de almorzar poco después, con aspecto de haber bebido en exceso, acompañado de otro oficial británico que pidió la llave de la habitación 417
y le ayudó a subir. – ¿Quién era el otro hombre?
Un mayor, creía el empleado. Al insistirle en que diera detalles, sólo recordó que el mayor llevaba un parche en el ojo, aunque no logró asegurar qué ojo cubría; eso es todo lo que recordaba de él.
–Precisamente por eso lo llevaba -dijo Grannit.
Poco después Grannit y Bernie subían en ascensor, acompañados del director y del jefe de seguridad del hotel.
Von Leinsdorf y Eddie Bennings regresaban colina arriba, con la cabeza gacha y el cuello del abrigo alzado debido al frío. La lluvia helada se convertía en nieve: algunos copos frágiles, alargados, planeaban aisladamente hacia el suelo. Von Leinsdorf se detuvo un momento a observarlos.
«Como las emisiones de la chimenea del crematorio.» -¿Estás bien, jefe? –
preguntó Eddie, volviéndose hacia él.
Von Leinsdorf siempre se había enorgullecido de su capacidad de aislar sus recuerdos del campo, de cercenar de su mente consciente todas las piezas no deseadas del pasado. Ahora se filtraban entre esos muros con una frecuencia alarmante. No sabía lo que eso significaba, pero le dejó
intranquilo.
–Sí, muy bien.
Continuaron y doblaron la esquina para entrar en la estrecha entrada cubierta de su pensión. Von Leinsdorf empujó a Eddie hacia las sombras, contra la pared. De inmediato, los dos hombres que había visto frente al edificio se abalanzaron sobre ellos. Uno llevaba pistola y les gritó en francés.
–Habla en inglés -dijo Von Leinsdorf.
–Policía de París. Las manos contra la pared.
Von Leinsdorf avanzó un paso e introdujo las manos en los bolsillos de la gabardina.
–Primero me gustaría ver una placa.
–Hagan lo que se les dice -dijo el policía, avanzando otro paso.
Eddie hizo ademán de volverse, pero Von Leinsdorf le detuvo con su voz:
–No haremos nada hasta ver una placa.
El policía pareció decepcionarse ante aquella falta de respeto. El chulo avanzó con un gruñido, abriendo la navaja que se había sacado del bolsillo.
–Faites ce que'il dit, chien! – exclamó, avanzando amenazadoramente hacia Eddie-. Vous ne payez pas, ainsi nous vous faisons! – ¿Qué coño te pasa?
–Dice que no le has pagado y que va a hacer que pagues -aclaró Von Leinsdorf-. ¿A qué se refiere?
Eddie tragó saliva, pero no respondió.
–Que nadie se mueva -dijo una clara voz con acento norteamericano-.
Ninguno de vosotros.
Un hombre ataviado con trinchera y sombrero salió del pasaje que daba a la calle, justo detrás de Von Leinsdorf; sostenía con ambas manos un Colt del 45 y una linterna alineada contra el cañón. El gendarme se volvió irritado hacia el recién llegado.
–Esto es un asunto de la policía.
El hombre enfocó al gendarme con su linterna.
–Pon el arma en el suelo y hablaremos de eso. – ¿Quién demonios eres?
–Policía militar.
–Buenas noticias -dijo Von Leinsdorf, sacándose una placa del bolsillo-.
También lo somos nosotros.
División de Investigación Criminal.
La cabeza de Eddie iba de un lado para otro, para intentar mantenerse al corriente.
El oficial enfocó a Von Leinsdorf y la placa que sostenía con su linterna.
–Arrójala aquí. El resto deje las armas en el suelo y apartenlas de una patada. Ahora mismo.
Von Leinsdorf arrojó la placa a los pies del policía militar. El gendarme y el chulo dejaron la pistola y la navaja en el suelo y las alejaron con el pie.
–Rodillas y manos al suelo.
Los franceses obedecieron. Antes de recoger la placa de Von Leinsdorf, el policía militar enfocó a Eddie Bennings. – ¿Quién diablos eres tú?
–Voy con él -respondió Bennings, señalando a Von Leinsdorf.
–Un testigo que nos ayuda en nuestra investigación -dijo Von Leinsdorf-.
Aquí tengo su documentación.
Estos tipos son policías, como ellos dicen, más corruptos que el mismísimo diablo.
