Jernigan
Dos
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1
El Cuatro de Julio estaba aquí otra vez. Ya a esta hora, las once de la mañana, se oían petardos. Por la noche los fuegos artificiales estallarían sobre el lago entre los aullidos de los perros.
Hoy hará un año que Judith murió.
Para conmemorar la fecha, iba a cortar el césped y mirar el partido de los Yankees. A partir de ahí ya me organizaría la noche. Suena mal, lo sé. Vale. ¿Y qué os parecería apropiado? No tenía ni una tumba que visitar. Según su hermano Rick, en una ocasión Judith dijo que quería que cuando muriera esparciéramos sus cenizas en el cabo de Montauk. Si Judith dijo una cosa así es que debía de estar borracha como una cuba. Y eso suponiendo que Rick no se hubiera inventado la historia. Pero, una vez la hubo contado, no nos quedó más remedio que hacerlo. Vaya día, el que subimos al cabo de Montauk para esparcir las putas cenizas. Fue al día siguiente del funeral. Tuvimos que recorrer la playa durante un kilómetro y medio con la caja de cartón, buscando un lugar en el que no hubiera cien personas tumbadas sobre sus toallas observando nuestras operaciones (que, por si fuera poco, eran ilegales, creo). Solo estábamos Rick y yo. Me pareció que eso Danny podía ahorrárselo: la tranquilidad con la que se lo estaba tomando todo me daba un miedo de cojones. Cuando encontramos un lugar ya habíamos dejado el cabo Mountak bastante lejos. Incluso abrir la caja resultó más complicado de lo que parecía —terminé cortando la cinta adhesiva con el destornillador portátil del llavero— y, además, las cenizas no se esparcieron mucho, que digamos, porque quedaban pedacitos de huesos y cosas así y nadie quería tocarlos con la mano. Así que me limité a lanzarlas hacia el mar, y las más livianas, las más ceniza-ceniza, se las llevó el aire y terminaron formando un montoncito en la parte mojada de la arena, adonde no llegaban las olas. No sabíamos si la marea estaba subiendo o bajando; si bajaba, la cosa esa se quedaría ahí durante once horas. ¿O eran veintitrés? Así que con el canto de la mano fui apartándolas hacia los lados y terminaron desperdigándose y nos largamos.
En fin.
Entré en el garaje para sacar el cortacésped y vi la vieja guadaña de mi padre colgada de la hoja, que se sostenía sobre un gancho. No había tenido ocasión de tocarla desde que nos mudamos a esa casa, cuando clavé el gancho, colgué la guadaña y, con un dedo, detuve su balanceo. Hoy el trasto ese me dio lástima (sí, sí: estaba sublimando) y lo descolgué. Revolví buscando la piedra de afilar, escupí en la hoja y empecé a afilarla con los movimientos que mi padre me había enseñado: no se trataba de ir moviéndola de arriba abajo, sino de formar pequeñas espirales, escupiendo y afilando. Mi padre habría aprendido esa técnica del suyo, y el suyo del suyo, y etcétera, etcétera. A menos que la hubiera leído en Mecánica Popular o algo así. (Le gustaba esa revista de mecánica por las fotografías de máquinas que traía y por los hombres que salían retratados en su taller, con corbata). Es muy probable que yo sea el último Jernigan con conocimientos sobre la tradición guadañil, tradición que se remonta a los tiempos en que los Jernigan no eran más que chusma desheredada que andaba por algún condado deprimente de Irlanda. Mi padre odiaba todas esas chorradas de la verde Erin y sus patriotas, ni siquiera tenía un libro de Yeats en su biblioteca. Eso era por su propio padre, el Abuelo Jernigan, que lo avergonzaba. Y de quien solo recuerdo el viejo Studebaker que conducía, el alcohol de su aliento y el rato que pasé en su capilla ardiente, asustado por si de un momento a otro el abuelo empezaba a echar humo. Y claro, mi padre odiaba la idea de tener un nieto que se llamara Danny. El nombre fue cosa de Judith, se lo quiso poner por un tío suyo que se había muerto o algo así y que se llamaba Daniel. Y a mí me daba igual un nombre que otro, o al menos me dio igual hasta que Elton John sacó la canción de la cicatriz que
no se cerraba[14], y para entonces Danny ya tendría un año. Pero bueno, mi padre solía saludar a su nieto cantando «Oh Danny Boy!» con voz de tenor,
igual que Dennis Day [15]. Y luego le extrañaba que Danny nunca fuera a verlo.
