Segundo objetivo
Os Aliados Bombardean Ig Farben
L
OS ALIADOS BOMBARDEAN IG
FARBEN
El gigante industrial alemán próximo a Frankfurt queda gravemente afectado.
La maquinaria de guerra nazi acusa el golpe de las incursiones diurnas.
Su padre todavía trabajaba en IG Farben. Bernie no había tenido contacto con su familia desde que salió para Grafenwöhr en octubre, momento en que sus padres seguían con vida. Ahora ya no estaba tan seguro.
La mirada de Bernie vagó hasta posarse en el improvisado árbol de Navidad: gasas haciendo de cintas y pinzas y tijeras quirúrgicas como adornos. Aquel exiguo intento de alegría navideña, su propio peligro y el creciente número de heridos que llegaban para curarse le llevaron al borde de las lágrimas. Una ayudante de enfermería le ofreció una taza de café.
Bernie la rechazó y su expresión desdichada atrajo las simpatías de la joven.
–Es difícil estar lejos de casa en esta época del año, ¿verdad? – preguntó ella.
Bernie alzó la vista. Era una muchacha falta de atractivo, de poco más de veinte años, dientes torcidos y sonrisa ladeada.
–Supongo que sí.
–Me encanta la Navidad. Nunca antes había pasado una así. ¿De dónde
eres?
–Brooklyn -respondió Bernie, sorprendido al oírlo surgir de su boca. – ¿En serio? Hicimos escala en Brooklyn durante la travesía, hace unas semanas.
Te alegrará saber que sigue allí. Yo soy de Wichita; eso está muy lejos de Nueva York. Puede que incluso esté más lejos de esa ciudad que de donde nos encontramos ahora.
–No creo que se pueda estar más alejado de nada que aquí.
–No te preocupes, pronto volverás a casa.
La enfermera le dio unos golpecitos reconfortantes en la espalda. Aquella amabilidad le hizo difícil añadir algo más. Divisó a Von Leinsdorf que se aproximaba, vestido con bata de médico, y se puso en pie.
–Sube al jeep. Mantén el motor en marcha -le ordenó el teniente alemán. –
¿Adónde vas?
–Asegúrate de que el jeep esté encarado a la carretera -respondió Von Leinsdorf, mientras se quitaba la bata y volvía a la tienda de preoperatorio.
–Quiero una autopsia -dijo Grannit-. Necesito saber qué le ha matado.
–Puede haber sido una infinidad de causas -replicó el cirujano que había intervenido a Mallory, poco dispuesto a colaborar-. Trauma posoperatorio, reacción retrasada a la anestesia…
–Sólo sus heridas ya bastaban para matarle -terció un segundo médico.
–Nos dijeron que había sobrevivido a la operación y que se recobraría -
insistió Grannit.
–La verdad, teniente, es que estas cosas no son predecibles -dijo el cirujano-. Lo vemos todos los días, a todas horas. Cada hombre tiene sus límites. El sargento Mallory alcanzó el suyo.
Grannit observó a los agotados doctores, con sus batas empapadas de sangre; hombres decentes, formados para curar, no para matar. La suya no era una reacción inesperada: ¿Qué era un soldado muerto más?
Después de ver perder la vida a tantos jóvenes, ¿qué podían hacer, más que desentenderse?
Una enfermera que pasaba oyó el nombre. – ¿Han dicho Mallory?
–Eso es -respondió Grannit.
–Pero si todavía no le han intervenido.
–Sí que lo han hecho; estaba en posoperatorio. – ¿Cuándo le han operado?
–Anoche, cuando le ingresaron.
–Pero si acabo de admitirle hace quince minutos. – ¿Cuál es su nombre de pila? – preguntó el cirujano, consultando su gráfico-. No puede tratarse del mismo Mallory.
–Se llama Vincent. Vincent Mallory -dijo Grannit.
–Sargento Vincent Mallory, es él -confirmó la enfermera de admisiones-.
Acabo de anotar esa información de sus placas de identificación… -¿Dónde está ahora?
–En la tienda de preoperatorio.
–Muéstreme el camino -urgió Grannit.
Se apresuraron hacia la tienda, abrieron las cortinillas y buscaron entre las hileras de enfermos, seguidos por los médicos. – ¿Vino solo? – inquirió Grannit.
–No, le trajeron un par de soldados…
La enfermera apartó la cortina que aislaba el cubículo. Gunther Preuss yacía en el catre, con un gota a gota en el brazo; sufría convulsiones y un reguero de sangre color rojo vivo le manaba de la boca y la nariz.
