Segundo objetivo
Capítulo 9
A las seis de la tarde, la necesidad de confesar se había extendido por todo el batallón 724 como si fuera una religión ancestral. Siempre que Earl Grannit regresaba a la sala de baile, le esperaban más voluntarios dispuestos a subir. Lo había visto antes: el pánico que se extiende entre una panda de granujas a través de una silenciosa transmisión animal. A media tarde ya no era necesario que hablase con los sospechosos personalmente y los dejó en manos de oficiales de rangos inferiores faltos de experiencia, como Ole Carlson. A medida que las confesiones se amontonaban en sus despachos, los dirigentes de la inteligencia militar empezaron a mirar a Grannit como si hubiese transformado el agua en vino.
Aquella noche, la plana mayor de la División de Investigación Criminal organizó una cena para sus investigadores en el comedor privado del hotel.
Aunque Grannit dejó claro que no quería grandes celebraciones, no había duda de quién era el homenajeado. La división había solucionado su caso más importante y Earl Grannit lo había hecho posible.
Durante el plato principal, el centro de comunicaciones de la planta baja recibió un mensaje radiado para el oficial al mando de la división. Tres soldados norteamericanos del regimiento 394, destacados en un control de las afueras de una aldea llamada Elsenborn, habían desaparecido durante la noche. La policía militar local se dirigía al control para investigar; el radiooperador no consideró el asunto lo bastante importante para interrumpir la cena.
Al cabo de una hora, el operador irrumpió en el comedor durante el café y los postres con un segundo parte: habían encontrado los cuerpos de los soldados desaparecidos en el bosque, a kilómetro y medio de la población.
9
Carretera al Mosa, Bélgica 15 de diciembre, 7:00 horas Los otros tres comandos que estaban a las órdenes de Erich von Leinsdorf penetraron en Bélgica antes de la medianoche y cruzaron las líneas norteamericanas sin incidentes. El equipo de Gerhard Bremen pasó la noche con una familia de simpatizantes de Alemania en la población de St. Jacques. El equipo del desertor americano William Sharper, haciéndose pasar por una avanzadilla de la unidad de reconocimiento del Quinto Ejército, alcanzó su piso franco en Ligneuville. El comando de Karl Schmidt se perdió y acabó siguiendo un convoy de vehículos norteamericanos que se dirigía al oeste, cuya formación abandonó después de medianoche para pasar el resto de la noche oculto en el bosque. Antes de las primeras luces del día, los tres equipos ya estaban de nuevo en la carretera, rumbo al oeste.
El equipo de Von Leinsdorf pernoctó en el suelo de la sala de Frau Escher, que vivía encima de su carnicería en Waimes. Bernie Oster pasó la noche en duermevela, perturbado por la persistente visión de su anfitriona entrando en la habitación armada con el cuchillo de carnicero. Cada vez que un tablón del suelo crujía, sentía en las entrañas una subida de adrenalina similar a un petardo. A las cinco de la mañana, Bernie ya no podía seguir acostado y bajó a orinar.
La mujer trabajaba en la trastienda de su negocio.
Bernie distinguió su sombra distorsionada reflejada en la pared más alejada y oyó el chirrido seco de un cuchillo de cortar hueso. Salió silenciosamente al glacial aire de la mañana, los pies crujiendo sobre la costra de hielo enfangado. El jeep estaba a la vuelta de la esquina.
La carretera internacional se extendía ante él. El impulso de salir disparado fue tan intenso que se le cortó la respiración. ¿Pero hacia dónde huir? ¿De vuelta a las líneas alemanas, a las fauces de la ofensiva que estaba a punto de desencadenarse? No mientras Erich von Leinsdorf tuviera acceso a una radio; le fusilarían por desertor o le confundirían con un soldado norteamericano y le matarían en cuanto le viesen. Quizá, si se ocultaba durante un día y se ponía ropas de civil, podría colarse al otro lado antes de
que se iniciara el ataque. Pero las probabilidades de regresar a su hogar en Frankfurt sin papeles ni pases eran escasas. Aunque intentaba no pensar en ello, tras meses de bombardeo de saturación aliado, lo más probable es que sus padres hubiesen muerto.