Cuando me regaló la guadaña, mi padre dijo que quería celebrar que yo hubiera recuperado el sentido común y hubiera decidido irme de Nueva York.
—Además —dijo—, ya no me atrevo a usar el jodido trasto.
Una muestra más del buen corazón que se gastaba el viejo.
—Me mudo a una casa idéntica a otros cientos de casas de la periferia de Nueva Jersey —contesté—. ¿Qué voy a hacer yo con una guadaña en un jardincito de cien metros cuadrados?
—¿Y qué haces tú tirando el dinero en una casa que no te gusta? Búscate una ganga, una casa antigua a reformar por Weschester. O por Rockland. Algo con un poco de encanto, por todos los demonios.
—Muy bien, perfecto. ¿Y tú has tasado alguna casa a reformar por Weschester, últimamente?
—Vale, vale. Que sea en Jersey, si no hay más remedio. Búscate algo en alguna de las calles más antiguas, aunque la casa esté un poco hecha polvo.
—Olvídalo, papá. La decadencia es lo mío.
—Te hace gracia, ¿verdad? Mira, cógela de todos modos. Es una antigualla bonita. Llévatela aunque termines colgándola en la pared y pensando en la mortalidad, por Dios. Qué demonios, cualquier día de estos heredarás mi casa, y entonces necesitarás no uno, sino tres trastos de estos para mantener el maldito zumaque a raya.
Mientras limpiaba la hoja de la guadaña con aceite de coche —el filo ya se veía plateado—, vi a Danny en la puerta, parado bajo el tejadillo del paso cubierto que llevaba al garaje.
—Papá, ¿tienes un minuto? Una canción me sale muy bien. ¿Puedo tocártela?
El aniversario de la muerte de su madre no parecía afectarlo, pero con Danny nunca se sabía. Si lo había olvidado —¿cómo iba a olvidarse del Cuatro de Julio?—, no sería yo quien sacara el tema. ¿No me obligaría mi deber paterno a ayudarle a que sacara de dentro lo que sentía? Aunque por otra parte, ¿no consistiría mi deber paterno en callarme la boca y dejar que se las apañara a su manera? Como idea del deber paterno, esa resultaba mucho más cómoda, sin duda. Lo seguí adentro. Entré en su cuarto y me pasó el Rockman, la condición que le había impuesto cuando le dejé tocar la guitarra eléctrica en casa. Ahora lo que me preocupaba era que los auriculares lo dejaran sordo. Y también me preocupaba ser un mal padre por poner en peligro su oído a cambio de mi tranquilidad, de la poca tranquilidad de la que podía disfrutar.
—Ni hablar —le dije, y le devolví los auriculares; me asusté ante la idea de terminar con los tímpanos perforados por un chorro de sonido a sabe Dios qué volumen—. Conéctala al amplificador, vamos. A ver qué te sale.
—Perfecto —contestó.
Desenchufó el cable y volvió a enchufarlo; el amplificador emitió un pum que resonó en la habitación y que nos advirtió de la inmensidad del silencio que estábamos a punto de llenar.
—No te pases con el volumen, ¿vale? —le pedí—. Tu viejo no tiene orejas de mutante.
Cogió la guitarra, que estaba encima de la cama, y se la colgó de la correa.
—Bueno, ahora fíjate bien. Acabo de aprendérmela. ¿Listo?
Y comenzó a rasguear la guitarra, de la que, cual gruñido, se elevó una sucesión ascendente de notas; sus manos se deslizaban sobre las cuerdas a una velocidad increíble. Sonaba convincente, sin duda. Emocionante, incluso, aunque algo vulgar.
—Sí, sí —le dije—. Suena muy bien, tío.
—Ya, pero ¿te has fijado? ¿Has visto lo que hacía con la mano?
—¿Y qué tenía que haber visto?
—Fíjate bien otra vez. No: mírame la mano derecha.
Yo miré tratando de hacer caso omiso de ese horror de cuero lleno de tachuelas que llevaba en la muñeca, un regalo de su novia. Tocó la misma secuencia de notas, o al menos eso me pareció. (La primera vez que la oí, me pregunté si no se trataría de un guirigay de notas producto del movimiento aleatorio de sus dedos).
—¿Ves? —preguntó.
—¿Me estoy perdiendo algo?
