Segundo objetivo

Mark Frost · Capítulo 9 de 47

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Segundo objetivo

Capítulo 7

arrojó al suelo y muchos de los que le rodeaban le imitaron. Unos pocos huyeron hacia el bosque.

Entonces se oyeron, a lo lejos, los silbatos de la policía militar y los pasos de veinte hombres que corrían por los bloques de cemento. Ole y sus refuerzos. – ¿No podríamos llegar a un acuerdo? – preguntó Stringer.

–Claro, ¿qué le parecen veinte años? – replicó Grannit.

7

Elsenborn, Bélgica 14 de diciembre, 21:30 horas -Betty Grable -dijo Erich von Leinsdorf.

El joven policía militar que atendía el control profusamente fortificado de las afueras del pueblo dirigió un vistazo superficial a los tres hombres del jeep. – ¿Puedo ver sus pases, señor?

–Por supuesto.

Von Leinsdorf dio unos golpecitos a Bernie en el hombro; éste tendió la falsificación inmaculada de un pase militar norteamericano que detallaba su itinerario de la ciudad de Luxemburgo a Vielsalm. La mancha de una huella dactilar emborronaba la tinta donde aparecían el día, la fecha y el sello de autorización.

El policía militar iluminó el pase para intentar descifrarlo. – ¿Son del 12º

Ejército, cuartel general?

–Correcto -dijo Bernie.

–No pretendo ser gilipollas, pero le hacemos un recado al viejo Bradley, que es muy sensible en cuestiones de puntualidad -intervino Von Leinsdorf.

–Sigan -indicó el policía militar, devolviéndole el pase.

–Que pase una buena noche.

Bernie arrancó y cruzó una muralla de sacos terreros que protegía una ametralladora automática de calibre 50 y un tanque destructor M-10. El pueblo, de una única calle, era un hervidero de ruidosos soldados norteamericanos, algunos de ellos borrachos. La nieve se había convertido en un granizo sucio. Bernie aminoró la marcha, pues tenía delante a dos hombres que arrastraban un abeto recién cortado por el centro de la calzada.

Se dirigían a una taberna bien iluminada en el centro de la población, donde los soldados se apelotonaban ante la puerta. – ¿Podemos parar a comer? –

preguntó Preuss.

–No serás tan estúpido como para decirlo en serio, ¿verdad? – espetó Von Leinsdorf-. Pon cierta distancia entre nosotros y ese control.

Bernie dio un frenazo cuando otro soldado se interpuso ante el jeep.

Llevaba una botella descorchada de vino y golpeó el capó en cuanto el jeep se detuvo, a medio metro de distancia. – ¡Eh, cuidado! – exclamó el hombre.

Bernie se disculpó con un gesto. El soldado se tambaleó hacia el jeep y se apoyó en el lado del copiloto, dispuesto a hablar con Preuss. – ¿Sabes ya lo de la última campaña para animar a las tropas? – preguntó el norteamericano-. Frankie Frisch, Mel Ott, un montón de estrellas del béisbol y algunas nenas del cine, como esa alemana…

–Marlene Dietrich -dijo Von Leinsdorf.

–Esa misma. Están por todas partes, visitan a los heridos y mierda así…

Bernie se inclinó desde el asiento del conductor, intentando que el borracho

se centrara en él y no en Preuss.

–Mel Otto, no veas. Oye, amigo, ahora tenemos que movernos…

El borracho se acercó más a Preuss, que tenía una necia sonrisa petrificada en la cara. Bernie vio por el rabillo del ojo que Von Leinsdorf desenfundaba la pistola y la apoyaba contra el respaldo del asiento de Preuss. Listo para disparar si el alemán los descubría.

–Pero ya sabes lo que significa eso, ¿no? – dijo el borracho-. Si la gente importante se acerca a primera línea, es que los alemanes están acabados.

Kaput.

–No estés tan seguro -replicó Bernie.

–Con un poco de suerte, todo habrá acabado por Navidad y pronto estaremos de vuelta en casa. Salud, amigo.

El borracho ofreció su botella a Preuss, que se lo quedó mirando con cara de incomprensión. Von Leinsdorf se inclinó hacia delante y aceptó la botella.

–Por unas Navidades en Connecticut -brindó, antes de tomar un buen trago.

–Sí, señor, teniente -replicó el borracho, intentando cuadrarse al advertir que trataba con un oficial-. No le había visto.

Von Leinsdorf le devolvió la botella. El borracho le saludó y casi se cayó de culo. Von Leinsdorf observó cómo se alejaba, tambaleándose. Luego miró a los bulliciosos soldados que se agolpaban ante la taberna, la mayoría con botellas descorchadas en la mano.

–Ahí tienes a tu ejército norteamericano de civiles, Brooklyn. Apestando a alcohol, en uniforme, casi en el frente. Unos jodidos aficionados.