No, lo que tenía que hacer era internarse en las líneas americanas, intentar unirse a una de sus unidades y explicar que los alemanes estaban a punto de invadirles. ¿Se lo tragarían? ¿No era para eso que lo habían entrenado durante tres meses, para hacerse pasar por americano? En el fondo de su corazón, en su alma mortal, él seguía siendo un muchacho de Nueva York que quería volver a su antigua vida. ¿Pero si flaqueaba en el interrogatorio y se descubría la verdad? ¿A quién engañaba? ¿Jugarse la vida poniéndose en manos del ejército norteamericano con los alemanes a punto de atacar? Le someterían a un consejo de guerra y le ejecutarían sin pérdida de tiempo.
¿Cómo podía advertirles sin morir en el intento?
Se le ocurrió otra posibilidad. Habían metido sus uniformes de la Wehrmacht en cuatro bidones, que llevaban atados al jeep. Podía escapar en el jeep, cambiarse a su uniforme alemán, dirigirse al este con una bandera blanca y rendirse como un desertor que acabara de cruzar las líneas. Luego les contaría todo lo que sabía del ataque que se avecinaba y viviría lo que quedaba de la guerra como prisionero de los Aliados.
Aquélla era la mejor opción, pero sólo hasta la hora cero. En cuanto empezaran a silbar las balas, su baza de negociación perdería todo valor.
¿Pero qué sabía de la ofensiva, aparte del papel de su brigada? Incluso sus conocimientos al respecto eran fragmentarios; Von Leinsdorf les mantenía en la ignorancia.
El hilo de sus cavilaciones se atascó en una pregunta definitiva: ¿Valía la pena arriesgarse a que Erich von Leinsdorf tuviese un motivo para cazarle?
– ¿Te ha servido el desayuno?
Bernie se volvió como un resorte. Von Leinsdorf estaba dos metros detrás de él.
«Dios, ni le he oído llegar.»
Bernie se esforzó en borrar de su rostro los pensamientos desleales que había estado acariciando.
Von Leinsdorf echó una meada con despreocupación soberana y un cigarrillo en los labios.
–No, joder -respondió Bernie-. Y menos después de la cena que nos dio. Me apuesto el huevo izquierdo a que en este pueblo faltan algunos gatos.
Von Leinsdorf se rió por lo bajo y se abrochó los pantalones.
–Ve a decirle a Preuss que nos vamos. – ¿Ella dijo que los americanos se llevaron toda su comida? Dios, ¿cómo estaba de gorda antes de que empezara la guerra?
–Ve a por Preuss.
Por unos instantes, Bernie se temió que aquel hombre le hubiese leído el pensamiento. – ¿Qué? ¿Acaso tú tampoco quieres verla otra vez?
–No, joder -dijo Von Leinsdorf, con una sonrisa maliciosa.
Bernie encontró a Preuss encorvado sobre la mesa de la cocina, zampándose un parco huevo frito y otro plato de salchichas del expositor de carnes misteriosas de Frau Escher. La mujer, sentada sobre un taburete en un rincón, abrillantaba las nuevas botas de soldado americano de Preuss.
–Vaya, esto sí que es una imagen entrañable de felicidad doméstica -dijo Bernie.
Preuss alzó la vista para mirarle, con comida a medio masticar en la boca, la mandíbula floja y cara de incomprensión. Frau Escher ofreció a Bernie un plato, pero el estómago le dio un vuelco sólo de pensarlo.
Empujó a Preuss, todavía con las botas en la mano, hacia la salida trasera, donde Von Leinsdorf había acercado el jeep.
La mujer les despidió con la mano desde el umbral.
Preuss le devolvió el saludo. Bernie vio que Frau Escher se enjugaba los ojos con un pañuelo.