—La última nota: para que te salga tienes que llegar hasta aquí con esta mano, ¿ves? Normalmente, esta es la mano de la púa, pero con la izquierda no podría pasar de aquí a aquí tan deprisa.
—Te lo estás tomando en serio, ¿verdad? ¿Y por qué no quieres tocar en un grupo?
Error: las preguntas de «¿Y por qué…?» no son más que tretas para meterse con la gente. Judith y yo lo aprendimos en terapia cognitiva. Otra de tantas cosas que habíamos probado.
Danny no respondió y yo, como todas las veces que entraba en su habitación, me quedé mirando su póster de Elle Macpherson: rostro impasible, mano en el escote del bañador, a punto de rasgárselo y dejar el pecho al descubierto. Elle Macpherson, la belleza ideal, la Urna Griega de todos los Dannys del mundo. Bueno, al menos no lo habíamos convertido en homosexual, aunque yo ya sabía que no se puede convertir a nadie en homosexual, evidentemente. Si te parabas a pensar en Rick, sin embargo, podría asaltarte la duda de si Judith sería portadora de un gen homosexual o algo así, algo hereditario. El gen (en caso de que existiera realmente, claro) parecía recesivo, y eso me tranquilizaba, aunque sabía que eso también estaba mal —sentirse aliviado, quiero decir—, porque la homosexualidad no era más que una opción como otra cualquiera. Y el asunto de la guitarra también me tranquilizaba. En el instituto no sacaba buenas notas, cierto, pero que se sentara y ensayara el acorde que acababa de enseñarme demostraba que, a pesar de todo el LSD que yo había tomado y de las horas que el crío pasaba delante de la tele, poseía cierta disciplina y capacidad de concentración. Quién sabe, quizá con la guitarra llegara a algún sitio. No soy tan iluso como para pensar que esto es como el cuento del traje nuevo del emperador, que se puede llegar a ser una estrella de rock sin tener talento alguno. Pero no hace falta ser un genio, tampoco, eso también lo sabemos todos. Así pues, ¿por qué no Danny? Y el rollo ese de «mírame, mírame…»: parecía lo suficientemente exhibicionista como para ponerse frente al público. Entonces, ¿por qué no tocaba en un grupito? ¿Y qué tenía de malo que se lo preguntara?
—Olvídalo —le dije—. Mira, no voy a explicarte cómo tienes que divertirte. Lo único que quiero decirte es que, si alguna vez quieres invitar a casa a algunos chicos para tocar o lo que sea, no hay problema.
Esa oferta se la hacía, en buena parte, porque pasaba demasiado tiempo en casa de su novia, y me daba la impresión de que la madre de la niña no los vigilaba demasiado. Vigilarlos: quién fue a hablar.
Se encogió de hombros.
—Vale.
El perfecto equilibrio de su mente me maravillaba: el matiz que se apreciaba en mi oferta habría convertido cualquier agradecimiento por su parte en una seria amenaza para su dignidad. Pensar que el crío había nacido con una tara era de neuróticos.
—Bien. Escucha: la Ley te habla. Si vas a seguir tocando, puedes pasar de los cascos, porque yo también voy a meter bastante ruido.
—Vale. Claro que, si cortas el césped, puede que me los ponga para poder oírme.
—Como tú quieras. Nos vemos luego.
Y volví al garaje. A pesar de todo, me sentía satisfecho de mi hijo.
Levanté el bidón de gasolina: con eso y con lo que quedaba en el depósito del cortacésped tendría más que suficiente. Pero si llenaba el bidón ahora, la próxima vez que tuviera que cortar el césped ya lo tendría todo a punto. Nada como tenerlo todo a punto. Así que cogí el embudo, que colgaba de un clavo, lo coloqué sobre el bidón y saqué el bidón a la entrada del jardín. Lo dejé sobre el asfalto, al lado del Datsun, y fui a por las llaves sufriendo por si explotaba. La cosa iría así: el asfalto absorbe el calor, que provocaría una explosión de la gasolina que quedara en el bidón, explosión que a su vez provocaría otra, la del depósito de gasolina del Datsun.
—¡Danny! Voy a comprar gasolina a la avenida Hamilton. ¿Necesitas algo?
Debía de llevar los cascos puestos.