Los dos soldados, que por fin habían logrado sacar el abeto de la calzada, se

detuvieron para alzar su botella y dedicar un brindis a los tres hombres del jeep. – ¡Feliz Navidad, capullos!

–Salud, cabrones -respondió Von Leinsdorf con tono neutro. – ¡Caprones saludos! – gritó Preuss, incorporándose en su asiento.

Von Leinsdorf tiró de Preuss para obligarle a sentarse.

–Tendría que matarte ahora mismo.

Bernie miró de reojo a Gunther Preuss: rostro macilento, respiración jadeante, le chorreaba la frente y estaban a veinte grados. Von Leinsdorf dirigió una mirada de exasperación a Bernie, y éste supo que ambos pensaban lo mismo: «este gilipollas va a conseguir que nos maten».

–Oye, tú lo elegiste -comentó Bernie.

–En el campamento, un soldado modelo; sobre el terreno, un imbécil. – Von Leinsdorf dio un cachete a Preuss en el cogote y se reclinó de nuevo en su asiento-. Sácanos de aquí.

Ocho kilómetros después cruzaron el río Warche y entraron en Butgenbach.

Por primera vez desde que habían penetrado en las líneas aliadas, sus ruedas pisaron una calzada de dos carriles. En aquella población, mucho mayor que Elsenborn, todo estaba cerrado y no se veía ni un alma. Una densa niebla envolvía las calles vacías. Tan sólo las luces de los pulcros negocios que pasaban resplandecían tenuemente.

–Estos carteles están en alemán -observó Bernie.

–Esto es Alemania. Más de dos mil kilómetros cuadrados. ¿No conoces tu historia? – preguntó Von Leinsdorf.

–Éste no es mi barrio -replicó Bernie.

–Esto nunca formó parte de Bélgica; simplemente se lo dieron. Versalles,

1920. Compensaciones, ése fue el eufemismo que utilizaron. Un momento de orgullo para Occidente, poner a los alemanes en su sitio.

Trocearon el Imperio Germánico como si fuera un pastel de cumpleaños. El Sarre para Francia, el corredor polaco, el Tirol meridional. Arruinaron nuestra economía y castigaron a una raza, a un pueblo inocente por los crímenes de una monarquía corrupta. Ésa es la idea de juego limpio que tienen los Aliados. – Von Leinsdorf sopesó la reacción de Bernie-. ¿Eso no estaba en tus libros de texto americanos, Brooklyn?

Bernie la dejó pasar. – ¿Aún hablan alemán?

–En efecto. Cuando recuperamos el territorio en 1940, salieron a las calles entre vítores; ya volvían a formar parte de la patria. – ¿Ah, sí? ¿Y qué dijeron cuando entraron los americanos? ¿Heil Roosevelt?

Bernie miró por el retrovisor a Von Leinsdorf, que no abandonó su sonrisa presuntuosa.

–Ironía. Como sabrás, Brooklyn, es un rasgo bien conocido de los judíos.

Bernie no respondió. Cuando llegaron al centro de la población, se cruzaron con la carretera internacional que se dirigía al oeste desde la frontera alemana. Von Leinsdorf indicó a Bernie que parase y, desde el asiento trasero, examinó la calzada desierta en ambas direcciones.

–Los panzer pasarán por aquí. Ochenta kilómetros desde la frontera al río y nada que se interponga, a excepción de una panda de muchachos borrachos.

Dios, el plan funcionará.

«No, si puedo decir algo al respecto», pensó Bernie. – ¿Seguimos? –

preguntó.

–Siguiente pueblo -dijo Von Leinsdorf.

Cinco kilómetros al oeste entraron en Waimes. Von Leinsdorf indicó a

Bernie que aminorase la marcha, antes de sacar su cuaderno de notas y hojear las páginas. – ¿Qué buscamos? – quiso saber Bernie.

–Hay toque de queda, no podemos pasar mucho tiempo en esta carretera.

–Ich bin hungrig -dijo Preuss, las primeras palabras que pronunciaba desde Elsenborn.

–No he oído eso -espetó Von Leinsdorf.

–Estoy hambre -dijo Preuss.

–Tengo hambre -corrigió Bernie.

–Sí. También yo -dijo Preuss.

–Vuelve a hablar en alemán y te daré a comer tu propia pierna -amenazó Von Leinsdorf.

El teniente examinó los edificios a medida que avanzaban entre la niebla.

Un cartel en forma de gigantesco cerdo rosado apareció a la derecha. Von Leinsdorf indicó a Bernie que aparcase junto a la carnicería que anunciaba.

Preuss miró el cartel y se animó sobremanera.

–Ahora comemos -anunció.

Von Leinsdorf golpeó la puerta del comercio, mientras Bernie se asomaba al cristal del escaparate.

Dentro apareció una figura inmensa que se situó tras la puerta, farol en mano.