–Ha puesto los ojos en ti, Preuss -dijo Von Leinsdorf. – ¿Ojos? ¿Qué?
–Que anda en busca de marido. – ¿Quieres ocupar ese puesto, Preuss? –
preguntó Bernie.
–Me gusta cómo cocina -dijo Preuss.
Bernie maulló como un gato.
–Aquí, gatito, gatito… ven aquí, gatito -se burló Von Leinsdorf.
–No lo aprecio -dijo Preuss, ruborizándose-. No lo aprecio.
Bernie y Von Leinsdorf se echaron a reír.
A medida que avanzaban hacia el oeste, la carretera se fue llenando del tráfico rutinario de la mañana. Las medidas de seguridad de los Aliados se relajaron y el trayecto fue cobrando el aspecto y la sensación de un día corriente, con los ciudadanos ocupándose de sus asuntos y los soldados de los suyos.
Pasaron una encrucijada importante en las afueras de Malmédy y luego siguieron en dirección sudoeste, cruzando Stavelot, en dirección a los puentes del río Ambleve en Trois-Ponts. El Ambleve era el último obstáculo geográfico antes de que el terreno descendiera suavemente hacia el valle del río Mosa. Bernie vio que Von Leinsdorf tomaba notas codificadas en su bloc, detallando cada una de las posiciones defensivas que pasaban. Cuanto más se internaban, más animado parecía el teniente; los
Aliados no sabían lo que se les venía encima.
A última hora de la tarde, cuando empezaba a oscurecer, divisaron el río Mosa y el puente de Amay.
Salieron de la carretera por un despeñadero sobre el río y se internaron en el bosque. El cielo se nubló mientras montaban su campamento; unas nuevas condiciones climáticas que rebajaban la altura máxima de vuelo y reducían la visibilidad, tal y como se había pronosticado. La aviación aliada, tanto los aviones de ataque como los de reconocimiento, quedaría neutralizada por esos cielos. Preuss abrió unos paquetes de comida que habían pertenecido a los soldados muertos. Bernie activó su transmisor y ajustó la antena hasta asegurarse una señal. Preuss se le acercó para enseñarle una de las raciones de comida.
–Mira esto, ¿no es increíble?
–Es sólo una loncha de queso, Preuss.
–No, mira, dentro hay bacón -insistió Preuss, señalando el queso y dándole un mordisco-. Bacón de verdad, prueba.
Bernie le dio un mordisco para seguirle la corriente.
El queso estaba duro, seco y tan insulso como la cera, pero conservaba un persistente tufo a cerdo rancio.
–Está bueno, Preuss.
–Una ejército que poder hacer esto… Queso mit bacón -dijo Preuss, meneando la cabeza con admiración.
Von Leinsdorf se subió a un terraplén cercano, desplegó un mapa y estudió con unos prismáticos el puente que tenía debajo. En ambas direcciones discurría un tráfico fluido, del que la mitad eran militares norteamericanos.
En la orilla oriental, unos sacos de arena protegían un puesto de artillería
antiaérea y una única ametralladora, controlados por lo que parecía una única sección. No vio militares en la orilla occidental. Bernie se reunió con Von Leinsdorf mientras Preuss se sentaba cerca, cuaderno y pluma en mano. Formado como oficial de reconocimiento de su patrulla, empezó a esbozar los detalles del puente en un mapa dibujado a mano. – ¿Por eso estamos aquí? ¿Por este puente? – preguntó Bernie.
–Nuestro primer objetivo -respondió Von Leinsdorf-. Lo tomaremos y lo retendremos, así como otros dos entre aquí y Namur, antes de que los americanos puedan destruirlos o defenderlos.
–Sólo tú, yo y esa bola de sebo.
–Toda la compañía de comandos. Mañana, después de nuestro reconocimiento. Los equipos de Bremer, Schmidt y Sharper se están ocupando de los otros dos.
Bernie reflexionó unos instantes.
–Has dicho primer objetivo. – ¿Ah, sí? – ¿Significa eso que hay un segundo?