La enfermera y los doctores corrieron a su lado, pidiendo ayuda. Por el rabillo del ojo, Grannit divisó a un oficial en uniforme que corría hacia la salida, a contracorriente. Grannit salió tras él, con el Colt desenfundado y en alto, para que todos lo viesen. – ¡Apártense!
El gentío le abrió paso y algunas personas, alarmadas, se echaron al suelo.
El oficial oyó el grito y, sin volver la vista atrás, salió de la tienda a todo correr.
Grannit saltó sobre un catre, esquivó a un par de soldados y salió tras él.
Un jeep partía de la zona de aparcamiento, sus ruedas resbalaban en el barro. A bordo, dos hombres.
Grannit había visto subir al vehículo al oficial al que seguía. Un resplandor plateado en el cuello de la chaqueta. Un teniente. Ninguna barra en la chaqueta del conductor. Un soldado raso.
Grannit les persiguió hasta el límite de la zona de aparcamiento, apuntando con la pistola, pero sin tener visibilidad para disparar. Hizo señas a un motorista, le mostró las credenciales y sacó al conductor de la motocicleta para subirse de un salto. Dio media vuelta, cambió de marcha para ganar potencia y partió hacia la carretera que entraba en Malmédy. Divisó el jeep a medio kilómetro de distancia; cruzaba un puentecillo para entrar en la población. Grannit cambió nuevamente la marcha y dio gas.
–Sigue en dirección sudeste -dijo Von Leinsdorf a Bernie. – ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Preuss?
–Haz lo que te digo -zanjó Von Leinsdorf, mirando hacia atrás.
Bernie cruzó el centro de la ciudad, un laberinto de calles estrechas y ancestrales, evitando las colisiones, sorteando obstáculos y haciendo caso omiso de las señales de tráfico. Las aceras estaban atestadas de civiles que huían del avance alemán cargados de maletas y bolsas, o que arrastraban carros con sus posesiones. En dos ocasiones Bernie estuvo a punto de atropellar a los civiles que cruzaban la calle inesperadamente; uno de ellos llevaba en una jaula un loro de color verde intenso. Llegaban al estrecho puente que conducía a la salida de la población cuando apareció un semioruga en dirección contraria. Bernie dio un bandazo a la derecha sin aminorar la marcha y aceleró, evitando el choque por tan sólo unos centímetros; el lateral del jeep sacó chispas al rozar contra el muro de piedra.
Tras ellos, Grannit sorteaba el tráfico que avanzaba en dirección contraria, abriéndose paso entre automóviles y camiones más lentos. Al cruzar el primer puente de entrada en la ciudad, torció en una intersección y estuvo a punto de chocar con un carro.
Giró bruscamente a la derecha, se subió a la acera, tocó el claxon y gritó a la gente que se apartara de su camino.
Esquivó a un grupo de soldados aliados que organizaban la defensa en el perímetro oriental del pueblo, cerca de un segundo puente. Estaba cruzándolo cuando tuvo que frenar en seco ante el avance de una columna de vehículos americanos que entraban a toda velocidad. De pie en la motocicleta, Grannit miró hacia delante y avistó el jeep al otro lado del puente, entrando en una recta que cruzaba los campos. Algunos policías militares saltaron de un jeep para instalar un control de carretera y dirigir el tráfico. – ¡Despejen este puente, maldita sea! – les gritó Grannit, mostrándoles su placa.
Los policías se abrieron paso entre el tráfico y le despejaron el camino.
Entonces los soldados que entraban en el pueblo le gritaron que no siguiera en dirección este. Los paracaidistas habían tomado todos los pueblos y columnas de panzers llegaban tras ellos.
Cuando el jeep dejó atrás las afueras de la ciudad, Bernie tuvo que conducir por el arcén. Vehículos militares norteamericanos atestaban el carril dirección oeste; transportaban soldados en el capó de los jeeps y otros colgaban de los laterales de los camiones. Los hombres tenían la mirada atormentada de la fatiga de guerra y muchos estaban heridos. Oyeron por el este el fragor de la artillería y el tableteo de las pequeñas armas. Von Leinsdorf encendió un cigarrillo, sin poder sacarse la sonrisa del rostro.
–Vaya panorama, Brooklyn. Tu ejército americano de aficionados; ¿qué te había dicho? «Retirada» es una palabra demasiado digna… Se largan como pueden, y sólo han pasado cuatro horas.
Bernie no respondió, alarmado por la imagen que le mostraba el espejo retrovisor. En cuanto los policías militares le abrieron paso, Grannit aceleró y cruzó el puente a toda velocidad, en dirección contraria a la columna norteamericana en retirada. Volvió a divisar el jeep en lo alto de un cerro, a un kilómetro de distancia, donde la carretera cruzaba un tramo de sinuosas colinas. Bernie intentó dar más velocidad al jeep mientras subía otra loma.
