Jernigan
Chapitre 5
A la luz del día, el dormitorio de Martha Peretsky estaba irreconocible. Estaba lleno de detalles, mientras que por la noche lo había visto… no sé, da igual. Una antigua cómoda de patas largas con espejo y pintada de negro brillante; en cada cajón, una calcomanía, colocada entre los dos tiradores de cristal tallado. Sobre la cómoda, tarros, joyeros y cepillos. Un cesto de mimbre para la ropa sucia con el pie de una media colgando, asomando de la tapadera, como si el cesto se hubiera tragado a alguien. En la pared, en un marco plateado demasiado recargado, una antigua cromolitografía de una hawaiana con su ukelele. Teníamos la ropa tirada por el suelo. Fuera, los pájaros cantaban y a lo lejos se oía un cortacésped.
Martha Peretsky estaba dormida —o se lo hacía—, boca abajo. Los hombros se alzaban y se hundían. Me levanté de la cama, encontré los calzoncillos donde habían caído —recordaba que ella me los había quitado y que a mí no me importó adonde hubieran ido a parar— y me arrastré hasta la puerta. Luego me acordé de la chica, Clarissa, reculé y me puse los pantalones. Me miré el estómago: me puse la camisa.
En el pasillo me encontré con Danny, que salía del baño. Iba en calzoncillos. Me saludó con el pulgar en alto y una sonrisa que yo nunca le habría dedicado a mi padre, por muy bohemio que hubiera sido. Pero ¿de qué servía tratar de mantener tu dignidad cuando acababas de salir de la cama después de haber hecho lo mismo que él había hecho antes de salir de la cama? «A la mierda», pensé, y con el pulgar le devolví el gesto: era el curtido veterano capaz de saltar del banquillo para, con un toque de bola perfecto, mandar al corredor al otro lado del campo; saludaba al novato que, si fuera capaz de controlar su swing, podría subir su media cincuenta puntos marcando el mismo número de home runs. Luego Danny entró en lo que supuse que sería el cuarto de Clarissa y cerró la puerta tras de sí para volver a disfrutar de los placeres depresivos que ella le dispensara, y yo entré en el cuarto de baño. ¿Y a ese comportamiento debía darle yo mi beneplácito?
Cuando volví al dormitorio, Martha seguía tumbada como la había dejado: boca abajo, con los brazos formando un rombo alrededor de su cabeza. Me desnudé, me metí debajo de las sábanas, me eché a su lado y la acaricié para despertarla. Aún dormida, cambió de postura y quedó de lado, dándome la espalda. Mi pene se deslizó entre sus nalgas. Entonces ella echó el brazo hacia atrás, lo cogió y tiró de él para meterlo más adentro. Bueno. Recién empezados no le ponía peros a este tipo de refinamientos. Y eso, ¿qué significaría? Probablemente, que las cosas irían todavía más deprisa.
—Mmm, ¿te gusta? ¿Te pone? —preguntó. Tras un momento de silencio, dijo—: Mira, no quiero escandalizarte, pero creo que en el cajón de la mesilla de noche hay una cajita de vaselina.
Tenía razón. Abrí la tapa con manos temblorosas.
—Ay, Dios mío —dijo al cabo de unos instantes—. Sé que ya no debería andar haciendo estas cosas, pero… —inspiró profundamente— me da igual.
Al cabo de un rato los dos mirábamos fijamente al techo.
—Estarás completamente escandalizado. Fue Rusty quien me metió en esto. —Resopló—. En sentido literal y figurado.
Nos quedamos mirando al techo un rato más.
—Supongo que no hará falta que te hable de Rusty —dijo.
Alargué la mano para darle una palmada en el muslo y mi manó chocó con la suya, con la que también tenía intención de tocarme.