Von Leinsdorf no le miró. Intuyendo que le ocultaba algo, Bernie lo intentó de nuevo.
–Después de todas esas historias increíbles que corrían por el campamento… ¿Pasamos por tanta instrucción sólo para tomar un par de puentes y sentarnos a mirar? – ¿Qué estás preguntándome?
–Ya lo sabes. ¿Se supone que tenemos que hacer algo más?
De nuevo, Von Leinsdorf guardó silencio.
–No hace falta ser un genio para sospecharlo -continuó Bernie, intentando disimular su preocupación-. Skorzeny te dio otra misión. Tú elegiste los otros equipos. – ¿Y qué, si lo hizo?
–Entonces cuéntamelo, o al menos dime que no estoy equivocado.
Von Leinsdorf se inclinó sobre la radio para transmitir un informe codificado de sus progresos.
–Cuando nuestros tanques crucen este puente, todo lo que les separará de la costa de Amberes serán 113 kilómetros de carretera abierta. Cuando hayan llegado aquí, nosotros pasaremos a otro asunto. Y eso es todo cuanto puedo decir.
Dirigió una severa mirada a Bernie antes de volverse a la radio.
«Está bien, cabrón; guárdate el secreto. Pero pienso descubrir de qué se trata.»
Este de Elsenborn 16 de diciembre, 1:00 horas -Su relevo se presentó, según lo previsto, a las catorce horas, ayer por la tarde; pero la posición de la escuadra no pudo precisarse de inmediato -explicó el policía militar.
–Quiere decir que no estaban en su puesto -dijo Grannit.
–Eso es, correcto, señor.
El policía militar guió a Grannit desde el jeep hasta la garita de cemento ligero. El joven soldado, con excesivos deseos de agradar, había sido el primero en llegar a la escena unas horas antes. Una vez descubiertos los cuerpos, allí se había congregado una multitud. Grannit vio de inmediato la magnitud del desastre: dos docenas de soldados pisoteaban la escena del crimen. Lo que quedaba de la nieve se había derretido y luego había vuelto a congelarse durante la noche. Grannit cogió un palo y lo arrastró en línea recta por el suelo. – ¿Cómo te llamas, hijo?
–Chester Brosh, señor.
–Bien, Chester; toma aire, sopla por el silbato y haz que toda esa gente
venga cagando leches detrás de esta línea que acabo de marcar. – ¿Ahora mismo, señor?
–Sí. Ahora mismo.
Chester tocó el silbato. El tráfico que había frente a la garita tardó cinco minutos en despejarse. Grannit hizo que los conductores aparcasen todos los vehículos en un semicírculo y encendieran los faros. Una vez tuvo la garita iluminada y protegida, recorrió y estudió la escena desde distintos ángulos, se arrodilló para comprobar huellas de neumáticos, señaló las zonas que quería que procesaran Ole y los otros policías militares, y luego dijo a Chester que le llevara hasta los cuerpos.
Grannit usó una linterna para observar el suelo durante el trayecto hasta el bosque. Bajo una densa arboleda de abetos, muchas de cuyas ramas seguían cargadas de nieve, tres cuerpos yacían juntos. Estaban tiesos por el frío y el rigor mortis. A todos les habían quitado las chaquetas y las placas de identificación. A uno le faltaban las botas. – ¿Alguien los ha identificado? –
preguntó Grannit.
–Los hombres de su escuadra dicen que éste es el soldado Anderson y ése el soldado Ellis -refirió Brosh, señalando al hombre sin botas-. Había un tercer hombre con ellos, el sargento Mallory, pero no lo hemos encontrado. –
¿Entonces quién demonios es este tipo?
–No lo saben, señor.