–Alguien nos sigue -dijo.
Von Leinsdorf miró hacia atrás y vio que la motocicleta superaba la colina anterior. Agarró el fusil.
Cuando alcanzaron la cima siguiente, la moto había reducido la distancia a medio kilómetro. – ¿Quién es? – preguntó Bernie.
–No lo sé. Quizá se nos ha olvidado pagar la cuenta del hospital -se burló Von Leinsdorf, acoplando una mira telescópica al fusil-. Para al pie de la siguiente colina.
Cuando alcanzaron la base de la colina, Bernie salió de la carretera y se ocultó en el camino de entrada a una granja, que quedaba escondido entre unos pinos. Una vez fuera de vista, apagó el motor. Anochecía. El silencio del campo permitía oírel zumbido de la motocicleta que se aproximaba. Von
Leinsdorf apoyó el cañón del arma en la parte trasera del parabrisas y esperó. El zumbido se hizo más intenso. Miró por la mirilla y enfocó la cima de la colina.
Un estruendo de platos rotos proveniente de la granja hizo que Bernie se volviera precipitadamente.
Por la ventana apareció el rostro de un policía militar, luego la puerta se abrió y un grupo de seis jóvenes soldados echó a correr hacia ellos. – ¡Santo Dios, apártense! – gritó uno de ellos-. ¿Pero qué demonios hacen?
Von Leinsdorf apartó la vista del punto de mira y les miró con fastidio. –
¡Están ahí arriba, apártense! – insistió el soldado.
Se oyó un rumor que hizo temblar la tierra, seguido del chirriar del acero contra el acero. Al este, en el extremo más alejado del bosque, aparecieron tres tanques panzer que se detuvieron en lo alto de la loma.
A su lado y por detrás les seguía, en formación de combate, una columna de soldados con chaqueta negra.
Bernie vio que llevaban en el cuello el doble relámpago de los Panzergrenadiers de las SS.
En la motocicleta, Grannit alcanzó la cima de la colina y frenó en seco en cuanto vio los tanques en la cresta siguiente, a menos de medio kilómetro de distancia. Detrás de ellos, extendiéndose hasta donde le alcanzaba la vista, había una sólida columna de soldados, artillería montada y semiorugas llenos de infantería. Abajo, en un declive, distinguió el jeep al que perseguía. Una escuadra de soldados norteamericanos corría hacia ellos desde una granja cercana.
Von Leinsdorf encontró a Grannit en su punto de mira y lo encuadró en el centro del objetivo. Estaba a punto de disparar cuando Bernie tiró del cañón, apartándolo de su diana.
–Creo que es uno de los nuestros, teniente -gritó para que lo oyesen los soldados que se aproximaban.
Von Leinsdorf le fulminó con la mirada, pero no respondió. Bernie se negó a soltar el fusil.
–No querrá que los alemanes sepan que estamos aquí abajo, ¿verdad?
Los soldados de la granja llegaron junto al jeep.
Todos tenían la edad de Bernie o eran más jóvenes; estaban asustados y confundidos.
–Tiene que sacarnos de aquí -dijo uno de ellos. – ¿Quién coño sois? –
espetó Von Leinsdorf.
–Compañía de fusileros, 99ª de Infantería -recitó su sargento-. Estábamos minando una pista forestal cerca de las colinas cuando los alemanes empezaron a salir de la nada. Nuestro jeep fue alcanzado. Llevamos horas esquivándolos e intentando volver a nuestras líneas.
–Están por todas partes. ¿Qué hacemos, teniente? – preguntó otro.
Uno de los jóvenes norteamericanos, que llevaba una pierna vendada, empezó a llorar. Todos miraban a Von Leinsdorf en busca de apoyo, como un grupo de desorientados boy scouts. Von Leinsdorf apenas podía ocultar su disgusto.
–Aún no nos han divisado. Vamos, suban al jeep y escaparemos -propuso Bernie.
Los seis soldados se apretujaron en el asiento trasero y se subieron a los estribos mientras Bernie encendía el motor.
En el valle que se extendía a sus pies, Grannit vio que el oficial al que venía persiguiendo desde el hospital se levantaba de su asiento y alzaba el fusil.
Sus miradas se cruzaron y el hombre saludó desenfadadamente, mientras el jeep daba media vuelta y se internaba en el camino de la granja.
La torreta de uno de los tanques estaba girando en su dirección. Grannit dio media vuelta y aceleró colina abajo, hacia Malmédy. El primer proyectil le pasó silbando junto a la cabeza y estalló al lado de la carretera.
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