Cuando por fin nos levantamos, los chicos habían salido para ir no sé adónde. Hizo café y me trajo una taza al sofá del salón; un café bastante bueno, con canela. No fui capaz de terminar de decidir si la canela resultaba buena idea o, por el contrario, era de mal gusto (porque lo que tocaba era que apreciaras el auténtico sabor del café). Volvió a revolver entre los discos y sacó uno de Webb Pierce, hecho con el que ganó algunos puntos. A ver: ¿un disco de Webb Pierce? Lo que hubiera sido de esperar habría sido uno de Billy Joel o algo así, ¿o no? Si te ponías a pensar en la estufa de leña y el televisor en blanco y negro…, la casa en general, vamos. Quizá la camiseta no había sido más que una anomalía, o incluso un guiño irónico. Y luego, lo que dijo del ex marido, que se había metido en el tema con él: ¿falta de tacto o franqueza reconfortante? Parecía conocer la diferencia entre el sentido literal y el figurado. Enfrentarse a esa Martha Peretsky estaba resultando bastante difícil.
—¿Lo conocías? —preguntó mientras bajaba la aguja.
Pensé en decir que sí y dije que no. Mi primera mentira, fuera la que fuera, no sería esa. A menos que en algún momento de la noche anterior ya hubiera dicho una. Recuerdo que algunas cosas sí que las amañé un poco.
—Si termina gustándote, te grabaré un casete —me dijo.
—Perfecto. He estado escuchando algo de country, por un amigo.
—¿Por qué no se oye nada? Tengo el volumen al cinco.
—Yo oigo algo.
—Ay, Dios —dijo—. Me olvidé de meter los altavoces en casa.
—A tus vecinos les gusta Webb Pierce, ¿verdad?
De un tirón separó la aguja del disco.
—¿Quieres que salga y te los pase por la ventana? —pregunté.
—¿Sí? Sería perfecto.
Otro día magnífico. Y estaba rodeado de árboles grandes, crecidos: en Heritage Circle la mayor parte de los árboles eran tan pequeños que no alcanzaban a dar sombra. Ahí estaba yo, en el jardín de una mujer a la que me había follado. Y en cambio, ese día haría un año de… No sé, ya vale con tanto «ese día haría un año de».
—Se nota que estuvimos de fiesta en el jardín —dije cuando le di el primer altavoz—. Me temo que la limpieza de anoche fue superficial.
—¿Y de quién fue la culpa? —Meneó el dedo, picara.
—Te lo compensaré —dije, incómodo por verme en la obligación de devolver el coqueteo; pero ¿acaso no debía el amante, por obligación, evitar que el embrujo se rompiera?—. No llevará mucho tiempo.
—Primero entra a tomarte el café —dijo, lo que probablemente significaba «Primero vamos a la cama». En cualquier caso, eso es lo que sucedió.
A Webb Pierce lo escuchamos más tarde.
—Sí, me gusta mucho —dije. Quizá esa fue la primera mentira—. ¿Cómo terminó gustándote una cosa así? —No podría haber formulado la pregunta con mayor torpeza.
—Es una larga historia. ¿De verdad quieres que te la cuente?
—Claro —contesté. La segunda mentira.
—Cuando era pequeña y vivía a las afueras de Washington, mi padre tenía un grupo de música country-western. El Show de Stony Davis —esto último lo dijo con voz de presentador.
—¿Ese era el apellido de tu padre, Davis? —dije. El Peretsky me despertaba curiosidad.
—Sí. Pero he conservado el nombre de casada. Bueno, a lo que íbamos, su fuerte eran las imitaciones, podía hacer de Johnny Cash y Ernest Tubb y, no sé, de Eddy Arnold. Y de Webb Pierce, claro. Los clavaba; era parte del show. Y se parecía un poco a Webb Pierce, ¿sabes? Así, como mofletudo. Así que, una vez al año, más o menos, él y su banda iban en coche hasta Pensilvania o Nueva Jersey, donde no le conocían, telefoneaban a algún nightclub perdido y les soltaban el cuento de que el autobús de Webb Pierce se había averiado de camino a algún sitio y, como se había quedado tirado por ahí, esa noche podrían tocar por…, ya no lo recuerdo, pero por un montón de dinero, para la época, al menos. Y casi todos picaban. Y se peinaba como Webb Pierce y salía al escenario con su traje de cowboy, tan elegante, cantando «There Stands the Glass» y todo el rollo.
—¿Y de verdad se salía con la suya? —pregunté.
—Cuatro años —respondió—. Y ese dinero no se lo gastó nunca. Solía decir que Webb Pierce me pagó la universidad.
—¿Tanto se sacó con el cuento?