Grannit miró al tercer hombre. De unos cuarenta años, rostro curtido y quemado por el viento, manos de trabajador. Estudió su mano derecha, luego examinó las heridas. Un único disparo en el torso izquierdo, con gran herida de salida por la espalda, probablemente de bala de fusil. Herida de bala de doble cañón en la cabeza, pequeño calibre y a corta distancia, igual que Ellis. El hombre tenía un pequeño tatuaje en el hombro derecho, un ancla y una maroma. Grannit le examinó la boca y luego sacó una bolsa de plástico y la ciñó alrededor de la mano derecha del desconocido.
Prendió un cigarrillo y se puso en cuclillas. Los tres hombres habían sido asesinados en la carretera; después, a juzgar por las huellas de las botas, tres norteamericanos los habían arrastrado hasta la arboleda. Al examinar el terreno, advirtió una débil línea en el barro que se internaba en el bosque a partir de aquel punto. La siguió alumbrándose con la linterna.
A unos cuarenta y cinco metros, entre los árboles, el haz de luz iluminó otro par de botas. Grannit desenfundó su pistola y se apresuró hacia allí.
Un cuarto hombre se había alejado a rastras, había excavado una pequeña depresión para conservar el calor y se había cubierto con ramas caídas que Grannit retiró apresuradamente. El soldado aún vestía su chaqueta de campaña y estaba inconsciente y hecho un ovillo.
Grannit le buscó el pulso.
–Este hombre está vivo.
Llamaron a un médico, que tapó al sargento Mallory con mantas y le bombeó cuatro unidades de sangre mientras lo trasladaban al hospital de campaña de Malmédy, a quince kilómetros de allí.
A las cinco de la mañana Grannit completó el examen del puesto de control.
Los otros soldados no le habían sido de ninguna ayuda, pero Ole Carlson había reunido ocho casquillos en los alrededores de la barrera, seis de pequeño calibre y dos balas de M1 con camisa de cobre. A menos de diez metros de la barrera, donde Grannit había encontrado huellas de neumáticos en el barro, aparecieron tres casquillos más de pistola.
Grannit también embolsó un cigarrillo roto, un Lucky Strike sin fumar.
Localizó asimismo varias manchas de sangre (una en la misma base de la barrera) y unas cuantas huellas de bota, todas ellas del ejército regular de Estados Unidos.
Antes de proceder a retirar los cuerpos, Grannit pidió al médico que, una vez en el hospital, extrajeran todas las balas de los cadáveres antes de
enterrarlos. Las necesitaba como pruebas forenses y, si no era mucho pedir, también quería sus autopsias. El médico dijo que lo intentaría y que fuera al hospital de campaña más tarde esa misma mañana, cuando ya tendrían una idea más clara del estado del sargento Mallory. Grannit estuvo de acuerdo.
Si Mallory lograba sobrevivir, Grannit quería estar presente cuando recobrase el sentido.
Ole Carlson le trajo una taza de café de un carrito de abastecimiento y ambos permanecieron en las inmediaciones de la garita, golpeando el suelo con los pies para mantener el calor. – ¿Qué crees que ha pasado, Earl?
–Llegaron hasta aquí en un Willys desde el norte, por la pista forestal. Se detuvieron cerca de la barrera.
Los soldados jugaban a cartas dentro; salieron para interrogar a los recién llegados. Fuese cual fuese el problema, empieza aquí, cerca del jeep. A Mallory, Ellis y al tercer hombre les dispara el mismo tirador. Es otro el que mata a Anderson, junto a la barrera. Al tercer hombre le alcanza primero un segundo tirador, en el pecho, con un M1. Luego le disparan en la cabeza, como a los otros. El tercer hombre es el único que ha descargado su arma.
Carlson se le quedó mirando, boquiabierto.
–Dios, ¿crees que mató a los otros dos?
–No, Ole -replicó Grannit pacientemente-. Le dispararon igual que a Ellis,
¿no? En la cabeza.
–Sí.
–Creo que el tercer tipo corrió hacia la barrera y disparó a Anderson, que tiene seis balas de pequeño calibre dentro, y Anderson respondió con el M1.
No lo sabremos con certeza hasta que vea las balas, si no la joden en el hospital, lo cual es muy probable.
