Segundo objetivo

Mark Frost · Capítulo 3 de 47

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Segundo objetivo

Capítulo 2

años.

Bernie vio la trampa que se ocultaba en la pregunta y preguntó con indiferencia: -¿Por qué, señor?

–Su experiencia puede sernos útil durante la instrucción. Puede que recurramos a sus conocimientos.

–Ayudaré en todo lo que pueda, señor.

–Soy el capitán Stielau. Estará directamente bajo mis órdenes. Parece aliviado. – ¿Ah, sí? Supongo que lo estoy, señor.

A Stielau pareció divertirle la reacción de Bernie; después se volvió hacia el teniente.

–Categoría Uno.

El teniente escribió el nombre de Bernie en una lista de cuatro columnas.

Bernie vio que el suyo era el primer nombre que anotaba en la primera columna. – ¿Puedo preguntarle cuál es el propósito de nuestra nueva brigada, señor?

–Sí -respondió Stielau.

Bernie titubeó unos instantes. – ¿Cuál es el propósito de nuestra nueva brigada, señor?

–He dicho que podía preguntar, no que le fuese a responder. Puede retirarse, soldado Oster.

2

Grafenwöhr Noviembre de 1944 Bernie intentó sepultar su miedo perdiéndose en la rutina del campamento. A lo largo de la semana siguiente, llegaron unos dos mil hombres de todos los rincones del Reich. Bernie colaboró en las entrevistas iniciales formulando preguntas para determinar el nivel de competencia en inglés, tanto en comprensión como hablado.

Después se clasificó a los candidatos en cuatro categorías. Uno: inglés fluido y conocimiento del argot norteamericano. Dos: fluidez sin conocimientos específicos de los modismos norteamericanos. Tres: comprensión general y capacidad para llevar a cabo conversaciones limitadas. Cuatro: comprensión mínima; personas con estudios de inglés que no han aplicado al mundo real.

Bernie pronto advirtió que la mayoría de los voluntarios había exagerado sus aptitudes. A finales de la semana, cuando llegaron los últimos hombres, no había seleccionado ni a veinte para que se le unieran en la Categoría Uno. Había cincuenta en la Categoría Dos.

La tercera categoría contaba con una centena de hombres y la cuarta unos doscientos. En cuanto al resto, unos dos tercios de los hombres convocados en Grafenwöhr, su inglés se limitaba a respuestas de una palabra.

Bernie se alojaba con los componentes de las categorías Uno y Dos; los Tres y Cuatro pasaron a ocupar los barracones del otro lado del patio y el resto se trasladó al área más alejada del recinto.

Se entregaron a los hombres uniformes neutros, color verde oliva, sin insignias. Todas las graduaciones previas se esfumaron y los oficiales no recibieron un trato preferente. Comían juntos en la misma cantina, donde las raciones sobrepasaban las habituales del ejército. El contacto con la familia o los amigos estaba prohibido. Todos los hombres firmaron un voto de silencio y las cartas pasaban la estricta revisión de los censores. Se administraban libremente medicinas y fármacos genéricos para prevenir enfermedades, pues no estaba permitido que nadie saliese del campamento

para visitar a un médico. Este ambiente tenso disparó los rumores y las especulaciones sobre la razón de ser de la brigada, que recorrían todo el campamento y se modificaban a diario. El verdadero propósito seguía siendo un misterio.

Les ofrecieron la primera explicación un amanecer en que Bernie y el resto de la brigada fueron convocados a una asamblea general. El capitán Stielau tomó la palabra. Ahora formaban parte de la 150 Brigada a Panzer, dirigida por el coronel Otto Skorzeny. La mención de aquel nombre levantó murmullos en el patio; Skorzeny era, sin duda, la figura más célebre de las fuerzas armadas alemanas. Stielau les dijo que su misión se denominaba

«Operación Greif» y que se les prepararía para defender Colonia cuando los Aliados cruzaran el Rin. Parecía plausible, pero a Bernie no le cuadraba con la instrucción que estaban recibiendo.