—No —dijo—. A él siempre le gustó exagerar. Pero supongo que bastaría para cubrir un año, más o menos.
—¿Sigue vivo?
Con el dedo índice y el corazón levantados se dio golpecitos en los labios.
—Dos paquetes de Lucky al día —dijo—. Cuánto me habría gustado que Clarissa lo hubiera conocido.
No nos pusimos a meter los platos de papel y las latas de cerveza en bolsas de basura marrones hasta bien entrada la tarde. Vacié una lata sobre un geranio marchito plantado en un tiesto de las escaleras de la entrada trasera, llenas de moho. «O lo mata o lo resucita», pensé. Y me pregunté si para cuando pudiera descubrirlo yo seguiría en escena. Los chicos ya habían vuelto a casa, habían subido directos a la habitación de Clarissa. Evidentemente. Hice girar las bolsas para cerrarlas; las burdas y tensas espirales que formé las até con alambre recubierto de papel. Luego las arrastramos hasta el buzón.
—Los de la basura no pasan hasta el miércoles —dijo—. Espero que los mapaches no revuelvan por ahí.
—Por cierto, ¿qué día es hoy?
—Domingo.
—¿Domingo? ¿De verdad? —dije—. Tengo una sensación tan dominical, tanto, que pensaba que no podría ser domingo. —Eso lo había olvidado: un domingo con una esposa, y al día siguiente, a trabajar—. Dios, ¿estoy siendo muy retorcido?
—No mucho. ¿Siempre das por sentado que todo lo que piensas es tan loco que nadie lo entenderá?
Extraño: después de tanta cama, me molestaba que empezara a entrar en cuestiones personales. Extraño a menos que te pararas a pensarlo, claro.
—Mmm… —dije—. En otras palabras: soy un esnob, ¿es eso?
No nos faltaba ni así para que la cosa empezara a ponerse fea.
Y entonces se echó a reír.
—Nunca insinuaría tal cosa.
A las seis ya empezaba a hartarme. Alegué labores domésticas pendientes —sin especificar— de las que debía encargarme antes de que la semana terminara, y luego llamé a la puerta del cuarto de Clarissa. Tras mucho repiqueteo de cerrojos, la puerta se abrió lo justo para que pudiera ver la cara blanca de la chica pegada al filo.
—¿Daniel? —dijo. Y la cara de mi hijo apareció sobre la suya.
—Pétalos de una rama negra, húmeda —dije[16]. Sus rostros seguían exhibiendo el mismo estupor—. Mira, Danny: tengo que volver a la hacienda.
Lo de la hacienda venía de una de las historias de Pat Hobby de Scott Fitzgerald, una en la que Pat está escribiendo el guión de una película del Oeste. «Exterior. Vista general de la pradera. Buck y los mexicanos se acercan a la hacienda». Otra de mis oscuras referencias que Danny no iba a entender de ninguna manera.
—Nos vemos en casa antes de las once, ¿eh? Y si quieres cenar, llamamos a Domino’s Pizza o algo así, ¿vale?
No os dejéis engañar por el desenfado de mi tono: estaba emitiendo una orden.
—Vale —dijo Danny bajando los ojos y esquivando mi mirada.
Me daba pena: su padre, por muy de colega que fuera, estaba mangoneándolo delante de su novia. O quizá le entró vergüenza por haber ido demasiado lejos con el descarado gesto de aprobación, pulgar en alto, que me había dedicado por la mañana.
En la planta baja, Martha me metió una cinta en el bolsillo de la camisa. Me dio un beso largo en la puerta —los dos doblamos una rodilla, la insinuación de un muslo entre los del otro: un vale por un trato sexual pendiente de consumación— y me largué.
Cuando dejé el coche en el camino de entrada, la casa parecía justo lo que debe de parecer una casa en la que hace un mes que no vives: los ángulos y las proporciones estaban todos raros. O algo así. Quizá todo parecía más lejano de lo que esperaba, como si estuviera mirando por el otro extremo de unos binoculares. Pero ahí estaba el césped recién cortado. Lo había hecho yo. Ayer.