–Nosotros cerrado -dijo una voz de mujer.

–Das Phoenix steigt. Der Pfeil fliegt -recitó Von Leinsdorf.

El Fénix se eleva. La flecha vuela.

La mujer se dirigió a la ventana arrastrando los pies y alzó el farol para examinarlos. Medía más de metro ochenta y vestía una bata barata. Bernie retrocedió instintivamente ante aquella aparición.

Tenía una cabeza gigantesca, oblonga y deforme, y la piel salpicada de ronchas irregulares color escarlata.

Un rostro de campesina, sin el aura saludable del trabajo al aire libre. Por detrás de su protuberante frente simiesca asomaban unos ojillos brillantes; el pelo parduzco le caía en matojos ralos y grasientos. La mujer los calibró, con la punta de la lengua brotando de entre unos gruesos labios sensuales.

Después desapareció y abrió la puerta.

–Gekommen -saludó.

–Aparca el jeep en la parte trasera -dijo Von Leinsdorf a Bernie.

Von Leinsdorf y Preuss la siguieron al interior de la tienda. La mujer olía a cebolla y carne frita. Con cada paso, oleadas de grasa se desplazaban, vibrantes, espalda abajo. Pasaron un almacén situado detrás del mostrador y entraron en un pequeño matadero, en cuyo suelo de cemento abundaban las manchas. Dos bombillas desnudas eran la única iluminación. La carcasa de un animal sacrificado colgaba de un gancho de acero suspendido de una cadena conectada a un cerrojo del techo. A juzgar por la forma, Von Leinsdorf pensó que podría ser un perro. Un intenso olor a sangre y menudillos espesaba el aire. La mujer se volvió de lado para embutir la barriga tras la tabla de despiece. Abrió una compuerta oculta en la pared y extrajo un pequeño estante, donde reposaba un receptor de radio de onda corta.

–Für zu verwendende Sie -dijo la mujer a Von Leinsdorf.

–Por favor, fräulein, ¿podemos hablar en inglés? – preguntó Von Leinsdorf, señalando a Preuss-. Mi amigo necesita practicar.

–Los Amis vienen aquí, pero nunca encuentran esta radio. Hablo con mi contacto cada día. Ellos me dicen que vienen ustedes.

–Bien; eso es lo que se suponía que debían hacer.

La Abwehr también tenía que dejarnos un paquete. ¿Lo tiene usted?

–Ningún paquete. Nadie viene. – ¿Contactaron con usted acerca de eso?

–No. Ningún Abwehr viene. Los Amis se llevan toda la comida, de todo el pueblo. Ellos me dejan nada.

–La mujer cogió un enorme cuchillo de carnicero de entre un surtido de instrumentos cortantes que había en la tabla de despiece, que estaba cubierta por la masa de un órgano interno a medio picar-. Ellos no dicen que ustedes visten como Amis.

El cuchillo planteaba tanto una pregunta como una amenaza. Von Leinsdorf intentó mantener la atención de la mujer concentrada en él y no en Preuss.

–Y usted tampoco debe decírselo a nadie, fräulein -dijo el teniente, poniéndose decididamente encantador-. Es fräulein, ¿verdad?

La enorme mujer se sonrojó; las ronchas encarnadas de sus mejillas resplandecieron como ascuas.

–Frau. Frau Escher.

Bernie entró en la casa por la parte de atrás, después de haber aparcado el jeep, y se encontró frente a frente con Frau Escher, cuchillo en mano.

–Pero qué coño…

Von Leinsdorf indicó a Bernie que mantuviese la calma y preguntó: -¿Cuál es su nombre de pila, querida?

–Lisolette -respondió la mujer, sonriendo con coquetería.

–Qué bonito nombre. ¿Y puedo preguntarle dónde está Herr Escher?

–Ejército alemán. Cuatro años. Le veo última vez hace dos años.

«Después de mirarla un rato, debió de correr sin parar hasta el frente ruso», pensó Bernie.

–Cuatro años sin su esposo es un sacrificio terrible -afirmó Von Leinsdorf-.

Estamos orgullosos de usted, de que trabaje para nuestra causa, de que nos proporcione información con su radio. De que arriesgue su vida durante la ocupación americana. Ha hecho un gran servicio a su país.

Ella volvió a ruborizarse.

–Muy amable por decir.

Bernie no sabía si era una loca o una simple.

Posiblemente ambas cosas.

–Otro favor, Frau Escher -añadió Von Leinsdorf-.

Nos dijeron que podría darnos algo de comer. Y cobijo para pasar la noche.

–Estar encantada -respondió; pero entonces frunció el ceño y volvió a sujetar con fuerza el cuchillo-. ¿Pero por qué visten como los Amis?

–Una misión de alto secreto -dijo Von Leinsdorf, que añadió con un susurro-: Órdenes del mismísimo Führer.

–No.

–Se lo juro, es verdad.