Jernigan

David Gates · Chapitre 1 sur 45

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Jernigan

Prólogo

David Gates

Jernigan

ePub r1.0

Castroponce 25.06.2017

OceanofPDF.com

Título original: Jernigan

David Gates, 1991

Traducción: Marta Alcaraz Burgueño

Diseño de cubierta: Editorial

Editor digital: Castroponce

ePub base r1.2

 

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Prólogo

EL MISERABLE, o Apuntes para una teoría del nombre propio, de la inconfundible primera persona del singular, y de la voz como estado de ánimo

 

UNO El William Dubin y el Arthur Fidelman de Bernard Malamud, el McTeague de Frank Norris, el George F. Babbit de Sinclair Lewis, el Jack «Dutch» Shea, Jr., de John Gregory Dunne, el Moses Herzog y el Von Humboldt Fleisher de Saul Bellow, el Tom Sawyer y el Huckleberry Finn de Mark Twain, el Pat Hobby de Francis Scott Fitzgerald, los hermanos de John Cheever, el Roger Ackroyd de Jules Feiffer, el T. S. Garp de John Irving, el Studs Lonigan de James T. Farell, el Frank Bascombe de Richard Ford, el Harry «Rabbit» Angstrom y el Henry Bech de John Updike, el Cornelius Suttree de Cormac McCarthy, el Alexander Portnoy y el Nathan Zuckerman y el Mickey Sabbath de Philip Roth, el Harry Towns y el Stern de Bruce Jay Friedman, el Gould de Stephen Dixon, el Richard Winslow de Kevin Canty…

… y aquí y ahora —no se agite antes de usar, abandonen toda esperanza quienes entren aquí y, niños, no intenten hacer lo mismo en casa— el Peter Jernigan de David Gates.

 

DOS Desde mi infancia lectora —cuando abrí por primera vez para ya no cerrarlos libros como Oliver Twist de Charles Dickens, El conde de Montecristo de Alexandre Dumas y Martin Edén de Jack London— siempre sentí debilidad por esos libros que llevaban el nombre de su protagonista en la portada. Me encantaba ver esos nombres propios que, aunque ajenos, a las pocas páginas eran también un poco nuestros, el nuestro. Detestaba, en cambio, aquellos libros cuyo editor había decidido agraciar con un supuesto retrato del protagonista, imponiéndole una fisonomía que no tenía por qué ser la nuestra, la de nuestro Sandokán o Jane Eyre o Drácula o Capitán Nemo.

Pero lo del nombre era diferente, mejor.

Lo del nombre puro y duro y a secas y a quemarropa parecía decirnos: «Aquí adentro te espera alguien al que todavía no conoces pero ya nunca olvidarás».

Y resultaba ser verdad la mayoría de las veces.

Porque los escritores pueden engañarnos; pero sus personajes nunca mienten.

 

TRES Lo que no quita que Peter Jernigan —como varios de los nombres propios de personas impropias creados por escritores Made in USA que se invocaron más arriba, anunciándose ya desde el título— sea un mentiroso compulsivo para con los demás, para sí mismo y para con el lector. Lector que sigue sus órbitas cada vez más cerradas y peligrosas y en picada sin posibilidad de alterar —¿para qué?— su trayectoria última y definitiva.

Y Jernigan es un miserable.

Miserable en todo el sentido y acepciones del término.

Es decir: alguien que se especializa en ser un infeliz y un desdichado sin que eso signifique, en más de una ocasión, no gozar —consciente o inconscientemente— de una poderosa y aparentemente inagotable capacidad para producir la infelicidad y la desdicha en segundos y terceros y décimos y centésimos y milésimos. Y el miserable, también, como alguien especialmente capacitado para iluminar esa región oscura en la que el Sueño Americano está a apenas un parpadeo de distancia de la Pesadilla Americana.

