Jernigan

David Gates · Chapitre 28 sur 45

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Jernigan

Seis

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Aquí ya se están cansando de mis gilipolleces.

¿Qué es el documento que estás escribiendo?, me preguntan. Solo queremos una lista, nada más, ya te lo hemos dicho: tú escribes los nombres de las personas a las que has perjudicado y lo que les hiciste, y punto. Luego empieza a reparar el daño; la terapia funciona así. Pero hasta el momento no han conseguido pillarme. Todavía estoy tratando de aclararme, les digo. Respecto a lo que le hice a la gente: ¿tan sencillo es el asunto? Haces alguna perrería, pum, y patapam: alguien se siente como un perro, ¿es eso? Tomemos a Judith como ejemplo. Quedaos con ella, me haréis un favor. (Es broma). Por una parte, ella murió porque, en pocas palabras, yo la hice desgraciada, ¿no? Aunque, si tomamos en consideración el rollo ese de que cada uno es responsable de sus sentimientos —porque yo soy el responsable de los míos, ¿no?—, ¿pude, de verdad, hacerla desgraciada? Tanta palabrería tiene un nombre científico: repliegue en la confusión. El aturdimiento, dicen, es otra estrategia para evitar el meollo del asunto. Y yo les digo que no, que es precisamente lo contrario: lo que busco, les digo, es un poco de luz sobre lo que sucede en el mundo: ¿no es ese el meollo del asunto? Dicen que escribirlo todo no es más que una estrategia para ganar tiempo. (O para perderlo, ese sería otro punto de vista). Se creen tan listos…, convencidos de que tienen al viejo Jernigan bien calado. Y no es que no me tengan calado, no. Un poco de paciencia, les digo; yo hago las cosas a mi manera. Claro, me dicen, por eso estás aquí.

Aunque, claro, casi no llego ni aquí, lo que en realidad es otra historia fuera de esta historia. Y más que mía, es de Tío Fred. Fue él quien llamó a la policía; yo sólo era la cosa balbuciente que sacaron de la caravana. (Recuerdo que me miré la mano vendada y pensé que esa forma no era la que le correspondía. Pero eso debió de pasar más tarde, en el hospital). Por lo que Tío Fred me cuenta, deduzco que entre el hospital y esto me he pulido el dinero de la venta de Heritage Circle y algo más y todo. En un par de ocasiones, después de que me dieran la patada, pensé en contratar un seguro médico. Pero nada. De cualquier modo, Tío Fred dice que ahora no tengo que preocuparme por eso. Dice que encargarse de todo sólo le ha robado dos días de vacaciones; eso tiene que ser una trola, lo sé. Y dice que, en realidad, fue Danny quien me salvó la vida cuando lo llamó para decirle que iba de camino a Nueva Hampshire en muy mal estado. Las gracias tendrías que dárselas a él, dice Tío Fred, no a mí. Y yo le digo: a la puta mierda, hablemos de deporte, tío. ¿Y los Islanders? ¿Y los putos Penguins de Pittsburgh? Pero habrá perdido su sentido de la ironía.

Lo único que recuerdo de la historia es el final, o lo que se suponía que tenía que ser el final.

Cuando sobre la colina Studebaker aparecieron las primeras estrellas, salí de la caravana y volví al coche caminando con dificultad, dando el mismo rodeo que antes para no amancillar la nieve de la explanada.

Conduje hasta la licorería que quedaba a un par de pueblos —con los precios de Nueva Hampshire, el dinero que me quedaba me alcanzó para una botella de litro—; de regreso no aparqué en el camping: seguí otros quinientos metros por la carretera y dejé el coche al lado del estanque helado. Cogí la manguera de goma del maletero, metí un extremo en el depósito de gasolina, bien hasta el fondo, me arrodillé y chupé hasta que me entró gasolina en la boca; luego dejé que la manguera colgara para que la gasolina fuera cayendo en la nieve. En realidad, pensé en tragarme la gasolina que tenía en la boca, pero no sabía a ciencia cierta qué me pasaría: ir dando tumbos en la nieve, ciego y echando la pota… No, esa no era manera de dejar este mundo. Así que escupí, fui cogiendo puñados de nieve y me los metí en la boca. El camino de regreso a la caravana hacía bajada, pero aun así terminabas molido, con ese frío. Por la carretera solo pasó un coche, y como las luces que vi venían de muy lejos, tuve tiempo de abrirme camino a través de la nieve del arcén y de esconderme detrás de un árbol. Para bajar a la caravana fui por otro sitio, di un rodeo internándome más en el bosque y alejándome todavía más del prado. Podría haber ahorrado energía volviendo sobre mis huellas, pero no se trataba de eso. De lo que se trataba era de llegar a la caravana con el último resuello. Dentro, a oscuras, ya no me molesté en encender la estufa. Prendí una cerilla y cuando hube localizado las mantas soplé para apagarla. Me eché las mantas encima y me puse a darle a la botella. Una de las últimas cosas que recuerdo es que me levanté para salir a mear y que me alegró ver que no era capaz de caminar en línea recta. No estaba seguro de que la ginebra me estuviera haciendo efecto; eso lo achacaba, en buena parte, al ridículo precio de la botella. Pero ahora estaba tambaleándome como un auténtico héroe, dando un bandazo contra una pared, rebotando y golpeándome contra otra cosa, una pared distinta, probablemente. No sentí el impacto. Cuando por fin llegué a la puerta tanto follón me pareció innecesario y pensé: «A la mierda, me lo hago en los pantalones, por qué no». Noté calor (aunque duró poco) y un alivio tan grande.

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