En la estación de servicio Gulf me quedé parado como un inútil mirando al empleado mientras me llenaba el bidón —en Nueva Jersey, nuestro Estado Jardín, uno no puede ser un hombre de verdad y llenarse el bidón, está prohibido: chorradas de los sindicatos— y en el display se acumulaban los centavos. Y me puse a pensar en la vez que fui a casa de Philip Adler con mi padre y le pregunté —yo era un dulce niñito irlandés— por qué tenía una vela encendida dentro de un tarrito de cristal de esos de los postres de gelatina. Philip Adler dijo que ese día había muerto su madre. Yo no terminaba de entender si su madre se había muerto justo ese mismo día ni por qué, en caso de que así fuera, todo parecía tan normal, pero tuve la prudencia de esperar a que nos marcháramos para preguntárselo a mi padre.
Así las cosas, no podía dejar que el día pasara sin más.
Así las cosas, paré en el centro comercial y busqué una tienda de Hallmark. Infalible: entre las tarjetas de felicitación tenían velas para el Yahrzeit marcadas con etiquetas de códigos de barras. Cuando llegué a casa, saqué cerillas y un platito para la vela. Pensé en llamar a Danny para que la encendiera conmigo, pero luego me dije: «No, déjalo en paz. Protégelo del miedo». (¿De qué miedo? Del miedo a que yo la palmara y él no supiera qué hacer. Del miedo a que, al final, terminara acusándome). Así que me fui con el tinglado a mi habitación, cerré la puerta, encendí el pábilo y miré fijamente la llama mientras rezaba una oración: Dios, te ruego que bendigas a Judith esté donde esté y sea lo que sea, bajo cualquiera de las formas que haya adoptado. Todo muy teológico. Y de muy mal gusto, también: quedarse de pie, parado, y pedirle a Dios que bendiga a una esposa que quizá seguiría viva si yo hubiera hecho esto o lo otro o si hubiera dejado de hacerlo. Y es probable que, desde el mundo de los espíritus, mi padre estuviera mirándome con regocijado desprecio. Al menos la vela no era católica. Esta ardería durante veinticuatro horas, y quizá alguna más y todo. No tan deslumbrante como un castillo de fuegos artificiales sobre el lago, sí, pero más duradera. Tres o cuatro segundos de fogonazos contra las veinticuatro horas de luz que daba la vela; la analogía me pareció buena y clarísima: la breve habitación del espíritu en el cuerpo contra una vida eterna, sin fin.
a / b = c / ∞
Siendo a los fogonazos, b la luz de la vela y c los treinta y cinco años de vida de Judith. Aunque, ¿no es cierto que cuando en un miembro de la ecuación tienes infinito, esa ecuación ya no tiene sentido? Me quedé mirando la llama y pensando en lo ignorante que era en materia de matemáticas. Luego salí al jardín y me dediqué al césped.
En realidad no hacía falta que pasara el cortacésped por detrás de la piscina, pero como iba a pasarlo por delante de todos modos pensé que lo dejaría todo al mismo nivel. Era un césped muy fácil de cortar, nada que ver con esa mierda de jardines que te obligan a levantar un lado del cortacésped para repasar los bordes de las rocas y toda la pesca. Mi jardín no estaba compuesto más que por cuadrados y rectángulos; yo iba dando vueltas, reduciéndolos. Lo que no me gustaba del asunto es que te dejaba tiempo para pensar. Pero era una actividad repetitiva y, a la larga, sosegadora. Una cosa iba por la otra. Cuando terminé no me sentía peor que antes.
Guardé el cortacésped y atravesé el paso cubierto. Me impuse la obligación de detenerme para oler la hierba recién cortada a través de la puerta mosquitera. Lo hice por la teoría esa de que son los pequeños momentos los que cuentan. De la punta de la nariz me cayó una gota de sudor que fue a dar en el cemento: ¿constituiría esa salpicadura un acontecimiento por el que sentirse feliz y agradecido? Yo, la verdad, solo pensaba en un momento: aquel en que sentiría el primer trago de cerveza fría en la boca, pasando por la garganta y bajando bien adentro. El resto de momentos no me importaba una mierda. Así que entré en la cocina, dejé que la mosquitera diera un portazo y al cabo de unos instantes oí la puerta de Danny que se cerraba al final del pasillo. Luego caí en la cuenta de que no se oía la guitarra. Estaría leyendo en su cuarto. (Es broma). Luego me acordé: los auriculares. Cogí una cerveza de la nevera. Pensaba que quedaban cuatro, pero ahora solo había tres. Así que Danny sacaba cervezas de la nevera a escondidas: bueno, podría ser peor. Lo más probable es que fuera peor. De todos modos, ahora no me apetecía enfrentarme al crío por una maldita botella de cerveza, y menos aún sin estar seguro de que faltaba una de verdad. Una sola equivocación de ese tipo bastaba para que tu hijo no volviera a confiar en ti nunca más.