Saqué una cerveza de la nevera, me la llevé al baño y me la terminé mientras me desvestía. En la cinta del bolsillo de la camisa vi WEBB PIERCE escrito con una letra peculiar. Me quedé un buen rato en la ducha, enjabonando y aclarando todas las partes de mi cuerpo dos veces. Luego entré en mi cuarto, donde la vela de Yahrzeit seguía ardiendo, pálida al sol de la tarde. Ajusté las persianas de plástico para que no dejaran pasar la luz, cerré la puerta y la vela proyectó mi sombra en la pared. Y pensé en lo espantosamente asqueroso que sería hacerse una paja a la luz de la vela, después del día que había pasado. Luego pensé: «Más vale que dejes de asustarte». Así que me puse ropa limpia, saqué otra cerveza de la nevera, entré en el salón y encendí la tele. Otro partido de béisbol, con dos tercios del jardín a la sombra.
Cuando Danny llegó, durante las noticias de la INN, seguía sentado delante de la tele. En realidad, entró en casa justo cuando volvían a pasar los mejores momentos del partido de antes, ¿qué os parece? Se sentó en el sofá con las piernas cruzadas, sin sacarse las malditas deportivas. Aunque supongo que a mí eso me importaba una mierda. Se sumió de inmediato en un trance televisivo, como si aquella fuera su auténtica vida, y el resto, solo sombras. Bueno: de tal palo tal astilla. Dieron unos anuncios, luego el tiempo, luego el anuncio de la mujer guapa que se come un helado Frusen Glädjé y tú te preguntas si lo que tienes que pensar es que en realidad se siente avergonzada o qué. Luego apareció el forzudo de los silenciadores para el tubo de escape y Danny preguntó:
—¿Volverás a quedar con ella?
Lo que en realidad preguntaba, supuse, era lo siguiente: a) ¿Era su padre de la clase de hombres que no vuelven a quedar con una mujer después de haber pasado una noche con ella? b) ¿Era a hombres de esa clase a los que debía imitar? c) ¿Cómo iba eso a complicar su vida? Y, quizá, d) ¿Tendría una madre nueva? Las respuestas tampoco me habrían venido mal a mí, mira.
—Bueno, la verdad es que nos gustamos mucho. Obviamente. —Idea: ¿y por qué no le colgaba el muerto al niño?—. ¿A ti qué te parecería? ¿Y tú y Clarissa? Es una situación extraña para vosotros, ¿no? De repente, tu padre y su madre…
—No sé. —Se encogió de hombros.
—Bueno, un poco inusual sí que es, ¿no? ¿Coincides conmigo en que es inusual?
—No sé. Es que ya sabíamos que iba a pasar. Bueno. Cuando conseguimos que os conocierais.
Lo miré fijamente. Eso era de telecomedia. Por supuesto. Esos chicos se pasaban la vida viendo ese tipo de mierda en la tele: serie con viuda con un montón de hijas que conoce a divorciado con una casa llena de chicos mientras por ahí corre un abuelo encantador con un delantal de cocina poco convincente.
—Ella es muy simpática —dijo—. Y tenéis muchas cosas en común, ¿verdad?
¿Como cuáles? ¿Que éramos viejos?
—Estás de broma. Quiero decir, es una idea muy amable, pero ¿no has pensado en las consecuencias? Ya sabes, imagina que lo nuestro va en serio y luego Clarissa y tú rompéis. O al revés. —Y yo era el más indicado para hablar de pensar en las consecuencias.
Se quedó mirándome fijamente.
—Pero, papá, si pensaras eso para todo, nunca harías nada.
Bienvenido a Heritage Circle.
—Voy a ensayar. —Se levantó del sofá.
—Muy bien. Usa el trasto ese, ¿vale? Los auriculares. Y no te quedes despierto toda la noche. —La mierda que nos toca decir.
Después de las noticias dieron un publirreportaje sobre convertirse en empresario, con protagonistas como el tío de la marca de galletas Famous Amos. Bajé el volumen hasta que se convirtió en un murmullo casi inaudible y cogí el libro de P. G. Wodehouse. El castillo de Blandings no me había hecho nunca tanta falta como esa noche. Las extensiones de césped y los jardines que casi podías ver desfilar ante tus ojos mientras los deslizabas por las palabras, y Psmith conquistando a Eve Haliday a golpe de encanto y dinero a espuertas. Sin un beso siquiera.
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