Jernigan
Chapitre 5
Hacia las once y media me levanté de la cama y cené mis macarrones con queso. Luego más cama, un gran vaso de licor casero, y a dormir.
A las tres de la madrugada volvía a estar despierto. Me levanté y me arrastré por el pasillo hasta la cocina. En la puerta del cuarto de Clarissa, abajo del todo, brillaba una línea de luz, y se oía el raspar de una música lejana. Mi hijo estaba ahí. Y todo iba bien. O eso era lo que yo quería creer. En la nevera encontré el estofado que comeríamos al día siguiente. Aunque resulta que estaba en una cacerola de cobre: antes de que decidiese desertar de la economía monetaria, a la buena de Martha las cosas no le habían ido tan mal. Levanté la tapadera, de la que cayeron gotitas de condescendencia (condensación, mejor), y fui a coger una cuchara de madera al escurreplatos. Me quedé ahí, venga a comer. Estofado de conejo con patatas cortadas a cuartos que conservaban su firmeza, con la chirivía que todavía conservaba su firmeza. La salsa del estofado era gris y espesa, y en absoluto desagradable.
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