Ésta empezaba todas las mañanas con lecciones de inglés, con especial atención al inglés de Estados Unidos y a la eliminación de los acentos nativos. Bernie ayudó a organizar un curso acelerado de cultura norteamericana en que se utilizaron periódicos, revistas, secciones deportivas y cómics. Se realizaban exámenes diarios para que dicha información quedase grabada en la memoria a largo plazo. Los hombres tenían órdenes de usar únicamente el inglés; cualquiera a quien se oyese hablar en alemán era castigado con la reclusión en celdas aisladas.

Todas las tardes se sometían a la instrucción de comandos de Skorzeny: demolición, comunicaciones, reconocimiento, armas especiales, artillería ligera, combates nocturnos tanto en el bosque como en el entorno urbano, combate cuerpo a cuerpo. Les enseñaron a leer mapas, los movimientos esenciales en condiciones de combate, técnicas de camuflaje y comunicaciones. Se les instruyó en la conducción y el mantenimiento de jeeps norteamericanos, vehículos de reconocimiento, semiorugas y tanques.

A todos los hombres de las categorías Uno y Dos se les suministró un fusil M1. La munición escaseaba para realizar prácticas de tiro, pero aprendieron a transportar, desmontar y mantener los fusiles con el mismo rigor que cualquier soldado americano.

Después de cenar, se reunían en la cantina para escuchar la radio de las fuerzas armadas de Estados Unidos. Se servía cerveza y se les animaba a cantar los temas que interpretaban los artistas norteamericanos.

Algunas noches veían películas en inglés, con instrucciones de observar e imitar los manierismos de los actores americanos. La visión de aquellos rostros familiares, las primeras estrellas de Hollywood que veía en años, hizo que Bernie se sintiera profundamente nostálgico. Los temores respecto al verdadero objetivo de la instrucción de Skorzeny crecían cada día que pasaba, y sólo el cansancio extremo conseguía que no llegasen a obsesionarle.

A finales de la segunda semana, aquellos que hablaban inglés con fluidez, unos ochenta hombres, pasaron a depender directamente del capitán Stielau.

Excepto en las comidas, pasaban el resto del tiempo apartados de los otros y el aprendizaje del idioma se intensificó. En cuanto llegaba un nuevo cargamento de material aliado -uniformes, botas, armas-, los hombres de Stielau eran los primeros en recibirlo.

Bernie sospechó que los futuros objetivos de los dos grupos, fueran cuales fueran, habían empezado a bifurcarse.

Bernie coincidió en la Categoría Uno con otro oriundo de Estados Unidos, un desertor llamado William Sharper. Había servido en el ejército norteamericano hasta después de la invasión de Normandía. Sharper desempeñaba un papel importante en la instrucción, pues enseñaba a los hombres conductas específicas de los soldados norteamericanos; en qué posturas se relajaban, cómo masticaban chicle o abrían un paquete de cigarrillos con la uña del pulgar, o el arte de soltar tacos. Bernie se mantuvo apartado de él, turbado por la violencia que percibía en la mirada de aquel hombre. Otros componentes del grupo eran antiguos miembros del cuerpo diplomático alemán que habían aprendido inglés en embajadas extranjeras.

El resto provenía de la marina mercante; eran marinos itinerantes que habían trabajado en barcos ingleses o norteamericanos. Uno había sido mozo de equipajes en el Queen Mary. El aislamiento, la intensa instrucción

física y el tenso ambiente de confidencialidad lograron que se vincularan rápida e íntimamente como unidad.

A inicios de la tercera semana, se asignó un nombre norteamericano a cada uno de los componentes de la unidad de Bernie. Se les suministraron placas de identificación con el nuevo nombre y una nueva graduación, y se les ordenó que los utilizaran a partir de entonces para hablar entre sí. Se les indicó que inventaran y memorizasen una historia norteamericana: lugar de nacimiento, familia, educación, historia de su localidad, mascotas preferidas, novias que dejaron atrás, equipos de béisbol, geografía local.

Bernie decidió que el único modo de crear una historia personal que pudiese recordar bajo presión era que fuese lo más parecida posible a la suya. Un neoyorquino de Brooklyn, hijo de inmigrantes: se convirtió en el soldado James Tenella.