Abundan los pioneros y los seguidores de su estela y buenísimo mal ejemplo: el Julian English de John O’Hara, el Kilgore Trout de Kurt Vonnegut, el Benjamin Hood de Rick Moody, el Ammie Fox de Paul Theroux, los Gary Lambert y Chip Lambert de Jonathan Franzen, el Michael Davenport y el Frank Wheeler y el John C. Wilder de Richard Yates, el Marshall Harriman de Ken Kalfus, el Frankie Machine de Nelson Algren, el James Orin Incandenza y el Hal Incandenza y el Don Gately de David Foster Wallace, el Kenny Becker y el Eric Cash de Richard Price, el Sebastian Dangerfield y el Cornelius Christian de J. P. Donleavy, el Henry Tyler de William T. Vollman, el Percy Bollinx de Walker Percy, el Harry Kramer de Leonard Michaels, el Frank Bascombe de Richard Ford, el David Axelrod y el Luke Fairchild y el Sam Holland y el Fielding Pierce y el Virgil Morgan y el Avery Jankowsky y el Daniel Emerson de Scott Spencer, el Randall McMurphy de Ken Kesey, el Fuckhead y el Nelson Fairchild, Jr., de Denis Johnson, el Bob Locum y el John Yossarian de Joseph Heller, el Tom Mota y el Chris Yop y el Joe Pope de Joshua Ferris, el Tyler Durden y el Victor Mancini de Chuck Palahniuk, el Holden Caulfield de J. D. Salinger, el Benjamin Braddock de Charles Webb, el Clyde Griffiths de Theodore Dreiser, el Gould y el Howard Tech de Stephen Dixon, el Stephen Rojack de Norman Mailer, el Don Birnam de Charles Jackson, el Tod Hackett de Nathanael West, el Stargell de Craig Nova, el

Humbert Humbert de Vladimir Nabokov [1], el Bret Easton Ellis de Bret Easton Ellis…

Jernigan —acercándose a sus cuarenta años y descendiente más o menos directo de aquel nadador, de ese otro marido rural y de los primigenios mad men que vuelven a los barrios residenciales de Vía Revolucionaria o a Bullet Park o a, sí, Heritage Circle en Nueva Jersey (que, nada es casual, para Jernigan luce como si aún fuera 1953), montando trenes alcoholizados después de jornadas terribles en la gran ciudad— es todo un american psycho. Una zona de desastre en constante movimiento. Un ground zero de infinitos dígitos. Un destructivo autodestructivo que, al estallar, irradia una peligrosa onda expansiva. Alguien que intenta leer a Jane Austen y a P. G. Wodehouse pero —enseguida, sin saber muy bien por qué o teniéndolo perfectamente claro— se distrae con una casi artesanal publicación/manual para náufragos en tierra firme titulada El Superviviente Suburbano mientras fantasea con hacer volar todo por los aires.

En cualquier caso, al poco tiempo, Jernigan se queda sin trabajo, y ¿a que no saben qué hace Jernigan súbitamente autoprisionero domiciliario y con tanto tiempo libre en sus garras?

 

CUATRO Leí por primera vez Jernigan en 1991, el año de su publicación. Varias cosas enseguida me atrajeron del libro, por más que no tuviese la menor idea de quién era David Gates.

A saber:

—Era una primera novela.

—El apellido del protagonista ahí afuera y en letras grandes.

—El formidable diseño de cubierta[2] para una novela en la que el «héroe» —me enteré por el texto de solapa— se bebía todas las botellas hasta el fondo sin encontrar ningún mensaje dentro de ellas, consumía todo tipo de pastillas y píldoras y sustancias controladas cada vez más incontrolables y, acaso lo más preocupante de todo: Peter Jernigan no podía dejar de ver episodios repetidos de Star Trek mientras se sentía atrapado dentro de La dimensión desconocida. Una idea de una sencillez genial que se las arreglaba para desarmar mi ya mencionada antipatía a todo retrato de personaje; porque, de acuerdo, ahí estaba la foto de Jernigan. Pero era una foto fuera de foco.

—Los blurbs en la parte de atrás: un cuarteto de lobos feroces que se habían especializado en hacer de la primera (y hasta de la segunda) persona del singular una rara forma de arte. La primera persona del singular como uno de esos cuchillos con los que te cortas casi sin darte cuenta en manos de monologuistas tan afilados: Joseph Heller, Barry Hannah, Jay Mclnerney y Frederick Exley. Me importó en especial lo que decía Heller —autor del clásico moderno Trampa 22, sí, pero también de la bestial y familiar y suburbana Algo ha pasado, para mí muy superior a su legendario debut en cuanto a que Jernigan te enganchaba desde la primera frase y no te daba ganas de soltarlo. O de que te soltara hasta el final.

Así que leí la primera oración y, sí, Heller tenía razón.

Y aquí estoy yo, casi dos décadas después, otra vez enganchado a Jernigan.

CINCO Por lo que no abundaré en detalles de la trama, en su perfecto elenco de secundarios de primera (donde destaca la criadora y asesina en serie de conejos Martha Peretsky, una de esas adorables locas que parecen haber escapado de algún libro de Lorrie Moore o A. M. Homes o Mary Gaitskill, riéndose en la casa de al lado), en la sublime acidez de sus diálogos (con un regocijante uso de un turístico idioma español y en los que, por momentos, casi se oye el eco distante de risas enlatadas modelo Curb Your Enthusiasm), en su buen gusto a la hora de la country music, en el admirable uso dramático que se hace de un video de Qué bello es vivir, o en el tan doloroso como desopilante detalle de sus enormes y pequeños cataclismos mientras va bajando la temperatura ambiente y Peter Jernigan, cada vez más inflamable, se acerca más y más al punto sin retorno de la combustión espontánea.