–Bueno, así que tenemos a soldados americanos que disparan a soldados
americanos. Puede que sea un robo. Quizá se conocían entre sí. Quizá los asesinos condujeron hasta aquí para ajustar cuentas, o por una deuda de juego…
–Primero, hechos; las teorías, después -Grannit avanzó y se plantó en la escena-. Nuestro tercer hombre llegó en el jeep con los otros tres. Uno de esos hombres es el principal tirador. – ¿Les dispararon, arrastraron los cuerpos, los dejaron en el bosque y simplemente se largaron?
–Así es. Uno de ellos, con un par de botas nuevas.
Pregunta a la policía militar de Elsenborn si anoche pasó por allí algún jeep que encaje en el perfil.
Comprueba si algún soldado de infantería atrincherado en los alrededores oyó algo. El rastro ya está frío.
Carlson corrió hacia los otros policías militares.
Ante Grannit pasaron los soldados que transportaban los cuerpos, cubiertos con mantas, en tres camillas.
Grannit les pidió que se detuvieran. Destapó al tercer hombre y observó una vez más el tatuaje del brazo y su dentadura. Luego examinó las botas. Las llevaba sin polainas, algo que contravenía las reglas de uniformado pero no era extraño en campaña. Introdujo la mano y encontró una pequeña fotografía embutida en la pantorrilla de la bota derecha; la sostuvo en alto, iluminándola con la linterna. Una instantánea K o d a c h r o m e c o n l o s b o r d e s f e s t o n e a d o s, probablemente tomada con una Brownie, de una mujer en la treintena que posaba en un muelle, cerca del agua.
Una morena del montón, con algo de sobrepeso y los brazos tímidamente cruzados en la cintura, que dirigía una sonrisa forzada a la cámara. El brillante sol del mediodía le obligaba a entrecerrar los ojos.
La esposa o la novia del hombre en algún lugar de vacaciones,
probablemente las últimas que habían pasado juntos. A la derecha, una hilera de edificios alineados en la orilla y, detrás de la mujer, un par de vendedores callejeros algo desenfocados. El sello del revelador, en el dorso de la fotografía, estaba borroso, pero parecía rezar «agosto 1944». Grannit la observó fijamente. Algo en la imagen no encajaba, pero no lograba averiguar qué era.
Alumbró su reloj con la linterna: 5:30. Todavía quedaba una hora para el amanecer. Por el rabillo del ojo percibió un intenso resplandor de luz al este, a kilómetros de distancia. Cuando alzó la vista, aparecieron más puntos de luz, como si se hubiera encendido un inmenso panel de bombillas. La densa capa de nubes que cubría el horizonte empezó a brillar; parecía que una luna llena acabase de aparecer en el cielo.
En aquella décima de segundo, pensó que las últimas horas habían transcurrido en silencio, sin que se oyeran las pequeñas escaramuzas habituales cerca del frente. Ni siquiera el ladrido de un perro.
Grannit echó a correr hacia el círculo de vehículos, llamando a Carlson.
Buscó su jeep, saltó detrás del volante y le dijo a Ole que subiese.
Entonces un estruendo como el de cien tormentas estalló en la noche por el este, interrumpiendo el silencio con una serie de detonaciones cada vez más próximas en intensidad.
Y el fuego de artillería arrasó el tiempo.
Las primeras bombas silbaron sobre sus cabezas y chocaron contra los árboles más altos. Luego una lluvia de proyectiles aterrizó y detonó en un radio de mil metros, haciendo que la tierra temblase. Grannit vio una cadena de explosiones y llamas que ascendía por el este, cerca de la frontera, y arrancaba de raíz hileras de árboles entre erupciones de fuego.
Más arriba, con una frecuencia cortante y superpuesto al fragor de la artillería, oyó el gemido mortal de los misiles V1. Y, por encima, los motores de los aviones que volaban bajo en dirección oeste, emitiendo un sonido que no había oído nunca en un avión. Flores blancas, cientos de