Ese martes Bernie fue convocado a la sala de entrevistas. Allí, un recién llegado bromeaba con el teniente de Stielau, mientras esperaba que empezase el proceso de evaluación. A diferencia de los cientos de hombres que le habían precedido, seguía vistiendo su uniforme alemán: la pulcra camisa negra de un teniente de las Waffen SS. Tendría poco más de veinticinco años; era fibroso y compacto, de cabello rubio muy corto y sonrisa rápida y resplandeciente.

El teniente de Stielau indicó a Bernie que entrase en la habitación.

–Soldado Tenella, le presento a nuestra última incorporación, el Unterstürmführer de las SS Erich von Leinsdorf.

Von Leinsdorf se puso en pie, le estrechó la mano y le miró a los ojos.

–Es un placer. Me han dicho que usted logrará desalmidonar mis pomposos tonos británicos.

Von Leinsdorf hablaba un inglés perfecto, con acento británico de clase alta.

–Cueste lo que cueste, señor -replicó Bernie.

El teniente de Stielau tendió la carpeta a Bernie y salió de la habitación.

Von Leinsdorf se sentó en el borde de la mesa y abrió una pitillera de plata de ley con sus iniciales grabadas.

–Supongo que tendré que empezar a fumar Lucky Strikes; se acabaron los Player ingleses.

Encendió el cigarrillo con un encendedor de plata a juego y volvió a sonreír.

Fumaba como una estrella de cine, o como alguien que hubiese estudiado cómo fumaban las estrellas de cine. Pese a su encanto despreocupado, Bernie sintió un recelo visceral hacia él.

Parecía apropiarse de más espacio del que ocupaba físicamente. Sus aires de superioridad eran típicos de alguien de su clase, pero Bernie estaba reaccionando a algo más crudo que el aristocrático «von» de su apellido.

Echó hacia atrás la silla que hasta entonces había ocupado Von Leinsdorf y se sentó frente a él. – ¿Cómo ha ido el viaje? – preguntó Bernie.

–Espantoso -respondió Von Leinsdorf con una sonrisa, sin hacer esfuerzo alguno por seguir la conversación. – ¿De dónde proviene, teniente? – ¿De dónde es usted, si no le importa que le pregunte?

Su inglés es asombroso.

–Soy de Nueva York. Brooklyn. – ¿Es eso cierto? Fascinante. ¿Nacido y criado allí?

–En efecto. ¿Y usted?

–Munich pero, como habrá supuesto, pasé mis años de formación en Inglaterra. Mi padre estaba en el cuerpo diplomático y le destinaron a la embajada de Londres. Nos trasladamos en 1928, yo tenía diez años.

Mi padre me inscribió en la escuela privada de Westminster. Todos esos incestuosos árboles genealógicos de la aristocracia son terreno abonado

para crear memos degenerados. Y allí aterricé yo, armado únicamente con mi inglés de escuela. Es casi un milagro que sobreviviera.

–Espero que la educación recibida valiese la pena.

–Oh, me educaron bien, por supuesto. ¿Dónde estaba usted a los diez años, Brooklyn?

–Quinto curso. Escuela pública 109.

–Por supuesto. Qué encantador. – ¿Así que en el colegio sólo hablaba inglés?

–No sólo en el colegio, muchacho. En casa, en el parque, en el cuarto de baño con mi institutriz inglesa.

Incluso en las cenas familiares. Mi padre no quería que ninguna consonante gutural alemana turbase a nuestros invitados. – ¿Cuándo regresó a Alemania?

–Cuando empezaron los desacuerdos, esas bolsas de té nos echaron sin miramientos. Imagínese el disgusto de mi padre. Se había pasado la mayor parte de su vida intentando penetrar en su acorazado velo de cortesía. Jamás advirtió que ésa es la razón de la obsesión inglesa por las formas: una capa de barniz que oculta su odio hacia todo lo extranjero. Y parecen tan educados, hasta que uno acaba por conocerlos… -Von Leinsdorf esbozó una sonrisa y se levantó para dirigirse a la ventana-. Así que ambos regresamos a Alemania a la misma edad. Es extraño sentirse extranjero en el propio país, ¿verdad?

«No te lo puedes ni imaginar», pensó Bernie.

–Por cierto, ¿dónde diablos estamos? Tenía la esperanza de que me llevasen a Berlín. ¿Alguien le ha explicado de qué va todo esto?