 

Pero sí me detendré en el tono cromado con partículas de óxido y el sabor metálico que deja en nuestra boca su voz narradora —la de Jernigan — para contar una historia que no es nueva pero que, aun así, suena como si nunca la hubiésemos oído antes.

Una voz que tiene algo del ritmo sonámbulo e insomne de uno de esos disc-jockeys de medianoche que, de pronto, deciden dedicar toda la emisión al recuerdo de las canciones inmortales de David Ackles o Randy Newman o Warren Zevon, songwriters jerniganistas si alguna vez los hubo. Tipos preocupados en cantar a paisajes gótico-americanos donde, de pronto, todo es arrasado por un terremoto en el momento exacto en que un padre le dice a su hijo que «sólo quiero que sufras como yo sufro».

Una voz que recuerda a aquellas películas de los sesenta y setenta (y a los rostros entonces jóvenes pero experimentados de Alan Arkin y Elliot

Gould y Charles Grodin y Donald Sutherland[3]) con el rigor improvisador de Robert Altman o John Cassavetes pero, también, con la calculadamente imprevisible disciplina de Stanley Kubrick. Lo mejor de todos los mundos, sí.

Una voz que nos habla directamente y guiñándonos un ojo, sin anestesia, con perturbadora para nosotros e imperturbable para ella complicidad, segura de que de alguna manera —más allá de que nos cuente hasta el más mínimo detalle, como en una autopsia en vida, las cosas espantosas que hace y deshace— siempre estaremos de su lado. Porque, en alguna parte, nos gustaría tanto sonar así —ese genial ingenio que en un momento distingue entre momentos e instantes—, pero mejor no… Por lo que —seamos sinceros— no podemos sino detenemos a oírla con la misma perversa e inconfesable fascinación con que otros disminuyen su velocidad para ver más y mejor un accidente automovilístico o se ubican en las primeras filas para disfrutar de un incendio incontrolable.

Una voz que —esto me pareció (y me sigue pareciendo) muy interesante cuando lo leí en un reportaje sobre David Gates— no surgía del casi inevitable y automático reflejo autobiográfico de un primer libro, sino de otra cosa, de algo que se ubica a mitad de camino entre la posesión y el exorcismo. Decía Gates: «Comencé a escribir Jernigan en 1986 y la encaré como si se tratara de un experimento. Creo que lo que quise hacer fue llevar todas mis fantasías y mis peores cualidades hasta lo más extremo y ver qué era lo que salía. El aislamiento, el egoísmo, la insensibilidad, la indiferencia, la crueldad. Todas esas cosas terribles que son inherentes e innatas en todos nosotros. No creo ser el único que piense o se sienta así. Lo que no quiere decir que Jernigan tenga algo que ver con mi vida real. Yo no

soy ni fui alcohólico [4]. Hay pequeños detalles míos, sí. Pero no demasiados. Pero su humor, su estado de ánimo, sí soy yo».

 

SEIS ¿Y quién era David Gates? Lo primero que supe por entonces y que despertó aún más mi curiosidad era que Gates había sido el primer marido de la escritora Ann Beattie. Yo ya había leído la magnífica Postales de

invierno[5], y me llamó de inmediato la atención la diferencia de registros a la hora de medir sentimientos. Enseguida supe, también, que el matrimonio de Gates con Beattie no había durado mucho tiempo ni terminado muy bien.

Y supe otras cosas:

Gates era oriundo de Connecticut, había nacido en 1947, el 8 de enero (fecha de aniversario que, le parecía digno de mención, compartía con Elvis Presley) y era hijo de una maestra y el dueño de un garaje y taller mecánico. Gates era hijo único y «quería ser beisbolista profesional pero no tenía ningún talento, así que acabé convertido en uno de esos bohemios de escuela secundaria: escribiendo poesía beat y tocando en bandas de jazz y bluegrass». Gates fue al Bard College en 1965 y fumó marihuana durante tres semestres y se fue de allí (o lo invitaron a que se fuera) y anduvo dando vueltas por Boston y Nueva York como recepcionista telefónico y taxista hasta sentirse «como un alma en pena». Gates decidió volver a las aulas en 1969 y se licenció como profesor de inglés en 1972, pero nunca concluyó su disertación final sobre Samuel Beckett (otro escritor con muchos nombres propios como títulos) a quien siempre ha considerado su héroe