El partido de los Yankees debía de estar a punto de empezar. Encendí la tele. Tras dar un brinco y una sacudida, la imagen se estabilizó: hierba verde, tierra marrón, líneas blancas. No me extrañaba que a mi padre le encantara ver los partidos de béisbol. Eso suponiendo que lo que tanto le había gustado fueran las formas y los colores, y no la idea de preferir el béisbol a una ópera, por poner. (Típico de Francis Jernigan, que había llegado a sostener —ahora ya no recuerdo de qué argumentos echó mano— que Peyton Place era una obra de mucho mayor calado que Madame Bovary.) A mí el béisbol solo me servía para atontarme. Como todo lo demás, ya sabéis. Toma cenital del cuadro interior desde la base. Corte al pitcher, visto desde el jardín central, se inclina para recibir una señal. Corte al bateador (diestro), el catcher y el árbitro, vistos a nivel del campo desde cerca del banquillo. El catcher va de blanco, el bateador, de gris. A continuación, toma fija por encima de la primera base: imagina saber esto. El bateador batea y falla, al catcher se le escapa la bola por un momento, consigue agarrarla, toca al bateador y la lanza lejos, todos salen trotando del campo y vamos al primer anuncio: Chevrolet, el Latido de América. Me gustaba la cancioncita del anuncio, y también me gustaba saber que no era tan fácilmente influenciable como para que una puta musiquita pegajosa me diera ganas de salir a la calle a comprarme un Chevrolet nuevo. Mi Datsun, una cafetera de mierda, me servía, y cuando dejara de servirme me compraría otra cafetera de mierda que me llevara y me trajera de la estación. Así que al menos este era un tipo de vanidad por el que no debía preocuparme.
Luego me di cuenta de que, o eran imaginaciones mías, o estaba empezando a oler algo. Primero olía como a hierba, luego dejé de olerlo. Luego lo olí otra vez. Mierda. No me quedaba más remedio que ir a ver qué pasaba. Dejé la cerveza en el suelo (la maldita moqueta era tan gruesa que la botella no se sostenía derecha) y vi que había ido dejando briznas de césped por toda la casa. ¿Y qué? ¿Quién iba a entrar y a escandalizarse?
Di unos golpes a la puerta del cuarto de Danny. Vaya si olía…
—¿Sí? —dijo Danny.
—¿Puedo pasar un minuto?
Pausa.
—Vale. Si quieres…
Abrí la puerta y lo vi igual que antes, sentado en la cama con la guitarra en el regazo y los auriculares colgados al cuello como si fueran el collar de un perro, con los discos de espuma unidos en la garganta. Ahora que podía distinguir bien el olor, estaba seguro: solo era tabaco. Empalado en la punta cortada de una de las cuerdas de la guitarra se consumía el filtro de un cigarrillo. Al menos no se había humillado tratando de esconderlo.
—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? —le pregunté señalando la colilla.
Se miró los pies y se encogió de hombros.
—No sé. Un año. ¿Voy a tener problemas?
—Supongo que no. Conmigo no, al menos. No se trata de un problema moral. —Lo que podría ser cierto, quizá. Pero yo no lo creía. Tenía la impresión de que había algo indecentemente sexual en un chico de quince años fumándose un cigarrillo. No debería tratarse de un problema moral, eso es lo que tendría que haber dicho—. Pero es un hábito muy tonto. Ya sé lo aburrido que suena el rollo este de la voz de la experiencia, pero hazme caso: dejarlo fue una tortura, y la verdad es que los cigarrillos ni me gustaban. Fumar hierba es más lógico, ¿sabes? No es que quiera que empieces a fumar hierba, pero es que al menos hace algo, ¿sabes? Fumando tabaco solo conseguirás encontrarte fatal.
—Me relaja.
—¿Te relaja? Tienes quince años, por el amor de Dios. ¿De qué te relaja? —Ya lo sé: error. Me di cuenta antes incluso de haber terminado la frase.
Lo único que él hizo fue mirarme con desprecio.
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