Segundo objetivo

Mark Frost · Capítulo 38 de 47

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Segundo objetivo

Capítulo 31

Massou escribió apresuradamente una dirección en un bloc.

–Este hotel está a la vuelta de la esquina. Muy pequeño, muy discreto, una cocina estimable. Si me perdona la indiscreción, teniente, creo que ambos necesitan una comida decente y algo de sueño. Llamaré mientras van de camino -dijo el comisario, arrancando la hoja y tendiéndosela a Grannit.

–Gracias.

–Estoy seguro de que haría lo mismo por mí.

31

París 21 de diciembre, 10:30 horas Caminando desde Montmartre hacia el río, Von Leinsdorf dobló una esquina y se encontró ante la ópera de París.

Se detuvo a mirar el edificio, que parecía un grandioso pastel de bodas blanco; echó un vistazo alrededor de la plaza y sonrió al pensar en lo que estaba a punto de hacer. Cruzó el bulevar, se sentó y pidió un café en el Café de la Paix. Escrutó la plaza y las calles de los alrededores e identificó a dos operativos de paisano entre la multitud.

«Buscan al teniente Miller, sin duda», pensó, divertido.

Cuando llegó su café, brindó en silencio por el coronel Otto Skorzeny y los miembros ausentes de la 150 Brigada Panzer. Ninguno de los hombres a encargados de vigilar la plaza miró en su dirección. Von Leinsdorf sabía que podía pasarse todo el día ahí sentado sin que nadie le prestara atención.

Vestía un abrigo conservador, traje y sombrero oscuros, y llevaba un bastón con empuñadura de marfil.

Se había teñido el cabello de gris acero y a su barba de tres días, teñida del mismo color, sumaba un bigote blanco de lo más presentable. Cuando se puso en pie para marcharse, dejó unos francos sobre la mesa junto a la edición matinal de Le Monde, abierta por una página acordada de antemano. Si a alguien se le ocurría echar un vistazo, habría visto unas pocas palabras en francés garabateadas con prisas en uno de los márgenes.

Parecía una lista de la compra. Von Leinsdorf se alejó con una cojera pronunciada, apoyándose en el bastón.

La medalla de veterano que lucía en la solapa, adquirida en una tienda de segunda mano de Montmartre, databa de la Gran Guerra. Al doblar la esquina, avistó a dos soldados norteamericanos en la azotea de un edificio adyacente, con una ametralladora que apuntaba al café.

Uno de los soldados reprimía un bostezo. Von Leinsdorf les saludó discretamente con el sombrero y se marchó cojeando.

Le asombró que en las amplias avenidas de la ciudad no hubiese indicios de la Navidad que se avecinaba. No se veía ninguna de aquellas elegantes mujeres de cuello de cisne en las galerías comerciales ni en los restaurantes de postín. Había pasado dos navidades en París, la primera cuando era niño con su familia y hacía dos años con las SS, que utilizaban los viajes a París como una forma de recompensar a los suyos, una atracción turística para los que destacaban por encima de la media. La ciudad siempre había vestido sus colores más brillantes durante estas fiestas. Ahora parecía gris, anodina y sin vida. Caminando por la Place Vendôme, alzó la vista a la estatua de Napoleón que coronaba la columna central, modelada a partir de un cañón prusiano fundido, capturado en Austerlitz.

«Los franceses nos vencieron en esa ocasión -recordó Von Leinsdorf con rencor-. Bueno, eso fue entonces.»

Dobló a la derecha en la Rue de Rivoli y se sentó en un banco junto a los jardines de las Tullerías, frente a la entrada del hotel Meurice. Una hilera de