literario [6]. Gates se deprimió, dejó de interesarle la vida académica y ese

mismo año se casó con Ann Beattie [7], languideció en una casa alquilada de su región natal, intentó escribir y publicar y dibujar y ofrecer, sin resultados, su material a diferentes publicaciones, volvió a colgarse la guitarra para tocar música de los Apalaches en fiestas y bailes, y un día de 1979 un vecino le comentó que había una plaza de redactor en la revista Newsweek. Gates se presentó y consiguió el puesto de contestador de cartas de

lectores[8]. Pronto, Gates comenzó a pasar de departamento en departamento hasta convertirse en redactor jefe y en una de las firmas más respetadas en la sección de libros y música, donde destacaría, años después, como uno de los entrevistadores de cabecera de Bob Dylan y autor de piezas polémicas y muy comentadas como «La paranoia del macho blanco: ¿Somos las nuevas víctimas o simplemente malos chicos?» que, seguro, Peter Jernigan leyó con sonrisa torcida de regreso a casa y dónde era que estaba mi casa, se pregunta Peter Jernigan. En 1980, Gates comienza a escribir ficción «en serio», abandona una novela de quinientas páginas que «vaya a saber uno de qué trataba» y —luego de publicar varios relatos muy bien recibidos en Esquive y Ploughshares— arranca con lo que será Jernigan.

Publicada en 1991, la novela es celebrada en todas partes[9] y queda finalista del Premio Pulitzer de ese año.

SIETE Desde entonces y hasta ahora, David Gates —quien no ha dudado en definirse como «un escritor poco dispuesto» al que le gusta tomar notas en

el metro—[10] no ha publicado mucho más; pero todo lo que ha publicado es tan bueno como Jernigan.

En 1998 presentó su segunda novela: Preston Falls. Otra portada desenfocada y otro héroe/bomba de tiempo en caída libre: Doug Willis, quien un día decide dinamitar su matrimonio, olvidarse de una hija adolescente que considera racista El señor de los anillos, dejar su trabajo como relaciones públicas y desaparecer por dos meses para restaurar su casa en Preston Falls, tocar la guitarra con los muchachos del bar cercano, meterse polvo de marchar boliviano por la nariz y empezar a preguntarse qué se sentirá al atropellar con su camioneta a esos escolares que cruzan la calle. Por fortuna, el personaje y contrapunto lúcido de Jean Willis —esposa y diseñadora gráfica en Nueva York— nos da un respiro. Pero es un respiro breve y, seamos sinceros, sólo queremos volver y saber en qué anda o desanda Doug. Preston Falls recibió una vez más grandes reseñas, y fue finalista del National Book Critics Award.

Y en 1999 llegó su primera y magistral colección de relatos y —más allá de numerosas críticas de libros para The New York Times y prólogos

para libros que van de Jane Austen y Charles Dickens [11] a Donald Barthelme; que yo sepa no hay noticias de nada nuevo en el horizonte— su último libro hasta la fecha: The Wonders of the Invisible World. Con otra portada de Chip Kidd: foto, esta vez, en foco; pero mujer con la cabeza cortada por el encuadre. Otra vez, aquí no hay nada perfecto salvo el talento para perfeccionar las imperfecciones de la vida. Cuesta elegir uno entre ellos, son todos excelentes (y en ellos volvemos a encontrarnos con los nombres propios, la inconfundible primera persona del singular y la voz como estado de ánimo) pero, puestos a mencionar uno, me quedo con «Beating» y con una frase tan gatesiana, tan jerniganiana: «Mi primer pensamiento del día es: Y se supone que somos buenas personas».

OCHO Y está todo dicho, creo.

 

RODRIGO FRESÁN

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Jernigan

 

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Gracias a Dave Friedman por su pericia informática, a Marjorie Horvitz por el rigor con que ha corregido el texto y a Garth Battista por lograr que todo resultara sencillo.

Gracias a Dolly Fried por la descripción de la supervivencia que ofrecía en Possum Livings libro que, lamentablemente, está descatalogado.

Y gracias a todos los que me han enseñado, han creído en mí y me han sacado las castañas del fuego: Sam Seibert, Patrick McKiernan, David Spry, Douglass Paige, J. D. O’Hara, Madeleine Edmonson, Meredith White, Sarah Crichton, Amanda Urban y Gary Fisketjon. Y, sobre todo, a Gene y Helen, a Ann y a Elizabeth. Y a Susan.

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