–Ni una palabra.

–Mucha confidencialidad, ¿no cree? ¿No han dejado caer ningún detalle de por qué estamos aquí, Brooklyn?

–Todo lo que nos han dicho es que el coronel Skorzeny maneja el cotarro.

Von Leinsdorf se volvió como un resorte. – ¿Le ha visto? ¿Ha estado aquí?

–No, ¿por qué?

–El año pasado intenté que me transfirieran a su unidad de comandos. –

¿Dónde ha estado destinado hasta ahora?

–D a c h a u – r e s p o n d i ó V o n L e i n s d o r f despreocupadamente, mientras arrojaba el cigarrillo al suelo.

Bernie había oído hablar del suburbio de Munich que las SS utilizaban como centro de adiestramiento.

Por todo Berlín circulaban historias escabrosas de su campo de concentración, pero Bernie se guardó mucho de preguntar. Había aprendido que nunca se pregunta nada a un hombre de las SS.

–Anotaré en el informe que su inglés es excelente.

Probablemente le pondrán en la Categoría Dos -dijo Bernie.

Von Leinsdorf se inclinó para echar un vistazo a las notas de Bernie.

–Eso suena como una degradación, ¿por qué no Categoría Uno?

–Esa categoría es para los que dominan el argot norteamericano.

–Pero usted puede enseñarme, ¿no es así?

–Si eso es lo que ellos quieren…

–Eso es lo que yo quiero -espetó Von Leinsdorf.

Luego suavizó el tono y volvió a mostrarse encantador-. Sólo entre nosotros, no soporto pensar que no soy lo bastante bueno para la mejor categoría.

Pura vanidad, en realidad.

–Eso no depende de mí.

–No pido mucho. No querrá que los oficiales piensen que no está dispuesto a ayudar a un compañero de armas. Con todo este misterio, seguro que a usted le vigilan mucho más que al resto de nosotros… Estoy convencido de que sospechan de todo aquel que no pueda demostrar una lealtad absoluta.

Bernie sonrió, intentando no dejarle ver que ya conocía, e incluso había escuchado, esa amenaza.

–Claro que intentaré ayudarle, no te jode. – ¿No te jode?

–La palabra más popular entre los soldados norteamericanos. Joder con esto, joder con aquello.

Joder con el campamento…

–Joder con los alemanes…

–Ahora lo has pillado. – ¿Y eso qué significa, joder?

–Significa que lo has captado, que vas por buen camino, que estás en ello.

–Bien. Entonces, digamos que Categoría Uno. Te recompensaré, Brooklyn, haré que te asignen a mi escuadra. Tenemos que seguir juntos, no te jode.

–Claro, tío.

Ambos se echaron a reír. Bernie no pudo evitar que aquel hombre le gustase, pese a sus recelos iniciales. – ¿Por qué has tardado tanto en llegar aquí? – preguntó-. A todos nosotros nos trasladaron hace dos semanas.

–No tengo ni idea. Supongo que hubo algún error burocrático.

–Una cagada. – ¿Qué?

–Una cagada, que la metieron hasta el fondo, que la pifiaron.

–Sí, brillante. Una cagada, en efecto. Verás, Brooklyn, la verdad es que me enteré de esta historia hace tan sólo dos días. Estábamos a punto de acabar un proyecto crucial y no querían que me fuese.

–En Dachau.

–Así es -respondió Von Leinsdorf, sonriendo mientras encendía otro pitillo.

– ¿Y lo acabasteis? Me refiero al proyecto.

–Aún queda por hacer. Me temo que tendrán que seguir sin mí.

Von Leinsdorf indicó a Bernie que le siguiese y salieron al anochecer rumbo a la cantina. Von Leinsdorf arrojó el cigarrillo que tenía a medias y pidió a Bernie uno de sus Lucky Strike. – ¿Te importa? Tengo que acostumbrarme a éstos.

–Sírvete.

Von Leinsdorf extrajo el cigarrillo del paquete con los labios y lo encendió.

– ¿Cómo les llaman? ¿Cigarros?

–Cigarros, clavos. – ¿Clavos?

–Clavos de ataúd. Pitos, colillas.