–En eso estamos trabajando -replicó el gendarme, señalando a Von Leinsdorf-. Ellos son unos desertores y trafican en el mercado negro…
Bennings vio que Von Leinsdorf se sacaba la pistola del bolsillo; poco después empezó el tiroteo en el estrecho pasaje.
El jefe de seguridad del hotel llamó a la puerta de la habitación 417 a las ocho menos cinco. Se identificó y anunció al teniente Alan Pearson que tenía que entregarle un mensaje urgente del Cuartel General Supremo de las Fuerzas Aliadas. Grannit se encontraba a la izquierda de la puerta con el arma desenfundada.
Bernie Oster y el director del hotel esperaban pasillo abajo. La puerta que había frente a Bernie se abrió; de pronto se encontró cara a cara con una mujer que salía.
Ésta miró alarmada su uniforme de policía militar y Bernie vio que un oficial se vestía en la habitación.
Bernie se llevó un dedo a los labios y la mujer cerró la puerta sin hacer ruido.
Pearson no respondió. El jefe de seguridad insertó su llave con manos temblorosas, abrió la puerta y Grannit entró primero. Alan Pearson yacía en la cama, bajo una manta subida hasta la barbilla, con el rostro vuelto hacia el otro lado. Grannit le buscó el pulso en la carótida y luego apartó las mantas. El cuerpo de Pearson sólo conservaba la ropa interior. Por el modo
en que la sangre se había depositado, Grannit dedujo que llevaba al menos cinco horas muerto. Llamó a los otros y luego examinó los brazos del teniente.
–Ha estado aquí -dijo Grannit a Bernie, antes de volverse hacia el director-.
Llame al inspector Massou, de la Prefectura de Policía.
–Le conozco -replicó el director, aliviado de tener un motivo para marcharse.
–Le ha matado con una inyección -afirmó Grannit, señalando una herida en el antebrazo de Pearson.
Por el rabillo del ojo vio que el jefe de seguridad se disponía a abrir un ropero situado al pie de la cama.
Entonces distinguió un pedazo de tela que asomaba por un agujero, en la parte inferior del armario.
–No lo toque!
Grannit se acercó a examinar la puerta. La entreabrió y miró dentro, después se volvió hacia Bernie.
–Linterna.
Bernie le tendió la que llevaba en el cinturón.
Grannit la usó para iluminar una línea de monofilamento que se extendía a lo largo de la abertura y luego continuaba hasta la base del armario, donde se conectaba al percutor de una granada de mano, pegada a un pequeño cuadrado de explosivo plástico de color gris oscuro que descansaba en la camisa del uniforme que había introducido por debajo de la puerta.
–Ha dejado algo para nosotros. Llame a los artificieros.
Al ver la granada, el jefe de seguridad empalideció y retrocedió a la salida.
Poco después le oyeron correr por el pasillo.Grannit cerró suavemente la puerta del armario y no retiró la mano. Se volvió hacia Bernie. – ¿Tendrá que sujetar la puerta hasta que lleguen los artificieros? – preguntó Bernie.
–Eso creo. El picaporte no parece muy fiable. – ¿Quiere que lo haga yo?
–Podrías buscar cinta adhesiva.
Bernie se volvió hacia la puerta, luego se detuvo.
–Si quisiera escapar, éste sería un buen momento para hacerlo.
–Eso no voy a discutirlo.
–Voy a por la cinta.
Bernie acababa de salir de la habitación cuando sonó el teléfono de la mesita de noche. Grannit lo miró, miró el cadáver de Pearson sobre la cama, miró la puerta del armario y miró su reloj: las ocho y veinticinco. Bernie apareció poco después con un rollo de cinta aislante negra. Pegaron todo el rollo a la parte anterior del armario y luego se aseguraron de que la puerta no se abriría cuando la soltasen. Una vez convencidos de que la cinta aguantaría, retrocedieron hacia la salida. El teléfono junto a la cama volvió a sonar. Ambos intercambiaron miradas. – ¿Quiere que conteste? –
preguntó Bernie.
Con un suspiro, Grannit avanzó y descolgó el teléfono, sin dejar de mirar el armario.
–Cuatro diecisiete.
–Me han dicho que llame. Soy el inspector Massou.
–Inspector, soy el teniente Grannit. Estamos en el hotel Meurice. Von Leinsdorf ha estado aquí. – ¿Cuándo?